Capítulo decimoquinto — Cartas sobre la mesa #3
Las crónicas de la tarde fueron, para sorpresa de todos menos de Sara, un regalo.
«La confesión de Ferrer», «El valor de decirlo», «Un club a la altura».
El móvil de Sara echaba humo con las peticiones de entrevista, que ella administraba con la alegría selectiva de las victorias: pocas, buenas, a plazos.
La afición, en las redes, hizo lo que hacen las aficiones de verdad: convirtió la desgracia en bandera.
«Hielo en las venas», escribían, y «que vuelva pronto el diecinueve».
Feijóo publicó su crónica al final de la tarde, y era lo que tenía que ser: un relato correcto de la rueda de prensa, seco, profesional, sin la foto del aparcamiento, sin la insinuación, sin la minicadena.
La tormenta que había preparado durante un mes se había disuelto en un día soleado, y su artículo lo sabía, y se leía en cada párrafo.
Sara me lo resumió en el pasillo, con el café de la victoria en la mano y once años de guerra fría cerrándose por fin en una sola tarde:
—Hemos ganado —dijo—. No es que no haya noticia: es que la noticia es buena. Once años esperando, Marta. Once años. —Brindó con el aire—. Por los que cuentan la verdad a la una del mediodía, que es cuando menos se la espera nadie.
Aitor me encontró a las cinco, en la consulta, donde yo ordenaba la carpeta del día como si ordenar carpetas ordenara también el año.
Se sentó sin permiso, como siempre, en el taburete de las vendas.
—Eres una cabezota —dijo, a modo de saludo—. Cuando te dije que me avisaras de cualquier cosa rara, no me refería a que lo documentaras todo y me lo contaras por la tele.
—Te avisé por el canal oficial —dije—. El canal oficial era él. Ha funcionado.
—Ha funcionado —admitió—. Eso es lo que me fastidia. —Se frotó la cara—. Marta. Llevo tres meses mirando a ese chico como se mira a un rival, y resulta que era de los nuestros desde el principio y yo pasándole la sal con cara de favor. Me sabe mal.
—La sal es una moneda —dije—. Él lo entendió así.
—Ya —dijo Aitor—. Por eso me sabe peor. —Se quedó mirando la camilla—. ¿Y tú? ¿Estás bien? Lo del vestuario, lo de los registros, todo el ruido. Lo que sea que haya entre vosotros dos, y no me lo cuentes si no quieres, pero se te veía desde la grada desde octubre.
Se me cortó la respiración. Aitor, el hombre que no preguntaba nunca, preguntando.
—Desde noviembre —dije—. Desde noviembre hay un nosotros. Y está en los papeles, en las fechas y en mi cabeza, en ese orden de solidez.
Aitor asintió, despacio, procesando, y luego dijo una cosa que me llegó más que todos los aplausos del día:
—Entonces es de los nuestros dos veces —dijo—. Lo que es de los nuestros dos veces, se defiende dos veces. —Se levantó—. Cualquier cosa, Marta. La pista le juzgó. Ahora le cuidamos nosotros.
Se fue, y yo me quedé con la carpeta en las manos y los ojos húmedos, que era un estado inaceptable para una profesional de mi categoría y que duró exactamente lo que tardó Eugenia en entrar con su décima crisis del día.
A las siete, cuando el club empezaba a vaciarse, JR me llamó a su despacho.
Estaba solo, con la luz baja y la tele sin sonido, donde Pol sonreía en un bucle de veinte segundos. Me señaló la silla.
—Has visto la rueda de prensa —dijo.
—Desde el pasillo.
—Desde el pasillo —repitió—. Aitor te ha buscado dos veces esta tarde.
Te quiere a su lado en esto, y Aitor no se equivoca nunca en las personas.
—Juntó las manos—. Marta. Ahora viene la parte fea, y te la doy entera y de frente, como se dan las cosas en esta casa.
El club va a abrir una revisión interna de los procedimientos médicos.
Es obligatorio: hay una lesión no declarada y unos registros que tienen que aguantar una lectura externa.
Lo revisará gente de fuera, con Sara y conmigo mirando, y saldrá lo que salga.
—Lo sé —dije.
—Tus registros van a ser leídos con lupa —dijo JR—. Todo lo que escribiste desde septiembre. Cada parte, cada valor, cada fecha. Si hay algo que no cuadre, saldrá. ¿Lo tienes claro?
—Lo tengo claro desde el dos de noviembre —dije—. Desde esa noche llevo sabiendo que esta conversación existía en algún futuro. Solo que en mi versión usted no estaba tan tranquilo.
—No estoy tranquilo —dijo JR—. Estoy cansado, que es la tranquilidad de los viejos.
—Se inclinó hacia delante—. Te digo lo que va a pasar, para que duermas: la revisión durará días.
Mirarán fechas, mirarán el sistema, hablarán conmigo y con Vicho.
Y luego escribirán lo que encuentren. Yo no voy a mover ni un dedo para taparte, Marta, porque no hace falta: tú te tapaste sola con la única cosa que no se puede falsificar, que son las fechas.
Pero el proceso hay que pasarlo. A cara descubierta.
—A cara descubierta —repetí—. Es que es la única manera que conozco ya.
Miré al fundador del club, a su cara de exinternacional, a las fotos de su pared llenas de otros siglos. Y descubrí, con una paz que no esperaba, que no tenía miedo. Por primera vez desde el dos de noviembre, no tenía miedo.
—Que lean —dije—. Todo está fechado.
JR me miró un momento largo. Luego asintió, y sonrió por primera vez en aquella semana, una sonrisa pequeña de viejo zorro.
—Lo sé —dijo—. Por eso te fiché.
—No me fichó —dije, y me levanté con la primera sonrisa de aquella semana—. Me reclutó Aitor. Usted solo firmó.
—Eso también lo sé —dijo JR, y apagó la tele con aire de victoria.
Salí del despacho con la noche ya cerrada y el club casi vacío. En la consulta, antes de irme, abrí la libreta de tapa dura y escribí la entrada del día, la primera en semanas que no me costaba escribir:
«19/12. El paciente habló. El mundo no se acabó. El vestuario aplaudió a una pantalla. Peralta colgó una chapa. Feijóo publicó una crónica correcta, que es como se rinden los periodistas.»
Y debajo, con la mano firme por primera vez en mucho tiempo:
«Pronóstico: favorable. A la espera de revisión, pero favorable. Firmado: la de siempre.»
Cerré la libreta, apagué la luz de la consulta, y salí al pasillo. Al final del pasillo, junto a la puerta de servicio, estaba él, con la chaqueta puesta y el as de oros en el bolsillo del corazón, esperándome en la penumbra como se espera a los que vuelven del quirófano.
—¿Cómo estás? —le pregunté, que era la única pregunta de mi oficio que todavía no le había hecho aquel día.
—Sin faroles —dijo—. Se está de maravilla. ¿Y usted, doctora?
—Fechada —dije—. Se está mejor todavía.
Nos fuimos a casa. Por separado, todavía. Pero ya sin miedo, que es la otra manera de irse juntos por el mundo.