El trato del Verano (Romances de Verano 1) PRÓLOGO
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El trato del Verano (Romances de Verano 1)

El trato del Verano (Romances de Verano 1)

Por Lucy Summers

© inepub.com

PRÓLOGO

EMERY

Hoy es el día perfecto para conseguir que me despida.

Lo pienso mientras cruzo el pasillo hacia el despacho de Jack con el portátil bajo el brazo y una sonrisa que he tenido que reprimir tres veces desde que me he levantado de mi mesa.

Llevo nueve meses intentándolo. Nueve meses de cafés estratégicamente derramados, reuniones a horas absurdas y una suscripción a Alpaca Monthly que todavía me hace gracia, pero hoy va a ser distinto.

Hoy tengo un plan perfecto para conseguir mi ansiado despido.

En veinte minutos llega el cliente más importante del trimestre.

Un magnate texano con más ceros en la cuenta que paciencia, y Jack lleva toda la semana preparando esta reunión como si le fuera la vida en ello.

Lo cual significa que es el momento ideal para ejecutar la fase final de la Operación Despido .

Ni siquiera él va a poder mantener la compostura después de esto.

Llamo dos veces a su puerta, como le gusta, porque Jack tiene preferencias hasta para eso, y entro sin esperar respuesta.

Mi jefe está sentado detrás del escritorio con un montón de documentos desplegados delante y las gafas de leer puestas.

Las malditas gafas.

Se me cierra el estómago de golpe y tengo que hacer un esfuerzo consciente para seguir andando con normalidad, porque Jack Anderson con gafas de leer está tan sexy que debería estar prohibido por alguna convención internacional.

Está inclinado sobre los documentos con la corbata aflojada y las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos, esos antebrazos que ningún abogado corporativo debería tener, y la montura oscura le enmarca la cara de una forma que suaviza sus rasgos demasiado serios, demasiado perfectos.

Tiene el pelo castaño oscuro ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él mientras leía, y la barba corta le marca la mandíbula. Con esas gafas pasa de «jefe insoportable» a «Clark Kent insoportable».

Y luego está el hecho de que mide un metro noventa y dos y yo apenas llego al metro sesenta, lo que significa que cada vez que se acerca a mí tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo, y mi cuerpo tiene opiniones muy concretas sobre esa diferencia de altura que mi cerebro se niega en redondo a escuchar.

Esto es de una injusticia objetiva cuando llevo media mañana haciéndome a la idea para no dejarme abrumar por él.

—Emery —dice sin levantar la vista—. Llegas puntual.

—Siempre lo soy.

—No siempre.

—Casi siempre.

Ahora sí levanta la vista, y me mira por encima de las gafas durante un segundo que dura demasiado. Aparto la mirada y dejo el portátil sobre la mesa.

—He traído todo lo que necesitas para la reunión. El informe de due diligence, los comparables, el análisis de riesgos…

—Bien. —Jack se quita las gafas y las deja sobre el escritorio—. Repasémoslo.

Me siento en la silla frente a él y abro el portátil.

Saco los documentos de la carpeta y los ordeno delante de Jack con la eficiencia de quien lleva dieciocho meses haciendo exactamente esto.

Él los revisa en silencio, pasando páginas con esa concentración absoluta que tiene para todo, y yo aprovecho para levantarme.

—Voy a prepararte café —anuncio—. Vas a necesitarlo.

Jack asiente sin mirarme. Me dirijo a la cafetera que tiene en la esquina del despacho, una máquina italiana cara que hace un café tan cargado que probablemente sea ilegal en varios estados, y preparo una taza como a él le gusta. Solo, sin azúcar, lo bastante fuerte como para resucitar a un muerto.

Cuando vuelvo al escritorio con la taza en la mano, Jack sigue revisando los documentos sin levantar la vista.

Me acerco despacio, pero antes de que pueda depositarla sobre la mesa Jack levanta una mano.

—Déjala ahí —dice sin levantar la vista—. En el borde. Y no la acerques más.

Me detengo con la taza suspendida en el aire.

—No iba a acercarla más.

—La última vez dijiste lo mismo y terminé con café en el pantalón.

—Fue un accidente.

—Y la anterior.

Jack levanta la vista entonces y me sostiene la mirada.

—También fue un accidente —respondo con menos convicción esta vez.

Nos miramos. Ambos sabemos que miento. Ambos sabemos que él sabe que miento. Pero Jack se limita a sostenerme la mirada durante un segundo que dura demasiado, y la intensidad que veo en sus ojos hace que se me acelere el pulso.

—Déjala. Ahí. —Señala el borde exacto de la mesa.

Lo hago. Deposito la taza con cuidado exagerado, exactamente donde él ha señalado, y me dispongo a sentarme.

Jack inclina la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluando si puedo llegar a mi silla sin provocar un desastre, y el corazón me da un vuelco traicionero que finjo no notar.

—Siéntate —dice al fin.

Me siento. Respiro hondo. Jack vuelve a ponerse las gafas.

—Lee el informe —dice—. En voz alta. Quiero asegurarme de que no se nos escapa nada.

Por supuesto que quiere eso. Jack Anderson no deja nada al azar, y eso incluye hacerme leer en voz alta mientras él me mira con esa intensidad que hace que se me olviden las palabras.

Abro el documento en la primera página y empiezo a leer.

—Valoración de activos mediante método de múltiplos comparables. Se han identificado cinco empresas del sector con características similares…

Mi voz suena firme. Profesional. Del todo ajena a que tengo el cerebro dividido en dos: la mitad que lee el informe y articula las palabras correctas, y la otra mitad que está pendiente de Jack, esperando el momento exacto en el que baje la guardia.

En el que se relaje lo suficiente como para coger la taza.

Jack me mira mientras leo, no mira su documento, me mira a mí, y tengo que concentrarme en cada palabra para que no note nada, para que mi voz no delate que estoy contando los segundos hasta que todo salte por los aires.

Termino la primera página. Paso a la segunda. La garganta se me cierra un poco y carraspeo antes de seguir.

—Riesgos identificados en la operación. Fiscal: posible contingencia derivada de…

Sigo leyendo. Las palabras salen en piloto automático mientras una parte de mí registra cada movimiento de Jack: cómo tamborilea los dedos sobre el escritorio, cómo se frota el puente de la nariz por debajo de las gafas, cómo su postura se va relajando página a página.

Cuando llego al final de la tercera página, Jack se echa ligeramente hacia atrás en la silla y suspira. Se quita las gafas. Se frota los ojos.

Y coge la taza de café.

Ahora.

Es el momento.

Me levanto de golpe y grito.

No es un grito de película de terror, sino agudo, de sorpresa, como si acabara de ver una araña del tamaño de un gato.

Jack reacciona de inmediato. Se levanta tan rápido que la silla rechina contra el suelo.

El café se derrama por toda la pechera de su camisa blanca, una mancha marrón que se extiende por el pecho y parte de la corbata y siento que rozo la victoria con los dedos, pero Jack no lo mira.

Me mira a mí.

—¿Qué pasa? —pregunta, y antes de que pueda responder ya ha rodeado el escritorio, y está cruzando la distancia entre nosotros—. ¿Estás bien?

Me agarra por los hombros.

Jack Anderson me está tocando.

No había contado con esta reacción.

Sus manos me abarcan enteras, grandes y cálidas a través de la tela de la blusa, y huele a café recién hecho y a esa colonia cara que me gusta más de lo que debería.

Está demasiado cerca, con esos treinta centímetros largos que nos separan en altura y que ahora usa enteros para inclinarse hacia mí como si fuera a encontrar el problema escrito en algún sitio de mi cara.

—Yo… —Se me corta la voz—. Estoy bien.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. He visto… algo.

Jack me mira a los ojos. Está tan cerca que puedo ver las motas doradas que tiene en el iris, y de pronto se queda completamente inmóvil. Las manos en mis hombros se tensan. Todo su cuerpo se tensa.

Se da cuenta de lo que acaba de pasar.

Veo el momento exacto en el que lo hace: entrecierra los ojos una fracción de segundo, la mandíbula se le endurece, y entonces me suelta como si le quemara y da un paso atrás.

Solo entonces se mira la camisa.

La mancha de café cubre la mitad del pecho. La corbata está arruinada. Y cuando Jack vuelve a mirarme, hay algo en su expresión que me produce un escalofrío que no sé clasificar.

—Bien jugado, Emery —dice.

La voz me sale demasiado aguda:

—No sé de qué hablas —miento descaradamente.

—Tengo camisas de sobra en el despacho. —Me corta sin alterarse—. Sigue leyendo el informe mientras me cambio.

Se gira hacia el armario que tiene en la esquina y yo me dejo caer en la silla porque las piernas me están temblando y no quiero que lo note.

Me obligo a coger el documento. A mirarlo.

A fingir que las letras tienen algún sentido cuando lo único que puedo procesar es que Jack me ha tocado y mi cuerpo sigue registrando la información con un retraso alarmante.

Pero otra parte de mí, la que ha pasado tres horas en una lavandería de Queens tiñendo camisas, está esperando.

Jack abre el armario.

Y se hace el silencio.

Un silencio largo, pesado, glorioso. Contengo la respiración. Se me escapa una sonrisa que tengo que morder para reprimir, porque esto, exactamente esto, es lo que llevo esperando toda la mañana.

—Emery.

Levanto la vista intentando parecer sorprendida.

Jack está de pie frente al armario abierto con una camisa rosa chicle en la mano derecha y otra rosa pastel en la izquierda.

Detrás, colgando de las perchas, está toda la gama cromática del rosa que he podido conseguir: fucsia, salmón, coral, rosa pastel. Un arcoíris completo de victoria.

Me mira. Y yo le sostengo la mirada y rezo por parecer inocente, aunque el corazón me late tan fuerte que seguro que puede oírlo desde ahí.

—¿Qué ha pasado con mis camisas? —pregunta.

—Me las llevé a casa para lavarlas. —Parpadeo dos veces—. Debí de meter algo rosa en la lavadora sin darme cuenta.

Jack no dice nada. Me mira sin decir nada, y yo le aguanto la mirada como puedo, concentrándome en cualquier cosa que no sea la mezcla de triunfo y nervios que me bulle en el pecho. Luego cierra los ojos, respira hondo y vuelve a abrirlos.

Y no dice nada.

Eso es lo peor.

La sonrisa se me borra de golpe. Jack Anderson no dice absolutamente nada.

Se quita la camisa manchada con movimientos secos y precisos, elige la rosa chicle, la más llamativa de todas, la que parece un flamenco, y se la abrocha con la misma seriedad con la que se pondría un traje de tribunal.

Se ajusta los puños. Se coloca la corbata sobre la camisa rosa como si esto fuera completamente normal.

Como si no acabara de descubrir que le he teñido todas sus camisas de repuesto.

Y luego vuelve al escritorio, se sienta y me mira como si no llevara puesto el color de un chicle Hubba Bubba.

—Continúa con el informe —dice.

El estómago se me cierra como un puño.

No puedo con este hombre.

—Jack.

—El cliente llega en diez minutos, Emery. Continúa.

No dice nada más. No me grita. No me despide. No hace nada excepto mirarme con esa calma antinatural que me pone de los nervios, y algo dentro de mí se rompe.

Me levanto tan rápido que la silla se tambalea.

—¿Sabes qué? No. —La voz me sale más alta de lo que pretendía—. No voy a continuar como si no pasara nada. Mírate. Llevas una camisa rosa porque te he arruinado todas las demás, y ni siquiera estás enfadado.

—¿Quieres que esté enfadado?

—¡Quiero que me despidas de una maldita vez!

Las palabras salen como una explosión. Jack no parpadea.

—No.

—¡Llevo nueve meses intentándolo! Nueve meses haciendo todo lo posible por cabrearte, por darte motivos, por…

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Por supuesto que lo sé. —Jack se inclina ligeramente hacia delante—. Sé exactamente lo que estás haciendo, Emery. Y no va a funcionar.

Me quedo mirándolo, el corazón me golpea contra las costillas.

—¿Por qué? —consigo preguntar—. Se ve a leguas que no estás a gusto conmigo. Siempre estás serio, siempre trabajando, siempre gruñendo. —Hago un gesto vago con la mano—. ¿Por qué no me despides y ya está?

—Porque no quiero.

—¡Pues yo sí quiero! Estoy harta de ser tu… tu esclava.

Jack arquea una ceja.

—¿Mi esclava?

—¡Sí!

—Trabajas las mismas horas que yo. Cobras un sueldo excelente. Tienes más autonomía que cualquier asistente ejecutiva de Manhattan.

—¡Pero no puedo irme!

—Sí puedes. —Su voz baja hasta volverse peligrosamente suave—. Puedes irte cuando quieras, Emery. Solo tienes que devolver el bono.

La rabia me sube por la garganta como fuego.

—Sabes perfectamente que no puedo hacer eso.

—Entonces el problema no soy yo.

Lo miro. Él me sostiene la mirada sin parpadear, y odio lo tranquilo que está, odio lo mucho que me altero yo mientras él permanece ahí sentado con esa camisa ridícula como si nada de esto le importara.

Odio, sobre todo, que incluso ahora, especialmente ahora, siga siendo el hombre más atractivo que he visto en mi vida.

Voy a decir algo más. Voy a gritarle, probablemente, cuando la puerta se abre de golpe.

Cole Brown, su socio, entra como un huracán, con el móvil en una mano y cara de pocos amigos.

—¿Se puede saber qué coño está…? —Se detiene en seco al ver a Jack—. ¿Por qué llevas una camisa rosa?

Jack no aparta los ojos de mí.

—Pregúntaselo a ella.

Cole me mira. Yo aprovecho el momento, cojo el portátil y salgo del despacho antes de que ninguno de los dos pueda decir nada más.

Cierro la puerta a mi espalda y me apoyo contra ella. Las piernas me tiemblan. El corazón me late tan rápido que me duele.

No voy a despedirte.

Las palabras resuenan en mi cabeza como una sentencia mientras me obligo a caminar hacia mi mesa con la dignidad hecha pedazos y la certeza de que nueve meses de Operación Despido no han servido de nada.

Salvo para confirmar una cosa: lo que más odio de Jack Anderson no es que sea impasible.

Es que me atraiga.