CAPÍTULO 1
JACK
La puerta se cierra de golpe y yo me quedo mirándola como un imbécil.
Emery acaba de salir. Enfadada. Con las mejillas encendidas y los ojos verdes echando chispas, y lo único en lo que puedo pensar es en lo preciosa que estaba hace treinta segundos gritándome en mitad de mi despacho.
Preciosa y furiosa y completamente descontrolada.
Es pura pasión.
Y yo estoy aquí, conteniendo cada músculo de mi cuerpo para no ir tras ella, para no agarrarla y apretarla contra la pared y demostrarle exactamente qué me hace sentir cuando me mira así.
—¿Jack?
Parpadeo. Cole me está mirando con los brazos cruzados y una expresión que conozco demasiado bien.
—¿Qué? —consigo decir.
—¿Podrías por favor dejar de ser un gilipollas y despedirla de una puta vez?
—No.
Cole se acerca al escritorio y se deja caer en la silla de enfrente.
—Llevas nueve meses viendo cómo hace todo lo posible por conseguir que la eches. Nueve meses aguantando cafés derramados, paquetes misteriosos, reuniones a horas absurdas… ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?
—Hasta que se cumpla el contrato.
—Quedan seis meses, Jack.
—Lo sé.
—¿Y entonces qué? ¿La vas a dejar ir así sin más?
No contesto. La sola idea de que Emery salga de este bufete, de que deje de entrar cada mañana en mi despacho con esa sonrisa irónica o esa mirada que me desarma, hace que algo dentro de mí se cierre como un puño.
—Por eso no la despido —digo al fin—. Porque si la despido, se va. Y no vuelve.
Cole me mira durante un segundo demasiado largo.
—Estás colado por ella.
—Soy consciente.
—Entonces haz algo.
—¿Como qué?
—No lo sé, tío. Díselo. Pídele que salga contigo. Haz cualquier cosa que no sea quedarte ahí sentado mirándola como un acosador mientras ella te tira café encima.
Me paso una mano por el pelo. Respiro hondo.
—No sé hacer eso.
—¿El qué?
—Eso. —Hago un gesto vago con la mano—. Hablar. Decir lo que siento. Demostrarlo.
—Jack, no tienes que escribir un soneto. Solo tienes que ser sincero.
—No es tan fácil.
—Lo sé. —Cole suspira—. Pero si no haces algo, la vas a perder. Y te vas a arrepentir el resto de tu vida.
Después de soltar esa sentencia se va.
Y yo me quedo solo en el despacho, con la camisa rosa ridícula todavía puesta y el olor del perfume de Emery flotando en el aire como un recordatorio de todo lo que no puedo tener.
Me echo hacia atrás en la silla. Miro la mancha de café en la mesa. Abro el cajón y saco la lista que ella me entregó hace tres meses impresa y encuadernada: Razones por las que deberías despedirme. La he leído tantas veces que me sé de memoria cada punto.
Punto 1: Soy desorganizada. (Mentira. Es la persona más organizada que conozco.)
Punto 2: Llego tarde. (Tres veces en dieciocho meses, y las tres porque el metro se retrasó.)
Punto 3: No encajo en la cultura corporativa del bufete. (Esto es verdad. Emery Davis no encaja en ningún sitio porque es demasiado brillante, demasiado viva, demasiado intensa para caber en un molde.)
Es en ese mismo instante cuando lo comprendo.
Me la tengo que jugar a todo o nada.
Porque Cole tiene razón. Llevo demasiado tiempo alargando esto. Nueve meses viendo cómo intenta que la despida, diciéndome que es porque necesita el dinero del bono, cuando en realidad lo que necesita es largarse de aquí. Alejarse de mí.
Y yo llevo nueve meses negándome a dejarla ir porque soy un egoísta de mierda que prefiere tenerla cerca, aunque sea para que me grite, antes que no tenerla siquiera.
Pero ¿y si pudiera conseguir algo más?
¿Y si pudiera demostrarle que no soy solo el jefe frío e insoportable que ella conoce?
No sé cómo hacer eso. No tengo ni idea. Pero lo que sí sé es que, si no lo intento, dentro de seis meses Emery va a salir de mi vida y yo voy a quedarme aquí con mi despacho perfecto y mi vida vacía, y eso ya no es una opción.
No después de haberla conocido.
Me obligo a concentrarme. A terminar de leer el informe para la reunión. A fingir que puedo pensar en otra cosa que no sea en cómo Emery me ha gritado hace diez minutos y lo mucho que me ha costado no cruzar el escritorio y besarla hasta que dejase de odiarme.
Cuando salgo del bufete son las nueve de la noche.
Llego a casa media hora más tarde. El piso está a oscuras, silencioso, exactamente como lo he dejado esta mañana. Coloco las llaves en la entrada, me quito la chaqueta, me aflojo la corbata y me dirijo directo a la cocina porque sé que no voy a poder dormir.
No cuando mi cabeza sigue reproduciendo en bucle la imagen de Emery enfadada.
Saco harina, huevos, azúcar. Cuando no puedo dormir, cocino. Recetas hechas con precisión milimétrica que nadie va a probar jamás pero que al menos me dan algo en lo que concentrarme que no sea ella.
El móvil vibra en mi bolsillo cuando estoy midiendo la harina.
Es Luke.
Contesto.
—¿Qué?
—Buenas noches a ti también. —La voz de mi mejor amigo suena demasiado despierta para ser tan tarde—. Te llamo para recordarte que la boda es el próximo fin de semana y todavía no me has confirmado si vienes solo o acompañado.
La boda.
Mierda. Me había olvidado de su boda.
—Voy solo —digo.
—Qué sorpresa. —Luke hace una pausa—. Oye, ¿por qué no invitas a alguien? Estoy aburrido de que seas el eterno soltero.
—¿Y a quién demonios voy a invitar, Luke?
—A tu asistente. La pelirroja.
Se me tensa todo el cuerpo de golpe.
—¿Qué?
—Tu asistente. Emery. ¿Ese era su nombre, no?
—¿Cómo sabes su nombre?
—Porque llevas meses hablando de ella cada vez que nos vemos para tomar algo. «Emery ha hecho esto, Emery ha hecho lo otro, Emery me ha tirado café encima otra vez». Está bastante claro que esa mujer ocupa un espacio considerable en tu cabeza.
Se me cierra la garganta. Joder. Parece que todo el mundo se ha dado cuenta de que estoy obsesionado.
—No hablo tanto de ella.
—Sí lo haces. —Luke se ríe—. Y mira, no te juzgo. Suena divertida. Y está claro que tiene agallas si lleva meses tocándote las narices de esa forma.
—No puedo invitarla. Es complicado. Y una locura.
—¿Por qué?
—Porque sí, Luke. No puedo invitar a mi asistente a tu boda.
—¿Por qué no?
—Porque… —Me callo. Respiro hondo y luego decido decirle la verdad—. Porque ella no querría venir.
—¿Se lo has preguntado?
—No.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
—Porque me odia.
—Si te odia tanto, ¿por qué sigue trabajando para ti?
—Porque perdería un bono muy jugoso.
—¿Es solo por eso? No me parece algo lo suficientemente importante como para seguir trabajando con un tipo al que odias.
Me quedo callado. Ni yo mismo lo sé.
—Mira —dice Luke—. No sé qué está pasando entre vosotros ni me importa.
Pero lo que sí sé es que llevas meses hablando de esa mujer como si fuera lo más interesante que te ha pasado en años.
Así que invítala. Pasa un fin de semana con ella fuera del trabajo.
Deja que vea como eres de verdad. Igual así deja de odiarte como tú dices.
—Luke, desde que te has enamorado y te vas a casar estás obsesionado con hacer de Cupido. No todo el mundo tiene tu suerte. No todo es tan fácil.
—Tienes razón. No es fácil. —La voz de Luke se vuelve más seria—.
Pero tampoco es imposible, Jack. Te conozco desde la universidad.
Sé cómo eres. Sé que tus padres te criaron como si fueras una inversión en lugar de un hijo.
Sé que nunca te enseñaron a abrirte ni a demostrar lo que sientes.
Pero eso no significa que no puedas aprenderlo ahora.
La garganta se me cierra.
—No sé cómo hacer eso —admito al fin.
—Lo sé. Por eso te digo que empieces por algo pequeño.
Invítala a la boda. Deja que pase tiempo contigo fuera de la oficina.
Deja que te conozca de verdad, no al tipo contenido y perfecto que pretendes ser todo el tiempo.
—Hace una pausa—. Dale una oportunidad de ver quién eres cuando no estás escondiéndote detrás del trabajo.
—¿Y si después de eso decide que no quiere nada conmigo?
—Entonces al menos lo habrás intentado. Y eso ya es más de lo que estás haciendo ahora, que es nada.
No respondo. Luke suspira.
—Mira, tío. Yo no te voy a obligar a hacer nada. Pero piénsalo, ¿vale? La boda es en una semana. Hawái. Playa. Buen tiempo. Un fin de semana lejos de Manhattan y del bufete. Si alguna vez vas a tener la oportunidad de demostrarle algo, es ahora.
—Luke.
—Piénsalo. Eso es todo lo que te pido. —Hace una pausa—. Y avísame si cambias de opinión para que Sarah pueda ajustar las mesas.
Cuelga.
Me quedo mirando el móvil en la mano, con las palabras de Luke resonando en mi cabeza, y pienso: ¿y si tiene razón?
¿Y si pudiera tenerla cerca aunque fuera por una vez fuera del trabajo antes de perderla?
¿Y si pudiera demostrarle…?
Me detengo. Apoyo las manos en la encimera. Respiro hondo.
No sé abrir mi corazón. No sé hablar de sentimientos sin que suene como si estuviera leyendo un informe legal. Mi familia me enseñó a ganar casos, a cerrar tratos, a mantener la compostura pasase lo que pasase. Nadie me enseñó a querer.
Pero hay algo que sí sé.
Sé lo mucho que deseo a Emery. Lo sé cada vez que entra en mi despacho y tengo que obligarme a no mirarla más de lo profesionalmente aceptable.
Lo sé cada vez que se inclina sobre mi escritorio para señalar algo en un documento y su perfume me envuelve y tengo que contarme hasta diez para no hacer algo estúpido.
Lo sé cada vez que me grita y lo único en lo que puedo pensar es en besarla hasta que se le pase el cabreo.
Y sé que, si me diera una oportunidad, una sola, podría hacerla sentir mejor de lo que nadie la ha hecho sentir jamás.
Puede que no sepa enamorarla. Puede que no tenga ni idea de cómo hacer que alguien me quiera cuando yo mismo no sé cómo se hace eso.
Pero sé que podría adorar su cuerpo. Sé que podría darle placer.
Sé que podría hacerla mía, aunque fuera por una noche, por un fin de semana, por el tiempo que ella me diera.
Y la boda de Luke es la excusa perfecta.
Un fin de semana en Hawái. Lejos del bufete. Lejos de Manhattan. Lejos de los roles que interpretamos cada día. Un fin de semana en el que podría estar cerca de ella sin las barreras del trabajo, sin la distancia que mantengo por pura supervivencia.
Un fin de semana durante el que podría demostrarle lo mucho que la deseo.
La imagen se forma en mi cabeza sin permiso: Emery en Hawái, con el pelo suelto y un vestido de verano, luciendo esa sonrisa que reserva para todo el mundo menos para mí. Emery fuera del trabajo, relajada, sin esa tensión que tiene cada vez que entra en mi despacho.
Emery en mi cama.
Se me corta la respiración. El corazón se me acelera de golpe y todo el cuerpo se me tensa porque la sola idea de tenerla así, desnuda, debajo de mí, diciendo mi nombre sin ese tono irónico que siempre usa, es suficiente para que se me nuble el pensamiento.
Me imagino besándola, quitándole la ropa despacio mientras ella me mira con esos ojos verdes. Me veo recorriendo cada centímetro de su piel, memorizando cada reacción, cada sonido que hace, cada forma en que su cuerpo responde al mío.
Imagino cómo la hago correrse.
Me imagino viéndola desmoronarse debajo de mí, encima de mí, contra la pared, donde sea, y diciéndole sin palabras todo lo que no sé cómo decir de otra forma.
Me pongo duro como una roca.
Mierda.
Apoyo la frente contra el armario de la cocina. Respiro hondo. Me obligo a pensar con claridad en lugar de con otras partes de mi anatomía que llevan meses teniendo opiniones muy concretas sobre Emery.
Tengo que planear esto bien.
Tengo que encontrar la forma de convencerla.
Tengo que conseguir que diga que sí.
Porque si dice que no, voy a tener que aceptar lo que llevo dieciocho meses negando: que Emery es la única mujer capaz de hacerme sentir algo, y yo soy demasiado cobarde para hacer nada al respecto.
Y eso ya no es una opción.