Capítulo decimosexto — Hielo en las venas #2
«HIELO EN LAS VENAS. VUELVE PRONTO.»
Me la habían anunciado por la mañana, en el grupo, con una foto borrosa de Eugenia y diecisiete mensajes de «no la mires hasta el partido».
La miré, claro. La miré cuarenta veces, solo en la cocina del estudio, con la maleta de la operación medio hecha a los pies.
Había pancartas más bonitas en la historia del deporte, seguramente. Ninguna mía.
La vi desde el túnel, con la chaqueta del club puesta y el brazo en cabestrillo ligero, y se me hizo un nudo del tamaño de un disco.
Cuatrocientas personas ya estaban dentro a esa hora, y al final fueron casi novecientas, el mejor registro del año, con cola en la puerta y la calefacción, por una vez, funcionando como una campeona.
Me habían ofrecido el palco. Lo rechacé, y fue la decisión más fácil del mes: había pasado cuatro meses escondido en rincones, y no me iba a esconder en el sitio más alto del pabellón el día que por fin no tenía nada que esconder. Quería grada. Quería la bufanda, el frío, el hombro del vecino.
Marta estaba en la grada, no en la banda.
Esa tarde no le tocaba servicio —el cuerpo médico de guardia era el segundo— y se había sentado en la zona alta, con su bufanda azul y su carpeta de siempre, disfrazada de aficionada.
Subí a su lado diez minutos antes del partido, con el corazón latiéndome en la garganta como si fuera a jugar.
—Está prohibido —me dijo, sin mirarme, con la vista en el hielo—. La jefa de médicos no se sienta con los jugadores de baja en la grada. Hay precedentes de escándalo.
—Los precedentes me los paso por el cabestrillo —dije—. Además, ya no hay secreto. Lo votó el grupo. Veintitrés a cero.
—Veintidós —me corrigió—. Yo voté tarde.
Y allí, delante de novecientas personas, la Grada Norte, el palco, los chavales del filial y la tele autonómica, me senté junto a ella y le cogí la mano.
Sin regla uno. Sin reflejo de autobús. Sin escaleras de incendio. La mano entera, los dedos entrelazados, a la vista de todo el mundo.
Ella se quedó rígida un segundo —el segundo de la costumbre, el de la hoja de cálculo— y luego me apretó los dedos y se quedó mirando el hielo con las mejillas rojas.
Nadie dijo nada. Bueno: la Grada Norte dijo algo.
Uno de los de la pancarta se giró, nos vio, le dio un codazo al de al lado, y de repente sesenta tipos estaban cantando otra cosa, improvisada, malísima y perfecta: «¡Que se besen!
¡Que se besen!» como en las bodas, con la grada riéndose y la tele autonómica buscando el plano.
Nos besamos. Total: ya estábamos en portada.
El partido fue de ésos que se recuerdan.
El equipo jugó como jugaba desde la rueda de prensa: libre, alegre, con esa energía alegre de no tener ya nada que esconder.
Aitor marcó el primero, Brett el segundo, y cuando el tercero entró —una jugada de manual de Raúl, el abuelo, asistiendo desde atrás como un veinteañero—, la grada entera se puso de pie y el pabellón entero cantó «¡Gol, gol, gol!
» hasta que la pared tembló, y la Grada Norte, con su humor de siempre, remató con el «¡Goal!
¡Goal!» en inglés macarrónico que solo sacaba en los días grandes, con la pancarta de VUELVE PRONTO subiendo y bajando al ritmo.
Ver el hockey desde la grada es otra religión.
Yo llevaba once años viéndolo desde el banquillo, donde el juego es un plano técnico, todo geometría y turnos.
Desde arriba, con la mano de Marta en la mía y un café de máquina en la otra, el juego era otra cosa: era un folclore.
Se veían las corridas de los chavales, se oía el consejo de los viejos, se sufrió con cada entrada y se celebró cada pase como una boda.
A mi izquierda, un señor de setenta años me explicó la táctica de Vicho durante todo el segundo periodo, sin saber que yo era yo, o sabiéndolo perfectamente, que nunca se sabe con los señores de setenta años.
A mi derecha, Marta me hacía el comentario médico en voz baja: «Ese giro de Carmona es lesivo», «la rodilla de Raúl se mueve bien», «tu brazo colgado así está mal puesto».
Los dos narrábamos nuestro partido privado, el técnico y el clínico, y la grada entera hacía el coro.
Yo canté también. Canté hasta quedarme sin voz, con la mano de Marta en la mía y el brazo malo colgando en su cabestrillo, y pensé que aquel era el primer partido de mi vida que ganaba desde la grada, y que no sabía que también se ganaba desde ahí.
Antes del partido, cuando bajábamos hacia nuestros asientos después del calentamiento, Iván Redondo pasó por delante de nosotros camino del banquillo.
Se paró. Me miró. Y por primera vez en cuatro meses, el portero extendió el puño hacia mí.
Se lo choqué. Asintió una vez, medio centímetro, como quien confirma un parte, y siguió andando.
Sin una palabra. Iván no gastaba palabras; las guardaba, como las paradas, para cuando hicieran falta.
—Ese chico —dijo Marta, mirándole alejarse— es el mejor portero de la liga y no lo sabe. Alguien debería decírselo todos los días.
—Ya hay alguien —dije—. Tata me dejó ese encargo por escrito. Se ejecuta los lunes.
Raúl, desde el banquillo, vio la pancarta al salir al hielo en el último periodo.
Se quedó mirándola un segundo largo, con la mano en la rodilla, en su funda negra, y luego miró a la grada y levantó el stick.
Le vieron pocos. Yo fui uno. Había algo en esa imagen que se me quedó grabado: el viejo, la rodilla, la pancarta, la cuenta de las vueltas y las promesas.
Ganamos, claro. Se fue el año con una victoria y una nevada tímida, y cuando el equipo hizo la vuelta de honor, Vicho me arrastró al centro del hielo, casi a la fuerza, y la grada cantó mi nombre con la canción nueva, la de «Ferrer, Ferrer, el del hielo de verdad», y la de la Grada Norte con la pancarta al viento.
Levanté el brazo izquierdo. El izquierdo, como siempre.
Ya no hacía falta decir por qué: todo el mundo lo sabía, y lo cantaban igual, y en eso consistía exactamente la victoria del año.
Sebas estaba junto a la máquina, esperando su turno para regar. Cuando pasé a su lado, no dijo nada; se tocó el ala de la gorra con dos dedos, como se saluda entre los oficios viejos, y siguió con su liturgia. Me bastó. Venía a ser, en su escala, un discurso de veinte minutos.
Aquella noche, en su casa, con la ventana empañada y la ciudad en Navidad, se jugó la última mano del año.
Habíamos cenado de pie, como siempre, con el árbol pequeño que ella ponía por costumbre y no por fervor.
Marta estaba en el sofá con las piernas encima de las mías, revisando el parte de la semana con la ceja de los partes, y yo la miraba, y de pronto, sin aviso, sin metáfora, sin una sola carta en la mano, salió la frase:
—¿Sabes que nunca fue un farol?
Levantó la vista del parte. Me miró un momento, despacio, y sonrió con la comisura, la de las cejas, la de ella.
—Lo sé —dijo—. Diagnóstico: crónico. Tratamiento: ninguno. No pienso curarme. Ni siquiera en primavera, que es cuando usted vuelve. Eso no se cura en ninguna estación, Ferrer.
Dejé el parte en el suelo y la atraje hacia mí, despacio, con el brazo bueno, y ella vino, y el sofá dejó de ser un sofá para ser el territorio de siempre, el de la consulta y el del hielo de madrugada, el nuestro.
La única casa del mundo donde los dos sabíamos la verdad entera y no hacía falta contarla.
Aquella noche no hubo reglas ni reglamentos ni hojas de cálculo.
Hubo dos personas que se habían contado la verdad por fin entera —la lesión, el fraude, la amonestación, el paréntesis— y descubrían que la verdad, desnuda de secretos, pesaba menos y quemaba más.
Nos desnudamos despacio, con la torpeza de siempre convertida ya en costumbre nuestra, y fue distinto de todas las veces anteriores en una cosa que solo se nota por dentro: no había nada detrás.
Ni la mentira del hombro, ni la foto del aparcamiento, ni la cuenta atrás.
Ella me besó el hombro malo, con esa delicadeza de conocer el mapa del daño, y yo aprendí su espalda como quien repasa una ciudad que por fin puede visitar de día.
Hubo un momento en que se quedó quieta encima de mí, mirándome con la cara seria de las decisiones, y dijo: «Consta en acta: el paciente ha dejado de fingir.
» Y yo dije: «Consta: la fisio tampoco.» Y no hubo más taquigrafía en un buen rato.
Le dije contra el pelo todo lo que no había dicho en ninguna rueda de prensa: que llevaba toda la vida siendo un precio, y que ella era lo primero que me había pasado que no tenía etiqueta.
Ella no contestó con palabras. Me apretó la mano izquierda, la sana, y se quedó dormida así, con los dedos entrelazados y la respiración acompasándose como se acompasan los turnos, y yo me quedé despierto un rato más, mirando el techo de su cuarto, que no tenía mancha de humedad ni paloma, y que era el techo más bonito en el que había pensado nunca.
Después, dormidos a medias, me dijo con la voz ya dormida:
—El as de oros. Lo tengo en la mesilla. Le he escrito algo detrás.
—¿El qué?
—La evolución —dijo—. Como en las fichas. Se lo enseño mañana.
Por la mañana me lo enseñó. La carta, la de noviembre, la que había viajado de mi baraja a su carpeta a su cocina a mi bolsillo del corazón, tenía ahora en el reverso, escrita con su letra pequeña y ordenada, una sola línea:
«Pronóstico: crónico. Evolución: la que queramos. Fecha: siempre.»
Me la quedé mirando un buen rato, con el café frío en la mano, y ella me miró mirarla, y no hizo falta decir nada más de esa categoría en toda la mañana.
La carta volvió a mi bolsillo del corazón, que ya era su domicilio oficial, y desayunamos como dos personas con un expediente compartido y una primavera por delante.
El sábado por la tarde firmé el consentimiento quirúrgico.