El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

EMERY

La boda es preciosa.

No se me ocurre una palabra mejor para describirla.

Es una ceremonia al atardecer en la playa, con el océano de fondo y el cielo tiñéndose de naranja y rosa.

Sarah lleva un vestido sencillo de tela vaporosa que se mueve con la brisa, y Luke tiene los ojos rojos antes incluso de que ella eche a andar hacia él.

Estamos sentados en sillas blancas dispuestas en un semicírculo sobre la arena. Jack está a mi lado, con la mano en mi muslo en un gesto que ya me resulta tan natural que casi me olvido de que es parte de la farsa.

Casi.

Porque cuando Luke dice «acepto» con la voz rota y Sarah se echa a llorar antes de poder decir el suyo, cuando se besan bajo el arco de flores mientras todo el mundo aplaude, lo único en lo que puedo pensar es en que esto es real.

Ellos son reales.

Y nosotros no.

—¿Estás bien? —pregunta Jack en voz baja.

—Sí. Es que es muy bonito.

—Lo es.

Me aprieta ligeramente el muslo. Y algo en mi pecho se encoge.

La celebración después de la ceremonia es en la misma playa.

Mesas largas decoradas con guirnaldas de flores, velas flotando en cuencos de cristal, música en directo que suena lo bastante alta como para bailar pero lo bastante suave como para poder hablar.

Cenamos pescado recién hecho y bebemos champán que sabe a caro, y todo el mundo está feliz, relajado, con esa energía de «hemos visto algo precioso y ahora vamos a celebrarlo hasta el amanecer».

Jack baila conmigo.

Una vez. Dos. Tres.

Y cada vez que sus manos me tocan la cintura, cada vez que me atrae hacia él y nuestros cuerpos se mueven al mismo ritmo, tengo que repetirme que esto se acaba mañana.

Que mañana cogemos el avión de vuelta a Nueva York.

Que mañana volvemos a ser jefe y asistente.

Que esto, nosotros, lo que sea que hayamos sido este fin de semana, se queda aquí.

—Emery —dice Jack contra mi pelo.

—¿Qué?

—Estás tensa.

—No estoy tensa.

—Sí lo estás.

Tiene razón. Lo estoy. Porque no quiero que esto termine. Porque me he dado cuenta de que me gusta estar con Jack. Me gusta cómo me toca. Me gusta cómo me mira. Me gusta cómo, cuando estamos juntos, todo lo demás desaparece.

Y eso me aterra.

—Estoy cansada —miento—. Ha sido un día largo.

—¿Quieres que volvamos a la cabaña?

—Sí.

Jack asiente. Me coge de la mano y nos despedimos de Luke y Sarah, que están demasiado ocupados en ser felices como para prestarnos atención, y caminamos de vuelta por el sendero iluminado con antorchas.

Y con cada paso que doy, el nudo en mi estómago se aprieta un poco más.

Llegamos a la cabaña en silencio.

Jack abre la puerta. Entramos. Él cierra tras nosotros y se queda ahí de pie, mirándome con esos ojos grises que parecen verlo todo.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Nada.

—Emery.

—Que nada, Jack.

—Has estado callada toda la noche. Algo te pasa.

Me obligo a respirar hondo. A mirarlo de frente.

—Es solo que… una boda te hace pensar, ¿sabes? En el futuro. En lo que quieres.

—¿Y qué quieres tú?

La pregunta me pilla desprevenida. Tan directa, tan Jack.

—Quiero mi bufete —digo al fin—. Quiero dejar Anderson & Brown y ser socia de un bufete con mi amiga Clara. Derecho corporativo para pequeñas empresas. Es lo que llevo planeando desde que empecé a trabajar para ti.

Jack se queda muy quieto.

—Lo sé. Lo recuerdo.

—¿Lo recuerdas?

—Claro que lo recuerdo. Por eso firmaste el contrato con la cláusula. Por eso llevas nueve meses intentando que te despida.

—Entonces… ¿por qué no me has despedido?

Jack no contesta. Se queda ahí mirándome un momento que se hace eterno, y hay algo en su cara que no sé leer.

—Jack…

—Espero que te vaya bien —dice al fin—. Con tu bufete. Con Clara. Vas a ser increíble.

Las palabras me caen encima como un jarro de agua fría.

No sé qué esperaba que dijera. No sé qué quería oír. Pero esta respuesta educada, profesional, distante, me duele de una forma que no me esperaba.

Y de repente no quiero hablar más.

No quiero pensar en mañana. En Nueva York. En lo que pasa después de esto.

Solo quiero sentir.

—Ya vale de hablar —digo, y cruzo el espacio entre nosotros—. ¿No te interesa hacer algo más divertido?

Jack me mira con los ojos entrecerrados.

—Emery.

—Jack. —Le pongo las manos en el pecho—. No quiero hablar. Quiero que me folles.

Y algo en su expresión cambia.

Se oscurece.

Se enciende.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Jack no dice nada más. Me agarra por la cintura, me levanta del suelo y me lleva a la cama.

Y entonces me besa como si fuera lo último que va a hacer en su vida.

La primera ronda es fogosa.

Desesperada. Hambrienta. Como si ambos estuviéramos intentando olvidar algo que no queremos recordar.

Jack me quita la ropa con movimientos bruscos. Yo le arranco la camisa con tanta fuerza que saltan dos botones. Nos besamos como si quisiéramos hacernos daño. Y cuando Jack se hunde dentro de mí con una embestida que me hace gritar, lo único en lo que puedo pensar es en que quiero más.

Más de esto.

Más de él.

Más de nosotros.

Me folla como si estuviera enfadado. Como si quisiera demostrar algo. Y yo le devuelvo cada embestida, cada mordisco, cada palabra sucia que me susurra al oído.

Nos corremos juntos. Fuerte. Rápido. Intenso.

Y después nos quedamos ahí tumbados, con la respiración entrecortada y el corazón desbocado.

Pero no es suficiente.

No para mí.

Y al parecer tampoco para él.

La segunda ronda es diferente.

Jack se coloca encima de mí despacio. Me mira a los ojos. Y cuando se hunde dentro otra vez, lo hace con una lentitud que me roba el aire.

—Jack… —susurro.

—Shh. —Me aparta un mechón de pelo de la cara—. Déjame.

Y empieza a moverse.

Despacio. Tan despacio que siento cada centímetro de él. Cada embestida deliberada. Cada vez que se retira casi del todo antes de hundirse otra vez.

No aparta los ojos de mí.

Ni una sola vez.

Me mira como si estuviera memorizando mi cara. Como si quisiera quedarse con este momento para siempre. Y hay algo en su expresión, algo vulnerable, algo desnudo, que hace que se me llenen los ojos de lágrimas.

—Eres preciosa —dice, y su voz suena ronca, rota—. Joder, Emery, eres tan preciosa que me duele mirarte.

Se me escapa un sollozo.

—Jack…

—Shh. —Se inclina y me besa. Suave. Dulce. Completamente diferente a todos los besos que nos hemos dado antes—. Estoy aquí. Estoy contigo.

Y sigue moviéndose.

Lento. Profundo. Adorándome con cada embestida. Con cada caricia. Con cada beso que me deja en los labios, en las mejillas, en el cuello.

No es solo sexo.

Es otra cosa.

Algo más grande. Algo que no sé nombrar pero que me está partiendo el pecho.

—Jack… —Mis manos suben por su espalda, por sus hombros, hasta enredarse en su pelo—. Jack, yo…

—Emery —dice contra mis labios.

Y eso es todo.

Me corro llorando.

Llorando de placer y de algo más profundo que prefiero no mirar de cerca. Y Jack me sigue dos embestidas después, con mi nombre en los labios y los ojos todavía fijos en los míos.

Y cuando se derrumba sobre mí, con el peso de su cuerpo presionándome contra el colchón y su respiración cálida contra mi cuello, lo entiendo.

Lo entiendo todo.

Siempre he estado enamorada de él.

Desde el primer día. Desde la entrevista. Desde que me miró por encima de esas malditas gafas y me preguntó por qué quería trabajar allí.

La Operación Despido no era por el dinero.

No era por el bufete con Clara.

Era porque tenía que alejarme de Jack antes de que fuera demasiado tarde. Porque cada día a su lado me enamoraba un poco más. Porque me estaba haciendo daño querer a alguien que no me correspondía.

Y ahora…

Ahora ya es demasiado tarde.

Porque estoy enamorada de Jack Anderson.

Completamente. Irremediablemente. Jodidamente enamorada.

Y mañana tengo que dejarlo ir.

Me despierto cuando el sol apenas empieza a colarse por la pared de cristal.

Jack sigue dormido. Tiene el brazo alrededor de mi cintura y la cara hundida en mi pelo, y respira con esa lentitud profunda de quien duerme de verdad.

Lo miro un buen rato.

Memorizo su cara. La mandíbula marcada. Las pestañas oscuras contra la piel. El pelo revuelto. Los labios entreabiertos.

Memorizo lo que se siente al estar así con él.

Porque mañana, hoy técnicamente, cogemos el avión de vuelta.

Y todo esto se acaba.

Volvemos a ser jefe y asistente. Volvemos a mantener las distancias. Volvemos a fingir que este fin de semana no ha pasado.

Y yo tendré que fingir que no estoy enamorada de él.

Que no se me parte el alma al tener que dejarlo ir.

Cierro los ojos. Respiro hondo. Intento grabar este momento en mi memoria para cuando lo necesite.

Y entonces Jack se mueve.

—¿Emery? —Su voz suena espesa por el sueño.

—Estoy aquí.

—¿Qué hora es?

—Temprano. Vuelve a dormir.

Jack me aprieta un poco más contra él.

—No quiero.

—¿No quieres dormir?

—No quiero que sea mañana.

Se me corta la respiración.

Porque yo tampoco.

Yo tampoco quiero que sea mañana.

Pero no se lo digo.

Solo me acurruco más contra él y dejo que me sostenga un poco más.

Hasta que el sol sube del todo y ya no podemos fingir que el mundo no existe.

Hasta que tenemos que levantarnos, hacer las maletas y dirigirnos al aeropuerto.

Hasta que todo esto, nosotros, lo que sea que hayamos sido, se convierte en un recuerdo que llevaré conmigo el resto de mi vida.

Y que jamás podré olvidar.