El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

JACK

La piscina del resort es impresionante.

Como todo lo demás en este sitio, pero la piscina se lleva el premio: es una piscina infinita con borde que se funde con el océano, agua tan azul que parece irreal, tumbonas blancas dispersas por todas partes y una red de voleibol montada en el centro.

Luke está de pie junto a la red con una sonrisa enorme y un silbato colgado del cuello.

—¡Buenos días, tortolitos! —grita cuando nos ve llegar—. Espero que hayáis descansado porque hoy toca competición.

—¿Qué tipo de competición? —pregunta Emery a mi lado.

—Voleibol acuático por parejas. El torneo es eliminatorio. Los ganadores se llevan una botella de champán carísimo y el derecho a fardar durante el resto del fin de semana.

—Suena divertido —dice Emery.

—Suena competitivo —corrijo.

Luke se ríe.

—Por eso lo he organizado. Quiero veros en acción.

Emery me mira de reojo.

—¿Sabes jugar?

—Sé jugar.

—¿Bien?

—Lo bastante bien.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a obtener hasta que empiece el partido.

Emery entrecierra los ojos pero no dice nada más. Se agacha para dejar la bolsa de playa en una de las tumbonas y entonces, sin previo aviso, se desabrocha el mono corto de flores que lleva puesto.

Se baja los tirantes por los hombros.

Desliza la tela hacia abajo por su cuerpo.

Y se queda en biquini.

Y se me olvida cómo se respira.

Lleva un biquini azul turquesa que hace juego con sus ojos pero que debería estar prohibido por alguna convención internacional sobre armas de destrucción masiva.

Porque está compuesto por dos triángulos pequeños que apenas le cubren los pechos (apenas, joder: se le marca el contorno de los pezones a través de la tela) y unas braguitas de tiro alto que se le ajustan a las caderas y dejan a la vista un montón de piel pecosa que nunca he visto antes.

Piel clara salpicada de pecas. Tiene curvas suaves donde la cintura se estrecha antes de ensancharse en las caderas, el ombligo pequeño, perfecto, los muslos torneados y unas piernas largas para alguien de su estatura.

Y ese culo.

Ese culo que he intentado no mirar durante dieciocho meses y que ahora está ahí, envuelto en lycra azul turquesa, a plena vista.

Se me pone dura.

Inmediatamente.

Como un adolescente viendo porno por primera vez.

No. No. No.

Aprieto la mandíbula. Intento pensar en otra cosa. En contratos. En cláusulas de rescisión. En la fusión Morrison que revisé la semana pasada. En el informe trimestral. En cualquier cosa que no sea Emery Davis en biquini.

No funciona.

Sigo poniéndome más duro.

Emery se gira hacia mí con una sonrisa.

—¿Listo?

—Sí —consigo decir, aunque mi voz suena más ronca de lo que pretendía.

—¿Seguro? Pareces… tenso.

—Estoy bien.

Me obligo a apartar la vista. A mirar hacia la piscina. Hacia cualquier sitio que no sea ella.

Y entonces veo a Luke.

Está al otro lado de la piscina, apoyado contra una de las columnas, y se está descojonando. Tiene una mano en el estómago y la cara roja de aguantar la risa.

Me lanza una mirada que dice claramente estás jodido, campeón .

Le enseño el dedo medio con disimulo.

Luke se ríe más fuerte.

El torneo empieza diez minutos después.

Hay seis parejas compitiendo.

Entramos en la piscina. El agua está perfecta, cálida pero refrescante, y llega hasta la altura del pecho de Emery, lo que significa que a mí me llega por la cintura.

Es decir, que tengo una vista privilegiada de Emery en biquini flotando delante de mí.

Concéntrate.

Es un partido de voleibol.

Un partido de voleibol completamente inocente.

Excepto que no hay nada inocente en cómo Emery se mueve en el agua.

En cómo se impulsa hacia arriba cuando va a por la pelota, con el cuerpo saliendo del agua y el biquini pegándose a su piel mojada.

En cómo se ríe cada vez que anotamos un punto, con esa risa contagiosa que hace que todo el mundo se gire a mirar.

Y lo peor, lo mejor, lo más jodidamente confuso, es que es buena.

Muy buena.

Tiene reflejos rápidos, buena técnica, y esa competitividad feroz que reconozco porque yo también la tengo.

—¡A la izquierda! —grita cuando la pelota viene hacia nosotros.

Me lanzo. La golpeo por encima de la red. Los padres de Luke fallan la recepción.

Punto para nosotros.

Emery chilla y se gira hacia mí con los brazos en alto.

—¡Sí! ¡Eso es! ¡Así se hace!

Chocamos los cinco. Y cuando su piel mojada toca la mía, algo en mi pecho se tensa de golpe.

Ganamos el primer set 15-8.

La semifinal es contra una de las parejas de amigos de la universidad.

Son buenos. Mejores que los padres de Luke. Y nos hacen sudar.

Literalmente.

Emery está concentradísima. Tiene esa arruga entre las cejas que aparece cuando está resolviendo un problema complejo, y se mueve por el agua con una precisión que me recuerda a cómo revisa contratos: metódica, implacable, sin dejar nada al azar.

—¡Cuidado! —grito cuando la pelota viene directa hacia ella.

Emery se gira. Salta. Golpea la pelota con el antebrazo en un remate perfecto que los otros no pueden devolver.

Punto.

—¡SÍ! —Emery se gira hacia mí con una sonrisa enorme—. ¿Has visto eso?

—Lo he visto.

—Ha sido perfecto.

—Ha sido aceptable.

—¿Aceptable? —Emery me salpica agua—. Ha sido perfecto y lo sabes.

—Ha tenido un margen de error del veinte por ciento.

—Eres insoportable.

—Soy preciso.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

Emery pone los ojos en blanco, pero está sonriendo.

Y yo me quedo ahí, flotando en el agua, pensando que me encanta discutir con ella. Que me encanta esta versión de Emery: competitiva, desafiante, viva.

Ganamos la semifinal 15-12.

La final es contra Luke y Sarah.

—Preparaos para perder —dice Luke desde el otro lado de la red.

—Preparaos para llorar —responde Emery sin dudar.

—Dios, sois tal para cual —dice Sarah riéndose—. Se nota que sois abogados los dos.

—Yo no soy abogada —dice Emery—. Soy una simple asistente.

Las palabras me golpean como un puñetazo.

Simple asistente.

Como si eso fuera todo lo que es. Como si no fuera la persona más brillante que conozco. Como si no hubiera salvado mis casos más veces de las que puedo contar. Como si no fuera la razón por la que Anderson & Brown tiene el récord de victorias que tiene.

Y antes de poder pensarlo dos veces, digo:

—De momento.

Emery se gira hacia mí.

—¿Qué?

—De momento eres asistente. —La miro a los ojos—. Pero he ganado muchos casos gracias a ti. Más de los que puedo contar. Eres la mejor abogada con la que he trabajado. Y cuando te vayas de Anderson & Brown, quien te contrate va a tener mucha suerte.

Se hace el silencio.

Emery me mira con los ojos muy abiertos, con la boca ligeramente abierta, como si acabara de decir algo que no esperaba.

Y yo me quedo ahí, flotando en el agua, pensando que acabo de meter la pata.

Que acabo de revelar demasiado.

Que acabo de…

—¡Empezamos o qué! —grita Luke.

La pelota viene volando hacia nosotros.

Y empezamos a jugar.

EMERY

No puedo concentrarme.

No puedo concentrarme en la pelota, ni en el partido, ni en Luke gritando algo desde el otro lado de la red.

Lo único en lo que puedo concentrarme es en lo que Jack acaba de decir.

He ganado muchos casos gracias a ti.

Eres la mejor abogada con la que he trabajado.

Quien te contrate va a tener mucha suerte.

Las palabras resuenan en mi cabeza como un eco que no se apaga.

Jack Anderson, el hombre más exigente, más perfeccionista, más imposible de impresionar que he conocido en mi vida, acaba de decir que soy buena.

No. No ha dicho que soy buena.

Ha dicho que soy la mejor.

El estómago se me llena de mariposas de golpe. Cientos de ellas, revoloteando como locas, y tengo que obligarme a respirar hondo para que se me calmen.

Concéntrate.

Es solo un cumplido.

No significa nada.

Excepto que sí significa algo. Significa que Jack me valora. Que reconoce mi trabajo. Que ve lo que hago aunque yo pensara que nunca lo hacía.

Y eso…

Eso lo cambia todo.

—¡Emery! —grita Jack—. ¡La pelota!

Parpadeo. La pelota viene directa hacia mí. Me lanzo. La devuelvo con un remate que sale perfecto.

Punto para nosotros.

Luke gruñe desde el otro lado.

—Vamos, Sarah. No podemos dejar que ganen.

—Lo estoy intentando —dice Sarah entre risas.

Seguimos jugando. Y poco a poco, conforme el partido avanza, consigo olvidarme de las palabras de Jack. Consigo concentrarme en el juego. En ganar.

Porque me encanta ganar.

Y porque Jack está jugando a mi lado como si esto fuera un caso real, con esa concentración absoluta que tiene para todo, y algo en mí quiere demostrarle que tenía razón.

Que soy buena.

Que soy la mejor.

Ganamos 15-13.

Y en el momento en que la pelota toca el agua del otro lado de la red y Luke suelta un «joder» derrotado, algo dentro de mí explota.

Grito.

Un grito de victoria tan alto que probablemente se oye desde el otro lado del resort.

Y antes de poder pensarlo, antes de poder procesarlo, me lanzo hacia Jack.

Salto sobre él con los brazos alrededor de su cuello y las piernas rodeándole la cintura, y Jack me atrapa como si llevara años esperándome.

—¡Hemos ganado! —grito contra su cuello.

—Hemos ganado —repite Jack, y noto la vibración de su voz contra mi pecho.

—¡Somos los mejores!

—Objetivamente, hemos derrotado a tres parejas en un torneo amateur de voleibol acuático. No es…

—Jack.

—¿Qué?

—Cállate y celébralo conmigo.

Jack se ríe. Una risa baja, ronca, que me recorre entera.

Y entonces dice:

—¿Cómo quieres que lo celebre?

—Con un beso.

Las palabras me salen solas. Sin filtro. Sin pensar.

Y en el momento en que las digo, me doy cuenta de lo que acabo de hacer.

Pero ya es tarde.

Porque Jack ya me está mirando con esos ojos grises a los que no se les escapa nada, y hay algo en su expresión que me deja sin aire.

—¿Estás segura? —pregunta.

—Sí.

—Emery.

—Es lo que haría una pareja de verdad, ¿no? Celebrar con un beso.

Jack me sostiene la mirada.

Y entonces me besa.

No es un simple pico.

No es un beso inocente.

No es un beso de pareja falsa delante de amigos.

Es un beso de verdad.