Capítulo decimotercero — La primicia #3
—Perdón —dijo—. Perdón. Es verdad. Lo he pensado, y pensarlo era peor que decirlo.
—Se miró las manos—. Llevo toda la vida calculando salidas, Marta.
Es un vicio peor que las pastillas. Cuando me acorralan, lo primero que hago es el inventario de qué se puede quemar.
Y esta mañana, en tu despacho, durante medio segundo, te puse en el inventario.
—Levantó la vista—. Medio segundo. Lo juro.
Pero lo puse. Y no hay manera de decirlo que no suene a lo que es.
—¿Y qué es?
—Cobardía de catálogo —dijo—. La mía. La de siempre. —Se frotó la cara—. Se me ha olvidado que tú no eres una salida. Tú eres el sitio al que se sale. Y no se puede quemar el sitio al que se sale, porque entonces sales a la intemperie.
—Yo no soy nada tuyo que se pueda gastar —dije—. Ni salida, ni coartada, ni fondo de reserva. Soy la persona que firmó un fraude por ti a las diez y cuarenta de un dos de noviembre, con la mano temblando. Eso no se olvida en un susto, Ferrer.
—Lo sé —dijo—. No se me olvida. Ni en los sustos. Es lo único que no se me olvida últimamente.
Nos quedamos en silencio otra vez, pero era otro silencio: el de después de la tormenta, el de los barómetros.
Y en ese silencio entendí que aquella pelea era la primera de verdad, y que las peleas de verdad no son las que se tienen los enemigos: son las que se tienen los que ya no pueden irse.
Los dos habíamos enseñado la misma cosa: él, que su instinto era soltarme para salvarse; yo, que mi herida era que lo hubiera considerado un segundo.
Dos lealtades distintas, la de él a su supervivencia, la mía a mis datos, mirándose a la cara por primera vez sin disfraz.
Nos habíamos diagnosticado mutuamente. No había tratamiento, pero había verdad, y la verdad, en mi oficio, es el primer día de cualquier cura.
—Hay una cosa que no te he dicho nunca —dije, con la voz ya baja—.
Lo del cuatro por ciento. La noche que lo cambié, le pedí perdón a los números.
En voz alta. Como una idiota con bata. —Me reí, y la risa salió medio rota—.
Llevo nueve años creyendo que los datos eran lo único que no me iba a fallar nunca.
Y los traicioné por ti en una semana. Así que no me vengas con salidas, Pol.
Yo ya estoy en el centro del incendio. Lo que decidas, decídelo sabiendo que me tiene al lado, no detrás.
—No quiero tenerte en el incendio —dijo él.
—Ya lo sé —dije—. Por eso estoy. Los dos queremos lo mismo: sacar al otro. Es el chiste más viejo del mundo y me hace la misma gracia que un parte de defunción.
—¿Qué hacemos? —dijo él al final, bajito.
—Lo que toca —dije—. Cuarenta y ocho horas. Tú piensas si te adelantas o no. Yo pienso si me quedo si te adelantas. Y los dos dejamos de fingir que hay una salida en la que no se rompa nada.
Se quedó mirándome un momento largo, y luego hizo una cosa que no estaba en ninguna regla: me cogió la mano, allí, en la consulta, a la vista de la ventana del pasillo, y me la apretó una vez, fuerte, como se aprietan las manos antes de los saltos.
Yo se la devolví igual. Regla uno: suspendida por fuerza mayor. Que alguien levantara acta.
A las siete de la tarde, el club entero sabía que algo pasaba.
Nadie sabía qué, excepto Sara, JR y Balaguer, encerrados desde el mediodía en el despacho de dirección.
Pero los clubs funcionan con un sistema nervioso que no necesita información: necesita vibración.
El vestuario notó que el cuerpo técnico andaba raro, que Vicho había suspendido la charla del sábado, que las puertas cerradas se multiplicaban.
En el comedor, la conversación era baja y vigilante.
Los utilleros pasaban por los pasillos con esa lentitud de querer enterarse.
Eugenia recorría la planta con el walkie apagado, cosa inédita, y a las seis me la encontré junto a la consulta, haciendo tiempo con una carpeta.
—Marta —me dijo, bajito—. ¿Está todo bien?
—Todo bien —dije, con la sonrisa de la casa.
Me miró tres segundos. Es una chica rápida, Eugenia; había aprendido en dos meses a leer mis sonrisas como se leen los carteles de salida.
—Si necesitáis que el grupo se calle algo —dijo—, o que se mueva algo, o lo que sea. Yo estoy. Sin preguntas.
—Lo sé —dije, y se me apretó la garganta—. Gracias.
Se fue con su carpeta, y yo me quedé pensando que los clubs se defienden solos, como los cuerpos: ante la invasión, todo el mundo fabrica anticuerpos sin que nadie se lo pida.
Lo que no sabía aún era cuántos anticuerpos íbamos a necesitar, ni contra quién se fabricaban de verdad: contra el periodista de fuera, o contra la verdad de dentro.
Y en «El Autobús (y el nuevo)», por primera vez desde que yo estaba en el club, no hubo ni un solo mensaje en todo el día.
Ni uno. Ni el chiste de Brett, ni el pulgar de Kuba, ni el walkie de Eugenia.
Veintitrés personas conectadas, y un silencio de grupo entero, que es la forma que tienen los vestuarios de ponerse de pie y mirar la puerta del despacho.
Aitor no escribió nada, pero a las ocho cambió su foto de perfil: el escudo del club, a secas, sin casco ni dorsal.
Nadie comentó el cambio. Todos lo entendieron.
Es la versión digital de cerrar filas: quitar tu cara y poner la de la casa.
Yo llegué a casa a las nueve, sin cenar, y abrí la libreta de tapa dura por la última página limpia. Me quedé mirándola un rato. Luego escribí la entrada del día, en taquigrafía, como siempre, aunque ya no quedara nadie a quien ocultarle la letra:
«15/12. Carta de contraste recibida. 48 horas. Hombro, registros y relación, todo en la misma página. El enemigo lo sabe casi todo. El club lo sabe casi todo. El paciente decide mañana. La fisio ya decidió: no se esconde.»
Y debajo, la última línea, la del pronóstico de siempre, la que llevaba tres meses escribiendo en todas sus variantes:
«Pronóstico: reservado. Muy reservado.»
Cerré la libreta y me quedé en el sofá, a oscuras, con el teléfono en la mano. Quería escribirle a él. Quería escribirle exactamente seis letras: «Bastos.» Pero la regla dos seguía en vigor hasta el final, y los mensajes de esa noche podían acabar en cualquier sitio, así que no escribí nada.
A las once me escribió él. Una línea, en clave, desde su estudio:
«Espadas. Pero jugamos con las cartas que nos dieron. Mañana cuento las que tengo.»
Contesté antes de pensarlo:
«Yo también cuento las mías. Duerma poco y decida bien.»
Se quedó escribiendo. Luego paró. Luego llegó la última línea de la noche, que no era en clave, que era la primera en claro de nuestra historia:
«Lo que decida, lo decidiré contigo dentro. Que es la primera decisión de mi vida que no juego solo.»
Miré el mensaje hasta que se me movieron las letras. No contesté nada. No hacía falta: hay decisiones que se toman juntas incluso a trece kilómetros de distancia, y aquella noche, en dos pisos distintos de la misma ciudad sitiada, los dos nos quedamos despiertos contando las mismas cartas.
A las dos de la mañana, antes de dormir por fin, añadí una línea más a la libreta, la más corta del año:
«El enemigo tiene la foto. Nosotros tenemos la verdad. Veremos cuál de las dos imprime más.»