El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo duodécimo — El registro del hielo
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Capítulo duodécimo — El registro del hielo

La idea fue suya, lo cual demuestra que la gente más peligrosa nunca es la que parece.

Fue el jueves treinta de noviembre, en la sesión de las cinco, con la tabla de progresos entre los dos y el hombro rindiendo como un reloj.

Estábamos en la fase buena: la de los números que suben, la de las bromas que bajan la guardia.

Ella repasaba mi curva con la ceja satisfecha y dijo, sin levantar la vista, como quien comenta el tiempo:

—Nunca he patinado.

—¿Cómo?

—Que nunca he patinado —dijo—. Llevo nueve años trabajando sobre hielo y nunca me he puesto unos patines. Es una vergüenza profesional. Como un cardiólogo que nunca se ha tomado el pulso.

—Es peor —dije—. Es como un crupier que no sabe barajar.

—Esa comparación me ofende en tres idiomas.

—Es que es terrible —dije—. Doctora, usted no puede seguir así. Le voy a dar clase.

Lo dije en broma. Ella lo tomó en serio, o fingió tomarlo en serio, que en ella era la misma especie de decisión. Me miró con la cara de los protocolos y dijo:

—El sábado, de madrugada. Después del cierre. Sebas apaga a las dos; el hielo queda libre hasta las seis. Yo tengo llave.

—¿Me está pidiendo una cita en clave de instalaciones?

—Le estoy pidiendo una cita en clave de seguridad perimetral —dijo—. Traiga patines de mi talla, treinta y ocho. Y silencio.

El viernes se me hizo de un año de largo.

Entrené, comí, contesté al grupo, hice mi rutina del hombro, y en todo momento tuve la sensación de estar esperando un partido, ese cosquilleo de las vísperas que no había sentido desde los diecisiete.

A las once de la noche me eché un solitario para matar el tiempo y perdí.

Perdí, señores. Yo, que no perdía nunca.

Lo tomé como el parte médico que era: sistema nervioso ocupado en otra cosa, concentración desviada, jugador no apto para el juego solitario.

Guardé las cartas y me fui a la cita con dos horas de retraso vital y diez minutos de adelanto real.

El viernes por la noche conseguí los patines —el utillero me los prestó sin preguntar, con la discreción de los utilleros, que son los verdaderos archivos de los clubs— y a la una y media de la madrugada del sábado dos de diciembre estaba en la puerta de servicio de la Pista Norte, con una mochila y el corazón haciendo ruido de banco de peces.

La pista, de noche y vacía, era otra catedral.

Los focos a un tercio, la grada a oscuras, el hielo intacto, blanco, recién regado, sin una sola marca.

El hielo virgen tiene un brillo distinto; los que patinamos lo vemos como ve la gente la nieve sin pisar.

Marta estaba junto a la banda con unos patines blancos de alquiler que le quedaban grandes de dignidad y el abrigo hasta las rodillas.

—Tarde —dijo.

—Perdón —dije—. Estaba eligiendo las cartas de la suerte.

—No hay cartas en el hielo.

—En todas partes hay cartas —dije, y me até los patines.

Nos quedamos un momento los dos quietos, mirando el hielo, sin pisarlo todavía.

Había algo solemne en eso, en el metro y medio de banda que nos separaba del centro: como el borde de una piscina la primera noche del verano.

Ella miraba el hielo con una cara que no le había visto nunca, la de los territorios por estrenar, y yo la miraba a ella, y luego los dos pisamos juntos, y el hielo crujió ese crujido fino y caro que tiene cuando está en su mejor momento.

—Si me caigo —dijo ella—, conste que fue por investigación.

—Conste —dije—. Y si se cae, caiga hacia delante, como los valientes.

Los primeros veinte minutos fueron un documental de supervivencia.

Marta, la mujer que evaluaba el equilibrio de los atletas con un dinamómetro, resultó tener el centro de gravedad de una cómoda.

Se agarró a la banda con las dos manos, luego a mí con las dos manos, luego a la banda y a mí alternativamente, con unos grititos de pavor que jamás le había oído y que decidí archivar como tesoro nacional.

—Suelta la banda —decía yo—. El hielo se domina con las rodillas, no con las manos.

—Cállate y no me sueltes.

—Es que para enseñarte tengo que soltarte.

—Pues no me enseñes —dijo—. Sostenme. Es más rentable.

La sostuve. Con el brazo izquierdo primero, por oficio, y luego con los dos, porque descubrí que el derecho ya podía con eso, con sostenerla a ella, que era la primera carga del año que no me importaba pagar.

Patinamos despacio, muy despacio, dando vueltas al centro del hielo, y en la tercera vuelta ella soltó una mano, y en la quinta soltó la otra, y en la séptima se soltó del todo y patinó sola tres metros con los brazos en cruz y la cara de haber descubierto un elemento nuevo de la tabla periódica.

—¡Estoy patinando!

—Está patinando —dije—. Técnica deplorable. Actitud notable.

—Tus cumplidos son un desastre.

—Estoy trabajando en ellos —dije—. Déjame tiempo.

Le enseñé lo básico, lo que me enseñó mi abuelo en el hielo de Font-Romeu cuando el mundo era simple: frenar con la cuña, doblar las rodillas, mirar al frente y no a los pies.

«Los pies saben», le dije. «La cabeza es la que estorba.

» Ella protestó con argumentos biomecánicos, yo protesté con argumentos de pista, y al final ganó el hielo, que siempre gana: a la décima vuelta patinaba sola, con la lengua entre los dientes y la concentración de una cirujana, y me hacía señas para que no la mirara mientras la miraba.

Hicimos carreras de un largo. Perdí todas, a propósito, malamente, con una actuación tan mala que ella se paró en seco y me dijo: «Ferrer, si me regalas una carrera más, te pongo en el parte como lesión cerebral.

» Hicimos la ola de los patinadores, que consiste en ella agarrada a mi brazo y yo tirando de los dos, y en una de las curvas se nos fue el equilibrio a los dos y acabamos en el hielo, sentados, riéndonos como no me reía desde los quince años, con el frío calándome el pantalón y ninguna gana de levantarse.

Seguimos dando vueltas, ya de la mano, sin prisa, con la respiración haciendo nubes pequeñas.

Y fue ahí, en la vuelta doce o trece, cuando me di cuenta de lo raro.

Llevaba un cuarto de hora buscando una metáfora de cartas para el momento —alguna jugada, algún farol, alguna mano que nombrara aquello— y no me salía ninguna.

Nada. El catálogo entero, agotado. No era una partida, no era una apuesta, no era una mesa con salidas contadas.

Era una mujer patinando mal en un hielo vacío a las dos de la mañana, y yo quería seguir cogiéndole la mano, y no había carta en la baraja para eso.

Así que se lo dije, que era la única jugada que me quedaba.

—Sabes que llevo un cuarto de hora intentando comparar esto con algo y no puedo.

—Es el hielo —dijo ella—. El hielo no admite comparaciones. Por eso me gusta.

—No —dije—. Es que contigo se me han acabado los juegos. No sé si es una lesión grave.

Paró de patinar. Me miró, con las mejillas rojas del frío y los ojos muy quietos, y dijo:

—Diagnóstico diferencial: o es grave o es bueno. —Se acercó, me cogió de la mano otra vez—. Vamos a la consulta. Hace frío y tengo una camilla con más historial que esta pista.

En la consulta, con la puerta cerrada y la luz del tubo bueno, el mundo se redujo a su tamaño exacto: una habitación, dos personas, ninguna salida que contar.

Le quité el abrigo con las manos torpes del frío y ella me quitó la chaqueta con las manos seguras de siempre, y nos reímos de la torpeza mía, que era nueva en ese territorio.

Habíamos hecho tantas veces el ritual de medir, palpar, evaluar, que el primer contacto de verdad vino cargado de una ironía que no necesitábamos decir: llevábamos meses tocándonos por oficio y ahora temblábamos por novicios.

—Aquí —dijo ella, guiándome, con la voz baja—. El paciente coopera.

—El paciente coopera demasiado —dije—. Sospechoso.

Se rio contra mi boca, y después ya no hubo más taquigrafía, ni más reglas, ni más parte.

Fue despacio y fue de verdad, con la mesa de los registros haciendo guardia y la ciudad entera durmiendo fuera.

Recuerdo las manos de ella en mi hombro malo, suaves, conociendo cada milímetro del daño mejor que yo mismo, sorteándolo con ternura de experta en daños.

Recuerdo las mías aprendiendo su espalda como se aprende un mapa nuevo, sin prisa, con la atención del inquilino eterno que de pronto tiene una casa.

Después, tendidos en la camilla estrecha que nunca había parecido tan grande, con la bata de ella haciendo de manta y el fluorescente fundido guardando su silencio de días impares, me quedé mirando el techo y pensé que había pasado media vida escondiendo cosas en habitaciones, y que era la primera vez que salía de una habitación queriendo que el mundo se enterara.

Ella dormía a ratos, con la mano en mi esternón, y yo hacía el inventario del momento como hacía el inventario de las mesas: qué había ganado, qué había arriesgado, qué quedaba en juego.

Había ganado algo que no sabía nombrar, lo cual era un problema léxico nuevo.

Había arriesgado la licencia de ella, mi contrato, el vestuario, la temporada entera.

Y lo que quedaba en juego era lo peor: no era mi hombro, que ya tenía fecha de caducidad asumida.

Era esto. Lo de la camilla. Lo que no podía permitirme perder porque no figuraba en ninguna póliza.

—Estás pensando muy alto —dijo ella, contra mi costilla.

—Estoy pensando en la regla uno.

—La regla uno sigue viva —dijo—. Esta habitación no cuenta. Es territorio extranjero.

—Marta.

—Mmm.

—Esto sí ha pasado.

Se incorporó sobre un codo, me miró con esa cara de los partes médicos, y dijo:

—Esto ha pasado. Registrado. Fechado. Sin revisión posible. —Se tumbó otra vez—. Y mañana fingimos que no, que es la parte que se me da mejor de las dos.

—¿Y si se me da mal fingir?

—Se le dará bien —dijo—. Es su profesión. —Me dio un golpecito en el pecho—. Ahora duerma. Son las tres y mañana hay entrenamiento, y si usted rinde mal, la sospechosa soy yo, por agotamiento de activos.