El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

JACK

La cabaña número siete está al final de un camino de piedra iluminado con antorchas tiki que parpadean suavemente en la oscuridad.

Es pequeña. Más pequeña de lo que esperaba.

De madera oscura con techo de paja y un porche cubierto que da al océano.

Desde aquí se oyen las olas romper contra la orilla, ese sonido constante y rítmico que debería ser relajante pero que ahora mismo solo consigue que sea más consciente de cada latido de mi corazón.

Porque Emery está a mi lado.

Porque vamos a dormir bajo el mismo techo.

Porque llevo dieciocho meses soñando con esto y ahora que está pasando no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a la noche.

Abro la puerta con la llave de madera.

Entramos.

Y me quedo paralizado.

La cabaña es… íntima.

No hay otra palabra para describirla. Es un espacio abierto, todo en uno: una zona de estar con un sofá pequeño, una mesita, una puerta que supongo que da al baño. Y al fondo, contra la pared de cristal que da al océano, una cama.

Una sola cama.

No muy grande. Doble, quizás tamaño queen, con sábanas blancas impecables y un montón de cojines decorativos.

Una. Sola. Cama.

Mierda.

El móvil me vibra en el bolsillo.

Lo saco. Es un mensaje de Luke.

«Te he puesto en la cabaña más pequeña. Con la cama más pequeña. De nada, campeón 😉»

Hijo de puta.

Guardo el móvil antes de que Emery pueda ver la pantalla. Pero cuando la miro, veo que ella también está mirando la cama con una expresión que no sé cómo interpretar.

—Es bonita —dice al fin.

—Sí.

—Muy… acogedora.

—Sí.

—Jack.

—¿Qué?

—Solo hay una cama.

—Lo sé.

—Una cama pequeña.

—No es tan pequeña.

—¿Mides un metro noventa y dos y me estás diciendo que esa cama no es pequeña?

Tiene razón. Para mí, esa cama es pequeña. Y si Emery duerme ahí conmigo…

No termino el pensamiento porque mi cuerpo ya ha decidido reaccionar a la imagen mental y ahora mismo necesito pensar en otra cosa. En cualquier otra cosa.

—Podemos apañarnos —digo.

Emery se gira hacia mí.

—¿Perdona?

—La cama. Podemos compartirla.

—Ni de coña.

—Emery…

—Ni. De. Coña. —Se cruza de brazos—. No vamos a dormir juntos en esa cama. Y menos con lo enorme que eres tú.

Con lo enorme que soy.

Las palabras resuenan en mi cabeza de una forma que no debería y tengo que obligarme a concentrarme.

—Entonces ¿qué propones?

—Yo duermo en el porche. —Emery señala hacia la puerta de cristal que da al porche cubierto—. Hace una noche estupenda. Ni siquiera hace frío.

—No vas a dormir en el porche.

—Sí voy a dormir en el porche.

—Emery —la llamo.

Pero ella ya ha cogido una de las almohadas de la cama y está abriendo la puerta de cristal que da al exterior. Sale al porche, donde hay una tumbona de madera con cojines blancos, y deja la almohada encima.

—Listo —dice—. Perfecto. Duermo aquí y tú en la cama. Problema resuelto.

Me la quedo mirando.

Luego digo:

—Por encima de mi cadáver.

—¿Qué?

—He dicho que por encima de mi cadáver. —Cruzo el espacio entre nosotros en cuatro zancadas—. Si alguien va a dormir fuera, voy a ser yo.

—Jack, no seas ridículo.

—No soy ridículo. Soy práctico. Tú pesas cincuenta kilos. Yo noventa. Si hay que dormir en una tumbona incómoda, lo haré yo.

—No peso cincuenta kilos.

—Cincuenta y cinco.

—Eso tampoco es…

—Emery. —La miro a los ojos—. No voy a dejar que duermas en el porche. No va a pasar.

Emery me sostiene la mirada. Veo el momento exacto en que decide que no vale la pena discutir conmigo.

—Vale —dice al fin—. Duerme donde te dé la gana.

Se da la vuelta y entra en la cabaña con pasos firmes. Cierra la puerta de cristal. Y yo me quedo ahí fuera, en el porche, con el sonido de las olas de fondo y la certeza de que acabo de ganar una discusión, pero he perdido algo más importante.

La posibilidad de dormir cerca de ella.

La tumbona no es tan incómoda como esperaba.

Los cojines son gruesos, la brisa marina es agradable y el rumor del océano tendría que arrullarme. Pero no puedo dormir. Porque a escasos metros, separada de mí solo por una puerta de cristal, está Emery.

Tumbada en esa cama.

Sola.

Y yo estoy aquí fuera como un imbécil porque he tenido que demostrar algo. Porque no he sido capaz de decir lo que de verdad quería decir: quédate en la cama conmigo. Prometo no tocarte. Prometo mantener la distancia. Pero por favor, deja que duerma cerca de ti, aunque sea esta noche.

Me paso una mano por la cara.

Esto es ridículo.

Estoy en Hawái, en el paraíso, en una boda con la mujer que llevo dieciocho meses deseando, y estoy durmiendo en un porche porque soy demasiado cobarde para admitir lo que siento.

El móvil me vibra otra vez.

Es otro mensaje de Luke.

«¿Cómo va la noche, campeón? 😏»

«Vete a la mierda» , escribo.

«De nada. Y oye, mañana por la mañana hay actividad obligatoria: voleibol acuático en pareja. No llegues tarde.»

Guardo el móvil sin contestar.

Cierro los ojos. Intento dormir.

Y entonces oigo la puerta de cristal abrirse.

EMERY

Me he tumbado en la cama hace veinte minutos.

Veinte minutos que han sido los más largos de mi vida.

Porque no puedo dejar de pensar en que Jack está ahí fuera. En el porche. Durmiendo en una tumbona que no puede ser cómoda para alguien de su tamaño. Por mi culpa.

Porque he sido una cabezota de mierda.

Porque en lugar de compartir la cama como dos adultos civilizados, he montado un numerito y ahora él está fuera y yo estoy aquí sintiéndome fatal.

Me doy la vuelta. Miro el techo. Cuento hasta cien.

No funciona.

La culpa me está comiendo viva.

Y lo peor es que ni siquiera sé por qué he reaccionado así. Bueno, sí lo sé. Sé exactamente por qué: porque la idea de dormir al lado de Jack me aterra. No porque me dé miedo él, sino porque me doy miedo yo. Lo que podría hacer. Lo que mi cuerpo podría hacer sin mi permiso.

Porque llevo todo el día siendo hiperconsciente cada vez que me toca. De su mano en mi espalda. De su brazo alrededor de mis hombros. De cómo me ha besado la sien delante de sus amigos como si fuera lo más natural del mundo.

Y porque no puedo dejar de pensar en el avión. En estar sobre él. En cómo me sostuvo. En lo segura que me sentí.

En lo mucho que me gustó.

Y si duermo a su lado… si por la noche me acerco a él sin querer… si me despierto abrazada a él…

No. No puedo arriesgarme.

Pero tampoco puedo dejar que duerma ahí fuera.

Me levanto.

Voy hasta la puerta de cristal y la abro.

Jack está tumbado en la tumbona con los ojos cerrados. No está dormido. Lo sé porque tiene la mandíbula demasiado tensa, los hombros demasiado rígidos.

—Jack —digo.

Abre los ojos. Me mira.

—¿Qué pasa?

—Entra.

—Estoy bien aquí.

—No. No lo estás. —Cruzo el porche hasta donde está—. Entra. Por favor.

—Emery.

—Jack. He sido una idiota. Lo siento. Puedes dormir en la cama. Yo… yo dormiré en el sofá.

—No vas a dormir en el sofá.

—Entonces duerme tú en el sofá.

—El sofá es más pequeño que la tumbona.

—Pues… —Me paso una mano por el pelo—. Pues compartimos la cama. Como dos adultos civilizados. Sin… sin tocarnos.

Jack se incorpora despacio. Me mira con esos ojos grises que parecen verlo todo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Emery?

—¿Qué?

—¿Estás segura?

No. No estoy segura. Estoy todo lo contrario a segura. Pero no voy a dejar que duerma aquí fuera.

—Sí —repito—. Estoy segura. Entra. Por favor.

Jack me sostiene la mirada un instante más. Luego asiente.

Se levanta.

Me sigue al interior de la cabaña.

Y yo cierro la puerta de cristal pensando que acabo de cometer un error enorme.

Nos metemos en la cama como si fuéramos dos desconocidos compartiendo asiento en el metro.

Yo me pego al borde derecho. Jack se pega al borde izquierdo. Hay un espacio de al menos treinta centímetros entre nosotros. Treinta centímetros que parecen un kilómetro y un milímetro a la vez.

Jack apaga la luz.

La oscuridad nos envuelve de golpe. Solo queda el sonido del océano de fondo y mi respiración demasiado acelerada.

—Buenas noches —dice Jack.

—Buenas noches.

Y entonces se hace el silencio.

Intento relajarme. Intento cerrar los ojos y dormir como una persona normal. Pero no puedo. Porque no consigo olvidarme de que Jack está ahí. A unos centímetros. Tumbado de espaldas, seguramente mirando el techo como yo.

Noto su calor. Huelo su colonia mezclada con algo más masculino, más él. Oigo su respiración, lenta y controlada.

Y mi cuerpo reacciona.

Se me acelera el pulso. Se me tensa el estómago. Y algo mucho más abajo se despierta de golpe, cálido y líquido, y exige atención.

Para.

Para ahora mismo.

Es Jack Anderson. Tu jefe. El hombre que vas a dejar en cuanto vuelvas a Nueva York.

Pero mi cuerpo no escucha. Mi cuerpo solo sabe que Jack está cerca. Que su cuerpo grande y cálido y musculoso está a escasos centímetros del mío. Y que si extendiera la mano podría tocarlo.

Aprieto las manos contra las sábanas para no hacerlo.

—¿Emery? —La voz de Jack suena en la oscuridad.

—¿Qué?

—¿Estás bien?

—Sí. Perfectamente.

—Estás muy tensa.

—No estoy tensa.

—Te oigo respirar. Estás tensa.

Maldito hombre con su maldita capacidad de observación.

—Estoy bien —repito—. Duerme.

Jack no contesta. Pero tampoco se mueve.

Y yo me quedo ahí tumbada, con el corazón latiéndome demasiado rápido y el cuerpo demasiado despierto, pensando en lo irónico que es todo esto.

Llevo nueve meses intentando alejarme de Jack Anderson.

Y ahora estoy en la misma cama que él, a punto de perder la cabeza porque me pone cachonda tenerlo tan cerca.

Estoy loca.

¿Qué me pasa?

Cierro los ojos con fuerza. Intento pensar en otra cosa. En contratos. En cláusulas. En cualquier cosa que no sea el hombre que tengo al lado.

No funciona.

Porque sé cómo duermo yo. Sé que soy abrazadora. Que por la noche me muevo. Que busco calor sin darme cuenta.

Y sé que, si me duermo ahora, hay muchas probabilidades de que me despierte mañana tirada sobre Jack como una manta humana.

La idea debería horrorizarme.

Pero lo único que consigue es que se me acelere todavía más el pulso.

Me obligo a respirar hondo. A contar hasta cien. A pensar en cosas aburridas como informes legales y estadísticas fiscales.

Y al final, después de lo que parecen horas pero probablemente son solo minutos, el agotamiento del vuelo y el día me vence.

Me quedo dormida.

Inquieta. Tensa. Con el cuerpo todavía zumbando de deseo.

Y con el miedo de lo que podría pasar cuando me despierte.