CAPÍTULO 7
EMERY
El resort es obsceno.
No hay otra palabra para describirlo. Está lleno de cabañas de madera dispersas entre palmeras altísimas, caminos de piedra que serpentean entre jardines tan verdes que casi duelen a la vista, y hay flores por todas partes.
Flores que no sé ni cómo se llaman pero que huelen a dulce, a tropical, a sitio en el que la gente normal no puede permitirse estar.
Y al fondo, el océano. Azul turquesa, tranquilo, extendiéndose hasta donde alcanza la vista.
—Madre mía —susurro.
Jack me mira de reojo mientras caminamos hacia la recepción.
—¿Te gusta?
—Jack. Esto es el paraíso.
—Es un resort de cinco estrellas.
—Es obsceno. Esto no puede ser legal.
Algo que podría ser casi una sonrisa le cruza la expresión, pero no dice nada.
El corazón se me acelera porque no estoy acostumbrada a verlo sonreír.
La recepción no es una recepción normal.
Es algo sacado de otro mundo. Es una estructura abierta con techo de paja, sin paredes, con el océano de fondo y ventiladores enormes girando despacio en el techo.
Una mujer nos recibe con una sonrisa enorme y dos zumos tropicales en copas altas que nos tiende antes de que podamos decir nada.
—Bienvenidos a Hawái —dice—. ¿Señor Anderson?
—Sí.
—Perfecto. Tenemos su reserva. —Consulta algo en el ordenador y luego nos tiende dos llaves de madera con un número tallado—. Cabaña número siete. Sus maletas ya están de camino. ¿Quieren que les enseñe cómo llegar o prefieren el mapa?
—Con el mapa es suficiente, gracias.
—Maravilloso. —Nos da un pequeño plano del resort—. Cualquier cosa que necesiten, estamos aquí. Ah, y el resto de los invitados de la boda están en la terraza junto a la piscina. Los novios han preguntado por ustedes hace un momento.
Jack asiente.
—Gracias.
Cogemos las llaves. Yo le doy un sorbo al zumo —está buenísimo, dulce y ácido a la vez, con trocitos de fruta fresca flotando— y miro a Jack.
—¿Vamos a la cabaña primero o….?
—Como van a llevar las maletas ellos podemos ir ya con mis amigos.
Por supuesto. Tiene todo el sentido del mundo.
Vamos hacia donde se escuchan voces y risas.
Y con cada paso que doy, el estómago se me cierra un poco más.
Porque esto es real.
Voy a conocer a sus amigos. Voy a tener que fingir que somos pareja. Y cada vez que pienso en eso, lo único que me viene a la cabeza es el avión.
El maldito avión.
Estar sentada sobre Jack durante esas turbulencias interminables. Sus brazos rodeándome. Su voz en mi oído diciéndome estoy aquí, no te voy a soltar . La sensación de su cuerpo bajo el mío, sólido, cálido, seguro.
Nunca me había sentido así.
Nunca me había sentido tan envuelta. Tan protegida. Tan increíblemente a salvo que casi me olvidé de que estaba en un avión a diez mil metros de altura.
Y ahora voy a tener que pasar cuatro días fingiendo que me gusta este hombre cuando la verdad es que no voy a tener que fingir nada.
Se me acelera el pulso solo de pensarlo.
—Emery.
Levanto la vista. Jack se ha detenido y me está mirando con el ceño un poco fruncido.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—No. Estás hiperventilando otra vez.
Tiene razón. El pecho me sube y baja demasiado rápido.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Jack.
—Mírame.
Lo miro. Está demasiado cerca, bloqueando la luz, y esos ojos grises me observan con una intensidad que hace que se me olvide por qué estaba nerviosa.
—Va a salir bien —dice.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque confío en ti.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale.
Jack me sostiene la mirada durante un segundo más. Luego asiente y echa a andar otra vez.
Yo lo sigo, intentando que no se me note que el corazón me late tan fuerte que me duele.
La terraza junto a la piscina está llena de gente.
Hay al menos quince personas dispersas en grupos, sentadas en sofás de mimbre con cojines blancos, con bebidas en la mano y esa risa fácil que tiene la gente que se conoce desde hace años.
Y en cuanto aparecemos, todos se giran a mirarnos.
—¡Jack!
Un hombre alto, rubio, con una camisa hawaiana llena de flamencos se levanta de golpe y cruza la terraza hacia nosotros. Tiene esa energía de cachorro enorme que no sabe que es enorme.
Jack apenas se tensa a mi lado.
—Luke.
—Tío. Por fin. —Luke lo abraza con un golpe en la espalda que casi lo tira—. Pensaba que te habías echado atrás.
—He dicho que vendría.
—Ya, pero te conozco. Odias las bodas.
—No odio las bodas.
—Sí las odias. —Luke se gira hacia mí y la sonrisa se le ensancha todavía más—. Tú debes de ser Emery.
—Sí. Hola.
Me tiende la mano. Se la estrecho. Tiene un apretón cálido, firme, y unos ojos azules que te miran como si ya fuerais amigos.
—Soy Luke Patterson. El novio. Jack me ha hablado mucho de ti.
—¿Ah, sí?
—Sí. No para, de hecho.
Jack le lanza una mirada que podría congelar el océano.
—Luke.
—¿Qué? Es verdad. —Luke me guiña un ojo—. Este tío lleva meses hablando de ti cada vez que quedamos.
Se me sube el calor a las mejillas de golpe.
—Yo…
Y entonces Jack hace algo completamente inesperado.
Me pasa el brazo por los hombros.
Me atrae hacia él.
Me besa en la sien.
Es un gesto rápido, natural, el tipo de cosa que haría un novio sin pensarlo dos veces. Pero hace que se me dispare el pulso como si acabara de saltar de un acantilado.
—Ignóralo —dice Jack contra mi pelo—. Lleva toda la semana insoportable.
—Es mi boda —protesta Luke—. Tengo derecho.
—Tienes derecho a estar callado.
Luke se ríe y me mira.
—Me caes bien. Cualquiera que aguante a este témpano merece una medalla.
Antes de que pueda contestar, una mujer se acerca a nosotros. Es menuda, con el pelo oscuro recogido en un moño despeinado y una sonrisa que le ilumina toda la cara.
—Soy Sarah —dice tendiéndome la mano—. La novia. Encantada de conocerte por fin.
—Igualmente.
—Jack nos ha contado que trabajas en su bufete.
—Sí.
—Derecho corporativo, ¿no?
—Sí.
—Debe de ser interesante.
—Lo es.
Sarah sonríe.
—Luke me ha dicho que os conocisteis allí.
—Así es.
—¿Y fue…? —Sarah hace un gesto con la mano, como si buscara la palabra correcta—. ¿Fue amor a primera vista?
Me quedo callada. No sé qué contestar. No hemos preparado esto. Y ahora mismo mi cerebro está demasiado ocupado intentando no temblar porque sigo sintiendo el fantasma de sus labios en mi sien.
Pero Jack contesta sin dudar.
—Para mí sí —dice, y su voz suena más baja, más íntima—. Pero ella tardó un poco más.
—Estaba ocupada trabajando.
—Estabas asustada.
—No estaba asustada.
—Sí lo estabas. —Jack me mira directamente y hay algo en sus ojos que hace que se me olvide respirar—. Porque sabías que, si decías que sí, esto iba a ser importante.
Se me corta la respiración.
Sé que es mentira. Sé que estamos actuando.
Pero la forma en que me está mirando hace que algo dentro de mí se derrita.
—Dios mío —dice Sarah—. Sois adorables.
Luke suelta una carcajada.
—Jack Anderson, el hombre de hielo, ha resultado ser un blando. Quién lo hubiera dicho.
—No soy un blando —dice Jack sin apartar los ojos de mí.
—Tío. Acabas de decir que fue amor a primera vista.
—He constatado un hecho.
—Eso es lo más romántico que te he oído decir en diez años.
Jack no contesta. Solo me mira durante un segundo más antes de apartar la vista.
Y yo me quedo ahí de pie, con el corazón desbocado y la piel todavía ardiendo donde me ha besado, pensando que esto va a ser mucho más difícil de lo que imaginaba.
Nos presentan al resto.
Los padres de Luke —una pareja encantadora que me abraza como si me conocieran de toda la vida—, tres parejas de amigos de la universidad, dos primos, una hermana.
Y durante todo ese tiempo, Jack no me suelta.
No literalmente. Pero siempre hay contacto.
Una mano en la parte baja de mi espalda cuando estamos de pie.
El brazo alrededor de mis hombros cuando nos sentamos en uno de los sofás.
Los dedos entrelazados con los míos cuando alguien cuenta una anécdota y todo el mundo se ríe.
Y lo peor, o lo mejor, o lo más confuso, es que parece de lo más natural. Como si lleváramos años haciendo esto. Como si tocarme fuera tan instintivo para él como respirar.
Pero yo no puedo dejar de pensar en el avión.
En estar sobre él.
En cómo me rodeó con los brazos y me sostuvo como si fuera lo más valioso del mundo.
En lo segura que me sentí.
Y ahora está aquí, con la mano dibujando círculos distraídos en mi espalda, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no temblar.
Cenamos en la misma terraza.
No es una cena formal. Solo un tentempié rápido para que todos coman algo antes de irse a descansar. Ensaladas, fruta tropical, sándwiches que parecen demasiado bonitos para ser comida real.
Yo me siento entre Jack y Sarah. Luke está al otro lado de la mesa, contando una historia sobre cómo perdieron las alianzas dos veces antes de decidir que Sarah las iba a guardar ella, y todo el mundo se ríe.
Jack no se ríe. Pero sonríe. Una sonrisa pequeña, apenas visible en la comisura de los labios.
Y cuando me pilla mirándolo, la sonrisa se ensancha una pizca.
Se me olvida masticar.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja, inclinándose hacia mí.
—Sí.
—No has comido nada.
—No tengo hambre.
—Emery. Come algo.
—Estoy bien.
Jack entrecierra los ojos. Luego coge un trozo de piña del plato que hay en el centro de la mesa y lo deposita en el mío.
—Come.
—Eres muy mandón.
—Soy práctico.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
No puedo evitar sonreír. Y Jack me devuelve la sonrisa.
Una sonrisa de verdad esta vez. Pequeña, pero real.
Y tengo que apartar la mirada antes de que se me note en la cara lo mucho que me afecta.
Cuando terminamos de cenar son casi las diez.
Todo el mundo empieza a levantarse, a despedirse con abrazos y risas, a decir nos vemos mañana y que descanséis .
Luke nos abraza a los dos antes de irse.
—Me alegro mucho de que hayas venido —le dice a Jack—. De verdad.
—Gracias por invitarnos.
—Y gracias por traer a Emery. —Luke me sonríe—. Mañana empieza la locura. Espero que estéis descansados.
—Lo estaremos —dice Jack.
—Seguro que sí. —Luke nos guiña un ojo y se va con Sarah hacia su cabaña, con el brazo alrededor de su cintura.
Jack y yo nos quedamos de pie en el camino de piedra, bajo las luces que cuelgan de las palmeras, con el sonido de las olas de fondo.
Solos.
Por primera vez en horas, solos de verdad.
—Deberíamos ir a la cabaña —dice Jack.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se mueve.
Nos quedamos ahí, mirándonos, y de repente caigo en la cuenta de lo que significa ir a la cabaña.
De que vamos a estar solos.
De que vamos a dormir en la misma habitación.
De que esto es real.
Me sostiene la mirada un instante más. Luego dice:
—Vamos.
Y echa a andar por el camino.
Yo lo sigo, con el corazón latiéndome demasiado rápido y la certeza absoluta de que esta noche va a ser muy, muy larga.