CAPÍTULO 5 #2
Firmo.
Jack firma.
Nos intercambiamos las copias. Cada uno se queda con la suya.
—Ya está —dice Jack—. Tenemos un acuerdo.
—Ya está —repito.
Nos miramos desde lados opuestos de la mesa. La distancia segura. La distancia profesional.
La distancia que debería haber mantenido hace cinco minutos.
—El vuelo sale el jueves a las tres de la tarde —dice Jack—. Desde la terminal 1 de JFK. Te enviaré los detalles por email.
—Vale.
—Nos vemos allí.
—Nos vemos allí.
Cojo mi copia del contrato y me dirijo a la puerta con las piernas todavía temblando.
Cuando estoy a punto de salir, me giro.
—Jack.
—¿Qué?
—Gracias. Por… por ceder en las cláusulas.
Jack me mira durante un segundo demasiado largo.
—No he cedido en nada importante —dice—. Solo he aceptado tus condiciones para que dijeras que sí.
Se me hace un nudo en el pecho.
—¿Por qué es tan importante para ti que vaya?
Jack se queda callado durante tanto tiempo que pienso que no va a responder.
Pero entonces dice, muy bajo:
—Porque eres la única persona con la que quiero ir.
Las palabras me golpean como un puñetazo.
Salgo de la sala antes de que pueda decir nada más.
Antes de que yo pueda decir nada más.
Antes de que mi cerebro procese lo que acaba de pasar y me obligue a volver ahí dentro y preguntarle qué significa eso.
Vuelvo a mi mesa. Me apoyo contra ella.
El contrato me pesa en las manos como si fuera de plomo.
Acabo de firmar un acuerdo para fingir ser la novia de Jack Anderson durante cuatro noches en Hawái.
Y hace cinco minutos he estado a punto de besarlo.
A punto de besarlo de verdad.
Sin contrato. Sin acuerdo. Sin ninguna maldita razón profesional.
Solo porque lo deseaba.
Mierda.
Me dejo caer en la silla y escondo la cara entre las manos.
Tengo tres días para prepararme mentalmente para no hacer ninguna estupidez.
Tres días para recordarme que esto es solo un trato.
Tres días para convencerme de que puedo pasar un fin de semana entero cerca de Jack Anderson sin perder la cabeza.
Y ahora mismo, sentada aquí con el corazón todavía desbocado y el cuerpo todavía temblando, no tengo ni idea de cómo voy a conseguirlo.
JACK
La puerta se cierra tras Emery y yo me quedo ahí sentado como un imbécil.
Casi la beso.
Casi cruzo esa línea invisible que llevo dieciocho meses manteniendo. Casi cierro esos cinco malditos centímetros que nos separaban y le demuestro con la boca lo que no sé decirle con palabras.
Y ella se ha dado cuenta.
He visto el momento exacto en el que se ha dado cuenta. He visto cómo se le dilataban las pupilas. Cómo se le entreabrían los labios. Cómo su respiración se volvía más rápida, más superficial.
Y luego se ha apartado.
Como si se hubiera quemado.
Me echo hacia atrás en la silla y me paso las manos por la cara.
¿Qué coño estoy haciendo?
Esto no era parte del plan. El plan era simple: convencerla de que viniera a Hawái, pasar un fin de semana con ella fuera del trabajo, demostrarle que puedo ser algo más que su jefe insoportable. Y después dejarla ir.
Limpio. Ordenado. Controlado.
Pero lo que acaba de pasar en esta sala no ha tenido nada de controlado.
Ha sido caos puro.
Y lo peor es que quiero más.
Quiero volver a tenerla así de cerca. Quiero ver cómo me mira cuando cree que voy a besarla. Quiero saber si sus labios son tan suaves como parecen. Quiero dejarme llevar.
Para.
Me obligo a respirar hondo. A centrarme.
Tengo que llamar a Luke para avisarle.
Cojo el móvil y marco antes de arrepentirme.
Luke contesta al tercer tono.
—Jack. ¿Qué pasa?
—Necesito que me hagas un favor.
—Claro. Dime.
—Voy a llevar a alguien a tu boda.
Silencio.
—Tío, eso es una noticia maravillosa. ¿A quién?
—A Emery. Mi asistente ejecutiva.
—Aleluya. —Luke suena encantado.
—Como mi novia falsa.
El silencio que sigue es tan largo que pienso que ha colgado.
—Jack —dice Luke al fin, y su voz suena increíblemente cansada—. ¿Qué coño has hecho?
—Le he propuesto un trato. Ella finge ser mi novia durante el fin de semana y yo la despido al mes de volver.
—Eso es… —Luke se calla—. Eso no es lo que te aconsejé, tío.
—Lo sé.
—Te dije que te abrieras con ella. Que le demostraras lo que sientes. No que urdieras un plan loco para evitar reconocer tus sentimientos.
—No estoy evitando nada.
—¿Ah, no? Entonces dime: ¿le has dicho que estás colado por ella?
—No.
—¿Le has dicho que llevas dieciocho meses pensando en ella?
—No.
—¿Le has dicho algo que no sea «finge ser mi novia»?
No contesto.
Luke suspira.
—Jack. Esto es una idea terrible.
—Es la única idea que tengo.
—¿Y qué va a pasar cuando volváis y tengas que despedirla?
—Ella conseguirá lo que quiere. Y yo…
—¿Y tú qué?
—Y yo habré tenido cuatro días con ella.
—Cuatro días fingiendo.
—Eso es mejor que nada.
—No, Jack. No lo es. —La voz de Luke se vuelve más seria—. Llevas meses colado por esa mujer. Meses viéndola cada día y comportándote como si no te importara. Y ahora, en lugar de decirle la verdad, le propones que finja ser tu novia. ¿De verdad crees que esto va a acabar bien?
—No lo sé. Pero es lo único que se me ha ocurrido.
—¿Por qué?
—Porque no sé cómo hacer esto, Luke. —Me paso una mano por el pelo—.
No sé cómo decirle lo que siento. No sé cómo…
abrirme. Nunca lo he hecho. Nadie me enseñó.
Mi familia no… —Me callo—. Da igual. El caso es que esto sí puedo hacerlo.
Puedo pasar un fin de semana con ella. Puedo estar cerca.
Puedo demostrarle que puedo ser algo más que su jefe.
—¿Y después?
—Después la dejo ir. Como prometí.
Luke se queda callado tanto tiempo que pienso que ha colgado.
—Vale —dice al fin.
—¿Vale?
—Vale. Voy a seguirte la corriente. Sarah y yo haremos como si Emery fuera tu novia de verdad. No haremos preguntas incómodas. Te cubriremos.
Algo en mi pecho se afloja.
—Gracias.
—Pero, Jack —la voz de Luke se vuelve más dura—, cuando todo salga mal, y va a salir mal, no me digas que no te lo advertí.
—No va a salir mal.
—Eso es lo que dicen todos antes de que salga mal.
Luke cuelga.
Me quedo mirando el móvil en la mano.
Luke no lo entiende.
Esto no va a salir mal porque yo no voy a dejar que salga mal. Voy a controlar cada variable. Voy a mantener la distancia justa. Voy a cumplir cada cláusula del contrato que acabo de firmar.
Y cuando volvamos a Nueva York, dejaré correr el mes pactado, la despediré como prometí y la dejaré ir.
Aunque me mate hacerlo.
Cierro los ojos. Respiro hondo.
Cuatro días.
Cuatro días con Emery Davis.
Cuatro días fingiendo que es mía.
Y después, nada.
Debería ser fácil.
Pero cuando pienso en cómo me ha mirado hace diez minutos, en cómo sus labios estaban a cinco centímetros de los míos, en cómo he estado a punto de romper todas las reglas que acabo de aceptar…
Sé que no va a ser fácil.
Sé que va a ser un infierno.
Y lo peor de todo es que voy a hacerlo de todas formas.