El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

EMERY

El vuelo de vuelta a Nueva York se me hace eterno.

Estoy tan preocupada por lo que va a pasar cuando lleguemos que ni siquiera paso miedo.

Once horas sentada al lado de Jack sin tocarlo. Sin hablar. Con el peso del fin de semana presionándome el pecho como una losa.

Porque tengo que decirle algo.

Tengo que decirle que… no sé muy bien qué, pero que algo ha cambiado. Que este fin de semana ha cambiado algo entre nosotros. Que sigo queriendo ser socia de un bufete, sigo queriendo mi nombre en una puerta, pero que quizás… quizás podríamos…

No termino el pensamiento.

Porque no sé cómo terminarlo.

Lo único que sé es que la idea de no volver a tener a Jack me está comiendo viva.

Aterrizamos en JFK tarde. Recogemos las maletas en silencio. Salimos a la zona de llegadas donde la gente espera a sus familias con carteles y globos y una alegría que ahora mismo me parece muy lejana.

Jack se detiene junto a la salida.

—Emery.

—¿Sí?

Me giro hacia él con el corazón en un puño. Con las palabras formándose en la punta de la lengua. ¿Quieres que vayamos a algún sitio? ¿A tu casa? ¿A la mía? ¿Podemos hablar de esto?

—Estás despedida.

Por un momento estoy segura de haber oído mal.

—¿Qué?

—Estás despedida. —Jack me mira con esos ojos grises que ahora están completamente vacíos—. Conservas el bono. La indemnización estará en tu cuenta en tres días laborables. RRHH te enviará la documentación mañana.

Me quedo mirándolo durante tres segundos que parecen tres años.

—¿Ahora? —consigo decir—. ¿Me estás despidiendo ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque era el trato.

—El trato era dentro de un mes.

—He decidido adelantarlo.

La garganta se me cierra de golpe.

—Jack…

—Gracias por este fin de semana. —Su voz suena profesional, distante, como si estuviera leyendo un informe—. Ha sido… provechoso.

¿Provechoso?

La palabra me atraviesa como un cuchillo.

—Claro —digo, y mi voz suena demasiado aguda—. Provechoso. Maravilloso.

Jack no dice nada más. Solo me tiende la mano como si fuéramos dos desconocidos cerrando un trato.

Y yo se la estrecho.

Porque no sé qué otra cosa hacer.

Porque el orgullo es lo único que me queda ahora mismo.

—Que te vaya bien, Emery.

—Igualmente.

Me doy la vuelta antes de que pueda ver que me acaba de romper el corazón. Antes de que pueda ver que se me están llenando los ojos de lágrimas.

Y echo a andar hacia la salida sin mirar atrás.

Llego a casa dos horas después.

Grace está en el sofá con el portátil, pero levanta la vista en cuanto me oye entrar.

—¡Em! ¿Cómo ha ido…? —Se calla—. ¿Qué ha pasado?

—Nada.

—No me mientras, Emery.

—Que no ha pasado nada, Grace. —Dejo la maleta junto a la puerta—. Jack me ha despedido. Como habíamos acordado. Fin de la historia.

No le digo que lo ha hecho un mes antes.

—¿En el aeropuerto?

—Sí.

—¿Y ya está?

—Ya está.

Grace me clava la mirada.

—¿Qué ha pasado en Hawái?

—Nada.

—Emery…

—Grace, por favor. —Me paso las manos por la cara—. No quiero hablar de esto ahora.

—Vale. —Grace cierra el portátil—. Pero cuando quieras hablar, estoy aquí.

Asiento. Voy a mi habitación. Cierro la puerta.

Y me derrumbo.

Porque he sido una idiota.

Una idiota de remate.

Pensaba que este fin de semana había significado algo. Pensaba que Jack sentía algo. Lo que fuera. Pensaba que cuando me miraba de esa forma, cuando me tocaba de esa forma, cuando me follaba despacio con los ojos fijos en los míos, estaba diciéndome algo sin palabras.

Pero me equivocaba.

Para él solo ha sido sexo.

Un fin de semana. Un trato cerrado. Una transacción.

Y yo he sido lo bastante estúpida como para enamorarme todavía más de mi jefe.

Me tumbo en la cama con la ropa todavía puesta y cierro los ojos.

Y lo único en lo que puedo pensar es en que tengo que superarlo.

Tengo que olvidarlo.

Tengo que seguir adelante con mi vida como si Jack Anderson no hubiera existido nunca.

Aunque me esté matando por dentro.

JACK

Llego a casa muy tarde.

El piso está exactamente como lo dejé hace cuatro días: silencioso, ordenado, vacío.

Dejo la maleta junto a la puerta. Me quito la chaqueta. Me aflojo la corbata.

Y me quedo plantado en medio del salón, sin saber qué hacer.

Porque acabo de cometer el error más grande de mi vida.

O el acierto más grande.

No lo sé.

Lo único que sé es que Emery se ha ido.

Y que no voy a volver a verla.

Me dejo caer en el sofá. Apoyo la cabeza entre las manos. Respiro hondo.

He hecho lo correcto.

He hecho lo correcto.

He hecho lo correcto.

Lo repito como un mantra. Como si repetirlo las veces suficientes fuera a convertirlo en verdad.

Porque Emery tiene un sueño. Quiere ser socia de un bufete. Ha trabajado toda su vida para conseguirlo, y yo no voy a ser el egoísta de mierda que se interponga en su camino.

La quiero.

Joder, la quiero tanto que me duele respirar si no la tengo cerca.

Y por eso tengo que dejarla ir.

Porque eso es lo que haces cuando quieres a alguien: dejar que sea feliz. Aunque eso signifique que no esté contigo.

El móvil me vibra en el bolsillo.

Lo saco. Es un mensaje de Cole.

«¿Ya estás en casa? ¿Cómo ha ido?»

No contesto.

Porque ¿qué le digo? ¿Que he pasado el mejor fin de semana de mi vida y que lo he terminado despidiendo a la mujer que amo porque ella quiere otra vida?

Dejo el móvil sobre la mesa.

Me levanto. Voy a la cocina. Abro la nevera y la cierro sin coger nada porque no tengo hambre.

Vuelvo al salón. Me siento otra vez.

Y me quedo ahí.

Mirando las paredes.

Sintiendo cómo el vacío se instala en mi pecho como algo físico, pesado, real.

Porque Emery se ha ido.

Y yo la he dejado ir.

Y tengo que vivir con eso.

Pasan tres horas.

Tres horas en las que no me muevo del sofá. En las que no como, no bebo, no hago absolutamente nada excepto pensar en ella.

En cómo sonreía cuando ganábamos al voleibol.

En cómo me miraba cuando le ponía protector solar en los hombros.

En cómo se reía de mis comentarios literales como si fueran lo más gracioso del mundo.

En cómo gemía mi nombre cuando la hacía correrse.

En cómo me miraba anoche, con los ojos brillantes y la boca entreabierta, mientras la follaba despacio y le decía que era preciosa.

Y ahora me he quedado sin casa.

Porque Emery era mi casa.

Y yo la he dejado ir.

El móvil vuelve a vibrar.

Esta vez es Luke.

«Sarah dice que Emery es genial. ¿Va en serio lo vuestro?»

Me quedo mirando el mensaje.

Luego escribo:

«No.»

«¿No? Tío, cómo la mirabas...»

«No va en serio. Era un acuerdo temporal.»

«No me mientras.»

No contesto. Apago el móvil.

Y me quedo ahí sentado en la oscuridad, pensando en que he hecho lo correcto.

En que Emery va a ser feliz.

En que va a conseguir su sueño.

En que el bufete que la contrate va a tener mucha suerte.

En que yo voy a volver a mi vida de antes.

A mi piso vacío. A mis contratos. A mis noches trabajando hasta las dos de la madrugada porque no tengo nada mejor que hacer.

Y me digo que está bien.

Que puedo vivir con esto.

Que he sobrevivido treinta y dos años sin Emery Davis y puedo sobrevivir treinta y dos más.

Pero cuando cierro los ojos, lo único que veo es su cara.

Su sonrisa.

Sus ojos verdes mirándome.

Y sé que me estoy mintiendo.

Porque esto no está bien.

Nada está bien.

Y no sé cómo voy a sobrevivir al resto de mi vida sin ella.