CAPÍTULO 4
EMERY
Jack me cita en su despacho a las tres de la tarde.
Me paso las dos horas siguientes intentando concentrarme en el informe que tengo que terminar y fracasando sin remedio porque mi cerebro está demasiado ocupado haciendo conjeturas.
¿Va a despedirme?
No. Si fuera eso, me habría citado en RRHH.
¿Va a gritarme por lo de las camisas?
Tampoco. Jack no grita. Jack se limita a mirarte con esa calma antinatural que tiene hasta que te sientes como una niña de cinco años pillada robando galletas.
¿Entonces por qué me ha citado?
A las tres menos cinco guardo el portátil, me aliso la falda y me dirijo a su despacho con el estómago hecho un nudo.
Llamo dos veces. Espero.
—Adelante.
Entro. Jack está sentado tras el escritorio, sin las gafas esta vez, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Esos malditos antebrazos otra vez.
No procede , le informo a mi cuerpo. Cierra el pico.
—Siéntate —dice sin levantar la vista de la pantalla.
Me siento. Cruzo las piernas. Espero.
Jack termina de escribir lo que sea que estuviera escribiendo y me mira.
Y ahí está otra vez: esa intensidad que tiene cuando me mira directamente, como si pudiera ver a través de mí y estuviera catalogando cada pensamiento que cruza por mi cabeza.
—Tengo una propuesta —dice.
Me quedo callada. Jack no es de los que hacen propuestas. Jack es de los que dan órdenes y espera que las cumplas.
—Te escucho —consigo decir.
—Este fin de semana tengo una boda. En Hawái. Mi mejor amigo de la universidad se casa y necesito llevar acompañante.
Se me cierra el estómago de golpe.
—¿Y?
—Y te propongo un trato. —Jack se echa un poco hacia delante, con los brazos cruzados sobre el escritorio—. Vienes conmigo a la boda. Finges ser mi novia durante el fin de semana. Y cuando volvamos, te despido.
Durante unos segundos creo que me está gastando una broma.
Pero luego me doy cuenta de que estoy hablando con Jack y comprendo que está hablando muy en serio.
—¿Perdona? —consigo articular al fin.
—Me has oído perfectamente.
—Sí, te he oído. Pero necesito confirmar que has dicho lo que creo que has dicho porque es una locura.
—No es una locura. Es un trato. —Jack me sostiene la mirada sin parpadear—. Tú llevas nueve meses intentando que te despida. Yo necesito una novia falsa para un fin de semana. Ambos conseguimos lo que queremos.
Me quedo mirándolo un instante, intentando procesar esto.
—Estás loco.
—No estoy loco. Estoy siendo práctico.
—Jack. —Me inclino hacia delante—. Nadie se va a tragar que somos pareja.
—¿Por qué no?
—Porque… porque… —Hago un gesto vago entre los dos—. Mírame. Mírate. No encajamos.
—Encajamos perfectamente.
—¡Apenas me soportas!
—Eso no es verdad.
—¡Llevas dieciocho meses sin sonreírme ni una sola vez!
—Eso tampoco es verdad.
—¿Ah, no? ¿Cuándo me has sonreído entonces?
Jack se queda callado durante un segundo. Luego dice:
—El día de tu entrevista. Cuando dijiste que eras la mejor.
Se me corta la respiración.
¿Se acuerda de eso?
—Eso no cuenta —consigo decir—. Eso fue hace casi dos años.
—Sigue contando.
—Jack…
—Emery. —Se pasa una mano por el pelo en un gesto que le he visto hacer solo cuando está muy estresado—.
Sé que suena absurdo. Pero te estoy ofreciendo exactamente lo que llevas meses persiguiendo.
Un despido limpio. Conservas el bono. Indemnización incluida.
Todo legal, todo documentado. Lo único que tienes que hacer es pasar un fin de semana conmigo fingiendo que no me odias.
El corazón me late tan fuerte que seguro que puede oírlo desde ahí.
—¿Y por qué necesitas una novia falsa? —pregunto—. ¿No puedes ir solo?
—Puedo. Pero prefiero no hacerlo.
—¿Por qué?
—Eso no es relevante para el trato.
Jack me mira durante un segundo demasiado largo.
Suspiro antes de volver a hablar.
—¿Y no tienes a nadie más a quien pedírselo? —insisto—. ¿Alguna amiga? ¿Alguna ex?
—No tengo amigas. Y mis ex no me dirigirían la palabra aunque les pagara.
—Qué sorpresa.
Jack entrecierra los ojos.
—¿Eso es un sí o un no?
—Es un estás completamente loco si crees que voy a aceptar esto .
—¿Por qué no?
—Porque… —Me levanto de golpe porque necesito moverme, necesito poner distancia entre nosotros antes de que mi cerebro cortocircuite del todo—. Porque nadie se lo va a creer, Jack. Porque somos agua y aceite. No tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido del mundo si ambos conseguimos lo que queremos.
—¡No quiero pasar un fin de semana contigo fingiendo que me gustas!
Las palabras salen más alto de lo que pretendía y resuenan en el despacho como una acusación.
Jack se queda muy quieto.
—¿Tan insoportable te resulta la idea? —pregunta, y percibo un deje de dolor que me hace sentirme fatal.
Sí.
No.
No lo sé.
La verdad es que me aterra. Me aterra porque mi cuerpo ya me traiciona bastante cada vez que entro en su despacho o se acerca demasiado o me mira con esa intensidad que tiene.
Me aterra porque no sé cómo iba a sobrevivir a un fin de semana entero cerca de él, fingiendo que lo quiero, tocándolo, dejando que me toque.
Me aterra porque una parte de mí, una parte muy traicionera y muy inconveniente, quiere decir que sí.
—Olvídalo —digo al fin—. La respuesta es no.
Me dirijo a la puerta antes de que pueda responder.
—Emery.
Me detengo con la mano en el pomo pero no me doy la vuelta.
—Si cambias de opinión —dice Jack a mi espalda—, el vuelo sale el jueves a las tres de la tarde.
No contesto. Salgo del despacho, cierro la puerta y me apoyo contra ella intentando que se me calme el pulso.
¿Qué acaba de pasar?
Grace está en el sofá cuando llego a casa, con el portátil sobre las piernas y una lata de Coca-Cola Zero en la mano. Levanta la vista cuando cierro la puerta de golpe y arquea una ceja.
—Mala tarde, deduzco.
—La peor.
Me dejo caer a su lado y me quito los zapatos de una patada. Grace cierra el portátil y me mira con esa expresión que significa que sabe que necesito hablar.
—¿Qué ha pasado?
—Jack me ha hecho una propuesta.
—¿Qué tipo de propuesta?
—Del tipo ven conmigo a una boda en Hawái este fin de semana fingiendo ser mi novia y te despido cuando volvamos .
Grace se queda mirándome durante tres segundos completos antes de echarse a reír.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Ojalá.
—Espera. —Grace deja la lata en la mesita y se gira hacia mí—. ¿Tu jefe, el témpano humano, el hombre que según tú jamás sonríe, te ha pedido que finjas ser su novia?
—Sí.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que está loco. Que nadie se lo va a creer. Que ni muerta.
Grace me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Y por qué pareces a punto de echarte a llorar?
—No voy a echarme a llorar.
—Emery.
—Vale. —Me paso las manos por la cara—. Puede que me esté volviendo loca pero… es que me ha ofrecido exactamente lo que llevo nueve meses persiguiendo, Grace. El despido. El bono. La indemnización. Todo. Y lo único que tengo que hacer es pasar un fin de semana con él fingiendo que no lo odio.
—¿Y cuál es el problema?
—Que no lo odio.
Las palabras salen solas y me quedo mirando la alfombra como si acabara de confesar un crimen.
Grace se queda callada durante un segundo. Luego dice, muy despacio:
—Eso ya lo sabía. Estás enamorada de tu jefe.
—No estoy enamorada de mi jefe. —Levanto la vista—. Pero me atrae. Mucho. Demasiado. Y la idea de pasar un fin de semana entero cerca de él, tocándolo, dejando que me toque, fingiendo que somos pareja… me aterra, Grace. Porque no sé si voy a poder fingir.
Grace me mira durante un segundo antes de coger mi mano.
—Oye. Respira.
Respiro.
—¿Mejor?
—No.
—Vale. Vamos a pensarlo con lógica. —Grace se cruza de piernas y me mira como si estuviera resolviendo un bug en el código—.
Jack te ofrece un fin de semana en Hawái.
Gratis. Sol, playa, hotel seguramente de lujo.
Y a cambio, cuando volváis, te despide y consigues todo lo que necesitas para ser socia del bufete de Clara. ¿Correcto?
—Correcto.
—Y el único inconveniente es que tienes que fingir ser su novia durante unos días.
—Sí.
—¿Y qué implica eso exactamente? ¿Cogeros de la mano? ¿Algún beso casto en público?
Se me cierra la garganta solo de pensarlo.
—Supongo.
—Em. —Grace me aprieta la mano—. Mírame.
La miro.
—Llevas nueve meses intentando que te despida y fracasando. Nueve meses atrapada en ese bufete con un jefe que te vuelve loca de todas las formas posibles. Y ahora te está ofreciendo la salida en bandeja de plata. —Hace una pausa—. ¿De verdad vas a decir que no por miedo a sentir algo?
—No es solo miedo a sentir algo. Es miedo a que él se dé cuenta de que siento algo.
—¿Y qué si se da cuenta?
—¿Cómo que y qué? Grace, es mi jefe. Es Jack Anderson. El hombre más frío e inalcanzable que he conocido en mi vida. Si se da cuenta de que me atrae, me voy a morir de vergüenza. Me detesta, Grace.
—O —dice Grace despacio— puede que se dé cuenta de que le atraes tú también.
Me quedo mirándola.
—Eso es ridículo.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué te ha pedido que seas su novia falsa entonces? Porque, Em, tiene que haber cientos de mujeres en Manhattan que estarían encantadas de fingir ser la novia de Jack Anderson. Y sin embargo te lo ha pedido a ti.
—Porque soy conveniente. Porque ya trabajo para él.
—Pues en ese caso acepta el trato solo por el despido. No porque sientas nada por él.
El corazón me da un vuelco que no estaba previsto.
—Eso es… eso no…
—Piénsalo. —Grace me suelta la mano y coge la lata otra vez—. Un fin de semana en Hawái. Lejos de la oficina. Lejos de Manhattan.
Me quedo callada. Procesando.
Grace tiene razón.
Cuando vuelva, seré libre.
Libre para ser socia del bufete con Clara.
Libre para dejar de verlo cada día.
Libre para olvidar que Jack Anderson existe.
—Vale —digo al fin.
—¿Vale?
—Vale. Voy a hacerlo.
Grace sonríe.
—Bien. ¿Y cuándo se lo vas a decir?
Miro el reloj. Son las diez y media de la noche.
Una sonrisa se me escapa sin permiso al ver lo tarde que es.
—Ahora mismo.
Marco su número a las diez y cuarenta y cinco.
Lo hago a propósito. Porque Jack Anderson tiene una vida tan ordenada que seguro que se va a la cama a las diez, después de cenar a las ocho, de apagar todas las pantallas a las nueve, de seguir cada recomendación de sueño que existe en el universo.
Seguro que tiene una rutina nocturna. Seguro que duerme exactamente ocho horas cada noche.
Seguro que no tiene ni un gramo de diversión en su vida.
El teléfono suena una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces contesta.
—¿Emery?
La voz me llega ronca, grave, espesa de sueño, y se me corta la respiración de golpe porque madre mía, esa voz.
Sé de sobra que es voz de sueño. Sé que acabo de despertarlo. Pero mi cuerpo es un traidor y lo único en lo que puede pensar es en cómo sonaría esa voz susurrándome guarradas al oído, diciéndome exactamente lo que me va a hacer, cómo me va a tocar, dónde me va a besar.
Cierra el pico , le ordeno a mi cerebro.
—Siento despertarte —digo, aunque no lo siento en absoluto.
—No estaba dormido.
—Claro que estabas dormido. Tienes voz de dormido.
—¿Me has llamado para discutir sobre mi horario de sueño?
—Te he llamado para decirte que acepto.
Se hace el silencio.
Un silencio tan largo que por un momento pienso que se ha vuelto a dormir. Pero entonces oigo movimiento al otro lado de la línea, como si se estuviera incorporando, y cuando vuelve a hablar, su voz suena del todo distinta.
Despierta.
Alerta.
Y algo más que no sé identificar pero que hace que se me acelere el pulso.
—¿Aceptas? —repite.
—Sí. Acepto tu trato absurdo. Iré contigo a la boda. Fingiré ser tu novia. Y cuando volvamos me despides y nunca más tendremos que volver a vernos.
—Entendido.
—Pero tengo condiciones.
—Mañana las discutimos.
Me quedo callada.
—¿Mañana?
—Sí. Prepararé un contrato. Lo negociamos, lo firmamos, y asunto resuelto. —Hace una pausa—. Nos vemos a las nueve en la sala de reuniones 1.
—¿Un contrato?
—Eres abogada, Emery. Sabes tan bien como yo que los acuerdos verbales no sirven de nada.
Tiene razón. Lo odio, pero tiene razón.
—Vale —digo al fin—. Mañana a las nueve.
—Perfecto.
—Jack.
—¿Qué?
—Esto sigue siendo una locura.
—Lo sé. —Su voz suena más baja, casi íntima—. Pero vas a venir de todas formas.
No es una pregunta. Es una constatación.
Y tiene razón.
—Buenas noches, Jack.
—Buenas noches, Emery.
Cuelga.
Me quedo mirando el móvil en la mano, intentando procesar lo que acaba de pasar.
Jack Anderson ha sonado… ¿emocionado? cuando le he dicho que aceptaba.
Jack Anderson acaba de hacerme sentir un ejército de mariposas en el estómago sin siquiera estar en la misma habitación que yo.
Y yo acabo de aceptar pasar un fin de semana entero con él fingiendo ser su novia.
Sí , pienso mientras dejo el móvil sobre la mesita y me tapo la cara con las manos. Tengo que alejarme de este hombre cuanto antes.
Antes de que sea demasiado tarde.