El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

JACK

Llegamos a la cabaña pasada la medianoche.

El camino de piedra está iluminado solo por las antorchas tiki que parpadean con la brisa marina, y el sonido de las olas es el único ruido además de nuestros pasos.

Emery camina a mi lado en silencio. Demasiado callada.

Y yo intento concentrarme en poner un pie delante del otro en lugar de pensar en cómo la he sentido correrse contra mis dedos hace una hora. En los sonidos que ha hecho. En cómo ha gritado mi nombre.

En que quiero volver a hacerlo.

Ahora.

Pero no voy a hacerlo. Porque esta noche era para ella. Porque ya he tenido mi parte. Porque lo correcto, lo caballeroso, es darle espacio para que procese lo que ha pasado.

Abro la puerta de la cabaña.

Entramos.

—Voy a… —Emery señala hacia el baño—. Voy a cambiarme.

—Vale.

Coje ropa de la maleta, se mete en el baño y cierra la puerta.

Y yo me quedo ahí de pie, en medio de la cabaña, con el corazón en la garganta y una erección que no se ha ido desde la playa.

Me obligo a respirar hondo. A quitarme la camisa. A cambiarme y ponerme el pantalón de pijama. A meterme en la cama y tumbarme de espaldas mirando el techo.

Voy a ser un caballero.

Voy a darle espacio.

Voy a…

La puerta del baño se abre.

Y me quedo sin aire.

Emery está en el umbral.

No lleva pijama.

Lleva un conjunto de lencería.

Negro. De encaje. Un sujetador que le levanta los pechos de una forma que tendría que estar prohibida y unas braguitas que son más bien dos triángulos de tela unidos por cintas.

Y me está mirando con esos ojos verdes oscurecidos de deseo.

—Emery… —consigo decir, aunque mi voz suena ronca, rota.

No dice nada.

Solo camina hacia la cama.

Se arrodilla en el borde.

Y empieza a gatear hacia mí.

Joder.

Se me pone todavía más dura. Tan dura que me duele. Y cuando Emery llega hasta donde estoy y se sienta a horcajadas sobre mí, con las manos en mi pecho y esa sonrisa pequeña en los labios, sé que estoy perdido.

—Pensaba que íbamos a dormir —digo.

—Mentiroso.

—No estoy mintiendo.

—Jack. —Se inclina hacia delante hasta que su boca está a un centímetro de la mía—. Llevo toda la noche pensando en esto. En ti. En tenerte dentro de mí. Así que deja de ser un caballero y fóllame de una vez.

Y algo dentro de mí se rompe.

La agarro por la nuca y la beso con una brutalidad que no sabía que tenía. Un beso hambriento, desesperado, sin control. Le muerdo el labio inferior hasta que gime y luego le meto la lengua en la boca mientras mis manos bajan por su espalda, por sus costados, hasta agarrarle el culo.

—Joder —gruño contra su boca—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo follarte?

—Dímelo.

—Dieciocho meses. Dieciocho putos meses viéndote cada día en la oficina, con tus faldas ajustadas y tus blusas que se te pegan al pecho, y teniendo que fingir que no me ponías duro solo de mirarte.

Emery gime y se frota contra mí. Noto su calor a través de la tela de mis pantalones.

—Jack.

—Cada vez que entrabas en mi despacho —sigo, mientras mis manos suben y le desabrocho el sujetador—, cada vez que te inclinabas sobre mi escritorio para enseñarme algo, lo único en lo que podía pensar era en tumbarte sobre la mesa y follarte hasta que gritaras mi nombre.

El sujetador cae. Sus pechos quedan expuestos. Y no puedo evitarlo.

Me incorporo. La cojo por la cintura y la tumbo de espaldas en la cama. Me coloco encima de ella.

Y me meto uno de sus pezones en la boca.

Emery arquea la espalda con un grito.

—¡Dios! Jack...

La chupo. La muerdo. Paso al otro pecho y hago lo mismo mientras mi mano baja por su estómago, se mete dentro de sus braguitas y la encuentro empapada.

—Mírate —digo contra su piel—. Estás empapada y ni siquiera te he tocado todavía.

—Me has tocado en la playa…

—Eso no cuenta. —Meto dos dedos dentro de ella de golpe y Emery grita—. Esto cuenta. Mi polla dentro de ti. Eso es lo que cuenta.

—Entonces hazlo. —Me mira con esos ojos verdes llenos de desafío—. Fóllame.

Y pierdo el control.

Le quito las braguitas con un movimiento brusco. Me bajo los pantalones. Mi polla salta libre, dura y gruesa y palpitando de necesidad.

—Espera —dice Emery—. Condón…

—Joder. No tengo —maldigo para mis adentros.

—No pasa nada. Tomo la píldora.

—Y yo llevo más de dos años sin acostarme con nadie. Me he hecho dos pruebas anuales. Estoy limpio.

Emery me mira durante un segundo. Luego dice:

—Yo también. Dos años. Limpia.

—¿Entonces no necesitamos condón?

—No.

—Me vas a matar. Porque necesito sentirte. —Me coloco entre sus piernas—. Quiero follarte sin nada entre nosotros. Quiero llenarte hasta que no puedas andar mañana.

—Jack…

—Dime que sí.

—Sí. Jack, sí.

Y me hundo dentro de ella.

Emery grita.

Yo gruño.

Porque está tan jodidamente apretada que casi me corro en la primera embestida.

Me obligo a quedarme quieto. A darle tiempo a acostumbrarse. Pero Emery no quiere tiempo.

—Muévete —dice—. Jack, muévete.

—Emery…

—Muévete o lo hago yo.

Y eso es todo lo que necesito.

Empiezo a moverme. Embestidas largas y profundas que hacen que la cama golpee contra la pared. Emery envuelve las piernas alrededor de mi cintura y me clava las uñas en la espalda.

—Así —gime.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Quieres más fuerte?

—Sí… Jack, sí…

Le agarro las muñecas y se las pongo por encima de la cabeza. La sostengo ahí, inmovilizada, mientras la follo más fuerte, más profundo.

—Mírame —ordeno—. Quiero que me mires mientras te follo.

Emery abre los ojos. Me mira. Y hay algo en su expresión, esa mezcla de placer y rendición y desafío, que hace que algo en mi pecho se tense.

—Eres mía —digo, y las palabras salen sin permiso—. Esta noche eres mía.

—Tuya —repite ella—. Dios, Jack, soy tuya…

Y eso me desata.

La follo sin piedad. Sin control. En cada embestida trato de meterme más hondo, de llegar más lejos, de hacerla mía de una forma que no sé nombrar pero que necesito con una urgencia que me asusta.

—Jack… voy a… —Emery se tensa debajo de mí.

—Córrete. Córrete para mí.

—Jack…

—Ahora, Emery. Córrete ahora.

Y se corre.

Se corre gritando mi nombre, con todo el cuerpo temblando, apretándome por dentro tan fuerte que no puedo aguantar más.

Me corro dentro de ella.

Me corro tan fuerte que veo estrellas. El placer me atraviesa en oleadas, una tras otra, mientras sigo moviéndome, follándola hasta apurar su orgasmo, hasta que no me queda nada.

Y cuando por fin me derrumbo encima de ella, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndome tan fuerte que me duele, lo único en lo que puedo pensar es en que esto ha sido lo mejor de mi vida.

Y en que estoy completamente jodido.

Nos quedamos ahí tumbados durante un rato que no sé medir.

Yo todavía dentro de ella. Ella todavía temblando ligeramente. Las dos respiraciones acompasándose poco a poco.

Al final me obligo a salir. A tumbarme a su lado. A no tocarla aunque lo único que quiero es abrazarla.

—Eso ha sido… —dice Emery al fin.

—Increíble —acabo la frase por ella. Porque no puedo decirle lo que de verdad siento.

Se gira hacia mí. Me mira con esos ojos verdes que ahora parecen más claros, más suaves.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Tú?

—Sí. —Hace una pausa—. ¿De verdad llevabas dieciocho meses queriendo follarme?

—Sí.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque eres mi asistente. Porque… —Me callo. Respiro hondo—. Porque no sabía cómo.

Emery se me queda mirando. Luego dice:

—Pues lo has hecho muy bien.

Y antes de que pueda contestar, se acerca y me besa.

No es un beso desesperado como los anteriores. Es suave. Lento. Casi dulce.

Y cuando se aparta y se acurruca contra mi costado, con la cabeza en mi pecho y una pierna sobre las mías, algo en mi pecho se ablanda.

—Jack —dice contra mi piel.

—¿Qué?

—No me he saciado.

Me quedo muy quieto.

—¿Qué?

—He dicho que no me he saciado. —Levanta la cabeza y me mira con una sonrisa que es pura maldad—. Eso ha sido la primera ronda. Pero quiero más.

Se me vuelve a poner dura de inmediato.

—Emery…

—A menos que estés demasiado cansado…

—No estoy cansado.

—¿Seguro? Porque puedo…

La agarro por la cintura y la coloco a horcajadas sobre mí.

—No estoy cansado —repito—. Y voy a follarte tantas veces como quieras esta noche. Hasta que no puedas andar. Hasta que no recuerdes tu nombre. Hasta que lo único que puedas decir sea el mío.

Emery sonríe.

—Demuéstralo.

Y lo hago.

La segunda vez es más lenta.

Emery encima de mí, moviéndose a su ritmo, con las manos en mi pecho y la cabeza echada hacia atrás. Yo la observo correrse, memorizo cada expresión, cada sonido, la manera en que su cuerpo reacciona al mío.

Y cuando termina, cuando se derrumba sobre mí sin fuerzas, la giro y la follo desde atrás. Despacio esta vez. Profundo. Con una mano en su cadera y la otra en su pelo, tirando suavemente mientras le susurro al oído lo preciosa que es, lo bien que me recibe, lo mucho que me gusta verla así.

Nos corremos juntos esa vez.

Y después nos quedamos dormidos.

Enredados. Exhaustos. Satisfechos.

Y por primera vez en dieciocho meses, duermo de un tirón.

Sin pesadillas. Sin despertar a las tres de la madrugada pensando en contratos. Sin nada excepto el peso de Emery sobre mi pecho y la certeza de que, aunque esto termine mañana, aunque todo vuelva a ser como antes cuando regresemos a Nueva York, esta noche ha sido la mejor de mi vida.

Completamente.