Capítulo undécimo — Noche de Copa #3
Dos lecturas posibles. Una: no había notado nada y mi paranoia necesitaba vacaciones.
Dos: había notado todo y había decidido, con la lealtad rara de las becarias que crecen en los clubs, que no era asunto suyo.
La lectura dos era peor y mejor a la vez: mejor porque implicaba silencio, peor porque el silencio de la gente que sabe es un activo que algún día se cobra, aunque sea en cariño.
Y añadí, en la misma libreta mental, la decisión: nada de ascensores en los hoteles. Escaleras. Siempre escaleras. Los secretos, como los manguitos rotadores, se fortalecen subiendo a pie.
El viaje de vuelta fue otra cosa. Iban ganados los cuartos, el equipo cantaba en el fondo —la canción de la Grada Norte con letra improvisada sobre el pabellón-nevera—, y hasta Vicho toleraba el ruido con cara de hombre feliz que finge molestia.
En el grupo de WhatsApp, «El Autobús (y el nuevo)», Brett subió la foto del vestuario celebrando, y alguien puso a Raúl de photoshop en el centro con una corona de laurel, y todo el mundo estuvo de acuerdo en que era la mejor foto del año.
Carmona cantó un solo en el pasillo y fue ejecutado con almohadazos.
Kuba sonrió dos veces, que en su escala era un orgasmo de alegría.
El autobús olía a cerveza sin alcohol, a ropa sudada y a equipo que por fin se reconoce en el espejo.
Yo miraba por la ventanilla la nieve rasa de la meseta, con el café de Eugenia todavía en la boca, cuando el teléfono vibró. Sara. Dos mensajes seguidos.
«Vuelve Feijóo. Ha pedido acreditación para el próximo partido en casa.»
Y el segundo:
«Pregunta por el cuerpo médico.»
Leí los dos mensajes tres veces, con el ruido del autobús cantando a mi alrededor y el frío del cristal en la manga.
Feijóo había estado en la zona mixta el día anterior; le había dado la espalda con la fórmula de la propia Sara; y veinticuatro horas después pedía acreditación para casa y preguntaba por el cuerpo médico.
No por el fichaje. Por el cuerpo médico. Por mí.
Miré tres filas atrás, por el reflejo de la ventanilla.
Pol dormía con la cabeza contra el asiento, la boca medio abierta, la cara de un niño cansado que no debía nada a nadie.
Tenía un secreto de cada color: uno en el brazo, que era mío para cuidarlo, y uno en el pecho, que era nuestro para guardarlo.
Y por primera vez, los dos secretos acababan de aparecer en la misma línea de un mensaje de dos líneas.
Escribí a Sara:
«¿Qué sabe?»
Tardó cinco minutos. Los peores cinco minutos del viaje.
«Nada todavía. Pero es Feijóo. No pregunta por algo: pregunta por alguien. Estate atenta. Y Marta: si hay algo que deba saber, el momento de contármelo es antes de que lo sepa él.»
Miré el mensaje mucho rato. Después miré otra vez por el reflejo, tres filas atrás. Después guardé el teléfono y me quedé viendo la nieve, haciendo lo que hacía siempre: inventario. Eugenia, amabilidad radiactiva. Feijóo, acreditación en casa. Sara, ofreciéndome una confesión que no podía hacer.
Porque eso era lo peor del mensaje de Sara, y tardé unos kilómetros en entenderlo del todo.
Ella no me preguntaba por Feijóo. Me preguntaba por mí.
«Si hay algo que deba saber.» Sara era la mejor lectora de personas que conocía, llevaba quince años oliendo historias, y me había estado viendo durante semanas: las sonrisas al teléfono, la tensión en la zona mixta, el café con las pupilas dilatadas.
No sabía nada. Pero olía algo, como olía Feijóo, y entre las dos fosas nasales de mi vida se estaba cerrando el círculo.
Pensé en contárselo. De verdad: ensayé la frase, «Sara, lo del diecinueve y yo», y la escuché en mi cabeza con la voz de ella contestando.
Sara me habría protegido. Sara me habría matado primero y protegido después, pero me habría protegido.
El problema es que ya no era mi secreto solo.
La regla cuatro lo decía con la letra de los dos: si esto se descubre, la versión la damos nosotros, juntos.
Yo no podía darle a Sara ni un borrador sin romper la única cláusula que nos hacía nosotros.
Bastos, pensé, en nuestro código nuevo. Bastos con hielo. Y no había manera de escribirlo sin romper la regla dos, así que me lo guardé en la libreta mental, junto a todo lo demás que no se podía escribir.
El autobús llegó a la Pista Norte a las dos de la mañana.
El equipo se dispersó entre bostezos y planes de desayuno, y yo cargué el botiquín hasta la consulta, lo dejé en su sitio, y me quedé un momento a solas con la luz de emergencia, en la habitación donde todo había empezado a torcerse bonito.
En la libreta de tapa dura, la de verdad, escribí la entrada del día antes de irme a casa:
«Copa: clasificados. Equipo: entero. Paciente P.F.: estable, disciplina total, riesgo autogestionado. Fisio M.C.: expuesta. Eugenia sospecha. Feijóo pregunta. Sara ofrece puerto. Pronóstico de la semana: inestable, con tendencia al desastre.»
Y debajo, porque soy incapaz de no hacer la anotación completa:
«Aun así: oros.»