CAPÍTULO 3
JACK
Hace dieciocho meses
Voy a matar a Cole.
Lo pienso mientras intento concentrarme en la cláusula que llevo leyendo tres veces seguidas sin enterarme de una mierda.
El contrato está sobre mi escritorio, marcado con notas en los márgenes, y debería estar revisándolo porque el cliente lo necesita antes de las cinco.
Pero no puedo concentrarme con el ruido que viene de recepción.
Voces. Risas. El murmullo constante de conversaciones que atraviesan las paredes de mi despacho como si fueran de papel.
Hoy es el día de las entrevistas. Cole ha decidido contratar a un asistente ejecutivo, y ahora tengo que sufrir las consecuencias: media docena de candidatos esperando en la recepción, hablando entre ellos como si esto fuera una reunión social en lugar de un bufete corporativo.
Yo nunca he querido asistente. Hago mi trabajo solo, lo he hecho siempre así, y me funciona perfectamente. No necesito a nadie organizándome la agenda ni recordándome reuniones ni entrando en mi despacho cada cinco minutos para preguntar si necesito algo.
Pero Cole es distinto. Cole es sociable. Cole delega. Y si él quiere un asistente, allá él.
Lo que no voy a tolerar es que el proceso de selección me impida trabajar.
Dejo el bolígrafo sobre la mesa con fuerza, me levanto y salgo del despacho dispuesto a pedirles que bajen el volumen o que lleven a los candidatos a otra sala. A la sala de espera del tercer piso, al archivo, a la calle. Donde sea menos aquí.
Cruzo el pasillo con pasos largos y precisos, con la queja ya formándose en la punta de la lengua, y entonces la veo.
Se me olvida lo que iba a decir.
Y no tengo ni idea de por qué.
Hay una mujer sentada en uno de los sillones junto a la ventana, con un CV en las manos y la vista fija en el papel como si estuviera repasándolo mentalmente.
Es pelirroja. Tiene el pelo largo, ondulado, que le cae por los hombros y atrapa la luz del sol que entra por el ventanal.
Piel clara salpicada de pecas. Y cuando levanta la vista, cuando aparta los ojos del CV para mirar hacia la recepción, veo que son verdes.
Verde claro, brillante, del color de…
No sé de qué color. No encuentro la comparación. Lo único que sé es que llevo treinta segundos mirándola y se me ha olvidado cómo se respira.
Mide un metro sesenta como mucho. Es pequeña. Con ese tipo de cuerpo que parece frágil pero que tiene curvas en todos los sitios correctos. Lleva un traje de chaqueta azul marino que le queda ajustado en la cintura, falda hasta la rodilla, zapatos de tacón. Profesional. Impecable.
Y es preciosa.
Es objetivamente preciosa.
El corazón me late tan fuerte que lo siento en los oídos.
—¿Señor Anderson? —La recepcionista me mira con las cejas levantadas—. ¿Necesita algo?
Parpadeo. Me obligo a apartar la vista de la mujer pelirroja y a mirar a Laura, que me observa desde detrás del mostrador con expresión expectante.
—El ruido —consigo decir—. Hay demasiado ruido.
—Lo siento. Es por los candidatos para el puesto de asistente del señor Brown. Ya casi hemos terminado. Él está entrevistando a uno ahora mismo y solo queda una más.
Solo queda una más.
Miro hacia el sillón. La pelirroja sigue con el CV en las manos, ajena a que la estoy mirando, ajena a que acabo de olvidar por qué he salido de mi despacho.
—¿Quién es? —pregunto.
Laura sigue mi mirada y sonríe.
—Emery Davis. Es la última candidata del día. El resto están esperando a la decisión final.
Emery.
El nombre se me queda grabado en la cabeza como si alguien lo hubiera escrito con fuego.
—¿Dónde está Cole?
—El señor Brown está entrevistando a otra candidata ahora en la Sala 1. La señorita Davis es la siguiente.
La siguiente.
La siguiente en entrar en el despacho con Cole.
La siguiente en sentarse frente a él y responder sus preguntas y sonreírle con esa boca que estoy mirando más tiempo del socialmente aceptable.
Y algo me dice que Cole la va a elegir a ella.
Que se va a convertir en su asistente. Que va a pasar ocho horas al día a su lado. Que va a ser parte de su equipo.
No.
El pensamiento me llega de golpe, irracional, absurdo. Pero está ahí, clavado en mi pecho como una certeza.
No puede trabajar para Cole.
No puedo dejar que trabaje para Cole.
—Voy a entrevistarla yo —digo antes de poder pensarlo dos veces.
Laura parpadea.
—¿Perdón?
—He dicho que voy a entrevistarla yo. —Mi voz suena firme, profesional, como si esto fuera completamente lógico—. Necesito una asistente.
—Pero usted siempre ha dicho que no quería…
—He cambiado de opinión. —La miro directamente—. Dile a la señorita Davis que la entrevistaré en la Sala 2 en cinco minutos.
Laura me mira durante un segundo demasiado largo, como si estuviera evaluando si me he vuelto loco. Probablemente lo parezco. Probablemente lo estoy.
Pero asiente.
—Por supuesto, señor Anderson.
Me doy la vuelta antes de que pueda hacer más preguntas. Antes de que yo mismo pueda hacerme más preguntas. Camino hacia la Sala 2 con el corazón latiéndome tan fuerte que me cuesta respirar con normalidad.
¿Qué coño acabo de hacer?
He interrumpido el proceso de selección de Cole. He tomado a una candidata que venía a entrevistarse para él. He mentido diciendo que necesito una asistente cuando llevo años rechazando la idea cada vez que alguien me la sugiere.
Y lo he hecho porque he mirado a una mujer pelirroja con ojos verdes un instante y mi cerebro ha cortocircuitado.
Jamás me había sentido así.
Esto es una locura.
Pero cuando pienso en la alternativa, en verla cada día trabajando para Cole, en cruzármela por los pasillos sabiendo que no va a estar conmigo, sé que no hay otra opción.
Entro en la Sala 2. Es pequeña, con una mesa rectangular en el centro y sillas a ambos lados.
La usamos para reuniones rápidas con clientes, para negociaciones que no requieren el despacho principal.
Ahora la voy a usar para entrevistar a una mujer a la que acabo de ver por primera vez hace dos minutos.
Me siento en una de las sillas. Saco el móvil y finjo revisar correos mientras espero, pero lo único que hago es contar los segundos hasta que llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
La puerta se abre y Emery Davis entra.
De cerca es todavía más preciosa. Las pecas le salpican la nariz y los pómulos como constelaciones. Los ojos verdes me miran directamente, sin dudar, con una seguridad que no esperaba. Y cuando cierra la puerta tras ella y camina hacia la silla frente a mí, me doy cuenta de dos cosas:
Una: tiene la mirada más viva que he visto en la vida.
Dos: huele a vainilla y a algo floral que no sé identificar pero que hace que se me acelere el pulso.
—Señor Anderson. —Me tiende la mano—. Soy Emery Davis. Laura me ha dicho que la entrevista es con usted. Encantada de conocerle.
Le estrecho la mano. Su piel es suave, cálida. Tiene los dedos pequeños, delicados. Y cuando los aprieta con firmeza — un apretón profesional, seguro —, algo dentro de mí se tensa de golpe.
Suelto su mano antes de que note nada.
—Siéntese, por favor.
Se sienta. Cruza las piernas, deja el bolso en el suelo junto a la silla y coloca el CV sobre la mesa. Profesional. Organizada. Tranquila.
Yo, en cambio, tengo el corazón latiéndome como si acabara de correr un maratón.
—Tengo entendido que venía a entrevistarse para el puesto de asistente del señor Brown —digo.
—Así es.
—Ha habido un cambio de planes. Yo también necesito una asistente. Y me gustaría evaluarla primero.
Emery me mira sin pestañear.
—Por supuesto.
No pregunta por qué. No cuestiona la situación. Simplemente asiente y espera a que yo siga hablando.
Me gusta eso.
—Hábleme de usted —digo—. Formación, experiencia, por qué quiere trabajar aquí.
Emery se inclina ligeramente hacia delante, con las manos entrelazadas sobre la mesa, y empieza a hablar.
—Me licencié en Derecho por Fordham. Fui la primera de mi promoción.
Hice prácticas en dos bufetes durante la carrera, uno corporativo y otro penal, y descubrí que el corporativo me interesa más.
Quiero trabajar aquí porque Anderson & Brown tiene una reputación impecable en fusiones y adquisiciones, y porque creo que puedo aprender mucho trabajando con ustedes.
Su voz es firme, clara. Habla sin titubear, sin muletillas, con una seguridad que me desarma.
—¿Por qué quiere ser asistente ejecutiva? —pregunto—. Con su formación podría aspirar a un puesto de asociada.
—Porque quiero aprender cómo funciona un bufete de primera línea desde dentro antes de dar ese paso. Y porque creo que trabajar directamente con uno de los socios me dará una perspectiva que no conseguiría empezando como asociada.
Inteligente. Ambiciosa. Sabe lo que quiere.
—¿Qué espera conseguir en este puesto?
—Experiencia. Contactos. Y… —Se le suben los colores a las mejillas, lo que me pone increíblemente nervioso y excitado—. Ahorrar lo suficiente para poder entrar como socia en un bufete dentro de dos años.
Me quedo mirándola.
—¿Entrar como socia?
—Sí. Una amiga de la facultad está montando su propio bufete boutique.
Derecho corporativo para pequeñas empresas.
Me ha ofrecido ser socia, pero necesito el capital inicial.
—Sonríe por primera vez, y la sonrisa le ilumina toda la cara—.
Pero antes necesito aprender de los mejores. Y ustedes son los mejores.
Dos años.
Quiere estar aquí dos años, ahorrar el dinero y largarse.
Debería molestarme. Debería decirle que no me interesa contratar a alguien que ya tiene un pie fuera. Pero lo único en lo que puedo pensar es en que dos años es tiempo suficiente.
Tiempo suficiente para tenerla cerca.
Tiempo suficiente para…
¿Para qué, exactamente?
No lo sé. No tengo ni idea. Solo sé que pensar en dejarla ir ahora, en decirle que no, en verla salir por esa puerta y no volver a verla, me produce una sensación física de rechazo que no entiendo.
—¿Cuáles son sus puntos débiles? —pregunto.
Emery se lo piensa durante un segundo.
—Soy demasiado perfeccionista. A veces me cuesta delegar porque prefiero hacerlo yo misma para asegurarme de que está bien hecho. Y tengo tendencia a implicarme demasiado en los problemas de los demás.
—¿Y sus puntos fuertes?
—Soy organizada. Aprendo rápido. No me asusto bajo presión. Y soy buena leyendo a la gente.
Me mira directamente cuando dice esto último, y algo en su expresión me hace pensar que me está leyendo ahora mismo. Que está viendo algo en mí que yo preferiría mantener oculto.
—Una última pregunta —digo—. ¿Por qué debería contratarla a usted y no a cualquiera de los otros candidatos?
Emery sonríe. Una sonrisa pequeña, segura, que hace que se me acelere el pulso otra vez.
—Porque soy la mejor. Y porque si me contrata, no se va a arrepentir.
No dice nada más. No añade halagos ni promesas vacías. Simplemente me sostiene la mirada con esa seguridad intensa que tiene, y yo me quedo ahí sentado pensando que tiene razón.
Es la mejor.
Y voy a contratarla.
—Gracias, señorita Davis. —Me levanto—. Le haremos saber nuestra decisión en los próximos días.
Emery se levanta también, me tiende la mano otra vez.
—Gracias por su tiempo, señor Anderson.
Le estrecho la mano. Esta vez me permito sentir el contacto durante un segundo más de lo profesional. Y cuando sale de la sala y la puerta se cierra tras ella, tengo que obligarme a quedarme donde estoy en lugar de salir detrás de ella para verla irse.
Esto es una locura.
Pero ya está decidido.
Diez minutos después estoy en el despacho de Margaret Flynn, nuestra directora de Recursos Humanos. Llamo a la puerta dos veces y entro sin esperar respuesta.
Margaret levanta la vista de su ordenador y arquea una ceja.
—Jack. ¿Qué haces aquí?
—Necesito que prepares una oferta.
—¿Una oferta para qué?
—Para un asistente ejecutivo. Emery Davis. Acabo de entrevistarla.
Margaret me mira durante un segundo antes de dejar el bolígrafo que tenía en la mano.
—¿Tú has entrevistado a alguien? ¿Tú, Jack Anderson, el hombre que lleva años diciendo que no necesita asistente?
—He cambiado de opinión.
—Ya veo. —Margaret se echa hacia atrás en la silla y me mira con esa expresión que significa que no se está tragando nada—. ¿Y qué tiene de especial la señorita Davis?
—Está cualificada. Es inteligente. Será un activo para el bufete.
—Ajá. —Margaret sonríe—. ¿Y Cole sabe que le has robado a uno de sus candidatos?
—No se la he robado. La he entrevistado yo primero.
—Técnicamente, Jack, todos los candidatos de hoy venían a entrevistarse con él.
—Técnicamente —repito—, ninguno ha firmado nada todavía. Así que necesito que prepares una oferta lo bastante buena como para que no pueda rechazarla.
Margaret me mira fijo antes de suspirar.
—¿Qué tienes en mente?
—Bono de cincuenta mil dólares a la firma. Sueldo competitivo. Y una cláusula de permanencia.
—¿Qué tipo de cláusula?
—Veinticuatro meses. Si dimite antes de cumplirlos, devuelve el bono. Si la despedimos, lo conserva.
Margaret se queda callada.
—Eso es… inusual.
—Es retención de talento.
—Es retención de talento con esteroides. —Margaret se inclina hacia delante—. Jack, ¿estás seguro de esto? Cincuenta mil dólares es mucho dinero para una asistente. Y una cláusula de permanencia de dos años es…
—Necesaria. —La miro directamente—. Soy consciente de cómo soy. Sé que soy borde, serio, adicto al trabajo. Sé que en cuanto empiece va a querer largarse. La cláusula es para asegurarme de que no lo hace.
Margaret me sostiene la mirada durante un segundo que dura demasiado. Luego asiente despacio.
—Está bien. Prepararé la oferta. Pero Cole no va a estar contento cuando se entere de que le has quitado a uno de sus candidatos.
—Cole lo entenderá.
—¿Lo entenderá?
No contesto. Porque la verdad es que no tengo ni idea de cómo voy a explicarle esto a Cole. No tengo ni idea de cómo voy a explicarme esto a mí mismo.
Lo único que sé es que necesito que Emery Davis firme ese contrato. Necesito que acepte la oferta. Necesito tenerla cerca.
Y si eso significa inventarme una cláusula para retenerla cuando inevitablemente descubra que trabajar conmigo es insoportable, entonces eso es exactamente lo que voy a hacer.
—Envíale la oferta hoy mismo —le digo a Margaret—. Y avísame cuando firme.
—¿Cuando firme o si firma?
—Cuando.
Salgo del despacho antes de que Margaret pueda hacerme más preguntas. Vuelvo a mi despacho, cierro la puerta y me siento tras el escritorio.
El contrato que estaba revisando antes sigue ahí, esperándome. Pero ya no puedo concentrarme en él. Lo único en lo que puedo pensar es en Emery Davis. En sus ojos verdes. En su sonrisa. En cómo ha dicho soy la mejor con tanta seguridad que me lo he creído.
En que dentro de dos días voy a tenerla aquí, trabajando para mí, entrando en mi despacho cada mañana.
Y en que acabo de cometer el acto más impulsivo de mi vida.