Capítulo decimocuarto — Jaque #3
JR asintió, despacio. Luego hizo una cosa que no esperaba: se levantó, abrió el cajón de su mesa, y sacó un recorte de periódico amarillento, doblado en cuatro, y lo puso sobre la mesa. Era viejo, de otro siglo, con una foto de dos chavales con camisetas raras.
—Este de aquí soy yo —dijo—. Y este de al lado es Adolfo Mendoza, el padre de tu capitán.
Jugamos juntos cinco años, en España y fuera.
En el ochenta y nueve se rompió la rodilla.
El médico dijo: un año, quizá dos, de recuperación, y volvería a jugar.
Adolfo eligió no volver: prefería la leyenda al ochenta por cien, dijo.
Se retiró en marzo, con veinticuatro años, y dejó que los periódicos dijeran que fue la rodilla.
Me pidió una sola cosa: «José Ramón, dile a la gente que fue la rodilla.
» Y se lo dije. Guardé su frase cuarenta años, chico, como se guarda un secreto de familia.
Este año ha vuelto a una pista por primera vez, y no sabes lo que me costó mirarle a los ojos, porque yo era el que sabía la verdad y la callé.
—Dobló el recorte, despacio—. Te lo cuento para que sepas que en esta casa las verdades se guardan para quien las tiene que guardar, y se cuentan cuando toca contarlas.
La vi de cerca y me dejó la vista mala. No la voy a ver dos veces en mi propio club.
Se guardó el recorte. Luego fue hasta la ventana, miró la grada a oscuras con las manos a la espalda, y habló sin girarse, con la voz de las frases que vienen de lejos:
—El hielo no perdona —dijo—. Pero tampoco le importa quién tiene la culpa. Le importa quién se levanta. —Se giró—. ¿Vas a levantarte, chico?
—Voy a contarlo todo —dije—. Mañana, si usted me deja, delante de la prensa. Y luego me opero, y luego veremos.
—Entonces te levantas —dijo JR.
—Me levanto con una condición —dije—. Que el club no cargue contra la Cerdanya en el comunicado. Lo que diga mañana lo digo yo, con mi nombre. El club no señala a nadie.
JR me miró un momento, y asintió despacio.
—Eso lo dicen los que se levantan —dijo—. Hecho.
Balaguer abrió la boca por primera vez.
—José Ramón. El contrato. La plaza de extranjero. La inversión. Si confiesa, perdemos—
—No perdemos nada —dijo JR, sin levantar la voz—. Perdemos un jugador durante unos meses. Lo que se gana no cabe en tu Excel, Federico. —Miró a Sara—. Convoca a la prensa. Mañana.
Sara asintió, ya con los dedos en la tablet.
—¿Para responder a la carta?
—No —dijo JR—. Para que la carta se quede vieja. Rueda de prensa a la una. El chico habla. —Me miró—. Solo él. Es su hombro y su voz. El club respalda detrás, en segunda fila, que es donde se respalda de verdad.
—La fecha de la operación —dijo Sara, ya en modo guerra—. Hay que darla. Una fecha concreta, o los buitres la piden toda la semana.
—Ocho de enero —dije—. Lunes. Es la fecha que teníamos en el plan B, la de verdad. Con Santa Brígida, si el seguro lo permite.
—El seguro lo permitirá —dijo JR, con una mirada a Balaguer que era un contrato entero—. Y de la lista de espera ya me encargo yo. Uno no llega a viejo en este deporte sin tener algún teléfono que funcione.
—Y una cosa más —dijo Sara—. El vestuario. ¿Cuándo lo saben?
—Mañana por la mañana —dijo JR—. La víspera de la prensa. Lo saben por mí, de palabra, mirándome a los ojos. Las noticias de esta casa no las da la tele. —Nos miró a Marta y a mí—. Que estéis los dos presentes. Es su vestuario también.
Sara salió ya tecleando. Balaguer salió detrás, mascullando números. Marta se levantó, y yo me levanté, y en la puerta JR me llamó, una última vez, con la voz baja:
—Ferrer.
Me giré.
—Lo que has hecho esta noche vale más que los goles —dijo—. No te acostumbres, que los goles también hacen falta. Vete a dormir. Mañana hablas, y mañana, por primera vez, vas a conocer a tu vestuario de verdad.
Salimos del despacho a las dos de la madrugada. El aparcamiento estaba vacío y nevaba poco, esa nieve rala de Madrid que no se queda. Marta condujo hasta mi estudio en silencio, y solo al despedirnos, con el motor al ralentí, me dijo:
—¿Tienes el discurso?
—Tengo la verdad —dije—. Sara dice que es mejor.
—Sara miente mucho, pero en esto tiene razón —dijo—. Lleva el as de oros. Lo tengo yo, en la carpeta de la consulta, desde noviembre. Mañana te lo devuelvo para que hable por ti cuando se te corte la voz.
—No se me va a cortar la voz.
—Se te va a cortar la voz —dijo—. A todos se les corta. Yo estaré en el pasillo de atrás, mirando el suelo, como las fisios en los funerales. Y cuando pase, mírame. Una vez. Que no es una regla rota: es una constante vital.
Subí al estudio. Eran casi las tres. Pasado mañana, a la una, iba a contarle al mundo entero lo que solo sabían cuatro personas: que el Mago era un jugador roto, que la Cerdanya era un club con las manos manchadas, y que yo había pasado media temporada apostando mi carrera contra mi propio cuerpo.
Antes de acostarme hice las tres llamadas de despedida que nadie te enseña a hacer.
La primera, a mi madre, sin decirle nada: «Todo bien, mamá.
Mañana salgo en las noticias. No es malo.
Es lo contrario de malo.» Ella dijo que ya lo sabía, que las madres lo saben antes que las noticias.
La segunda, a mi agente, con todo dicho: silencio de cuatro segundos y un «has perdido dinero, pero has ganado cliente para siempre, que es peor para mí y mejor para ti».
La tercera no la hice. La dejé escrita en un mensaje que no envié, para Tata: «Voy a hacer lo que tú no pudiste.
Mirando a la grada.» Lo guardé en borradores.
Algunas deudas se pagan mejor en persona, y yo le debía a ese hombre una conversación en un hielo contrario.
Me eché un último solitario, por despedida, y lo gané sin esfuerzo. Guardé la baraja en el cajón, todas las cartas menos una, el as de bastos, la de los faroles, que dejé sobre la mesa mirando al techo. Se había acabado su temporada también.
Dormí tres horas. De las mejores del año. El as de bastos se quedó boca arriba en la mesa, vigilando el techo, la última carta de una partida que ya no se jugaba en ningún casino.