El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimosexto — Hielo en las venas
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Capítulo decimosexto — Hielo en las venas

La revisión interna duró dos días, y el resultado llegó el miércoles veinte de diciembre por la mañana, en un sobre sin membrete que Balaguer abrió con las manos de los días de cobrar.

Yo no estaba en la sala. Me lo contó todo Marta por la tarde, en la consulta, con la puerta cerrada y la cara del trago pasado y todavía no creído.

—Han sido dos días de quirófano —dijo—. Dos revisores externos, un abogado de la liga, y JR y Sara mirando desde el fondo como dos padrinos de boda tensos.

Me han hecho reconstruir cada semana. El reconocimiento de septiembre, las curvas, el protocolo, la noche del pacto.

Querían saber quién sabía qué y cuándo, que es la única pregunta que existe en estas revisiones.

—¿Y les gustó la respuesta?

—La respuesta era una hoja de Excel con fecha de sellado —dijo—. No tiene opiniones. Es lo que me gusta de ella.

—Todo está fechado —dijo, y la frase le salió con una sonrisa cansada—.

Todo. El sistema clínico tiene la recomendación de valoración quirúrgica desde el dos de noviembre, con hora, con minuto, con tu decisión registrada y los criterios de interrupción.

Los revisores han tardado cuatro horas en reconstruir la cronología entera y han llegado a la conclusión de que el servicio médico actuó correctamente a partir del conocimiento de la lesión.

—¿A partir del conocimiento? —dije—. ¿Y antes?

—Antes está tu mentira, no la mía —dijo—.

El reconocimiento de septiembre fue limpio según los datos disponibles.

El paciente mintió. Consta en el informe, palabra por palabra: «el jugador ocultó deliberadamente información clínica relevante».

—Me miró—. Te ponen a caer de un burro, Ferrer. Es precioso.

—¿Y el cuatro por ciento?

Marta se quedó callada un momento. Se sentó en su silla, abrió la carpeta, y habló mirando los papeles, porque había cosas que ni ella decía a la cara.

—El cuatro por ciento no lo vieron —dijo—.

Está dentro del margen de error del dinamómetro.

Pero yo lo declaré. Lo declaré yo, de palabra, delante de JR y de los revisores: que en una ocasión ajusté un valor a la baja para no levantar la liebre, y que al mismo tiempo dejé la recomendación real fechada en el sistema.

—Levantó la vista—. No me lo pidieron. Lo dije.

Los datos no mienten, Ferrer. Yo les mentí una vez, y se lo debo hasta la jubilación.

—¿Y qué ha pasado?

—Amonestación escrita —dijo—. Expediente interno, sin trascendencia externa, firmado por JR y por mí.

«Conducta contraria a los procedimientos del club, atenuada por la documentación íntegra y voluntaria del caso.

» —Se encogió de hombros—. Es la frase más fea y más justa que han escrito nunca sobre mí. La tengo enmarcada en la cabeza.

Me quedé mirándola. Aquella mujer había pasado dos días de revisión, había confesado un pecado que nadie podía probar, y había salido con una amonestación y la espalda recta.

Y entonces entendí la mecánica entera, la que ella había diseñado sin saberlo aquella noche de noviembre: el doble registro no era una tapadera.

Era una coartada de verdad. Había traicionado los datos en cuatro puntos, y había dejado escrita la traición con fecha y hora, para que cualquiera pudiera juzgarla.

Su salvación no era que no la hubieran pillado.

Era que ella misma se había entregado antes de que hiciera falta.

—Eso no es suerte —le dije—. Eso es escrupulosidad hasta en el delito. Es la cosa más tuya que he oído nunca.

—Es una amonestación —dijo ella—. No me la conviertas en medalla.

—Es una medalla fea —dije—. Las mejores lo son.

Se quedó mirándome con esa cara de los partes, y luego sacó de la carpeta un papel y me lo tendió.

La conclusión de la revisión, una página, con el sello del club.

Leí la última línea: «El servicio médico del club queda a disposición de la plantilla con la confianza plena de la dirección deportiva.

» Debajo, la firma de JR, grande y torcida, como un tajo.

—Esto me lo das así —dije—. ¿No hay ceremonia?

—La ceremonia es que te lo cuento yo y no Balaguer —dijo—. Y que esta noche cenamos fuera. Mi casa, que es lo más fuera que tenemos. Trate su amonestación con respeto: es lo único que hemos hecho juntos que tiene sello oficial.

El jueves, en el vestuario, Raúl dijo la frase del año.

Fue en el desayuno, sin más preparación que el café de las ocho. Alguien, creo que Carmona, soltó una broma sobre «los novios del club», medio en broma medio en serio, y el comedor se quedó en ese silencio de prueba, mirando a ver quién hablaba primero. Y habló Raúl, con la calma de los alcaldes:

—Llevábamos desde la Copa esperando a que lo dijerais vosotros —dijo, mirándome con una sonrisa de abuelo—.

¿Pensabais que un vestuario entero no se entera de estas cosas?

Se os veía en el autobús, en la pista, en la manera de no miraros.

Lo de no miraros era lo más sospechoso, chicos. Os delataba la técnica.

Se me cayó la cuchara. Literal: se me cayó la cuchara en el plato, con un ruido ridículo, y el comedor entero estalló.

—¿Desde la Copa? —dije.

—Desde antes, pero desde la Copa con certificado —dijo Brett—. El ascensor del hotel, chaval. Eugenia nos lo contó antes de aterrizar.

—¡Sin nombres! —protestó Eugenia desde la otra mesa, roja como un semáforo—. ¡Yo dije que no decía nombres!

—Dijiste «no voy a decir que era el diecinueve» —dijo Jiménez—. Y lo dijiste mirando al diecinueve.

El comedor se vino abajo otra vez, y yo me reí con ellos, y fue la primera vez que me reía de mi propio secreto en compañía, y supe que el funeral del misterio era también una fiesta. Raúl levantó la taza en mi dirección, solemnemente, como se brinda por los fichajes.

—Una cosa más —dijo él, cuando bajó el ruido—.

Esto que habéis montado, el silencio, las cartas, las escaleras.

Todo muy bonito. Pero la próxima vez que os enamoréis en un club, avisad al abuelo de turno, que llevamos semanas haciendo de cobertura sin saberlo.

Yo he soltado dos chistes malos en el grupo solo para taparos una tarde de caras raras. Me debéis dos chistes buenos.

—¿Cómo se paga eso? —dije.

—Con goles no, que estás de baja —dijo Raúl—. Con venir a mis partidos de vuelta. Todos. Que cuando uno vuelve de una lesión larga, la grada propia es la mitad de la rodilla.

Aitor no dijo nada en todo el desayuno. Pero al final, al pasar a mi lado, dejó caer la sentencia del capitán con la voz baja:

—Lo sabía desde octubre. Que no te cuente Marta los números de tu frecuencia cardíaca en la banda cuando ella pasaba, pero eran de superioridad numérica. —Me dio el golpe en el hombro izquierdo—. Cuídala. Que si no la cuidas, te opero yo el otro hombro.

—Capitán —dije—. ¿Está usted de broma?

—Yo no me tomo las rodillas a broma —dijo—. Ni los hombros. Ni a Marta. —Y se fue, y en su cara de puerto de montaña, por una décima de segundo, hubo algo que en otro hombre habría sido una sonrisa.

Al mediodía, Eugenia inició la votación.

«EUGENIA: votación oficial del grupo. Propuesta: quitar el paréntesis del nombre del grupo. Razones: 1) ya no es el nuevo, 2) ya nunca será el nuevo, 3) me hace ilusión y soy la administradora. Votar con pulgares.»

Veintitrés pulgares arriba en cuarenta minutos. El mío fue el último, por ceremonia.

Y «El Autobús (y el nuevo)» volvió a llamarse «El Autobús», así, sin paréntesis, y yo estuve un buen rato mirando el nombre del grupo en la pantalla del móvil, en la cocina del estudio, con el tupper en la mano y la cara de tonto.

El paréntesis había durado un mes y una vida.

Su funeral fue una votación de pulgares, y fue el mejor funeral al que me han invitado jamás.

El viernes fue un día de esos que no caben en los periódicos: la resaca de la verdad, que es mucho mejor que la resaca de la mentira.

Entrené con el grupo en la parte suave —no podía jugar, pero nadie me había dicho que no patinara—, y el vestuario me trató con la costumbre nueva, la de la gente que ya sabe: bromas sobre el hombro, sobre la fisio, sobre la farola fundida del aparcamiento, que se había convertido de pronto en patrimonio histórico del club.

«Nos ha costado una farola el noviazgo», dijo Brett.

«Que la pague el club», dijo Peralta. «Que la pague Feijóo», dijo Jiménez, y esa fue la que se quedó, y durante semanas, en «El Autobús», cualquier gasto raro se le cargó en la contabilidad al señor del abrigo caro.

Por la tarde, Sara me hizo la entrevista de despedida del año para la web del club: diez minutos, preguntas blandas, el ocho de enero como horizonte.

«¿Qué le dirías a la afición?», me preguntó, y yo miré a la cámara y dije la verdad otra vez, porque la verdad era mi jugada nueva y me estaba saliendo rentable: «Que me opero, que me curo y que vuelvo.

Y que no pienso perderme esta grada ni un año más.

» Sara cortó ahí, con la cara de las victorias, y me dijo que era la mejor entrevista de su temporada.

Por la noche, en casa de Marta, cenamos sentados, como la gente normal, y hablamos de la operación con la tranquilidad de no tener que negociar: el protocolo, la anestesia, las primeras semanas.

Ella sería mi médico informante y mi familia, todo en el mismo papel.

«Es la primera vez que firmo las dos casillas», dijo.

«Me ahorran un formulario.» Le dije que era la segunda casilla más importante de su carrera.

Me preguntó cuál era la primera. «La de mi licencia», dijo, y no sonrió del todo, y yo tampoco, porque era verdad.

El sábado veintitrés de diciembre, último partido antes del parón, la Pista Norte amaneció decorada desde primera hora.

No con luces de Navidad, que también, sino con la pancarta. La Grada Norte la había pintado a mano, seis metros de tela azul con letras blancas, y la colgaron en el fondo norte una hora antes del partido, entre los gritos de la colocación y los aplausos de la grada entera: