El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimocuarto — Jaque #2
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Capítulo decimocuarto — Jaque #2

—He oído algo —dijo Tata, sin saludar—. No me preguntes dónde. Tengo mis redes y son más viejas que tu periodista. ¿Es verdad que os tienen acorralados?

—Es verdad.

—¿Qué vas a hacer?

Miré los tres montones sobre la mesa.

—Todavía no lo sé.

—Sí lo sabes —dijo Tata—. Se te oye en la voz, chico.

La gente solo duda cuando no le gusta la respuesta.

—Se rio bajito—. Te llamo para una cosa: sea lo que sea, hazlo mirando a la grada.

Yo me pasé dos años callando cosas por el bien del club, y te puedo decir que el club nunca te lo devuelve.

Lo que te lo devuelve es la grada. Y la grada solo paga verdades.

—Se despidió con un «suerte, nuevo» y colgó, y yo me quedé con la frase dando vueltas en la cocina: la grada solo paga verdades.

Y entonces, sobre las siete, entendí lo que me estaba pasando, y casi me río solo en el estudio vacío.

Estaba haciendo la cuenta de siempre. Cuánto valgo, cuánto pierdo, cuánto cuesta.

La cuenta de la cantera. La cuenta de las once semanas.

La cuenta que me había traído hasta un hombro muerto y una vida de mentira.

La tercera partida no era una jugada: era la primera decisión de mi vida que no se medía en euros ni en goles.

Era la tasación que por fin firmaba yo, y decía: esto es lo que valgo, y no es un número.

Barajé los tres montones en uno solo. Y luego, antes de vestirme, hice la despedida del vicio, porque los vicios se despiden con liturgia o vuelven: cogí la baraja, la barajé siete veces, como en las mesas serias, y me eché la última mano del año.

No miré si ganaba. Levanté la primera carta, el as de bastos, la carta de los faroles, y la dejé boca arriba en el centro de la mesa, en compañía de nadie.

Luego guardé el resto de la baraja en el cajón.

Si alguna vez volvía a necesitar cartas para hablar, es que habría vuelto al casino.

Y yo ya no vivía en el casino: vivía en una consulta con olor a linimento, con una socia mayoritaria y una verdad fechada.

Me vestí. Y fui a buscar a Marta para decirle que lo hacía solo.

Lo de «solo» duró exactamente lo que tardó ella en abrirme la puerta.

Ella me abrió la puerta con el jersey gris de los domingos y la cara de no haber dormido, y antes de que yo dijera nada me leyó la cara, porque Marta me leía ya como un parte.

—No —dijo.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho todo en el rellano —dijo—. Has decidido ir solo y que yo finja no saber nada. Es la jugada del mártir, y no me vale.

—Marta—

—No me protejas mintiéndome —dijo, y su voz tenía el filo de la consulta—. Eso ya lo hizo tu club. La Cerdanya te protegió con un silencio, y mira cómo te dejó. Yo no soy la Cerdanya, Pol. Yo no te escribo en la letra pequeña.

Su casa olía a café recién hecho y a domingo de guardia.

Había una manta en el sofá, un libro de anatomía abierto boca abajo, y en la mesa de la cocina, bajo una taza, asomaba la esquina de una carta de baraja que yo reconocí antes de verla entera: el as de oros, el de noviembre, que vivía en su carpeta de la consulta y que aquel fin de semana, por lo que fuera, vivía en su cocina.

No dije nada. Me quedó una cosa muy quieta en el pecho al verla ahí, al alcance de su mano, en la casa donde ella desayunaba sola.

Cerró la puerta y me sentó en el sofá, y discutimos durante una hora, con la tele apagada y los platos sin fregar.

Ella tenía sus razones: si yo declaraba solo, la versión sería «la fisio engañada», y la fisio engañada era una fisio inútil, y una fisio inútil era tan inútil como una fisio fraudulenta, solo que más patética.

«Si cae uno, caemos los dos», decía. «Y si se levanta uno, se levantan los dos.

» Yo tenía las mías: su licencia, su nombre, su vida entera por delante sin un hombro roto colgado del currículo.

—Escúchame —dije—. Tú no firmaste nada de esto. Quiero decir, firmaste, sí, pero firmaste por un paciente. Si yo salgo solo y digo que te oculté todo, que los registros buenos eran mi trabajo también, tú quedas fuera. Es la única parte que puedo pagar de lo que te debo.

—No me debes nada —dijo—. Ahí está el fallo de tu plan, Ferrer: piensas que me debes algo.

No se debe lo que se quiere. —Se sentó frente a mí—.

Y además es mentira. Me ocultaste el hombro cinco semanas.

El resto lo hicimos juntos. La mentira es sociedad limitada desde el dos de noviembre, con fecha y hora, y yo no vendo mi participación ni por tu temporada ni por mi licencia.

—Tu licencia es mi problema—

—Mi licencia se defiende con mis fechas —dijo—. Mi dignidad solo se defiende contándolo a tu lado. —Me miró—. La Cerdanya te dejó solo con tu lesión. El mercado te dejó solo con tu precio. Si ahora te dejo solo con la verdad, soy todos ellos con mejor bata. No, Pol. Se cuenta juntos o no se cuenta.

Discutí otra media hora, por orgullo, que es el combustible de las discusiones que ya están perdidas.

Dije lo de su carrera, lo de los veinte años de estudio, lo de que un jugador más o menos no se notaba en el balance de su vida.

Ella me dejó terminar y entonces me puso la pregunta con la que se cierran todos los faroles:

—¿Tú me dejarías a mí contarlo sola, si fuera al revés?

No contesté. No hacía falta. Ella sonrió, con la sonrisa de las victorias tristes, y dijo: «Pues eso.»

Al final no ganó nadie, que es como se ganan las discusiones de verdad. Ganó el plan: ir los dos, juntos, a contarlo. Con la regla cuatro por delante, como estaba escrito: la versión la damos nosotros, juntos, cuando toque.

—Mañana —dije—. A primera hora. JR.

—Esta noche —dijo ella—. JR no duerme en las crisis, y las cuarenta y ocho horas se habían acabado aquella mañana; ahora la cuenta era la de su imprenta. —Miró el reloj—. Llámalo. Ahora.

Llamé. JR contestó al segundo tono, con la voz del que no dormía, y cuando le dije que necesitaba verle, no preguntó nada. Dijo: «Mi despacho. Estaré hasta tarde.»

Fuimos en su coche, el de ella, conduciendo Marta con las dos manos en el volante y la mandíbula apretada, y yo mirando la ciudad pasar con la certeza de que era la última vez que la veía desde dentro de mi mentira. No hablamos casi. En un semáforo, ella dijo, mirando al frente:

—La frase del médico de tu club, la de la gestión especial. ¿Te la dijo alguna vez de verdad, o la soñaste?

—Me la dijo —dije—. «No eres un jugador lesionado. Eres un activo en depreciación.»

—Esa frase —dijo Marta, arrancando— la vas a repetir mañana delante de la prensa. Palabra por palabra. Es la única parte de toda esta mierda que huele a verdad a trescientos metros.

Paramos a comer algo en el camino, en una gasolinera de la circunvalación, porque ninguno de los dos había cenado y las confesiones con el estómago vacío salen peor.

Comimos bocadillos de máquina en el coche, con la calefacción a tope, y fue en ese coche, con las luces de la gasolinera y el olor a café de papel, donde me dijo lo que nadie me había dicho en once años de profesional:

—Vas a perder la temporada y quizá algo más. No te voy a mentir con el pronóstico, que no miento a los míos. Pero lo que no vas a perder, Pol, es lo único que has estado comprando todos estos años sin encontrarlo en venta. —Me miró—. Un sitio donde no te tasen. Vale lo que cuesta. Firma.

—Ya firmé —dije—. El domingo, en tu sofá. Y esta no lleva cláusula de salida.

El despacho de JR, a la una de la madrugada, estaba iluminado como si fuera mediodía.

Nos hizo pasar sin protocolo. Sara estaba allí también, con la tablet y las ojeras, y Balaguer, que había llegado en zapatillas de estar por casa, cosa que no le habría creído ni viéndola. JR nos señaló dos sillas, se sentó detrás de la mesa, juntó las manos, y dijo:

—Habla.

Y hablé.

Lo conté todo, desde el principio: la rotura de marzo, la resonancia de Girona pagada en efectivo, la gestión especial, la Cerdanya barriendo el historial, las once semanas de mercado, el plan de jugar un año y operarme con contrato nuevo.

Conté el reconocimiento fabricado, los cuarenta y dos grados, el partidillo, el pacto, el doble registro.

Conté que Marta había dejado constancia de la verdad desde el primer día que la supo, con fecha y hora, y que cualquier cosa que hubiera salido mal era culpa mía, solo mía.

Hablaba despacio, sin papeles, y mientras hablaba miraba a JR a los ojos, porque me había prometido a mí mismo no mirar a la mesa.

Era raro: esperaba vergüenza, y lo que me salía era otra cosa, una especie de sedación.

Como después de una entrada fuerte, cuando el cuerpo decide que ya no puede pasar nada más.

Conté las cosas más feas —el dinamómetro, los exámenes rendidos justos, la foto del aparcamiento— con la misma voz con la que se cuentan las lesiones ajenas, y solo se me quebró una vez, al llegar a la noche del pacto, cuando dije que ella le había pedido perdón a los números.

Ahí miré a Marta por primera vez, y ella asintió una vez, pequeño, y seguí.

Cuando llegué a la frase del activo en depreciación, Balaguer dejó de moverse. Cuando terminé, nadie dijo nada durante un rato largo.

JR me miraba con los ojos pequeños de los que han visto demasiado hielo.

—¿Por qué ahora? —dijo—. Y no me digas que por el periodista. El periodista es el ruido. ¿Por qué ahora?

—Porque ayer jugué un partido delante de ochocientas personas que cantaban mi nombre —dije—.

Y porque Raúl volvió después de nueve meses, y la grada se puso de pie por un hombre que nunca mintió.

Y porque llevo tres meses queriendo ser de este club, y no se puede ser de un club al que le estás mintiendo.

—Respiré—. Y porque hay una persona que puso su carrera delante de mi mentira, y prefiero perder el brazo a perder eso.