El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimotercero — La primicia #2
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Capítulo decimotercero — La primicia #2

—Análisis —dijo—. Primero: la foto. El encuadre es de coche, larga distancia, dos noches de espera mínimo.

No es un paparazzi freelance: es equipo.

Feijóo tiene dos fotógrafos de confianza, uno de ellos ex de agencia, especialista en coches camuflados.

Le reconozco el encuadre como se le reconoce la letra.

—Señaló la imagen—. Y fíjate: están los dos, pero no se tocan.

Él no tiene la foto comprometedora. Tiene la insinuación.

Por eso la carta pregunta en vez de afirmar: todavía no tiene el cierre. Está pescando.

—¿Y qué tiene?

—Tiene el hombro —dijo—. Eso es lo malo.

La primera pregunta está redactada por alguien que sabe.

«Conocida y ocultada por su club de origen.

» Ha hablado con alguien de la Cerdanya, o con alguien que habló con alguien.

Y la segunda pregunta, la de los registros, es una apuesta: no tiene nada, pero sabe que si dispara, algo se moverá.

—Se detuvo—. Lo que no tiene todavía es la relación.

Por eso la foto. La foto es el cebo: la publica si no respondemos, y aunque no demuestre nada, une los dos temas en la cabeza del lector.

Lesión más novios: «la fisio tapó al novio».

Es la versión que se cuenta sola. Ni siquiera hace falta que la escriba entera.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Cuarenta y ocho horas —dijo Sara—. Y no las tenemos.

El plazo expira el domingo; el gordo lo publica el miércoles en papel, con o sin respuesta.

La carta es para cubrirse, no para negociar.

La única manera de matar la historia es llegar antes.

—Me miró—. Adelantarse. Contarlo nosotros.

Todo, con nuestras palabras, antes de que él lo cuente con las suyas.

Es la única jugada que le quita el titular.

—¿Y si no lo contamos?

—Entonces el miércoles sale su versión —dijo Sara—.

Te la escribo yo, que llevo once años ensayándola: «El Árticos fichó roto a su estrella y su fisio lo ocultó.

» Dos páginas: la lesión, los registros, la foto del aparcamiento, la Cerdanya desentendiéndose por teléfono, y un editorial sobre «la cultura del silencio en el deporte modesto», que es su frase favorita desde hace diez años.

Miércoles: la lesión. Jueves: la relación.

Viernes: tu colegio de médicos abriendo expediente de oficio.

Es una minicadena. La he visto hacer otras veces.

Siempre igual, siempre con la misma carta de contraste antes, para que parezca deontología.

—Contarlo todo es la temporada de Pol —dije—. La operación, la baja larga, el año perdido.

—Lo sé —dijo Sara.

—Y su carrera, quizá.

—Lo sé —repitió—. Pero la alternativa es que él lo cuente, y entonces es la temporada de Pol, tu licencia, el fichaje, el club y tu relación, todo en el mismo titular, escrito por un tío que me debe una desde hace once años y cobra con intereses.

—¿Qué te debe?

Sara se quedó quieta. Luego se sentó otra vez, y me lo contó, porque aquella mañana era la mañana de las confesiones.

—Éramos de la misma casa —dijo—. Yo era la becaria, él era el joven talento.

Me enseñó el oficio: las fuentes, los teléfonos, la paciencia.

Durante dos años fuimos algo parecido a amigos.

—Movió la cabeza—. Un verano me pasó una exclusiva que no era suya: era de una compañera, una de las buenas, que se la había confiado.

Él la publicó con su nombre, a página entera.

La compañera protestó; él dijo que ella se lo había regalado.

La dirección le creyó a él, claro. La compañera dejó el periódico al año.

A mí me echaron en la primera purga, y él fue el único del periódico que no me escribió.

Ni una línea. Desde entonces, cada vez que él me cruza en una zona mixta, me dedica la sonrisa del que sabe que ganó.

—Se encogió de hombros—. Once años, Marta.

Llevo once años esperando a que se equivoque de verdad, y va y se equivoca contigo.

Perdóname, pero hay una parte de mí que está disfrutando esto y me da mucha rabia.

—¿Y por qué no le contaste a nadie lo de la compañera?

—¿Y quién me iba a creer? —dijo Sara—. La becaria contra el talento. —Se levantó—. Así que ya sabes por qué esta guerra es mía. Ahora vamos a perderla bien.

A la una me llamaron a dirección.

El despacho de JR olía a tabaco viejo y a crisis contenida.

Estaban JR, Balaguer y Sara, con la carta encima de la mesa como una sentencia, y me hicieron sentar en la silla de las visitas, que era baja a propósito.

Balaguer tenía la cara de los días de auditoría.

JR tenía la cara de siempre, que era peor.

—Cuéntamelo tú —dijo JR—. Sin adornos. Sara ya me ha dado la versión de prensa. Quiero la de la médico.

Se lo conté. Todo, en orden, desde el reconocimiento de septiembre hasta la carta de aquella mañana: la sospecha, la curva, la Cerdanya, el partidillo, el pacto, el doble registro con la verdad fechada, la relación.

No me interrumpieron. Balaguer escribió dos notas y dejó de escribir a la mitad de la tercera.

Cuando terminé, el despacho se quedó en un silencio de catedral.

—¿La recomendación de cirugía está fechada? —dijo JR al final.

—Dos de noviembre, veintidós cuarenta —dije—. En el sistema clínico. Con la decisión del jugador registrada y los criterios de interrupción. Si abren una investigación, ahí está todo.

—Investigación la va a abrir el colegio de médicos si esto sale —dijo Balaguer—. No es una amenaza, es una previsión.

—Lo sé —dije—. Y la contestaré con las fechas por delante.

JR se levantó y se puso a mirar por la ventana, hacia la grada vacía. Estuvo un rato así, con las manos a la espalda, y luego dijo, sin girarse:

—Hace cuarenta años vi a muchos jugar rotos por no decirlo, Marta.

En mi época no se escribía nada: el que hablaba se quedaba sin sitio, y el que callaba se rompía solo.

Se perdían hombres enteros por no poner una fecha en un papel.

—Se giró—. Yo juré que en mi club esas cosas se escribirían.

Y mira. La primera vez que pasa algo serio, resulta que mi médico escribe mejor que mi dirección.

—No sonrió—. No es un cumplido, Marta. Es un lamento.

—Lo sé —dije—. Acepto el expediente que toque, cuando toque. Pero ahora quedan cuarenta y seis horas y la pregunta no es mi expediente. Es el comunicado.

—La pregunta es el chico —dijo JR—. Él decide.

Es su hombro, su temporada y su cruz. —Me miró—.

Pero te aviso, Marta: si decide esconderse, este club no se esconde con él.

Y si decide hablar, este club habla con él.

Lo que no puede ser es que la verdad la cuente ese señor con su horario.

La verdad de esta casa la contamos en esta casa. ¿Está claro?

—Claro —dije.

—Vete a trabajar —dijo—. Y dile al chico que esta noche tiene visita.

Salí del despacho con las piernas flojas y la espalda recta, que es como se sale de los despachos en los días malos.

En el pasillo me crucé con Balaguer, que salía a fumar, y el contable del club me dedicó una mirada larga que no supe traducir: ni hostil ni amable.

Contable. Me estaba poniendo precio, como se pone precio a todo en su mundo, y por primera vez no me importó: mi precio ya lo había fijado yo, un dos de noviembre, y no admitía revisión de mercado.

Se lo conté a Pol a las cinco, en la consulta, con la puerta cerrada y la foto en la pantalla.

Lo dejé leer la carta entera. Le tembló la mandíbula una vez, en la tercera pregunta, y luego nada más. Leyó la foto en silencio. La amplió. La miró con esa atención de contador de salidas.

—El dos de diciembre —dijo.

—El dos de diciembre.

—Estábamos a tres metros —dijo—. Ni siquiera íbamos juntos. Íbamos, cómo decirlo, coordinados.

—Da igual —dije—. No hace falta que fuéramos juntos. Hace falta que parezca.

—Lo sé —dijo, y dejó la tablet—. ¿Qué quiere Sara?

—Adelantarnos —dije—. Contarlo nosotros antes del lunes.

—No —dijo Pol.

—Escúchame una cosa—

—No, Marta. —Se levantó de la camilla—. Adelantarnos es contar el hombro. Es mi temporada. Es todo el plan. Llevamos tres meses aguantando para llegar a Navidad, y ahora ¿lo suelto en diciembre porque un plumilla hace una foto de un aparcamiento?

—El plan ya no existe —dije—. El plan murió esta mañana a las once y veinte. Ahora hay dos opciones: contarlo tú o que lo cuente él.

—Hay una tercera —dijo él—. Negarlo. La foto no prueba nada. El hombro no lo puede probar: la Cerdanya no tiene papeles, Urkizu está jubilado, y tus registros—

Y ahí se detuvo. Y yo vi exactamente el momento en que lo pensó, el momento en que su cabeza de casino encontró la salida falsa, la salida barata, la que me dejaba a mí en medio del fuego.

—Mis registros —repetí—. ¿Qué pasa con mis registros?

—Nada —dijo, demasiado tarde.

—No. Dilo. —Me levanté yo también—. Dilo entero. Estabas a punto de decir que mis registros son el problema. Que el doble registro deja papeles. Que la prueba de la mentira la escribí yo, con mi letra y mi fecha.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado —dije—. Y pensarlo delante de mí es decirlo. —La voz me salió de un sitio que no conocía, un sitio con eco—. ¡Convertiste mi juramento en coartada y encima me culpas por firmarlo!

El grito se quedó en la habitación, contra las paredes, contra la camilla, contra los dos meses de pacto. Pol se quedó mirándome con la boca abierta, y yo me quedé temblando, y ninguno de los dos dijo nada un buen rato, porque no hay nada que decir después de la frase que lo resume todo.

Fue él el que se movió. Se sentó otra vez en la camilla, despacio, como se sienta uno en el banquillo de los expulsados.