CAPÍTULO 2
EMERY
—Te juro que voy a matarlo.
Grace levanta la vista de su portátil y me mira por encima de la pantalla con una ceja arqueada.
—¿A quién? ¿A tu jefe o al concepto abstracto de la paciencia?
—A Jack Anderson. —Me dejo caer en el sofá junto a ella con la copa de vino en la mano—. Voy a matarlo. Y voy a alegar defensa propia porque trabajar para ese hombre es una forma de tortura que debería estar prohibida por la Convención de Ginebra.
Grace cierra el portátil y coge su propia copa de la mesita.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Nada. Ese es el problema. —Doy un sorbo largo al vino—.
Llevo nueve meses intentando que me despida.
Nueve meses haciendo todo lo posible por cabrearlo, por darle motivos, por provocar alguna reacción que no sea esa calma antinatural que tiene para todo.
Y ¿sabes qué ha hecho hoy cuando le he teñido todas sus camisas de repuesto de rosa?
—¿Has teñido sus camisas? —Grace se ríe—. Emery, eso es…
—Se ha puesto una. —La interrumpo—. Se ha puesto la rosa chicle, la más llamativa de todas, y ha seguido trabajando como si nada. Como si llevara puesto un traje de Armani en lugar de una camisa del color de un flamenco.
Grace se queda mirándome durante un segundo antes de echarse a reír. Una risa alta, descontrolada, que hace que se le caiga un poco de vino en los vaqueros.
—Joder, Emery. Ese hombre te tiene dominada.
—No me tiene dominada. Me tiene atrapada. Que no es lo mismo.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Que dominada suena como si yo hubiera elegido esto y me gustase.
—Dejo la copa en la mesa con más fuerza de la necesaria—.
Y no he elegido nada. Estoy atrapada en un contrato que firmé hace dieciocho meses porque necesitaba el dinero del bono para ser socia del bufete con Clara.
Y ahora no puedo largarme sin perderlo todo.
—Podrías dimitir.
—¿Y devolver cincuenta mil dólares que no tengo porque los he guardado íntegros para la sociedad? —Me paso una mano por el pelo—. No. Mi única opción es conseguir que me despida. Y llevo nueve meses fracasando sin remedio.
Grace me mira con esa expresión que significa que está a punto de decir algo incómodo.
—¿Seguro que quieres que te despida?
—¿Qué se supone que significa eso?
—Pues que llevas nueve meses intentándolo y eres abogada, Emery. Eres lista. Si de verdad quisieras que te despidiera, ya lo habrías conseguido.
Se me cierra el estómago.
—Claro que quiero que me despida.
—¿Seguro? Porque cada vez que hablas de él…
—Cada vez que hablo de él me pongo de los nervios. Eso no significa nada.
—Significa que te afecta. —Grace se encoge de hombros—. Y la gente que no te importa no te afecta.
—Me afecta porque es mi jefe y tengo que verlo cada día y es insoportable.
—¿Insoportable cómo?
—Insoportable como… como… —Hago un gesto circular con la mano—. Es serio hasta lo inhumano. Adicto al trabajo. Jamás sonríe. Exige la perfección como quien pide un café. Y lo peor de todo es que está…
Me callo de golpe.
Grace me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Qué?
—Nada.
—Emery.
—Nada, Grace. Déjalo.
—Ibas a decir que está bueno.
—No iba a decir eso.
—Sí ibas a decir eso. Se te ha puesto la cara como un tomate.
Me llevo las manos a las mejillas y noto el calor bajo las palmas. Maldita sea mi piel de pelirroja que me delata con todo.
—Vale. Está bueno. ¿Contenta?
—¿Está bueno o está bueno ?
—Está bueno de una forma que debería ser ilegal.
—Las palabras me salen de golpe, como si llevaran meses esperando para salir—.
Y no es solo que sea alto o que tenga una mandíbula que parece esculpida por el mejor artista del universo, es…
es cómo se mueve. Cómo ocupa el espacio.
Cómo cuando se remanga la camisa para revisar un contrato se le marcan los antebrazos y yo tengo que obligarme a mirar la pantalla del ordenador en lugar de pensar en cómo se sentirían esas manos en mi piel.
—Me llevo la copa a los labios y bebo antes de seguir—.
Y luego están las malditas gafas. Se las pone para leer y de repente parece más accesible, más humano, y mi cerebro aprovecha para recordarme que estoy a solas con él en un despacho cerrado y que los trajes de tres piezas se desabotonan.
Lo cual es un problema grave cuando llevo nueve meses intentando que me despida.
Grace me sostiene la mirada un instante antes de echarse a reír otra vez.
—Estás enamorada de tu jefe.
—No estoy enamorada de mi jefe.
—Sí lo estás.
—No lo estoy. Lo que estoy es desesperada por largarme de ahí antes de que mi cuerpo decida traicionarme del todo y haga algo estúpido.
—Le doy otro sorbo largo al vino—. Por eso necesito que me despida.
Porque si paso seis meses más a su lado voy a terminar haciendo algo de lo que me voy a arrepentir.
—¿Como qué?
—Como besarlo.
Las palabras salen solas y me quedo mirando la copa como si el vino me hubiera delatado.
Grace se queda callada. Cuando vuelve a hablar, su voz suena más suave.
—Oye. No tiene nada de malo que te guste.
—Sí tiene algo de malo. Es mi jefe. Y es un témpano humano. Y lo último que necesito en mi vida es complicármela con un hombre que probablemente no sabe ni lo que es un sentimiento.
—Puede que te sorprenda.
—Lo dudo.
Grace suspira y se echa hacia atrás en el sofá, con la copa en una mano y el mando de la tele en la otra.
—¿Sabes qué? Yo también quiero matar a alguien.
—¿A quién?
—A Leo Carter. El hombre más insoportable del hemisferio norte.
—¿Tu compañero de trabajo? ¿El programador?
—Mi rival . —Grace prácticamente escupe la palabra—. Estamos compitiendo por la plaza de lead developer del próximo juego del estudio. Solo hay una plaza y dos candidatos: él y yo. Y ese tío me saca de quicio.
—¿Por qué?
—Porque es… perfecto . —Dice la palabra como si fuera un insulto—. Su código es impecable. Nunca comete errores. Siempre está sonriendo como si la vida fuera un anuncio de dentífrico. Y lo peor de todo es que es bueno. Casi tan bueno como yo. Casi .
—¿Y eso es malo?
—Es frustrante. Porque llevo cinco años trabajando para llegar a este momento y resulta que tengo que competir contra alguien que hace que todo parezca fácil.
—Grace bebe un sorbo largo—. Y encima, cuando juntamos nuestro código, se dedica a reescribir el mío a su manera, a cambiarle los nombres a todo como si lo suyo fuera mejor.
¿Quién hace eso? ¿Quién tiene tiempo para eso?
—Alguien que quiere tocarte las narices.
—Exacto. —Grace señala hacia mí con la copa—. Por eso cuando consiga esa plaza va a tener que tragarse su sonrisa perfecta y su código perfecto y aceptar que yo soy mejor.
—¿Y si no la consigues?
—La voy a conseguir.
—Pero ¿y si no?
Grace me mira con esa expresión que significa que la pregunta no procede.
—La voy a conseguir, Emery. Porque tengo que conseguirla. Porque es la única forma de que me tomen en serio.
Se me encoge el pecho al escucharla. Conozco esa necesidad. Esa sensación de que tienes que demostrar algo, de que tienes que ganar para que tu trabajo valga, para que tu esfuerzo importe.
La conozco porque la siento cada día que entro en el bufete.
—La vas a conseguir —le aseguro—. Eres la mejor programadora que conozco.
—Soy la única programadora que conoces.
—Sigue siendo verdad.
Grace sonríe. Una sonrisa pequeña, cansada, que me recuerda que las dos estamos en la misma situación: luchando por demostrar algo, atrapadas en trabajos que nos importan demasiado como para largarnos pero que nos están consumiendo por dentro.
—¿Sabes qué? —digo al fin—. Brindemos.
—¿Por qué?
—Por nosotras. Por ser dos mujeres brillantes atrapadas en situaciones de mierda con hombres insoportables.
Grace levanta su copa.
—Por nosotras. Y porque algún día vamos a salir de esta.
—Salud.
Chocamos las copas y bebemos, y por un momento todo está bien.
Por un momento no importa que Jack Anderson sea el hombre más atractivo e insoportable que he conocido en mi vida, ni que Leo Carter esté haciendo la vida imposible a mi hermana, ni que las dos estemos atrapadas en trabajos que nos están volviendo locas.
Por un momento solo importa que estamos juntas.
Y eso, al menos, es algo que nadie nos puede quitar.