El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimosexto — Hielo en las venas #3
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Capítulo decimosexto — Hielo en las venas #3

Lo firmamos, mejor dicho: yo como paciente, ella como médico informante del procedimiento, en la consulta, con la fecha del ocho de enero ya puesta en el calendario de Santa Brígida.

Fue una firma rara: la del fin de la mentira y el principio de la espera.

La clínica nos mandaba los papeles por la ventanilla del patrocinio —Santa Brígida era el patrocinador del club y el hospital de la casa, y mi operación entraba por esa puerta—, y había algo poético en que la reparación de mi mentira la pagara el mismo logo que llevábamos en la manga.

—Cuatro a seis meses —dijo ella, guardando el papel—. Rehabilitación completa. Vuelve en primavera.

—Vuelvo en primavera —repetí, esta vez mirando el calendario.

—No lo repita como una promesa —dijo—. Repítalo como un protocolo. Las promesas se rompen; los protocolos se cumplen o se revisan. Si la primavera se complica, se revisa. No hay tragedia en los calendarios, Ferrer. Hay paciencia, que es más aburrida y más útil.

—¿Eso es lo que le dice a todos sus pacientes?

—A todos —dijo—. Pero a usted se lo digo mirándole a los ojos, que es el recargo por novio.

Cuando acabamos, Marta guardó el papel en la carpeta y me dijo, con la voz de los martes:

—Una cosa más. El reglamento. Lo he revisado esta semana.

—Sacó la libreta de tapa dura, la abrió por la página de noviembre, la del documento más legal de mi vida—.

Regla uno: derogada por votación del grupo.

Regla dos: derogada por innecesaria, aunque el código se queda, que nos ha costado cariño.

Regla tres: la consulta sigue siendo territorio profesional durante las sesiones, y las sesiones continúan cuatro meses como mínimo, así que no se haga ilusiones.

Regla cuatro —levantó la vista—: se mantiene para siempre.

La versión la damos nosotros, juntos. Eso ya no es una regla, es una costumbre.

Y la regla cinco sigue: el hombro manda.

—¿Y la seis?

—¿Qué seis?

—La que no se escribía —dije—. La de derogar la regla uno en público con cena. Se ha cumplido sin cena. Quiero la cena, la de verdad, con mantel y todo.

—La cena la pago yo —dijo—. La debo desde noviembre, con intereses y mantel incluidos. —Cerró la libreta—. Queda constancia. Firmado: su amonestada favorita.

Sebas me lo dijo mejor, aquella misma tarde, cuando salíamos del pabellón y él regaba el hielo con su liturgia de siempre. El viejo apagó el motor al verme, se acercó a la banda, y me dedicó la frase más larga de nuestra amistad:

—El ocho de enero regaré el hielo yo mismo, por la mañana, dos veces —dijo—. Lo dejaré perfecto. El mejor hielo del año. Para que te dé envidia, muchacho, y te cures pronto y vengas a estropeármelo.

Se la agradecí con un nudo en la garganta, prometí estropeárselo lo antes posible, y me fui a casa a hacer la maleta de la operación, con el as de oros en el bolsillo, la temporada perdida por delante y, por primera vez en once años, nada que esconder detrás.

La semana entre la revisión y el parón fue la más rara de mi vida: la de ser lesionado a tiempo completo.

Ya no había que dosificar, ni disimular, ni contar los contactos.

Entrenaba por las mañanas con el preparador, solo, con mi rutina de mantenimiento prequirúrgico, y veía al equipo por las tardes, en los vídeos y en el comedor, convertido de pronto en una especie de veterano honorario.

Los chavales del filial me pedían consejo en los pasillos.

Vicho me consultaba los emparejamientos del rival como si fuera un segundo entrenador, cosa que levantaba ampollas de orgullo en mi palmarés interior.

Y en el grupo, la vida seguía su curso glorioso: Brett había encontrado un vídeo de una rueda de prensa de dos mil nueve en la que un futbolista confesaba algo parecido, y había declarado la fecha de mi rueda de prensa «día del club» para siempre.

Feijóo no volvió a aparecer. Su crónica del martes había sido correcta, seca, derrotada con dignidad, y el jueves publicó otra cosa, un análisis de la temporada de los modestos en el que mencionaba al Árticos tres veces, todas bien.

Sara me lo enseñó con la ceja levantada: «Once años», dijo.

«Ni un disculparse. Pero esto, en su idioma, es una carta de rendición.

» Le di la enhorabuena por la guerra. Me dijo que las guerras se ganaban con bajas y que la próxima vez eligiera yo el terreno, que ella ya estaba mayor para asedios.

El miércoles por la noche llamé a Tata. Le conté todo en dos minutos, y él estuvo un rato callado, con la carretera de fondo, y luego dijo: «Lo del hombro, chico.

Algo me olía desde septiembre. Te lo dije en la llamada: cuídate el hombro.

» Me reí, me emocioné, no supe cuál de las dos.

«La próxima vez, en el hielo contrario», le dije yo esta vez.

«Cuenta con ello», dijo él. Y se despidió con la orden de siempre: métete goles.

Era la única orden que no podía cumplir hasta la primavera, y se lo dije, y él dijo que los goles se podían acumular, que él me guardaba los míos.

Y una noche de esa semana, Marta y yo salimos a cenar fuera, en un restaurante de verdad, con mesa y mantel, como hace la gente que no se esconde.

Fue en un sitio de barrio, elegido por ella con el criterio de «aquí no viene nadie del club porque el pescado es malo».

Pedimos el pescado. Era malo. Cenamos de maravilla.

En el estudio, antes de cerrar la maleta, hice el último inventario del año.

La baraja en el cajón, con el as de bastos jubilado mirando al techo.

El teléfono con dos contactos nuevos que no eran de esta vida de antes: «Capitán sin galones» y «M.

», que era como tenía a Marta guardada, porque hasta en eso éramos de la taquigrafía.

La ropa de siempre. El cepillo. El cargador.

Y la sensación, al cerrar la cremallera, de que la maleta pesaba menos que en septiembre, aunque llevaba más cosas.

La ventana daba al patio de luces. La paloma seguía allí, menos deprimida, o quizá igual de deprimida y yo con otra vista. Le di las buenas noches. «Nos vemos en primavera», le dije. Y cerré la persiana del año, que era también la puerta del otro.

Esa noche dormí ocho horas, en mi cama de alquiler, con el cabestrillo colgado de la silla y el as de oros en la mesilla. Fue la primera noche del resto de mi vida, aunque aquello solo se sabe mucho después.