El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo duodécimo — El registro del hielo #3
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Capítulo duodécimo — El registro del hielo #3

—A Aitor no hace falta: ya lo sabe. A Raúl no se lo cuento porque se lo diría luego a todo el mundo llorando.

—Se rio bajito—. Te lo cuento a ti porque eres el que llegó.

Y el que llega hereda. Da igual cómo haya llegado.

—Otra pausa—. Escucha, Pol. Lo del principio, lo del comunicado, fue una mierda.

Ya lo sabes. Pero tú no hiciste la cuenta.

Yo lo dije el día que me fui y lo repito ahora, para que te quede para siempre: las cuentas las hacen otros. Tú juegas.

—Estoy jugando —dije—. No siempre limpio.

—Nadie juega siempre limpio —dijo Tata—. Juega honesto, que es otra cosa. Ya me entenderás.

Me quedé con esa frase en la mano como se queda uno con una moneda rara.

Juega honesto. Había pasado años aprendiendo a jugar limpio cuando convenía y sucio cuando hacía falta, y de pronto venía un hombre de una ferretería de Usera con una tercera categoría, una en la que nunca había jugado nadie de mi mundo.

—¿Sabes lo que más echo de menos? —dijo él, de pronto, y la voz se le hizo más despacio—.

No es el hielo. Es el autobús. Las cartas con Aitor, que no sabíamos jugar ninguno.

El ruido. Llevo un mes yendo a los entrenamientos en mi coche, solo, y te juro que hay días que pongo la radio para oír voces.

—Se aclaró la garganta—. Bueno. Cosas de veteranos.

Iba a colgar. Lo noté en la respiración, en el ruido de la carretera, y no quería que colgara, y no sabía qué decir para que no colgara.

—Tata. Gracias.

—No me des las gracias —dijo—. Métete goles.

Y una cosa más, la última: estoy entrenando bien.

Mejor de lo que entrenaba con vosotros, si quieres saberlo.

En enero firmo. En enero, chico, que aquí no hay prisa.

—Se le oyó la sonrisa, a trescientos kilómetros—.

La próxima vez, en el hielo contrario. Cuídate el hombro, chico.

Colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano, sentado en el borde de la cama, con la toalla en los hombros y un nudo en el esternón que no era médico.

«Cuídate el hombro, chico.»

¿Lo sabía, o era solo la despedida de un veterano que había visto mil lesiones?

Con Tata no había manera de saberlo, y quizá daba igual.

Los jugadores se huelen todo; es la primera regla no escrita de los vestuarios, la que no está en ninguna norma: lo único que no se ve en un hielo es lo que uno no quiere ver.

Tata había jugado contra mí dos años. Me había defendido en una docena de partidos.

Y me había regalado su silencio igual que me había regalado su «no fue culpa tuya».

Dos regalos. Uno en público, uno en privado.

Guardé el número. Estuve un buen rato pensando el nombre del contacto, probando y borrando, y al final escribí:

«Capitán sin galones.»

Estuve también un rato mirando la conversación entera, los «te debo una» y los «cuídales», y entendí una cosa que me había costado tres meses y una llamada: en los clubs de verdad, los que se quedan pequeños en el mapa y enormes en el pecho, la capitanía no es un brazalete.

Es una contabilidad de favores que nadie lleva y todos pagan.

Tata la llevaba desde la ferretería. Aitor la llevaba desde la montaña.

Y yo, que había llegado con el precio en la frente, estaba empezando a tener saldo en esa cuenta, y no sabía ni cómo se hacían los ingresos.

Salí del estudio a por aire, porque el estudio se me había quedado pequeño de golpe, y fui andando hasta la Pista Norte, que era a donde iban mis pies últimamente sin pedirme permiso.

El vestíbulo estaba abierto todavía; Eugenia cerraba la oficina.

Y allí, junto al tablón, estaba Sara, hablando con un proveedor, la tablet bajo el brazo.

Me vio. Siguió hablando. Y al cruzar yo junto a ella, su mirada hizo una cosa que solo se nota si uno lleva meses entrenado en no ser mirado: se detuvo medio segundo en mí, medio segundo en la escalera que bajaba a la consulta, y medio segundo en el reloj del vestíbulo, que marcaba las diez y media de una noche en la que Marta seguía, según su agenda oficial, trabajando en informes.

Medio segundo por tres. Una operación de aritmética aplicada. Sara no dijo nada. Sonrió al proveedor, le dio las buenas noches, y yo subí las escaleras con la sensación exacta de una foto hecha desde un coche en marcha.

En el grupo, aquella noche, «El Autobús (y el nuevo)» estaba tranquilo.

Brett contaba un chiste malo. Kuba ponía un pulgar.

Yo, desde mi cama, miraba el techo y pensaba en capitanes sin galones, en heladores que regaban pruebas, en periodistas que llamaban a jubilados, y en una jefa de prensa que acababa de sumar tres medios segundos y llevaba el total en la cara.

El hielo registra todo, había dicho Sebas. Yo empezaba a creer que no era el único registro del club.

Aquella semana, en las sesiones, Marta y yo seguimos la coreografía mejorada: la misma consulta, la misma camilla, y debajo de todo la resaca de la madrugada del sábado, que se dejaba notar en cosas pequeñas.

En que ella me medía y se le iba la sonrisa.

En que yo hacía los ejercicios y me sobraba energía.

En que los dos mirábamos el reloj de la pared con una frecuencia que la deontología no autoriza.

El jueves, al terminar, dejó sobre la mesa, junto a mi carpeta, una cápsula de café nueva, de un sabor que no había probado nunca.

—Es del norte —dijo, recogiendo—. Lo encontré en la Copa. Pruébelo y reporte.

—¿Esto es copas?

—Esto es administración de activos —dijo—. Los activos se mantienen con café.

Me fui con la cápsula en el bolsillo como un contrabando pequeño, y en el pasillo me crucé con Sara. Me saludó con la barbilla, profesional, y al pasar dijo, sin detenerse, con la voz baja y amable:

—El norte sienta bien, ¿no, Pol?

Y siguió andando, con su tablet y su sonrisa, y yo me quedé en el pasillo con la cápsula en la mano, sintiendo que el suelo del club se había vuelto, de pronto, un hielo mucho más fino.