Capítulo undécimo — Noche de Copa #2
Lo vi antes de que él me viera, apostado en el pasillo con su abrigo caro y su paciencia de arqueólogo. Pol venía por el túnel con la toalla al cuello, directo hacia él, y yo calculé la trayectoria en dos segundos y me planté en medio con la excusa más vieja del manual.
—Jugador —dije, con la voz de las órdenes—. Hielo en el hombro antes de hablar con nadie. Protocolo.
Pol se paró. Feijóo levantó una ceja.
—Doctora —dijo—. Qué celo. ¿Todos los jugadores tienen servicio médico de escolta en zona mixta, o solo los fichajes caros?
—Solo los que rinden, señor Feijóo —dije, y le sostuve la mirada con la fórmula de Sara: sonrisa, dato, puerta—.
Los que rinden son materia prima del club.
Lo demás es paisaje. Si quiere declaraciones, la jefa de prensa es Sara Urién; está en el palco y contesta más rápido que yo. Jugador: el hielo.
—El hielo —repitió Pol, solemne—. El protocolo no perdona, ¿verdad, doctora?
Y se fue, con la toalla al cuello y la espalda recta, dejándome sola con Feijóo, que me miraba con esa atención de archivo.
—Cifuentes, ¿no? —dijo—. Marta Cifuentes. He oído hablar de usted. La mejor fisio de la liga, dicen.
—Dicen mal —dije—. Soy la única fisio de la liga a la que le pagan por decir que no. Buenas noches, señor Feijóo.
Le di la espalda y me fui, con el corazón a ciento cuarenta y la lección de Sara intacta: nunca corras, nunca sonrías de más, nunca le des una segunda pregunta.
En el pasillo ya vacío me apoyé un momento en la pared fría.
Pregunta por los fichajes caros. Servicio médico de escolta.
Estaba oliendo, y esta vez lo que olía tenía bata blanca.
Repasé la escena con la pared fría en la espalda, buscando el error, igual que repaso una exploración.
¿Había intervenido demasiado rápido? Dos segundos de cálculo, quizá tres: demasiado rápido para una coincidencia, lo bastante rápido para una fisio profesional.
¿Había dicho algo raro? Hielo en el hombro: rutina.
Protocolo: palabra de la casa. No, el error no estaba en mí.
El error estaba en que Feijóo llevaba tres meses haciendo la pregunta correcta —¿por qué estaba libre Pol Ferrer?
— y de pronto había cambiado de pregunta.
Ahora preguntaba quién lo tapaba. Y los periodistas solo cambian de pregunta cuando la primera ya la tienen respondida.
Me guardé esa idea en el bolsillo de atrás, junto al frío. Me acompañó toda la noche.
El hotel era uno de esos hoteles de montaña con moqueta en los pasillos y radiadores que sonaban como gente mayor.
El club ocupaba dos plantas: jugadores en la tercera, cuerpo técnico y staff en la segunda.
Regla uno. Regla dos. Regla tres, que era la de la consulta como territorio, y que en los desplazamientos se interpretaba de manera flexible, porque la consulta era portátil.
La cena fue en el salón de la primera planta, con mantel de hule y vino de la casa, y el ambiente de victoria ya instalado: los veteranos recordando otras Copas, Brett haciendo el resumen del partido con las manos, los chavales escuchando a Raúl contar la semifinal del año del ascenso.
Pol se sentó con los de su línea, yo con el cuerpo técnico, y en toda la cena solo nos cruzamos una vez, cuando él se levantó a por agua y yo a por pan, en el mismo aparador, al mismo tiempo, por pura mala suerte estadística.
«Jugador», dije yo, cogiendo el pan. «Fisio», dijo él, cogiendo el agua.
Y cada uno a su mesa. Brett nos miró desde lejos con el tenedor en el aire, y luego se encogió de hombros y siguió comiendo, y yo anoté mentalmente que Brett empezaba a mirar de reojo, y que las miradas de reojo de Brett eran el barómetro más fiable de aquel vestuario.
Lo que pasó fue culpa del masaje postpartido, que se alargó hasta las doce porque Pol había cargado mucho la cadera en el último turno.
Mi consulta era la habitación 212, convertida en gabinete con la camilla plegable.
Trabajé con la puerta entreabierta, como siempre, con las reglas claras: tratamiento, conversación de volumen bajo, y cada uno a su planta antes de la una.
Fueron los mejores cuarenta minutos de la semana, y eso que no pasó nada que no pasara en todas las sesiones.
Trabajé la cadera, él habló del partido, yo le corregí dos cosas del calentamiento, me contó lo de Vicho y su «ya no estás de castigo» con la emoción mal disimulada de un niño de comunión.
Le dije que se le estaba pasando el efecto de fichaje, que ya casi era persona.
Me dijo que las fisios también se humanizaban con el uso.
Nos reímos bajito, con la puerta entreabierta y el pasillo en silencio, y por un rato el mundo fue una habitación de hotel con olor a linimento y ningún peligro a la vista.
A la una menos diez salí de la 212 —había subido a la tercera a devolver una venda que se había quedado en la bolsa de Pol, cosa de treinta segundos, diligencia puramente profesional, juro por mi colegiación que solo era eso— y llamé al ascensor.
Las puertas se abrieron. Dentro estaba Eugenia, con una pila de ropa de entrenamiento en brazos que le llegaba a la barbilla.
Tres segundos. Los tres segundos más largos de mi vida desde el partidillo de octubre.
Eugenia miró mi cara, luego el número de la planta en la que se había parado el ascensor —la tercera, la de los jugadores, la que a la una de la mañana no era mi planta—, y luego otra vez mi cara.
Es una chica rápida, Eugenia. Demasiado rápida para mi salud cardiovascular.
—Hola, Marta —dijo.
—Eugenia. —Entré en el ascensor con la calma de los quirófanos—. Urgencia muscular. El diecinueve tenía una contractura cervical y no había camilla libre abajo.
—Ah —dijo Eugenia—. Pobrecito.
Bajamos la planta en silencio. El silencio de los ascensores es medible en decibelios y en sospechas. Cuando se abrieron las puertas en la segunda, ella salió con su pila de ropa, se giró, y me dijo con una sonrisa perfecta:
—Que se mejore el diecinueve. Y que descanses tú también, ¿eh? Se te nota cansada. Mucho.
Se fue pasillo adelante, tarareando. Yo me quedé en mi puerta, con la tarjeta en la mano, traduciendo.
«Que descanses tú también.» Ninguna becaria le dice a la jefa de médicos que descanse.
Ninguna. Era un mensaje, y el mensaje era: no he preguntado nada.
Preguntar es lo que se hace cuando no se sabe. Eugenia no había preguntado nada.
A la mañana siguiente fue peor: me trajo el café a la habitación.
Ella, que jamás me había traído un café.
«Para la fisio más trabajadora del norte.
» Sonrisa de ángel. Amabilidad radiactiva.
La amabilidad excesiva es el primer síntoma de la certeza ajena; lo apunté en la libreta mental con letra muy pequeña.
Durante el desayuno hice la prueba, porque soy científica hasta en el pánico: dejé caer, delante de Eugenia, que el diecinueve se había quejado del cuello toda la noche.
—¿Ah, sí? —dijo Eugenia, con la boca llena de tostada—. Pobrecito. ¿Y qué le diste?
—Calor seco y estiramientos.
—Mmm —dijo—. Funciona siempre. —Y me sonrió, y siguió con su tostada, y no hubo ni un pestañeo de más.