El trato del Verano (Romances de Verano 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

EMERY

Jack ya está ahí.

Por supuesto que ya está ahí. Sentado en una de las sillas con un contrato encuadernado delante, las gafas de leer puestas y un bolígrafo en la mano. Tiene ojeras. Ojeras que intenta disimular pero que están ahí, marcadas bajo esos ojos grises que ahora me miran por encima de la montura.

Estoy segura de que se ha pasado toda la noche trabajando en esto.

En un contrato para que finja ser su novia.

Mi vida es surrealista.

—Buenos días —saludo mientras cierro la puerta tras de mí.

Jack se quita las gafas.

—Buenos días. Siéntate.

Me siento frente a él. Cruzo las piernas. Intento parecer profesional cuando lo que de verdad quiero es salir corriendo.

Jack desliza la carpeta hacia mí.

—He preparado un borrador del contrato. Léelo. Si tienes objeciones, las negociamos.

Abro la carpeta.

CONTRATO DE REPRESENTACIÓN TEMPORAL DE PAREJA

Entre Jack Anderson (en adelante, «la Parte A») y Emery Davis (en adelante, «la Parte B»), se establecen los siguientes términos y condiciones…

Una carcajada se me escapa antes de poder contenerla.

—¿Contrato de representación temporal de pareja?

—Es un contrato. Necesita un título.

—Podríamos haberlo llamado «Acuerdo de Novia Falsa» y ahorrar palabras.

—Eso no es jurídicamente apropiado.

—Jack. Esto no va a ir a juicio.

—Nunca se sabe.

Lo miro. Él me sostiene la mirada sin parpadear, del todo serio.

Sigo leyendo.

CLÁUSULA PRIMERA: DURACIÓN

El presente acuerdo tendrá vigencia desde el jueves 11 de junio de 2026 (noche) hasta el lunes 15 de junio de 2026 (mañana), ambos inclusive. Total: cuatro (4) noches.

—Cuatro noches —repito.

—Llegamos el jueves por la noche. La boda es el domingo. Nos vamos el lunes por la mañana.

—Eso son cinco días.

—Cuatro noches —corrige—. Que es lo relevante para el alojamiento.

Técnicamente tiene razón. Lo odio.

Sigo leyendo.

CLÁUSULA SEGUNDA: CONTRAPRESTACIÓN

La Parte A se compromete a extinguir la relación laboral de la Parte B mediante despido, con conservación íntegra del bono de contratación e indemnización incluida, una vez transcurrido un (1) mes desde el regreso del evento.

Me detengo.

—¿Un mes? —Levanto la vista—. Dijiste que me despedirías al volver.

—Y voy a despedirte. —Jack endereza el bolígrafo hasta dejarlo en paralelo al borde de la carpeta—. Un mes después.

—¿Por qué no nada más volver?

—Necesito margen para encontrar una sustituta. No puedo quedarme sin asistente de un día para otro.

Tiene lógica. Es lo que diría cualquier jefe razonable.

Y aun así hay algo en su manera de decirlo, en cómo ha bajado la vista al contrato en vez de mirarme, que no me encaja del todo. Lo dejo pasar.

—Un mes —acepto—. Ni un día más.

—Ni un día más.

Vuelvo al contrato.

CLÁUSULA TERCERA: OBLIGACIONES DE LA PARTE B

La Parte B se compromete a:

a) Acompañar a la Parte A durante la totalidad del evento.

b) Comportarse en público como pareja establecida, incluyendo pero no limitándose a: contacto físico socialmente apropiado (cogerse de la mano, abrazos, besos), uso de términos afectivos, y cualquier otra conducta que resulte creíble para terceros.

c) Participar en las actividades programadas del evento (cenas, excursiones, ceremonias).

d) No revelar la naturaleza contractual de la relación a terceros.

Me detengo en el punto b.

—Define «contacto físico socialmente apropiado».

Jack me mira.

—Lo que haría una pareja real.

—Eso es muy ambiguo, Jack. Necesito concreción.

—Cogernos de la mano. Abrazos. Sentarnos juntos. Que te pase el brazo por los hombros o la cintura. Besos ocasionales si la situación lo requiere.

—¿Qué tipo de besos?

—Besos de pareja.

—Eso sigue sin ser concreto.

—Emery…

—Jack. —Me inclino hacia delante—. Necesito saber exactamente qué esperas de mí. Porque «besos de pareja» puede significar un pico en los labios o meterte la lengua hasta la garganta, y yo necesito saber dónde está el límite.

Algo cambia en su expresión. Algo oscuro que hace que se me acelere el pulso.

—No voy a meterte la lengua hasta la garganta delante de mis amigos.

—Pero ¿lo harías en privado?

Las palabras salen solas y me quedo helada.

Jack se queda muy quieto.

—¿Quieres que lo haga?

—No. Quiero que establezcamos límites claros.

—Los límites están claros. Contacto físico apropiado para una pareja en público.

—Eso no es un límite. Es una generalización.

—Es lo que hay.

—No es suficiente.

—Entonces ¿qué quieres? —Jack deja el bolígrafo sobre la mesa—. ¿Quieres que especifique la duración máxima de cada beso? ¿La presión aceptable? ¿El ángulo de inclinación?

—No seas condescendiente.

—No lo estoy siendo. Estoy intentando entender qué necesitas para sentirte cómoda.

—Necesito saber que no vas a sobrepasarte.

—No voy a sobrepasar nada. —Su voz baja, se vuelve más grave—. Pero tampoco voy a estar pidiéndote permiso cada vez que vaya a tocarte porque eso no es lo que hace una pareja real y tú lo sabes.

—Entonces añade una cláusula.

—¿Qué cláusula?

—Nada que yo no apruebe previamente.

Jack suelta una risa seca.

—Eso es absurdo.

—Es mi condición.

—Es una condición imposible de cumplir.

—Entonces no hay trato.

Me levanto. Jack se levanta también.

—Siéntate.

—No.

—Emery…

—No, Jack. O aceptas mis condiciones o esto se acaba aquí.

—Tus condiciones son imposibles. —Da un paso hacia mí—. ¿Cómo se supone que voy a mantener una farsa creíble si tengo que pedirte permiso cada vez que vaya a tocarte?

—Tendrás que esforzarte.

—Eso no va a funcionar.

—Entonces busca a otra persona.

Doy media vuelta hacia la puerta. Jack me corta el paso.

—Espera.

—Apártate.

—No hasta que escuches lo que tengo que decir.

—No quiero…

—Propongo un término medio.

Me quedo callada. Jack está demasiado cerca. Y es demasiado alto y su presencia está absorbiendo todo el oxígeno de la sala.

—¿Qué término medio? —consigo preguntar.

—Nada que cruce una línea obvia de intimidad sin tu consentimiento explícito. Todo lo demás queda a mi discreción.

—Define «línea obvia de intimidad».

—Emery…

—Define.

Jack se pasa una mano por el pelo. Está perdiendo la paciencia. Bien. Yo también.

—Nada por debajo de la cintura —dice—. Nada bajo la ropa. Nada en privado que no sea estrictamente necesario para mantener la farsa.

Lo proceso. Es… razonable.

Pero no suficiente.

—¿Y los besos?

—¿Qué pasa con los besos?

—Quiero que sean breves. Y castos.

—¿Castos?

—Sin lengua.

Jack clava los ojos en mí.

—¿Me estás diciendo que no puedo besarte con lengua?

—Exacto.

—Emery, nadie va a creerse que somos pareja si nos besamos como dos adolescentes en su primera cita.

—Pues tendrás que ser convincente de otras formas.

—Eso es…

—Mi condición. La tomas o la dejas.

Jack da otro paso hacia mí. Ahora está tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—¿Y si la situación lo requiere? —Su voz baja hasta volverse un murmullo—. ¿Y si alguien sospecha? ¿Y si necesito besarte de verdad para que se lo crean?

Se me cierra la garganta.

—Entonces me lo pides. Y yo decido.

—¿Te lo pido?

—Sí.

—En medio de una conversación con mis amigos.

—Sí.

—Emery, eso es absurdo.

—Es mi condición.

Jack me mira. Yo le sostengo la mirada aunque el pulso me retumba en los oídos.

—Vale —dice al fin.

—¿Vale?

—Vale. Besos breves y castos salvo que tú digas lo contrario. —Se inclina un poco hacia mí—. ¿Algo más?

El aire entre nosotros se ha vuelto denso. Espeso. Cargado de algo que no sé nombrar pero que hace que se me erice la piel.

—Sí —consigo decir—. Quiero una cláusula de confidencialidad recíproca.

—Ya está incluida.

—Quiero que sea explícita.

Jack no se mueve. No se aparta. Sigue ahí, inclinado hacia mí, tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos grises, tan cerca que siento su aliento en los labios.

—¿Por qué? —pregunta, y su voz suena ronca—. ¿Tienes miedo de que se lo cuente a alguien?

—Tengo miedo de que Cole se entere y me juzgue por el resto de mi vida.

—Cole ya lo sabe.

—¿Qué?

—Se lo conté ayer. Me dijo que estoy loco.

No puedo evitar sonreír.

—Me cae bien Cole.

Jack entrecierra los ojos pero hay algo en su expresión que no había visto antes. Algo que parece casi… ¿diversión?

—¿Algo más? —pregunta.

—No. Eso es todo.

No nos movemos.

Seguimos ahí, de pie, a escasos centímetros el uno del otro. Yo con la cabeza echada hacia atrás. Él inclinado hacia mí. Respirando el mismo aire. Sintiendo el calor que desprende su cuerpo. El olor de su colonia mezclado con algo más masculino, más él.

Y de repente soy dolorosamente consciente de lo cerca que están sus labios de los míos.

De que bastaría con que nos moviésemos cinco centímetros para cerrar la distancia. Para descubrir a qué sabe Jack Anderson. Para comprobar si besa tan bien como mi cerebro lleva meses imaginando que besa.

Tengo el corazón en la garganta.

Jack me mira los labios.

Es un segundo. Solo un segundo en el que sus ojos bajan y vuelven a subir, pero es suficiente para que se me corte la respiración.

Para que algo en mi bajo vientre se tense de golpe.

Para que mi cuerpo entero se ponga en alerta.

Va a besarme.

Va a besarme aquí, ahora, sin contrato firmado, sin acuerdo cerrado.

Y yo voy a dejarle.

El pensamiento me atraviesa como un rayo y me aparto de golpe.

Pongo distancia. Dos pasos, tres, hasta que mi espalda choca contra la pared y puedo respirar sin que su olor me nuble la mente.

Jack se queda donde está, inmóvil, con una expresión que no sé leer.

—Lo siento —digo, aunque no sé muy bien por qué me estoy disculpando—. Yo… necesito espacio.

Jack asiente despacio.

—Entendido.

Se da la vuelta. Vuelve a la mesa. Coge el bolígrafo y escribe algo en el contrato con movimientos secos y precisos.

Yo me quedo pegada a la pared intentando que se me calme el pulso.

¿Qué demonios acaba de pasar?

Jack termina de escribir. Imprime dos copias del contrato. Me tiende una y un bolígrafo.

—Lee la versión final. Si estás de acuerdo, firmamos.

Cojo el contrato con manos que tiemblan. Leo las cláusulas. Todas están ahí. Todos los cambios que pedí.

Incluida la última: Nada por debajo de la cintura. Nada bajo la ropa. Besos breves y castos salvo consentimiento explícito de la Parte B.