El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

EMERY

Me despierto con el sol entrando por la pared de cristal y el cuerpo de Jack a treinta centímetros del mío.

Treinta centímetros que han sido la distancia más larga y la más corta de mi vida.

Porque me he pasado gran parte de la noche despierta. Consciente de cada respiración suya. De cada vez que se movía. De cómo el colchón se hundía ligeramente bajo su peso. Del calor que desprendía su cuerpo aunque no me tocara.

Y de cómo no he dejado de pensar en el beso.

En sus labios. En su lengua. En cómo me empotró contra el borde de la piscina como si fuera suya. En la erección que sentí presionada contra mi muslo. En las pupilas dilatadas cuando nos separamos.

En que Jack Anderson me desea.

Y yo a él.

Y no tengo ni idea de qué hacer con eso.

Me giro despacio. Jack está todavía dormido. O eso creo. Tiene el pelo revuelto, la mandíbula relajada, y una mano fuera de las sábanas que cuelga del borde de la cama.

Parece… humano.

Vulnerable.

Nada que ver con el Jack impecable y controlado que conozco.

Y algo en mi pecho se ablanda de golpe.

Para.

No te enamores de tu jefe.

No seas idiota.

Me levanto antes de que mi cerebro pueda seguir por ese camino peligroso. Me meto en el baño, me doy una ducha fría que no sirve de nada, y cuando salgo Jack ya está despierto, sentado en el borde de la cama con el móvil en la mano.

—Buenos días —dice sin levantar la vista.

—Buenos días.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

Mentira. He dormido fatal. Pero no voy a decirle eso.

Jack levanta la vista entonces y me mira durante un segundo demasiado largo.

—Estás mintiendo.

—No estoy mintiendo.

—Tienes ojeras.

—Gracias. Qué detalle.

—No es una crítica. Es una observación.

—Pues guárdate tus observaciones.

Jack entrecierra los ojos pero no dice nada más. Se levanta, coge ropa limpia de su maleta y se mete en el baño.

Y yo me quedo ahí de pie, con el corazón a mil y la certeza de que este fin de semana va a acabar conmigo.

Desayunamos en la terraza principal con el resto de invitados.

Es un desayuno informal: buffet con fruta tropical, tortitas, huevos revueltos, café. Todo el mundo está relajado, con esa energía perezosa de la mañana después de una noche de fiesta.

Jack me guía hacia una mesa libre cerca de la piscina.

Y entonces hace algo que no me espero.

Me aparta la silla.

Me quedo mirándolo.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Emery.

—Que nada, Jack. Siéntate.

Me siento. Jack rodea la mesa y se sienta frente a mí. Y durante todo el desayuno, no puedo dejar de pensar en ese gesto.

En que me ha apartado la silla.

Como si fuera lo más natural del mundo.

Como si llevara años haciéndolo.

Después del desayuno vamos a hacer snorkel.

Es otra actividad organizada: autobús hasta una zona de la costa donde el agua es cristalina, guía que nos da instrucciones sobre seguridad, chalecos salvavidas para quien los quiera.

Yo no quiero chaleco. Sé nadar perfectamente.

Pero cuando estamos a punto de meternos en el agua, Jack me detiene con una mano en el brazo.

—Espera.

—¿Qué?

—Ponte esto. —Me tiende un bote de crema solar.

—Ya me he puesto.

—Te has puesto en la cara. No en los hombros.

—Jack…

—Emery. Tienes la piel clara. Vas a quemarte.

—Estoy bien.

—No estás bien. Date la vuelta.

—¿Perdona?

—Date la vuelta. Te lo pongo yo.

Me quedo mirándolo con la boca abierta.

—No es necesario…

—Emery. —Su voz se vuelve más baja, más firme—. Date la vuelta.

Y algo en su tono hace que mi cuerpo obedezca antes de que mi cerebro pueda procesarlo.

Me doy la vuelta.

Jack se acerca. Noto el olor de su colonia mezclado con protector solar. Y entonces sus manos tocan mi piel.

Se me corta la respiración.

Las manos de Jack son grandes, cálidas, y se mueven por mis hombros con una delicadeza que no me esperaba. Extiende la crema con movimientos lentos, circulares, cubriendo cada centímetro de piel expuesta.

Y yo me quedo ahí de pie, inmóvil, sintiendo cómo cada terminación nerviosa de mi cuerpo se enciende de golpe.

—Listo —dice al fin.

Me giro. Él está demasiado cerca.

—Gracias.

—De nada.

Nos sostenemos la mirada más de la cuenta. Luego Jack da un paso atrás y se mete en el agua.

Y yo me quedo ahí, con la piel todavía ardiendo donde me ha tocado, pensando que estoy completamente perdida.

El snorkel es una pasada.

El agua está tan clara que se ve el fondo como si no hubiera nada entre medias. Peces de colores que no sabía que existían, corales que parecen sacados de otro planeta, y esa sensación de flotar en el océano que hace que todo lo demás desaparezca.

Jack nada a mi lado. No demasiado cerca pero tampoco lejos. Y cada vez que miro hacia él, lo encuentro mirándome.

Como si estuviera comprobando que estoy bien.

Como si no pudiera evitarlo.

Y algo en mi pecho se ablanda todavía más.

Porque esto, nadar con él, estar con él, compartir esto, es fácil.

Increíblemente fácil.

No tengo que fingir. No tengo que actuar. Solo tengo que ser yo y Jack parece… contento con eso.

Salimos del agua una hora después, empapados y riéndonos porque Luke ha intentado perseguir a un pez y se ha tragado medio océano.

—Eres un desastre —le dice Sarah mientras le da una toalla.

—Soy aventurero —corrige Luke.

—Eres idiota.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

Me río al lado de Jack y, cuando me giro, lo pillo mirándome. Tengo el pelo mojado pegado a la cara y las mejillas sonrosadas por el sol, pero él me mira como si estuviera preciosa.

Como si le doliera mirarme.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Jack.

—Que nada, Emery.

Pero no aparta la vista.

Y yo tampoco.

Por la noche hay un luau en la playa.

Es una fiesta tradicional hawaiana: hoguera enorme, antorchas tiki iluminando la arena, música en directo, mesas largas con comida que parece salida de una revista, y cócteles tropicales que sirven en cocos de verdad.

Todo el mundo está relajado, alegre, con esa energía de «estamos de vacaciones y el mañana no existe».

Yo me tomo dos mai tais.

Jack se toma tres.

No estamos borrachos. Pero sí que estamos… desinhibidos.

Estamos sentados en la arena, un poco apartados del resto, con el sonido de las olas de fondo y el calor de la hoguera calentándonos la piel.

Jack me mira de reojo.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Por qué?

—Has estado callada toda la noche.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a obtener.

Jack entrecierra los ojos pero no dice nada. Se echa hacia atrás apoyándose en los codos y mira hacia el océano.

Y entonces dice, muy bajo:

—Me estás volviendo loco.

El corazón se me detiene de golpe.

—¿Qué?

—He dicho que me estás volviendo loco. —Se gira hacia mí—. Este fin de semana. Tú. Todo.

—Jack…

—No puedo dejar de pensar en el beso.

Se me cierra la garganta.

—Era para la farsa.

—No lo era.

—Sí lo era.

—Emery. —Se incorpora y se acerca—. No lo era y lo sabes.

Nos miramos. El aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de algo que no sé nombrar pero que me está quemando por dentro.

Y entonces, antes de poder pensarlo, antes de poder detenerme, digo:

—Quizá deberíamos ampliar las cláusulas del contrato.

Jack parpadea.

—¿Qué?

—Las cláusulas. —Me obligo a sostenerle la mirada—. Estamos lejos de casa. Estamos solos. Tenemos que fingir que estamos juntos de todas formas. Y no sé tú, pero yo llevo más de dos años sin sexo. Así que… quizás podríamos darnos una alegría.

Se hace el silencio.

Un silencio tan largo que pienso que he metido la pata. Que he dicho algo que no debía. Que Jack va a levantarse y va a alejarse de mí como si estuviera loca.

Pero entonces me mira.

Me mira con esos ojos grises que de repente están oscuros, con las pupilas tan dilatadas que apenas queda color.

Y dice:

—¿Estás segura?

—Sí.

—Emery.

—Jack. Estoy segura.

Y antes de que pueda terminar la frase, Jack ya me está besando.

No es como el beso de la piscina.

Este beso es diferente. Más hambriento. Más desesperado. Como si Jack llevara conteniendo esto toda la vida y por fin hubiera recibido permiso para soltarse.

Me besa con una intensidad que me roba el aire. Con una mano en mi nuca sosteniéndome exactamente donde me quiere y la otra en mi cintura atrayéndome hacia él.

Y yo me rindo.

Por completo.

Le devuelvo el beso con todo lo que tengo. Con todo lo que he estado reprimiendo durante días, semanas, meses. Con cada fantasía que he tenido y que he intentado enterrar.

Jack gime contra mi boca.

Y ese sonido hace que algo dentro de mí se rompa.

—Dios —susurro—. Jack…

—Ven conmigo.

—¿Dónde?

—Donde sea. Lejos de aquí.

Me pongo de pie. Jack se levanta también y me coge de la mano.

Y entonces me guía por la playa, alejándonos de la hoguera y la música, hasta que llegamos a una zona apartada junto a unas rocas donde nadie puede vernos.

Me aprisiona contra la piedra.

Me besa otra vez.

Y esta vez no hay control. No hay contención. Solo existe el calor de su cuerpo presionado contra el mío, el sabor de su boca, el rumor de las olas contra la orilla.

—Emery —dice contra mis labios—. Dime que estás segura.

—Estoy segura.

—Si quieres que pare…

—No quiero que pares. —Le muerdo el labio inferior—. Quiero que me toques.

Jack suelta un sonido gutural que me recorre entera.

Y entonces sus manos están por todas partes.

En mi cintura. En mis caderas. Subiendo por mis costillas hasta rozar el lateral de mis pechos. Bajando otra vez hasta meterse bajo el borde de mi vestido.

—Madre mía —gimo cuando sus dedos rozan la parte interna de mi muslo—. Jack…

—¿Aquí? —pregunta, y su voz suena ronca, espesa de deseo—. ¿Quieres que te toque aquí?

—Sí.

Sus dedos suben más. Rozan la tela de mis braguitas. Y entonces, con una lentitud que es pura tortura, me las aparta a un lado.

Me toca.

Y el mundo desaparece.

—Joder, Emery —dice contra mi cuello—. Estás empapada.

—Es… es culpa tuya.

—Me estás matando.

Sus dedos empiezan a moverse. Comienza a trazar círculos lentos, precisos, que me hacen temblar contra él. Y cuando uno de sus dedos se desliza dentro de mí, me arqueo con un gemido que no puedo contener.

—¿Te gusta? —pregunta, y se le nota la sonrisa en la voz.

—Sí… Dios, sí…

—Dímelo. Dime lo que quieres.

—Más. Quiero más.

Jack añade otro dedo. Me folla con ellos mientras su pulgar me frota el clítoris con una precisión que me está volviendo loca.

Y cuando inclina la cabeza y me lame el cuello, cuando sus dientes rascan mi piel y su otra mano sube para agarrarme un pecho por encima del vestido, siento cómo el orgasmo empieza a formarse en mi bajo vientre.

—Jack… voy a…

—Córrete —dice contra mi oído—. Córrete para mí, Emery.

Y me corro.

Me corro tan fuerte que las piernas me tiemblan, que tengo que agarrarme a sus hombros para no caerme. El placer me atraviesa en oleadas, una tras otra, mientras Jack me sostiene y me folla con los dedos hasta que no me queda nada más que darle.

Cuando por fin puedo respirar otra vez, cuando el mundo vuelve a tener sentido, me doy cuenta de que estoy temblando.

Y de que Jack me está mirando como si acabara de ver algo sagrado.

—Dios mío —susurro.

—Sí.

Me obligo a soltarlo. A dar un paso atrás. Las piernas todavía me tiemblan pero consigo mantenerme de pie.

—Ahora yo —digo.

Jack parpadea.

—¿Qué?

—Ahora te toca a ti. —Bajo la vista hacia su entrepierna, donde la erección es más que evidente—. Deja que te…

—No.

Me quedo helada.

—¿Qué?

—Esta noche no.

—Jack…

—Esta noche era para ti. —Me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos—. Solo para ti.

Y antes de que pueda protestar, antes de que pueda decir nada, se inclina y me besa.

Un beso suave, lento, que no se parece en nada a los anteriores.

Y algo en mi pecho se rompe.

Volvemos a la fiesta veinte minutos después.

Nadie parece haberse dado cuenta de que nos hemos ido. O si lo han hecho, son demasiado educados para decir nada.

Nos sentamos con el resto. Cogemos más bebidas. Hablamos y reímos como si no acabara de pasar lo que acaba de pasar.

Pero yo no puedo concentrarme en nada.

Porque lo único en lo que puedo pensar es en Jack.

En sus manos. En sus dedos dentro de mí. En cómo me ha hecho correrme con una facilidad que debería ser ilegal.

En que ha resultado ser un amante de lo más considerado.

En que tiene unas manos mágicas.

Y en que quiero más.

Quiero tocarlo. Quiero verlo deshacerse como yo me he deshecho. Quiero sentirlo.

Quiero tenerlo dentro de mí.

La idea hace que se me tense el estómago. Que el deseo vuelva a encenderse como si nunca se hubiera apagado.

Miro a Jack de reojo. Él está hablando con Luke sobre algo, tan tranquilo, como si no acabara de hacer que me corriera contra unas rocas en la playa.

Y de repente sé que no voy a poder esperar hasta mañana.

No voy a poder esperar hasta que volvamos a la cabaña.

Quiero a Jack.

Ahora.

Y voy a conseguirlo.