El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo decimotercero — La primicia
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Capítulo decimotercero — La primicia

La semana anterior había empezado con una derrota y esta acababa con una guerra, y en medio tuve tiempo de creer que íbamos a tener un diciembre tranquilo.

El domingo tres de diciembre habíamos caído en la semifinal de Copa, en el formato concentrado de siempre, otra vez en el norte, contra el mismo equipo que nos había dejado fuera otras temporadas y otras ilusiones.

Perdimos sin escándalo, con el equipo ya mirando a la liga, y la eliminatoria se cerró con la elegancia de las cuentas saldadas: la Copa había dado lo que tenía que dar —una racha, un ambiente, un vestuario curado— y se iba sin llevarse nada importante.

Vicho lo dijo en el vestuario: «La liga es el sueldo.

La Copa era el aguinaldo. A trabajar.» Y todo el mundo a trabajar.

El lunes, en la consulta, la temporada parecía en orden.

Pol rindiendo en su mejor momento del año, el hombro estable en su rutina de mantenimiento, el vestuario cantando por los pasillos.

Raúl ya entrenaba con el grupo a la espera de su debut del sábado dieciséis, y el viejo llevaba una semana con la sonrisa de un niño en vísperas.

Hasta Eugenia había bajado el nivel de amabilidad radiactiva a niveles de seguridad.

Hasta Sara andaba por el club con cara de persona que duerme.

Aquella semana tuvimos, además, el mejor Pol del año en la pista.

Marcó dos veces el miércoles, en casa, y la Grada Norte estrenó por fin una canción con su nombre, una estrofa torpe y hermosa que los sesenta coreaban con la solemnidad de los estrenos: «Ferrer, Ferrer, el del hielo de verdad.

» Le miré desde la banda con el botiquín entre los pies y pensé, con una lucidez que me dolió: ya está.

Ya es de los nuestros. Tres meses de asedio y el chaval había ganado la plaza, la grada, la canción y el corazón del vestuario, todo en el mismo trimestre en que un periodista con abrigo caro llamaba a jubilados en los Pirineos.

La vida de los clubs tiene estas ironías: las cosas se ganan justo cuando están a punto de romperse.

El jueves, en la sesión, le enseñé la letra de la canción.

La escuchó dos veces, con la boca abierta, y dijo que era la mejor crítica musical de su vida.

«En la Cerdanya me cantaban el nombre», dijo.

«Aquí me cantan el nombre y lo del hielo.

Es distinto.» No pregunté en qué se diferenciaba.

Lo sabía: allí le tasaban con música; aquí le bautizaban.

Debí desconfiar de esa cara. La gente de prensa solo duerme cuando no hay noticias, y no haber noticias es un estado inestable.

El viernes quince de diciembre, a las once y veinte de la mañana, el correo certificado llegó al club.

Llegaba, además, en la peor semana posible: la del debut de Raúl, la del último partido antes del parón, la de los papeles de renovación del personal encima de las mesas.

Las desgracias de verdad nunca llegan solas; llegan con agenda propia.

Yo estaba en la consulta con Raúl —control de rodilla, rutinario, bueno— cuando Sara entró sin llamar. Sara nunca entraba sin llamar. Se quedó en la puerta con un sobre en la mano y la cara puesta, y me dijo:

—Marta. Cuando puedas.

—Ahora mismo —dije, y dejé a Raúl con las vendas y la cara de haber olido lo mismo que yo.

Raúl me agarró la muñeca un segundo al pasar, con esa mano de albañil que tenía.

—¿Problemas?

—De los de fuera —dije—. De los que no entran en esta consulta.

—Que no entren —dijo él—. Y si entran, me llamas. Para eso llevo veinte años aquí: para que los problemas de fuera encuentren el portero.

Le apreté la mano y salí. Los veteranos tienen esa generosidad rara: ofrecen el cuerpo para batallas que ya no les corresponden.

En el pasillo, Sara me puso el sobre delante.

Mi nombre no figuraba en ninguna parte. Estaba dirigido a «Dirección Deportiva — Árticos de Madrid», con copia a «Departamento de Comunicación», remitente: la redacción del diario.

Pero no estaba cerrado. Sara ya lo había abierto, o lo había recibido abierto, que en los clubs es lo mismo.

—Léelo —dijo—. Léelo y no digas nada hasta el final.

Leí.

«Estimados señores:

Este medio dispone de información contrastada que vincula al jugador Pol Ferrer, actualmente en plantilla del Árticos de Madrid, con una lesión de hombro no declarada contraída con anterioridad a su fichaje por su entidad, lesión que habría sido conocida y ocultada por su club de origen, el CG La Cerdanya.

Asimismo, este medio dispone de indicios de presuntas irregularidades en los registros médicos del club en relación con la disponibilidad del citado jugador, así como de una posible relación de conflicto de intereses entre el jugador y un miembro del cuerpo médico responsable de su evaluación.

En cumplimiento del deber de contraste, se requiere a su entidad que, en el plazo de cuarenta y ocho horas, se pronuncie sobre los siguientes extremos:

¿Conocía el club, en el momento del fichaje, la existencia de una lesión no declarada del jugador?

¿Ha sido alterado, omitido o diferido algún dato relativo al estado físico del jugador en los registros médicos oficiales?

¿Considera el club compatible con su código de conducta la relación existente entre el jugador y la persona responsable de su evaluación médica?

De no recibir respuesta en el plazo indicado, este medio publicará la información en los términos de que dispone.»

Lo leí dos veces. La primera, de golpe. La segunda, despacio, como se leen las resonancias propias.

—Hay foto —dijo Sara.

Me tendió la tablet. Era una imagen pequeña, de móvil con zoom, granulada: el aparcamiento de la Pista Norte, de madrugada, la farola fundida de la esquina.

Dos figuras. Una era yo, con mi abrigo de los sábados y mi bolsa de trabajo.

La otra era Pol, a dos pasos de distancia, con su gorra y su manera de andar que yo habría reconocido en la oscuridad total.

No se veía nada. No íbamos de la mano, no nos besábamos, no había nada que un abogado no pudiera explicar en diez segundos.

Y estaba todo: la hora, el lugar, los dos juntos en una madrugada en la que no había entrenamiento, ni partido, ni excusa en el mundo.

Miré la foto con una curiosidad clínica que me sorprendió incluso a mí.

El encuadre, la hora, la distancia entre nosotros.

Estábamos bien, pensé, absurdamente: habíamos salido por separado, como mandaba el reglamento, y aun así nos habían cogido.

El reglamento no había fallado. Había fallado la física: dos cuerpos que se quieren ocupan el mismo espacio-tiempo, y eso no hay regla que lo evite.

—¿Cuándo es? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—El dos de diciembre —dijo Sara—. La hora la pone en los metadatos. Las cuatro y pico de la mañana. —Me miró—. Marta. Necesito que me digas qué estoy viendo. No por la historia. Por la defensa. Para defenderte tengo que saber de qué te defiendo.

Estábamos en su oficina, la del departamento de prensa, con la puerta cerrada y las persianas bajadas, y Sara en pie junto a la ventana como un general sin tropas. Conté hasta diez, mirando la foto.

—Lo del hombro es verdad —dije.

Sara cerró los ojos. Los abrió.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el primer día lo sospeché. Desde finales de octubre lo supe.

—Se lo conté entero, en cinco frases: el reconocimiento, la curva, la Cerdanya, el pacto, el doble registro con su verdad fechada—.

El sistema clínico tiene la recomendación de cirugía desde el dos de noviembre, con fecha y hora.

El jugador la pospuso. Está documentado.

—Jesucristo —dijo Sara, y se sentó por primera vez—.

Vale. Vale, hay defensa: hay registro real, hay recomendación fechada, hay decisión del jugador.

Es feo, pero es defendible. —Levantó un dedo—.

Lo que no es defendible con la misma facilidad es la tercera pregunta.

La del conflicto de intereses. —Me miró—. Marta. ¿Tú y él?

Silencio. El silencio, en una oficina de prensa, también es una declaración.

—Desde noviembre —dije al final.

—Desde noviembre —repitió Sara, y se quedó mirando al techo—.

Desde noviembre. Llevas un mes y medio acostándote con el jugador al que le falseas los informes, en el club al que le debo mi trabajo, con un periodista que me odia haciendo las fotos.

—No lo dijo con rabia. Lo dijo con aritmética, que era peor—.

Marta, eres la persona más inteligente que conozco y has montado el escándalo perfecto. Ni un fallo. Hasta con farola fundida.

—No falseé los informes —dije—. Ajusté cuatro puntos una vez. La verdad está fechada desde el primer día.

—Explícaselo a un titular —dijo Sara—. «Fisio del Árticos ocultó lesión de su pareja jugadora.» Nueve palabras. Las escribo yo, que soy de la casa. ¿Cuál de las nueve es mentira?

No pude contestar. Ninguna era mentira del todo. Todas eran mentira a medias. Las mejores mentiras del mundo son las nueve palabras que no son del todo falsas.

—Aitor no lo sabe —dije—. Nadie lo sabe. Bueno. Eugenia sospecha. Sebas lo sabe todo y no dirá nada jamás. Y tú, desde hace cinco minutos.

—Sebas —dijo Sara, con media sonrisa—. Sebas sabe hasta lo que no ha pasado.

Es el archivo de este club con gorra. —Se puso seria otra vez—.

¿Y Aitor? ¿Le cuento yo o le cuentas tú?

Porque Aitor va a ser importante: si esto estalla, la cara del club es la suya, y Aitor no improvisa.

Aitor necesita la verdad con antelación y en dosis.

—Aitor la tendrá —dije—. Cuando Pol decida, la tendrá. Es su capitán.

—Es tu paciente eterno y tu amigo —dijo Sara—. No lo dejes para el comunicado, Marta. Las amistades se parecen a los ligamentos: aguantan todo excepto enterarse por la prensa.

Sara se levantó y empezó a caminar por la oficina, con el teléfono en la mano, y vi cómo cambiaba de persona: se le iba la amiga y se le ponía la jefa de prensa, la que yo había visto ganar guerras pequeñas con una sonrisa.