Capítulo duodécimo — El registro del hielo #2
Nos vestimos casi a las cuatro. Salimos por separado, con la coreografía de siempre, y yo me quedé el último para apagar la luz de la consulta, por costumbre nueva. Antes de salir, ella se giró en la puerta, y con la voz de los martes me dejó la última indicación del día:
—Posición lateral izquierda esta noche. Y mañana, sesión normal, cara de funcionario. Si sonríe más de lo reglamentario, le subo la carga.
—¿Y si sonríe usted?
—Yo no sonrío —dijo, sonriendo—. Yo presento mejoría.
Se fue. Apagué la luz. Y en la oscuridad de la consulta, oliendo a linimento y a ella, entendí por primera vez lo que significaba tener algo que perder de verdad: no un contrato, no una temporada, no un precio de mercado.
Una persona que decía «presento mejoría» cuando quería decir otra cosa, y que confiaba en que uno supiera traducir.
Lo que ninguno de los dos sabía era que teníamos público.
Sebas llegaba a las cinco aquel invierno, no a las seis, porque el frío de diciembre le exigía más agua al hielo.
Lo supimos mucho después, por el propio Sebas, de la única manera en que Sebas contaba las cosas: sin contarlas.
Aquella madrugada, el viejo entró en la pista a las cinco y cuarto, encendió la máquina, y encontró el hielo lleno de marcas: dos líneas de cuchillas entrelazadas en el centro, una de ellas torpe y bailona, la otra limpia y paciente, dibujando círculos grandes.
Uno no necesita ser detective para leer un hielo. Uno necesita ser helador.
Sebas miró las marcas un rato largo. Luego miró la puerta de la consulta, que ya estaba oscura. Luego arrancó la máquina y regó el hielo de punta a punta, despacio, con su liturgia de cuarenta años, borrándolo todo.
Se lo contó él mismo mucho más tarde, cuando ya no hacía falta contarlo, y lo contó sin preguntas y sin reproches, como se cuentan los estados del tiempo.
«El hielo del centro estaba escrito», dijo.
«Uno patinando mal y otro patinando bien, dando vueltas como dos tontos.
He visto muchas escrituras en cuarenta años.
Esa era de las buenas.» Y regó, y borró, y escribió en su libreta la única verdad que le correspondía poner: que el hielo estaba parejo. Que nadie había patinado.
Aquella noche, en su libreta gorda, en la página del dos de diciembre, escribió tres líneas:
«Turno de noche. Hielo parejo. Nadie patinó esta noche.»
Y nunca, jamás, en los meses que vinieron después, hizo el menor comentario. Ni a nosotros, ni a nadie. Los heladores no guardan los secretos por lealtad: los guardan porque el hielo les enseñó que todo lo que pasa encima merece una capa nueva por encima.
El lunes, Marta me lo contó en la sesión, con la voz de los partes malos:
—Feijóo está moviendo ficha. Sara tiene un confidente en su redacción: desde la semana pasada está llamando a exempleados de la Cerdanya. Utilleros, preparadores, gente de las categorías inferiores. Y ayer preguntó por el doctor Urkizu.
—Urkizu se jubiló en agosto —dije—. Está pescando en un lago vacío.
—Los lagos vacíos tienen barro —dijo ella—. Y el barro habla. Si encuentra a alguien dispuesto a contar lo de la gestión especial, tiene la mitad de la historia.
—¿Y la otra mitad?
Marta no contestó. La otra mitad éramos nosotros, en una consulta con la puerta cerrada y una camilla con historial.
Lo sabíamos los dos desde el domingo: Feijóo ya no buscaba solo un escándalo deportivo.
Buscaba la versión completa, y la versión completa tenía dos capítulos, y el segundo capítulo se había escrito el sábado a las dos de la mañana sobre un hielo que, oficialmente, nadie había patinado.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—Lo de siempre —dijo ella, colocando el dinamómetro—.
Empuje fuerte. Eso es lo de siempre: usted empuja, yo mido, y los dos fingimos que el mundo no se está acercando a esta puerta.
—Me miró—. La regla cuatro, Ferrer. Si se descubre, la versión la damos nosotros. Mientras tanto, no hay nada que contar.
—¿Y si Urkizu habla?
—Entonces hay que contarlo antes que él —dijo—. Pero todavía no. Todavía es un lago vacío. —Apuntó el número—. Ocho y medio. Muy bien, jugador. Siga así y en enero le doy el alta honorífica.
—¿La honorífica viene con diploma?
—Viene con mi silencio administrativo —dijo—. Que es más caro.
Salí de la consulta con la mejora en el brazo y el lago en la cabeza.
Los lagos vacíos. Los barros que hablan.
Los jubilados que un día deciden que el silencio ya no les debe nada.
Había aprendido en la cantera que toda tapadera tiene fecha de caducidad; la pregunta nunca es si, es quién abre la tapa.
Y yo no quería que la abriera un periodista con prisa y un plumilla con rencor.
El martes cinco de diciembre amaneció con una noticia buena, de ésas para leer en voz alta en el vestuario: la licencia médica de Raúl.
Marta la firmó por la mañana —licencia plena para contacto, después de nueve meses de calvario— y el viejo salió de la consulta con el papel levantado como un trofeo, y el vestuario entero le hizo un pasillo de bofetadas cariñosas.
Yo le vi llorar un poco, disimulando con la toalla.
Aitor le abrazó fuerte. Vicho rugió que el abuelo volvía en casa dentro de diez días, tercera línea, minutos controlados, «Y EL QUE LE DÉ UNA ENTRADA AL ABUELO SE ENTRENARÁ SOLO HASTA MARZO».
Fue un buen día. De los días que los clubs pagan en verano.
Me enteré después de la odisea de aquella firma, porque los clubs todo lo saben.
Nueve meses de rehabilitación, tres ligamentos en la misma rodilla a lo largo de una década, una esposa que se fue en la segunda y una hija que dibujaba porteros en la tercera.
Marta llevaba el caso desde septiembre con una dedicación que el vestuario daba por profesional y yo ya sabía leer de otra manera: era su religión.
El día de la firma, dicen, Raúl le dijo en la consulta que le debía la última temporada, y Marta le dijo que no le debía nada, que las licencias no se deben, se ganan.
«Entonces te debo la temporada y un café», dijo él.
«El café lo pone el club», dijo ella, y firmó.
Así se escriben los buenos días en los clubs: con dos frases y un sello.
Yo me quedé esa noche a entrenar solo, como siempre, y a las once, cuando salía del hielo, vi que no estaba solo: al otro lado del cristal de la zona de material, Iván Redondo hacía su propia sesión secreta, ejercicios de reflejos contra la pared, solo, como hacía muchas noches.
Nos habíamos cruzado así una docena de veces, dos búhos del mismo edificio.
Levanté la mano. Él la levantó. Ninguno dijo nada, como siempre, y en la pista, al fondo, las chicas de las Auroras de Valdemoro ocupaban ya su franja de hielo compartido, figuras lejanas entrenando a la otra punta, con su propia temporada y sus propias guerras.
Tres deportes solitarios bajo el mismo techo viejo.
Me quedé un momento mirando, y pensé que aquel club era un hospital de gente que entrenaba de noche para no tener que hablar de día.
La llamada de Tata llegó a las diez de la noche del miércoles, cuando salía de la ducha.
Número desconocido. Contesté por inercia.
—¿El nuevo? —dijo una voz conocida, con carretera de fondo—. Soy Óscar.
Me senté en el borde de la cama. Hay llamadas que se reciben de pie y llamadas que piden mueble.
—Tata —dije—. Hola.
—Te llamo de trámite —dijo—. No te asustes. No es una llamada de exjugador resentido. Es una llamada de logística.
Logística. Escuché.
Primero hablamos de lo fácil, porque los hombres de su especie siempre empiezan por lo fácil: su vida nueva, un pueblo con un pabellón decente y una afición que le quería desde antes de llegar; su ferretería, que marchaba; su madre, que preguntaba por la tele.
Me preguntó cómo estaba el equipo, y se lo conté de verdad: la Copa, Raúl, los chavales.
Se reía de lo que le contaba de Brett, y una vez dijo «ese perro», y otra «la grada», y en los nombres se le notaba la nostalgia bien llevada, como se lleva un jersey viejo.
—Llevo un mes fuera y hay cosas que se me han quedado sin decir —dijo—.
Cosas del vestuario. Tú ahora mandas ahí dentro, aunque no lo sepas, así que escucha y apunta.
Peralta toma antiinflamatorios como si fueran caramelos desde el año pasado; no le dejes, o mejor dicho, dile a la fisio que le vigile el estómago, que él no lo hará.
La cuchilla derecha del patín de Carmona está doblada medio milímetro, se la enderecé yo en octubre y se lo dije y no me hizo caso; en los giros a la izquierda se le va.
Kuba no se queja jamás, así que si algún día se queja, llévalo al hospital sin pasar por la consulta.
El chaval gallego, el del filial, rinde peor los partidos que viene su padre; nadie lo sabe excepto yo y ahora tú.
Iván es mejor portero de lo que cree; dile de vez en cuando que es mejor portero de lo que cree, que a los porteros hay que decírselo o se les seca.
Lo decía todo despacio, sin drama, como se lee un parte de averías. Yo no escribía; no hacía falta. Se me estaba grabando.
—Y Aitor —siguió—. Aitor no necesita nada, excepto que alguien le quite el mundo de los hombros de vez en cuando. Yo se lo quitaba los martes, jugando a las cartas en el autobús. No sé jugar bien a las cartas. Él tampoco. Nos servía igual.
Se hizo un silencio. En el fondo sonaba la carretera.
—Cuídales —dijo Tata—. Ahora son tuyos. No del club. Tuyos. Esa es la diferencia que tarda un año en aprenderse y a mí me toca regalártela en una llamada, que es una faena para los dos.
—¿Por qué me lo cuentas a mí? —pregunté—. Podías contárselo a Aitor. A Raúl.