El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Jack me besa como si llevara dieciocho meses esperando el permiso para hacerlo. Me besa como si fuera lo único que ha querido hacer desde que nos conocimos. Me besa como si yo fuera el aire y él se estuviera ahogando.

Y yo me derrito contra él.

Me deshago entera.

Sus labios son suaves y firmes a la vez, exigentes sin ser bruscos, y cuando su lengua roza la mía, todo mi cuerpo se enciende de golpe.

Gimo contra su boca.

No puedo evitarlo.

Y Jack responde apretándome más fuerte contra él, con una mano en mi nuca sosteniéndome como si fuera algo precioso, y la otra en la parte baja de mi espalda, tan cerca de mi culo que casi puede tocarlo, pero no lo hace, y eso me vuelve loca.

Quiero más.

Quiero todo.

Quiero sentirlo entero.

Me aprieto contra él. Siento su pecho duro contra el mío. Siento sus abdominales marcados. Siento…

Oh, Dios.

Siento su erección.

Dura. Gruesa. Presionada contra la parte interna de mi muslo.

Y algo dentro de mí se derrite.

Jack me desea.

Jack está tan cachondo como yo.

El pensamiento me atraviesa como un rayo y me hace gemir otra vez, más alto esta vez, y Jack aprovecha para profundizar el beso, para explorar mi boca con una maestría que no debería tener, para lamerme y morderme el labio inferior con tanta precisión que me tiemblan las piernas.

Y entonces, sin previo aviso, Jack avanza tres pasos y me empotra contra el borde de la piscina.

El borde me presiona contra la espalda.

El cuerpo de Jack me presiona por delante.

Y yo quedo atrapada entre los dos, a su merced, completamente suya.

Jack me besa más fuerte. Más profundo. Con una intensidad que hace que se me olvide dónde estoy, con quién estoy, por qué estamos haciendo esto.

Solo existe Jack.

Su boca.

Sus manos.

Su cuerpo presionado contra el mío.

Su lengua acariciando la mía con movimientos lentos y deliberados que me recuerdan exactamente a cómo sería si estuviera dentro de mí, moviéndose así, con esa precisión, con ese ritmo perfecto que…

—¡Eh! ¡Seguid en privadoooo!

El grito de Luke nos atraviesa como un cubo de agua helada.

Me aparto de golpe.

Jack también.

Nos quedamos mirándonos, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, con los labios hinchados, con el agua de la piscina salpicándonos la cara.

Y entonces veo sus ojos.

Las pupilas dilatadas. Tan dilatadas que apenas queda gris.

Como si le hubiera gustado.

Como si se hubiera puesto cachondo.

Como si acabara de besar a la mujer que desea y no a su novia falsa delante de sus amigos.

El corazón se me dispara.

No.

No puede ser.

Jack Anderson no me desea.

Esto es una farsa.

Solo estamos actuando.

Pero la forma en que me está mirando ahora mismo no tiene nada de actuación.

—Emery —empieza.

—Deberíamos… —Me aclaro la garganta—. Deberíamos salir del agua.

—Sí.

Pero ninguno de los dos se mueve.

Nos quedamos ahí, mirándonos, con el aire entre nosotros cargado de algo que no sé nombrar pero que me está quemando por dentro.

Y entonces, antes de que pueda hacer algo estúpido como besarlo otra vez, me doy la vuelta y nado hacia la escalerilla.

El resto de la mañana pasa como entre una bruma.

Recogemos nuestro premio, una botella de champán ridículamente cara que Luke nos entrega con una sonrisa demasiado grande, nos cambiamos de ropa, y nos reunimos con el resto para comer algo rápido antes de la excursión de la tarde.

Y durante todo ese tiempo, intento mantener las distancias con Jack.

Intento no mirarlo.

Intento no pensar en el beso.

Intento no recordar cómo se sentía tenerlo presionado contra mí, duro y caliente y entregado por completo.

Pero no funciona.

Porque cada vez que cierro los ojos, lo único que veo es su cara. Sus ojos. Sus pupilas dilatadas.

Y cada vez que respiro, lo único que huelo es su colonia mezclada con cloro, ese rastro tan suyo que hace que se me tense el estómago.

Estoy jodida.

Completamente jodida.

Porque fingir ser la novia de Jack Anderson me está destrozando la cabeza.

Y lo peor de todo es que ya no sé si estoy fingiendo.

Por la tarde vamos al Volcanoes National Park.

Es una excursión organizada para todos los invitados: autobús, guía turístico, senderos marcados que recorren cráteres y campos de lava solidificada que parecen de otro planeta.

Es impresionante. Objetivamente impresionante.

Pero yo no puedo concentrarme en nada que no sea en Jack caminando a mi lado.

Está más callado de lo normal. Más tenso. Como si también estuviera pensando en el beso. Como si también estuviera intentando procesar lo que ha pasado.

Y cada vez que nuestras manos se rozan al caminar, cada vez que me pasa el brazo por los hombros porque «es lo que haría una pareja real», tengo que esforzarme de verdad para no temblar.

—¿Estás bien? —pregunta al fin, cuando nos quedamos un poco rezagados del grupo.

—Sí. Perfectamente.

—Emery…

—Estoy bien, Jack.

—No lo pareces.

—Pues lo estoy.

Jack me mira durante un segundo demasiado largo. Luego dice:

—El beso…

—Ha sido convincente —lo interrumpo antes de que pueda terminar—. Muy convincente. Luke se lo ha tragado. Todos se lo han tragado. Misión cumplida.

—Eso no es lo que iba a decir.

—Pues ¿qué ibas a decir?

Jack abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.

Y entonces dice:

—Nada. Tienes razón. Ha sido convincente.

Asiento.

—Bien.

—Bien.

Seguimos caminando en silencio.

Y yo me quedo ahí, con el corazón desbocado y la certeza absoluta de que acabo de mentir.

Porque ese beso no ha sido convincente.

Ha sido real.

Y ahora no tengo ni idea de qué voy a hacer con eso.