Capítulo decimoquinto — Cartas sobre la mesa #2
Los detalles fueron lo que Sara había construido: la cronología limpia, la resonancia de Girona, la gestión especial, las once semanas de mercado.
Pol lo contó con la voz tranquila, sin dramatizar, y cuando un periodista le preguntó por qué no lo había dicho antes, dio la respuesta que no estaba en el guion y que era la mejor del texto:
—Porque tenía miedo de valer menos roto que entero —dijo—. Ya se lo he dicho a mi club. Se lo digo a ustedes: se juega mejor sin miedo, pero se aprende tarde.
Hizo una pausa, y se tocó el pecho una vez, en el sitio de la carta, y yo supe que estaba llegando a la parte difícil, la de los nombres.
No hubo nombres. Lo que hubo fue mejor: la historia contada sin verdugos, con la Cerdanya convertida en «mi antiguo club», con Urkizu convertido en «la dirección médica de entonces», con la mecánica entera de la omisión explicada como quien explica una jugada que ya no le duele.
Sara me dijo después que esa era la maestría: la acusación sin acusados, que dejaba a cada lector poner los nombres por su cuenta.
Los periódicos los pondrían solos al día siguiente; el club no tenía que ensuciarse la boca.
Y entonces llegó la parte que él mismo había escrito.
—Me van a preguntar por el cuerpo médico del Árticos —dijo, y en el pasillo se me apretó la carpeta contra el pecho—.
Así que lo digo antes de que pregunten. Mi cuerpo médico actuó en todo momento con la información que yo les di.
Cuando la información cambió, actuaron conforme a ella y dejaron constancia de todo, con fecha y hora, en los registros del club, que están a disposición de cualquier revisión.
La decisión de ocultar la lesión fue mía.
La de seguir jugando, mía. La de mentir en el reconocimiento, mía. La responsabilidad es mía. Solo mía.
Silencio. Ni un flash. Feijóo, en la primera fila, no escribía.
Yo miraba desde el pasillo con la garganta hecha un nudo.
Había ensayado aquella frase con Sara en seis versiones, y en boca de él, con esa lentitud, sonaba a lo que era: un hombre desmontando su propio precio delante de los tasadores.
Se estaba quedando sin temporada, sin valor de mercado, sin faroles, en directo, y lo hacía con la espalda recta y las cartas boca arriba.
Eugenia me miró de reojo, con los ojos llorosos, y susurró: «Es que es muy grande, ¿verdad?
» Y yo asentí sin hablar, porque no podía hablar, porque en aquel pasillo entendí de golpe la diferencia entre querer a alguien y admirar a alguien, y que aquel hombre del atril acababa de cruzar la frontera entre las dos cosas delante de veinte grabadoras.
Me lo había dicho Nuria en octubre: ese chico hace que la gente quiera taparle.
Estaba mal la frase. La verdad era mejor: ese chico hacía que la gente quisiera ser mejor para estar a su altura.
A Feijóo le había pasado también, a su manera torcida: había creído que cazaba a un tramposo, y se había encontrado con un tipo que le quitaba la razón a golpe de verdad.
Las preguntas vinieron en oleada. Sobre la Cerdanya: «No tengo nada que decir de mi antiguo club.
Hoy hablo del mío.» Sobre el futuro: «Cuatro a seis meses.
Luego, a ganarse otra vez la taquilla.» Sobre si se sentía engañado: «Me sentí asustado.
Que es peor y más caro.» Uno de los veteranos de la prensa, un redactor de los de antes, le preguntó si había pensado en lo que les hacía a sus compañeros jugando lesionado, y Pol aguantó la mirada y dijo: «Todos los días desde octubre.
Por eso estoy aquí hoy y no en diciembre de hace un año.
» Otro preguntó si el fichaje debería anularse, y fue JR, desde el lateral, el que contestó sin que le preguntaran: «El fichaje está vigente y el jugador cumplirá su contrato.
Este club no devuelve a los suyos.» Eso también salió en todas las crónicas, y supe por Sara que fue la frase que Pol no olvidó nunca.
Y entonces, desde la segunda fila, la pregunta que todos esperaban y nadie quería hacer:
—¿El club va a tomar medidas contra usted o contra su cuerpo médico?
Pol miró al periodista un segundo.
—El club ha abierto una revisión interna de sus procedimientos médicos, como debe hacer cualquier club serio —dijo—. Y les adelanto el resultado si quieren ahorrar tiempo: todo está fechado. —Se ajustó el micrófono—. Lo siguiente.
Hubo una risa pequeña en la sala, incluso.
Y en ese momento, la cámara de una de las televisiones barrió el fondo y me cogió, medio segundo, en el marco de la puerta entreabierta, con mi carpeta y mi cara de pasillo.
Medio segundo. Eugenia me agarró el brazo.
Cuando la cámara volvió al atril, Pol estaba diciendo la última frase, la del final, la que había elegido para cerrar:
—Juego en un club que se llama Árticos de Madrid —dijo—. Y se lo debo a esta afición: desde hoy, todo lo que se sepa de mí, se sabrá de mí. Gracias.
Se levantó y salió. La sala se quedó tecleando a máxima velocidad.
Feijóo se quedó sentado dos segundos más que nadie, con la libreta cerrada en el regazo, mirando el atril vacío.
No parecía derrotado, y eso fue lo que me impresionó: parecía honestamente anulado, un jugador al que le han quitado el disco en la última jugada y se queda mirando el hielo.
Su artículo de dos páginas era, a partir de la una y veinte de la tarde, un resumen de prensa.
Sara, a mi lado, no dijo nada. Solo respiró hondo, muy hondo, como se respira después de once años.
Cuando la sala empezó a vaciarse, JR salió un momento al atril, sin micrófono, con las manos en los bolsillos, y dedicó a los que quedaban cuatro frases. No estaban en ningún guion; las dijo mirando a la puerta por donde había salido Pol.
—Este chico ha hecho hoy la cosa más difícil que se puede hacer en este deporte, que es dejar de mentirse delante de testigos —dijo—. El hielo no perdona. Nosotros, sí. Eso es todo lo que este club tiene que decir esta semana.
Y se fue. Los periodistas se quedaron escribiendo esa también, porque las frases de JR se escriben solas, y yo pensé que aquel hombre había vuelto a hacer lo de siempre: ponerle una puerta a la tormenta para que supiera por dónde salir.
En el vestuario, la rueda de prensa se había visto en la tele del gimnasio, con el equipo entero delante.
Me lo contaron después, porque yo estaba en el pasillo: cuando Pol dijo «la responsabilidad es mía, solo mía», Aitor se puso de pie, solo, y empezó a aplaudir, despacio, de pie, mirando la tele.
Y uno a uno, el vestuario entero se fue levantando: Brett, Kuba, Carmona, los chavales, los veteranos, Vicho, los utilleros, hasta Raúl con su rodilla y su bastón de los días malos.
Aplaudieron a una pantalla, a un tipo que no estaba, durante casi un minuto.
Eugenia lo grabó con el teléfono, llorando como una fuente.
Y luego pasó lo de la chapa.
Fue Peralta, según me contaron, el de los bigotes, el del ascenso, el que había puesto la corona de flores de broma en la taquilla vacía.
Peralta se levantó, fue al cuarto del material, abrió el cajón donde el utillero guardaba la chapa de la taquilla de Óscar Beltrán —BELTRÁN, la de los dos agujeritos, la que nadie había tirado—, la sacó, la limpió con la manga, y la pegó en la pared del vestuario, en el hueco entre la taquilla de Pol y la que había sido de Tata.
Con cinta americana, torcida, a la vista de todos.
—Así —dijo—. Las dos.
Nadie dijo nada. No hizo falta que nadie dijera nada.
Cuando Pol volvió de la sala de prensa y entró en el vestuario, lo primero que vio fue la chapa pegada al lado de su taquilla, y se quedó parado en la puerta un rato largo, con la bolsa en la mano y la cara de haber ganado algo que no sabía que se podía ganar.
Yo llegué al vestuario diez minutos después, con la excusa del botiquín, y me encontré la escena entera: la chapa torcida en la pared, el vestuario haciendo ruido de comedor de domingo, y Pol en el centro, con Carmona contándole la ovación del gimnasio como si contara un gol.
Brett le tenía cogido del cuello. Vicho le dijo, con su voz de terremoto controlado, «descansa, que en enero empieza lo duro».
Y Peralta, el autor material, le señaló la chapa con la barbilla y dijo, por si hacía falta traducción: «El capitán sin galones y el del hombro.
En esta casa ya nadie está solo en su taquilla. »
Pol me buscó con la mirada por encima de las cabezas.
Me encontró. No nos dijimos nada, claro, con veintidós personas delante.
Pero me miró con la cara del domingo por la noche, la otra, la de verdad, y yo le devolví la inclinación pequeña de cabeza que usábamos desde la despedida de Tata, y eso fue toda la conversación que nos permitía el reglamento y toda la que necesitábamos.
La tarde se fue en administración de la verdad, que es menos lírica pero igual de necesaria.
El club emitió el comunicado oficial: baja indefinida del jugador por lesión, inclusión en la lista de larga duración, operación el ocho de enero.
En la contabilidad de la liga, la tercera plaza de extranjero quedaba liberada a efectos de límite: dos de tres, con la baja larga registrada y la operación como horizonte.
Balaguer empezó a hablar de seguros y de fechas con la calma recuperada de los contables cuando el incendio ya tiene partes.
Y en un despacho, a última hora, oí a JR decirle que el próximo verano habría que sentarse a hablar de la portería y de los contratos, que el tiempo pasa para todos.
Lo archivé sin saber muy bien a qué se refería, que es como se archivan las cosas que luego resultan importantes.