CAPÍTULO 6
JACK
Llego al aeropuerto a la una y media.
Media hora antes de lo acordado, lo cual es ridículo porque Emery dijo que estaría aquí a las dos. Pero no he podido evitarlo. Me he pasado toda la noche despierto pensando en que podría cambiar de opinión. En que podría no venir y mi plan de pasar tiempo con ella se iría a la mierda.
Me quedo de pie junto a la zona de facturación, con la maleta a un lado y el móvil en la mano, comprobando la hora cada treinta segundos como un adolescente esperando a su cita del instituto.
La una treinta y cinco.
La una cuarenta.
La una cuarenta y cinco.
A la una cincuenta empiezo a pensar que no va a venir.
Que ha recuperado el sentido común durante el día y ha decidido que fingir ser mi novia durante un fin de semana es una idea terrible. Que prefiere quedarse atrapada en el bufete seis meses más antes que subirse a un avión conmigo.
Y no puedo culparla.
Pero la idea de volver a mi vida vacía sin haber tenido ni siquiera esto…
Se me cierra el estómago.
Debería de haber hecho que esta mañana trabajase en el bufete en vez de darle la mañana libre.
Miro el móvil otra vez.
La una cincuenta y seis.
Y entonces la veo.
Emery está cruzando la terminal hacia mí, con una maleta rodando detrás y el pelo recogido en una coleta alta que le balancea con cada paso. Lleva vaqueros, una camiseta blanca y una chaqueta vaquera, y está preciosa.
Algo en mi pecho se afloja de golpe.
Ha venido.
Ha venido de verdad.
Me quedo ahí de pie, mirándola acercarse, y tengo que obligarme a mantener la expresión neutral cuando lo que de verdad quiero hacer es sonreír como un imbécil.
Emery llega hasta mí y se detiene. Me mira con esos ojos verdes que me desarman cada vez que decide posarlos sobre mí.
—Buenas tardes —dice.
—Buenas tardes.
Y entonces me doy cuenta. Algo va mal.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Emery.
—¿Qué?
—Estás pálida.
—Estoy bien.
—Y te tiemblan las manos.
Baja la vista. Las manos le tiemblan contra el asa de la maleta. Luego vuelve a mirarme con esos ojos verdes que parecen demasiado grandes en su cara.
—Estoy bien —repite, pero la voz le sale demasiado aguda.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Emery. Dime la verdad.
—Vale. —Suelta el aire de golpe—. No me gustan los aviones.
Me quedo mirándola.
—¿No te gustan los aviones?
—No.
—¿Y cuándo pensabas mencionarlo?
—Pensaba que podría manejarlo.
—¿Y puedes?
—No.
Me quedo callado durante un segundo, procesando esto.
—¿Me estás diciendo que tienes miedo a volar?
—Sí.
—¿Miedo o pánico?
—Pánico. —Se pasa una mano por el pelo—. Pánico absoluto. Pánico del tipo «si me dieran un paracaídas estaría más tranquila».
Tengo que hacer un esfuerzo consciente para no reírme.
Porque es ridículo. Objetivamente ridículo. Un paracaídas en un avión comercial no serviría absolutamente de nada.
—Emery. No podrías usar un paracaídas en un avión comercial.
—Lo sé.
—Las turbinas te succionarían antes de que pudieras abrirlo.
Emery me mira con los ojos entrecerrados.
—No es el momento para tu molesta racionalidad, Jack.
—Es la única racionalidad que tengo.
—Pues guárdatela.
Esta vez no puedo contener la sonrisa. Es pequeña, apenas un movimiento en la comisura de los labios, pero está ahí.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Porque pensaba que podría manejarlo. —Se cruza de brazos—. Y porque no quería que pensaras que soy débil.
—No pienso que seas débil.
—¿Ah, no?
—No. Pienso que tienes una fobia irracional pero comprensible a ceder el control en una situación sobre la que no tienes ninguno.
Emery me mira durante un segundo. Luego dice:
—¿Acabas de psicoanalizarme?
—He constatado un hecho.
—Maravilloso. Muchas gracias. Me siento mucho mejor.
Hay algo en su sarcasmo que me resulta reconfortante. Eso significa que todavía es ella. Que el pánico no la ha consumido del todo.
—Vamos —digo—. Tenemos que facturar.
La facturación es rápida. Me ocupo de todo mientras Emery espera junto a la báscula, con los brazos cruzados y esa expresión tensa que tiene cuando está intentando mantener la compostura.
Cuando terminamos y nos dirigimos hacia la puerta de embarque, noto que respira demasiado rápido.
—Emery.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—No. Estás hiperventilando.
La guío hacia un banco junto a la pared. Ella se sienta sin protestar, lo cual me dice todo lo que necesito saber sobre su estado actual.
Me siento a su lado.
—Mírame.
Me mira.
—Inspira. Durante cinco segundos.
Inspira. Puedo ver cómo cuenta mentalmente.
—Aguanta. Cinco segundos.
Aguanta.
—Suelta. Cinco segundos.
Suelta.
Repetimos el ejercicio tres veces más hasta que su respiración se normaliza y el color asoma en sus mejillas.
—¿Estás mejor? —digo.
—Sí. Gracias.
Nos quedamos sentados en silencio durante un momento. Luego pregunto:
—¿Qué necesitas?
—No lo sé. —Se pasa las manos por la cara—. Distracción, supongo. Algo en lo que concentrarme que no sea el hecho de que voy a pasar once horas en el aire.
—Puedo hacer eso.
—¿Cómo?
—Hablaremos de trabajo.
—¿De trabajo?
—Sí. Tengo un caso. Necesito una segunda opinión.
Es mentira. No necesito ninguna segunda opinión. Pero necesito que Emery deje de pensar en el vuelo, así que empiezo a contarle los detalles de una fusión empresarial que estoy revisando.
Y funciona.
En cuanto empiezo a hablar de cláusulas de no competencia y precedentes legales, veo cómo su cerebro cambia de marcha. Cómo se concentra en el problema en lugar de en el pánico.
Hablamos durante veinte minutos. Discutimos estrategias. Y cuando llaman nuestro vuelo para embarcar, Emery se levanta con paso firme.
Objetivo cumplido.
El avión es un Boeing 767. Hileras de asientos, compartimentos superiores, azafatas que nos indican dónde sentarnos.
Nuestros asientos están en la fila 23. Ventanilla y pasillo.
—Yo me siento en el pasillo —digo.
—¿Por qué?
—Porque tú necesitas la ventanilla.
—No necesito la ventanilla. Prefiero el pasillo.
—Emery. Siéntate junto a la ventanilla.
—¿Por qué?
—Porque así podrás ver que estamos volando y no cayendo. Te ayudará.
No estoy seguro de que eso sea verdad. Pero suena lógico y necesito que se siente antes de que empiece a hiperventilar otra vez.
Emery se sienta junto a la ventanilla. Yo me acomodo en el asiento del pasillo, saco el portátil de la mochila y lo abro.
—¿Vas a trabajar durante el vuelo? —pregunta Emery.
—Sí.
—¿Once horas?
—No veo por qué no.
—Porque es inhumano.
—Es eficiente.
—Es adicción al trabajo en grado clínico.
La miro por encima de la pantalla.
—¿Y tú qué has traído?
Emery baja la vista hacia su mochila, donde asoman las esquinas de dos carpetas llenas de documentos.
—Eso es diferente.
—¿Cómo es diferente?
—Porque yo no soy adicta al trabajo.
—Emery. Has traído trabajo para hacer en el avión.
—Es por si me aburro.
—Ajá.
—No me mires así.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si acabaras de ganar un argumento.
—Acabo de ganar un argumento.
Emery abre la boca para contestar, pero en ese momento el avión se mueve. Un temblor ligero cuando retiran la pasarela.
Veo cómo se le tensan los hombros de golpe.
—Es solo que están retirando la pasarela —digo sin levantar la vista del portátil.
—Lo sé.
—No va a pasar nada.
—Lo sé.
Pero puedo ver cómo le tiemblan las manos donde las tiene apretadas contra los reposabrazos.
El avión empieza a rodar hacia la pista. Emery se queda muy quieta, con la vista fija en el respaldo del asiento de delante.
Los motores aceleran.
El avión acelera.
Y justo cuando empezamos a despegar, justo cuando siento que las ruedas se separan del suelo, extiendo la mano y cubro la suya con la mía.
Emery se gira hacia mí de golpe. Me mira con los ojos muy abiertos.
—Estoy aquí —digo—. Estoy contigo.
Emery aprieta mi mano con tanta fuerza que casi duele.
Y yo me quedo ahí, sosteniendo su mano mientras el avión sube y sube, pensando que no debería haber hecho esto.
No debería haberla tocado.
Porque ahora que sé cómo se siente su piel contra la mía, ahora que he sentido cómo me aprieta la mano como si fuera su único punto de anclaje con la realidad, sé que nunca voy a poder olvidarlo.
Soy adicto.
De golpe. Completamente.
Y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a cuatro días en Hawái sin tocarla más de lo que el contrato me permite.
Una vez que estamos en el aire y el avión se estabiliza, Emery se relaja un poco.
Abre los ojos. Mira por la ventanilla a las nubes blancas extendiéndose hasta el horizonte.
—¿Mejor? —pregunto.
—Sí.
Le suelto la mano. Ella la retira despacio, como si le costara separarse.
Vuelvo al portátil. Intento concentrarme en el informe que estoy revisando. Pero cada cinco minutos levanto la vista para mirarla, para comprobar que está bien.
Emery saca una de sus carpetas. Empieza a leer. Y durante las primeras tres horas del vuelo, ambos trabajamos en silencio.
Es… agradable.
Más agradable de lo que debería ser solo el hecho de estar al lado de otro ser humano. Algo que por cierto nunca he disfrutado hasta ella.
A la cuarta hora empiezan las turbulencias.
No son fuertes al principio. Solo un temblor ligero. Pero veo cómo Emery se tensa de golpe, cómo se agarra al reposabrazos con los nudillos blancos.
—Es solo aire —digo—. Bolsas de aire de diferentes temperaturas. Es lo más normal del mundo.
—Lo sé.
El avión se sacude otra vez. Esta vez más fuerte.
El piloto enciende la señal de los cinturones de seguridad.
Mierda.
Miro a Emery. Está pálida otra vez. Respira demasiado rápido.
—Emery…
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Estoy bien.
El avión se sacude con más violencia. Las turbulencias se intensifican. Y entonces, antes de que pueda procesar lo que está pasando, Emery se desabrocha el cinturón, se levanta y se sube encima de mí.
Literalmente encima de mí.
Se sienta a horcajadas en mi regazo, con las piernas a ambos lados de mis muslos, con las manos aferradas a mis hombros y la cara escondida en mi cuello.
—No me quites —dice contra mi piel—. No me digas nada. Solo… solo déjame estar aquí.
Joder.
Mi cuerpo reacciona de inmediato. Cada terminación nerviosa se enciende de golpe. Puedo sentir su peso sobre mí, su calor, cómo tiembla mientras el avión se sacude.
Y mi cuerpo decide que este es el momento perfecto para ponerse duro.
No. No. No.
Intento pensar en otra cosa. En contratos. En cláusulas legales. En la fusión Morrison. En cualquier cosa que no sea Emery sentada en mi regazo, con su cuerpo presionado contra el mío.
No funciona.
Me pongo más duro.
Emery se mueve ligeramente, acomodándose, y suelto un gemido ahogado que espero que ella no haya escuchado.
—¿Estás bien? —pregunta contra mi cuello.
—Sí.
—Gracias. Por… por dejarme hacer esto.
—No hay problema.
Hay un problema enorme. Hay un problema del tamaño de Manhattan.
Intento mantener las manos quietas. Las pongo en los reposabrazos, lejos de ella, porque si la toco ahora no voy a poder parar.
Pero el avión se sacude otra vez y Emery se aferra más fuerte a mí, y mis manos se mueven por voluntad propia, rodeándola, sosteniéndola.
—Estoy aquí —digo, y mi voz suena más ronca de lo que pretendía—. No te voy a soltar.
Emery asiente contra mi cuello. Su aliento cálido contra mi piel hace que se me tense todo el cuerpo.
Me voy a morir, joder.
Voy a reventar, en este avión, con Emery sentada en mi regazo, del todo ajena al efecto que está teniendo en mí.
Las turbulencias duran diez minutos. Diez minutos eternos en los que intento controlar mi respiración, mi cuerpo, mis manos que quieren explorarla, memorizar cada curva.
Diez minutos en los que me doy cuenta de que estoy completamente jodido.
Porque esto, tenerla cerca, sostenerla, sentir su peso sobre mí, es lo mejor que me ha pasado en toda la vida. Y cuando las turbulencias se calman y ella vuelve a su asiento, sé que voy a echar de menos cada segundo de esto.
Y que nunca voy a poder olvidar la sensación de tenerla encima.
Las siguientes horas pasan en una especie de niebla.
Emery vuelve a trabajar. Yo intento concentrarme en el portátil. Pero cada cinco minutos la miro de reojo, comprobando que está bien.
Y cada vez que la miro, me acuerdo de cómo se sentía tenerla encima de mí.
A la décima hora empezamos el descenso.
El avión se inclina hacia delante. Emery se tensa de inmediato.
—Jack.
—¿Qué?
—Estamos cayendo.
—No estamos cayendo. Estamos descendiendo.
—No. Estamos cayendo en picado.
La miro. Ella me está mirando con los ojos muy abiertos, seria.
—Mírame y dime que no estamos cayendo en picado.
Y no puedo evitarlo.
Me echo a reír.
No es una risa pequeña. Es una carcajada completa, profunda, que me sale desde el pecho y que no puedo contener.
Emery me mira como si me hubiera vuelto loco.
—¿Te estás riendo de mí?
—Sí. —Intento contener la risa y fracaso—. Lo siento. Es que… «cayendo en picado». Como si el piloto hubiera decidido estrellarnos contra el océano.
—Podría haberlo hecho.
—No lo ha hecho. —Cojo su mano otra vez—. Estamos descendiendo. Es normal. Es lo que hacen los aviones antes de aterrizar.
Emery me mira durante un segundo. Luego, muy despacio, sonríe.
—Jamás te había escuchado reír.
—No suelo hacerlo.
—Deberías. Te queda bien.
Algo en mi pecho se tensa de golpe.
—Emery.
—Estoy bien —dice—. Pero no me sueltes la mano.
—No te voy a soltar.
Y no lo hago.
La sostengo durante todo el descenso, durante el aterrizaje, durante el momento en que las ruedas tocan la pista.
Y cuando el avión se detiene por fin y los pasajeros empiezan a aplaudir, cuando Emery suelta un suspiro de alivio tan profundo que parece que llevara once horas conteniéndolo, lo único en lo que puedo pensar es en que acabo de pasar las mejores once horas de mi vida.
Aunque hayan sido también las más tortuosas.
Cuando aterrizamos, en Hawái son las ocho de la tarde. En Nueva York, las dos de la madrugada: seis horas por delante. Hemos salido a las tres de la tarde, hemos volado once horas y, gracias a esas seis horas de diferencia, aterrizamos justo a tiempo de ver caer la noche sobre la isla.
El aeropuerto de Kona es pequeño y abierto. Recogemos las maletas y salimos a la zona de llegadas donde nos espera una mujer con dos collares de flores y un cartel con nuestro nombre.
—¿Señor Anderson? —pregunta con una sonrisa.
—Sí.
—Bienvenidos a Hawái.
Nos pone los collares alrededor del cuello. El olor dulce de las flores me envuelve de golpe.
Miro a Emery. Tiene el collar puesto, el pelo que se le ha soltado de la coleta le cae por los hombros, y está sonriendo.
Sonriendo de verdad.
Y por primera desde que se me ocurrió, pienso que quizá esta no haya sido una idea tan terrible después de todo.