Capítulo decimoquinto — Cartas sobre la mesa
Salimos del despacho de JR a las dos de la madrugada del lunes, y dejamos atrás el último secreto de nuestra vida: el de conocer la verdad antes que los demás.
A partir de esa noche, todo fue una cuenta atrás distinta. Ya no de horas para esconderse, sino de horas para hablar.
No dormí apenas. Me llevé a casa la carpeta de la consulta —la buena, la de las sesiones, donde vivía el as de oros desde noviembre— y la puse encima de la mesa de la cocina como se ponen las cosas que van a tener que defenderse.
Repasé, una última vez, la cronología de mis propios pecados: septiembre, el reconocimiento limpio con su nota de sospecha en la libreta; octubre, la curva, la vigilancia, la fuente externa; noviembre, la recomendación de cirugía fechada y sellada, el cuatro por ciento, el pacto.
Todo lo que un investigador externo iba a leer con lupa.
Lo tenía memorizado ya. Lo tenía, sobre todo, escrito, que era la única armadura que me quedaba.
A las nueve de la mañana, en el vestuario, JR se lo contó al equipo.
Lo hizo a su manera: sin nota, sin comunicado, de pie en el centro de la sala con las luces todavía a medio encender y veintidós jugadores en bata de entrenamiento.
Pol estaba a mi lado, en el último banco, con cara de no haber dormido y haber decidido.
Yo estaba junto a la puerta, en mi sitio de siempre, con la carpeta de la consulta pegada al pecho como un escudo pequeño.
—Os voy a contar una cosa antes de que la cuenten fuera —dijo JR—.
Y la vais a escuchar entera, porque en esta casa las noticias se dan mirándose a los ojos.
—Hizo una pausa—. Pol Ferrer tiene el hombro roto desde marzo.
Lo tenía cuando firmó. Lo ha sabido él, lo ha sabido su antiguo club, y desde hace unas semanas lo sabía nuestra jefa de servicios médicos, que actuó con la obligación de su cargo y dejó todo documentado, como manda su oficio y como manda esta casa.
Mañana, a la una, Pol lo cuenta él mismo delante de la prensa.
Y después de la operación, el ocho de enero, empezamos a esperarle.
Silencio total. El fluorescente de los días impares zumbaba como una abeja.
—Lo que cada uno piense, que lo piense —siguió JR—.
Pero que lo piense sabiendo dos cosas. La primera: que nadie en este club ha hecho nada ilegal, y que la persona que más tenía que perder ha dicho la verdad antes de que se la quitaran.
La segunda: que yo he visto muchas películas en este deporte, y la de esconderse acaba siempre igual, y la de hablar, siempre mejor. —Miró la sala entera—. Preguntas.
Las hubo. Pocas, directas, de vestuario.
Peralta preguntó si el club lo sabía cuando fichó: no.
Carmona preguntó cuánto tiempo estaría fuera: cuatro a seis meses.
Kuba preguntó, en su español de piedra, si la Cerdanya «va a pagar», y JR dijo que eso no era asunto de ese vestuario.
El gallego del filial levantó la mano, colorado, y preguntó si Pol seguía siendo «de los nuestros», y el vestuario entero se giró a mirarle, y fue Raúl, desde su esquina de veteranos, el que contestó por todos: «Más que nunca, chaval.
Los de los nuestros que se rompen, son los más de los nuestros. » Se acabaron las preguntas.
Y entonces Aitor se levantó.
El capitán se levantó despacio, con esa manera suya de no tener prisa, y miró a Pol durante tres segundos largos.
—¿Por qué lo cuentas? —dijo. No era acusación. Era la pregunta del capitán, la de la pista.
—Porque no podía seguir siendo de aquí mintiendo —dijo Pol—. Y porque se había acabado el crédito. En ese orden o al revés, ya no lo sé.
Aitor asintió. Luego se giró al vestuario.
—Esto se queda en el vestuario hasta mañana a la una —dijo—. Después de la una, lo dice él y lo decimos nosotros. Al que le pregunten: el club lo cuenta a la una. —Se sentó—. Y ahora a entrenar, que sigue habiendo liga.
Fue todo. Ni un aplauso, ni un sermón. Veintidós personas asintiendo con la cara de recolocar el mundo, y en medio, un delantero de veintisiete años al que le acababan de quitar la venda de los ojos en público y seguía en pie.
Cuando salieron todos al hielo, Brett pasó junto a Pol y le dio un golpe en el brazo izquierdo, el izquierdo, y le dijo: «Nos debes una cena, mentiroso.
» Y Kuba, detrás, asintió medio centímetro, que en su escala era un abrazo de grupo.
Yo me quedé en la puerta un momento, mirando el vestuario vacío, con la carpeta en las manos.
En la pizarra del fondo, Vicho había escrito la semana de entrenamientos con su letra de terremoto, y alguien, probablemente Brett, había añadido abajo una línea pequeña: «Y EL SÁBADO GANAMOS POR EL NUEVO.
» Nadie la borró. Nadie la borró en toda la semana.
El lunes entero lo pasamos en la oficina de Sara, construyendo el discurso.
Sara trabajaba con la furia metódica de las redacciones: pizarra, café, tres versiones, teléfono caliente.
Tenía el mapa de la batalla dibujado en la pizarra con tres columnas: «lo que él tiene», «lo que nosotros decimos», «lo que muere en el camino».
En la primera columna había escrito: «hombro + foto + Cerdanya (rumor)».
En la segunda: «todo, con nuestra voz». En la tercera: «su artículo».
—La regla de oro —decía, con el rotulador en la mano— es que mañana a la una y diez, su artículo ya no sirve ni de posavasos.
Para eso hay que dar más de lo que él tiene.
Más detalle, más verdad, más fechas. A los lectores no les importa el escándalo: les importa la novedad.
Si la novedad la damos nosotros, él es un resumen de prensa con abrigo caro.
Pol respondía preguntas durante horas, con una paciencia que no le conocía.
Sara le hacía el interrogatorio completo —las preguntas feas, las de la Cerdanya, las de los registros, las de «¿qué relación tiene con su fisio?
»— y él contestaba una y otra vez, afinando, sin quejarse.
A la pregunta de la fisio, Sara le había preparado una respuesta técnica, elegante, blindada. Pol la escuchó, asintió, y dijo:
—Esa la cambio yo.
—No —dijo Sara.
—Sí —dijo él—. Porque su respuesta es verdad, pero suena a respuesta. Y esa pregunta es la única que no puedo contestar con respuesta. —Miró a Sara—. Confíe. Una vez.
Sara le miró con los ojos entrecerrados, haciendo la evaluación de riesgos de su oficio, y al final cedió.
—Una vez —dijo—. Pero si te sales del guion en lo demás, te mato antes que Feijóo.
A las cuatro de la tarde, con la tercera versión ya limpia, leyó el texto en voz alta, lo dobló, y dijo:
—Falta una parte. La escribo yo.
Sara levantó la vista de la tablet con cara de desastre inminente.
—Pol. Los discursos de crisis no se improvisan.
—No es improvisado —dijo—. Lo llevo pensando desde octubre. —Cogió el bolígrafo y escribió, en la última página, tres líneas—. Si esto no sale de mi boca, la historia no es mía. Es de ustedes. Y se notará.
Sara leyó las tres líneas. Las leyó dos veces. Luego me las pasó sin decir nada, y yo las leí, y entendí que no había nada que discutir: era la parte de la verdad que no se puede encargar.
El martes diecinueve de diciembre, a la una de la tarde, la sala de prensa de la Pista Norte se llenó como nunca.
La misma sala de septiembre, el mismo fondo de sponsors pintado a mano, las mismas sillas de tijera.
Veintitantos periodistas, el triple que en la presentación: la noticia había volado desde la mañana, porque los clubs son coladores y las redacciones son esponjas.
En la primera fila, con la libreta cerrada y la cara de piedra, Gonzalo Feijóo.
Había llegado con su artículo escrito, según el confidente de Sara: dos páginas, titular y foto listos para el miércoles.
Se sentó en la primera fila a ver su propio entierro.
Yo no entré en la sala. Vi la rueda de prensa desde el pasillo de atrás, junto a la puerta entreabierta, con Eugenia y el walkie silenciado y la carpeta de la consulta en la mano. Desde ahí se veía el atril, la primera fila y la nuca de Feijóo.
En el bolsillo de la carpeta, el as de oros.
Se lo había devuelto a Pol por la mañana, en la consulta, en silencio, poniéndolo en su mano y cerrándole los dedos encima, como se cierra una venda.
«Para cuando se le corte la voz», le había dicho.
Él lo había guardado en el bolsillo interior de la chaqueta, el del corazón, y al salir al atril se había tocado el pecho una vez, rápido, como se tocan los porteros el larguero.
Yo sabía dónde estaba la carta. Era el único secreto que quedaba en aquella sala.
Pol salió solo. Sin nota, sin agua, sin nadie a los lados. Se sentó, se acomodó el micrófono, y durante dos segundos miró la sala como se mira una grada. Luego habló.
—Buenas tardes. Voy a contaros una cosa que llevaba tiempo sin contar, y después contesto a lo que queráis.
—Respiró—. En marzo de este año, jugando con el CG La Cerdanya, me rompí el labrum del hombro derecho.
Rotura parcial. Mi club lo sabía. Decidieron no registrarlo, no operarme y no renovarme, y dejar que otro equipo lo descubriera.
Yo decidí lo mismo: callarlo, jugar esta temporada y operarme cuando hubiera firmado un contrato nuevo.
—Pausa—. Fiché por el Árticos en septiembre sin declarar la lesión.
El club no lo sabía. He jugado tres meses con el hombro roto.
Desde hoy dejo de jugar: quedo fuera de la convocatoria de forma indefinida, y el ocho de enero me opero.
Esta temporada se ha acabado para mí. Eso es todo lo importante. Ahora, los detalles.
La sala hizo el ruido de las salas cuando la noticia es de verdad: un movimiento hacia delante, como una inclinación colectiva.