El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimocuarto — Jaque
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Capítulo decimocuarto — Jaque

El viernes por la noche, en el estudio, con la carta de Feijóo imprimiéndome la retina, hice lo único que sé hacer cuando el mundo se complica: bajé las persianas, apagué el teléfono y puse las cartas sobre la mesa.

No para jugar. Para ver.

Llevaba toda la vida convirtiendo los problemas en manos, porque las manos se pueden contar, y lo que se puede contar no da miedo.

Pero aquella noche la cuenta no salía. Tenía una lesión que ya no era secreta, una novia que ya no era invisible, un periodista que ya no era paciente, y cuarenta y ocho horas para decidir quién pagaba la cuenta.

Las cartas me miraban desde la mesa con su silencio de siempre, y por primera vez no me contestaban.

Probé con el solitario, por inercia. Perdí dos veces seguidas, cosa que no pasaba desde los catorce años. Barajé, volví a echar, perdí otra vez. Y ahí entendí que no era la baraja: era yo. Estaba jugando contra un rival que por fin tenía todas las cartas, y el rival era el calendario.

A la una me escribió ella, desde su casa, en clave:

«Espadas. ¿Duerme?»

Contesté: «No. Estoy perdiendo al solitario. Considere la gravedad del informe.»

Tardó un minuto: «Gravedad constatada. Venga a consulta mañana. Y Ferrer: sea cual sea la jugada, no la haga solo. Firmado: su socia mayoritaria.»

Me quedé mirando el mensaje con la baraja en la mano. Socia mayoritaria. Hasta para declararse en una crisis usaba el lenguaje de las participaciones. Sonreí por primera vez en el día, y me fui a dormir sin haber ganado ni una mano. Era un síntoma grave.

El sábado había partido. En casa, penúltimo antes del parón, y encima el debut de Raúl.

El pabellón estaba como no lo había visto nunca: ochocientas y pico de personas, bufandas en la mano, la Grada Norte con una pancarta nueva que decía «EL ABUELO VUELVE» en letras de cartón pintadas a mano.

Raúl salió a calentar y la grada entera se puso de pie.

Le vi en el centro del hielo, con la rodilla envuelta en su funda y los ojos como platos, haciendo reverencias con la timidez de los gigantes, y pensé que aquel hombre llevaba nueve meses trabajando para ese minuto, y que a veces el hockey sí paga.

En el túnel, antes de salir, hice mi ritual de siempre y descubrí que se había estropeado.

Ya no me salía contar las salidas: la cuenta se atascaba en el mismo número, en el cuarenta y ocho, en las horas que quedaban.

Aitor me dio el golpe en el hombro izquierdo de siempre, el de los partidos, y me dijo: «Hoy se juega por el abuelo.

Lo demás no existe.» Y salió. Le seguí, y durante dos horas tuve la suerte de que el hockey es un deporte que no deja sitio para nada más.

Vicho le sacó en la tercera línea, a los ocho minutos del primer periodo, turnos cortos, ocho o diez minutos en total, como decía el parte.

No hizo nada memorable, que es lo memorable de los regresos: ganó un disco en la banda, dio dos pases buenos, se llevó una entrada que la grada pitó como un crimen y de la que se levantó bien.

Cuando sonó la bocina —ganamos, con gol de Brett en el segundo—, el equipo entero le llevó a hombros dos metros, y la pancarta del abuelo subía y bajaba como un corazón de cartón.

En el vestuario, la fiesta de Raúl fue para recordar años después.

Vicho le regaló el disco del partido, con la fecha escrita a rotulador.

Los chavales le hicieron un pasillo de espuma de las duchas.

Y en el grupo de WhatsApp, «El Autobús (y el nuevo)» vivió su mejor tarde: cuarenta fotos, el vídeo del pasillo de espuma, y Eugenia cambiando la descripción del grupo a «aquí jugó el abuelo».

Nadie hablaba de la carta. Nadie sabía nada de la carta, excepto los cuatro del despacho, y mirar aquella alegría desde dentro del secreto era como ver una película con el subtítulo equivocado.

Raúl me encontró en la salida, ya con su bolsa y su cojera contenta.

—Gracias —me dijo, de pronto.

—¿Por qué?

—Por lo de Iván —dijo—. Le dijiste lo de que es mejor de lo que cree.

Me lo ha contado él, muy serio, en el banquillo.

Los porteros no olvidan esas cosas, chico.

—Me dio un golpe en el pecho con el puño—.

Tata me dijo que te había llamado. Me alegro.

El teléfono de ese hombre es de los que valen un fichaje.

Yo jugué bien, también. Eso es lo terrible: jugué bien.

El cuerpo, en los días de catástrofe, a veces se pone del lado de la actuación, y yo estuve fino, rápido, invisible del lado correcto.

Di una asistencia. Celebré los goles con la cara adecuada.

Nadie en aquel pabellón de ochocientas personas felices sabía que el dorsal diecinueve jugaba con una bomba de cuarenta y ocho horas en la taquilla.

Nadie excepto tres personas. JR, en el palco, inmóvil. Sara, en la bocana del túnel, con el teléfono pegado al pecho. Y Marta, detrás del banquillo, con su botiquín y su cara de funcionaria, mirándome solo lo reglamentario.

Cuarenta y ocho horas. En el descanso del segundo periodo las conté de nuevo, con la toalla en la cabeza: quedaban dieciséis.

El plan estaba hecho ya, aunque todavía no lo sabía del todo: el domingo a la noche me esperaba una mesa con tres partidas, y el martes a la una, una sala con veinte grabadoras.

Pero aquella tarde, en aquel partido, solo había una consigna, la de Aitor: hoy se juega por el abuelo.

Y se jugó. A veces el hockey es misericordioso de esa manera tan concreta: te da dos horas en las que la única verdad que existe cabe en una pista y no le importa a nadie lo que vayas a decir mañana.

Después del partido, en el vestuario, Aitor me encontró en la ducha contigua. Hablamos de agua y de vapor, como hablan los hombres en las duchas.

—Has jugado raro —dijo—. Bien, pero raro. Como despediéndote.

Me quedé bajo el agua medio segundo de más.

—No me despido, capitán.

—Ya —dijo Aitor—. Pues no sé lo que vi, entonces. —Cerró su grifo—. Cualquier cosa, Ferrer. La pista te juzga, pero el vestuario te escucha. Acuérdate.

Se fue. Me quedé bajo el agua hasta que se enfrió, pensando que los capitanes ven lo que no se les cuenta, y que aquel hombre llevaba semanas viéndolo todo y eligiendo no preguntar.

El domingo fue el día más largo de mi vida. De esos días que no caben en el reloj y hay que contarlos en otra unidad: en vueltas a la cocina, en cafés fríos, en veces que se mira el teléfono sin querer mirarlo.

Pasé la mañana en el estudio, con la persiana bajada y la baraja encima de la mesa. Y al mediodía hice lo que me enseñó mi abuelo para las decisiones grandes: tres montones. Tres partidas posibles. Todas sobre la mesa, con cartas de verdad, porque las decisiones que no se tocan no se toman.

Primera partida: esconderse. Puse tres cartas boca abajo.

Feijóo publica el lunes. Su versión: fichaje roto, registros tocados, la foto del aparcamiento.

El club niega, claro, pero él tiene la Cerdanya, tiene los metadatos, tiene once semanas de mercado que no se explican solas.

Ganaría la primera mano, perdería la guerra: expediente de la liga, baja inmediata, Marta al colegio de médicos, y un titular al día durante una semana.

Esa partida se pierde con las cartas vistas.

No hay farol que aguante una redacción entera.

Le di vueltas, porque soy terco y porque esconderme era mi deporte nacional.

¿Qué tenía Feijóo de verdad? La foto, que no probaba nada.

Los rumores de la Cerdanya, que eran eso, rumores.

La lógica del mercado, que no se imprime.

Si aguantaba hasta Navidad —cinco días, solo cinco—, el parón me daba aire, y en enero, con la temporada a salvo, podía operarme como estaba previsto y dejar que la historia se pudriera sin prueba.

Cinco días. Lo pensé con seriedad de relojero durante casi una hora.

Y al final de la hora vi el fallo, que era el fallo de todas mis jugadas buenas: la cuenta solo salía si Marta aguantaba el tirón.

Porque Feijóo, sin prueba del hombro, iría a por lo blando.

Iría a por los registros, a por la relación, a por ella.

Esconderme cinco días me costaba a mí cinco días y a ella el pescuezo. Aparté el montón.

Segunda partida: negar. Puse el as de bastos encima, que era la carta de los faroles.

El club responde a la carta de contraste con una rotunda: todo falso, reservadas acciones legales.

Feijóo publica la foto y lo que tenga de la Cerdanya, y entramos en la guerra larga: cada día una filtración, cada filtración una negación, cada negación más cara.

Es la muerte lenta. La he visto en otros clubs: no te matan con la verdad, te desangran con la sospecha.

En esa partida no caigo yo solo: caemos los dos, el club, y de propina la temporada entera.

Tercera partida: adelantarse. Puse las cartas boca arriba, todas, como se queda uno sin faroles.

Contarlo yo. Hombro, Cerdanya, los meses de mentira, la operación, la temporada entregada.

Feijóo se queda con el artículo escrito y sin noticia.

El club pierde al tercer extranjero pero conserva la dignidad y los papeles.

Marta queda limpia: sus registros dicen la verdad desde noviembre, con fechas, con la recomendación de cirugía sellada.

Y yo pierdo el año, el brazo y quizá la carrera, que era lo que llevaba seis meses defendiendo con las dos manos.

Tres partidas. Una mesa. Un solo ganador posible, y era el que más me costaba.

Me pasé la tarde mirando los montones. Pensé en la tasación, en la tabla del valor de mercado, en el plan de firmar y operarme en mayo.

La tercera partida mataba el plan entero: no habría valor recuperado con el hombro abierto en canal, no habría temporada ganada, no habría mayo.

Era exactamente lo que había jurado que no haría nunca: firmar mi propia baja.

A media tarde sonó el teléfono. Era «Capitán sin galones».