Capítulo undécimo — Noche de Copa
El Reglamento de lo que No Estaba Pasando cumplió su primera semana con un expediente de ejecución que yo misma habría firmado como impecable, si no fuera porque el expediente lo escribía la principal interesada.
La segunda semana fue más difícil, porque la segunda semana es cuando la disciplina se convierte en costumbre y la costumbre en descuido.
Lo noté el miércoles: pasé por la pista a media mañana y Pol estaba haciendo finalización con los chavales del filial, enseñándoles el amague de muñeca con la paciencia de un maestro de escuela, y me quedé mirando veinte segundos de más desde el túnel.
Veinte segundos. Aitor pasó a mi lado y dijo, sin pararse: «Si miras más rato, te cobro entrada.
» Me fui con las orejas como brasas y la regla uno tambaleándose.
El jueves, en la sesión, se lo conté. Era parte del trato: los martes, la verdad.
—Veinte segundos —dijo él, desde la camilla, con la sonrisa—. Es mi récord. El anterior era de quince, de una ojeadora sueca.
—No es gracioso —dije—. Aitor lo notó.
—Aitor lo nota todo. Aitor notó mi hombro antes que mi agente. —Se incorporó sobre los codos—. Marta. Vamos a equivocarnos. Los dos. La regla uno no es no equivocarse: es no equivocarse dos veces seguidas en el mismo sitio. Eso sí es de casinos.
Le miré un momento. Odiaba cuando tenía razón con acento de ruleta.
—Apuntado —dije—. Veinte segundos. Multa: una cena.
—¿Cuándo la pago?
—Cuando haya un sitio en este pueblo donde no nos conozcan —dije—. O sea, nunca. Acumulará intereses.
Las reglas funcionaban. En el club, cero contacto: él era «jugador», yo era «fisio», y nuestras conversaciones públicas tenían la chispa de un parte meteorológico.
Los mensajes viajaban en clave de cartas, y yo, que nunca había jugado a nada más serio que al parchís, me estaba aficionando al código con una velocidad que me preocupaba.
Oros: buenas noticias. Copas: personal. Espadas: problema.
Bastos: necesito verte. Habíamos añadido subcategorías —copas de café, oros dobles, espadas con hielo— y Eugenia, que me veía sonreír al teléfono en el comedor, me preguntó un día si estaba jugando al Wordle.
—Algo así —dije.
—A mí me pasa con el fantasía —dijo ella, solidaria—. Mi novio dice que es una enfermedad.
Casi le doy la razón por protocolo.
Lo que nadie te cuenta de los secretos es el trabajo administrativo.
Uno imagina la pasión, los riesgos, la adrenalina de película; la realidad es una contabilidad minuciosa: quién te ha visto, dónde, desde qué ángulo, con qué excusa disponible.
Yo llevaba una hoja de cálculo mental con tres columnas —exposición, coartada, probabilidad— y la actualizaba cada noche con más celo que la de la plantilla.
Había desarrollado habilidades nuevas: abrir puertas con el pie mientras miraba el pasillo, memorizar los horarios del personal de limpieza, detectar de qué lado soplaba la curiosidad del vestuario.
Nueve años de formación científica, doctorados de la vida, y mi principal competencia nueva era saber cuándo pasaba el utilero por el pasillo B.
Valió la pena. Lo digo sin romanticismo y con la evidencia por delante: valió la pena.
Porque entre exposición y coartada, en medio de la hoja de cálculo, había una persona que se reía con las cejas, que me dejaba notas en clave en la mesa, que había convertido mi consulta de linimento en el único sitio de Madrid donde no hacía falta fingir nada.
Los fisios no creemos en las sustancias milagrosas.
Aquel otoño, sin receta y sin estudios que lo respaldaran, yo tenía una.
La semana de Copa fue la primera prueba de verdad del sistema: desplazamiento largo, hotel compartido, cuarenta personas en un ecosistema cerrado de cuatro plantas.
Salimos el viernes por la tarde, rumbo al norte otra vez, porque el sorteo nos había castigado con el campo más feo de la competición en la fecha más fría del año.
Los cuartos de final de la Copa del Rey, a partido único, en casa de un equipo de montaña con más historia que presupuesto y un pabellón que era una nevera con gradas.
En el autobús, Pol se sentó en su sitio de siempre —ya no era el asiento del baño; había ascendido dos filas, lo cual en la geopolítica del autobús era un tratado de paz— y yo me senté en la mía, tres filas por delante, y no cruzamos una palabra en seis horas.
Solo un mensaje, a la segunda hora, que me llegó con el teléfono boca abajo:
«Copas dobles. El norte me sienta mal desde octubre. Reporte: el paciente viaja armado de sonrisa.»
Contesté sin girarme:
«Recuerde la regla uno. Y póngase la bufanda, que en el norte hiela hasta la retórica.»
El viernes por la noche, en el hotel, Vicho dio su charla de Copa con la pizarra portátil: «¡MAÑANA NO HAY MAÑANA!
¡LA COPA ES UNA TRAMPA PARA EQUIPOS QUE PIENSAN!
¡SE JUEGA CON LAS TRIPAS!» Y a continuación, en un giro que nadie esperaba, señaló a Pol: «Tú.
El gol del norte te lo debo. No te lo dije entonces porque estabas de castigo por nuevo.
Ya no lo estás.» Salió de la sala dejando un silencio de los buenos, y yo vi a Pol quedarse mirando la puerta con una cara que solo le había visto en la consulta, la cara de la propiedad privada recién escriturada.
JR también había viajado, como hacía en las noches grandes.
No dijo discurso; se limitó a cenar con los veteranos y a escuchar, y al retirarse pasó junto a mi mesa y dijo, sin pararse, con esa costumbre suya de lanzar las frases como quien siembra: «La Copa la ganan los equipos que no tienen secretos entre ellos, Marta.
» Y siguió andando, y yo me quedé con el tenedor a medio camino, preguntándome si era una frase de las suyas o una frase para mí, y decidiendo, por sanidad, que era de las suyas.
Con JR nunca se sabía. Con JR nunca se sabe nada, y por eso funda clubs.
El sábado entrenamos en el pabellón rival, en sesión de reconocimiento.
El hielo era rápido y malo, con una zona blanda en la esquina norte que Sebas habría denunciado ante un tribunal.
Yo anoté la zona en el parte de riesgos y se lo hice saber a Vicho, que lo hizo saber a gritos.
Pol pasó por la esquina norte tres veces en el calentamiento, memorizándola, y a la tercera me buscó con los ojos y levantó el pulgar izquierdo.
El izquierdo. Lo anoté también, en la otra contabilidad.
El partido fue el domingo por la tarde, y fue, hasta entonces, el mejor partido de la temporada.
No por el juego, que fue feo como todo lo que se juega a menos dos grados, sino por el equipo.
El Árticos que salió a ese hielo era por primera vez un solo animal: la línea de Aitor trabajando como una fábrica, los chavales corriendo lo suyo y lo ajeno, Iván Redondo sosteniendo la portería con las dos paradas del año, y Pol.
Pol estuvo en todas partes, con esa versión suya que empezaba a ser costumbre: sin un solo gesto de más, cada pase con dirección, cada turno de vuelta antes de que el cansancio le delatara.
Dio la asistencia del primer gol, robó el disco del segundo, y en el tercer periodo, cuando el rival apretaba con el hielo a favor, se pasó tres minutos defendiendo en zona propia como un defensa más.
Hubo un momento del segundo periodo que solo yo vi entero.
Pol cayó en la esquina norte —la zona blanda, la del parte de riesgos— y se quedó un segundo de más en el hielo, medio segundo apenas, antes de levantarse.
Para el pabellón fue una caída de las cien del partido.
Para mí fue un electrocardiograma: vi la decisión en su cuerpo, el microsegundo en que eligió no apoyar el brazo derecho para levantarse, la compensación de la cadera, el gesto rehecho.
Se levantó, sonrió al defensa, siguió jugando.
Nadie aplaudió. Yo apunté en la libreta mental: «Evita apoyo D incluso en caídas rutinarias.
Disciplina total. Riesgo: la disciplina misma.
» Porque esa es la trampa de los planes buenos: para cumplirlos hay que estar pensando siempre, y el hockey es un deporte que no deja pensar.
Yo lo veía desde el banquillo con el botiquín entre los pies y una doble contabilidad: la del partido, como todos, y la suya, la de sus contactos, sus cargas, sus apoyos del brazo.
Gastó menos que nunca. Ganó más que nunca.
Nadie más en el pabellón sabía leer esa ecuación, y hubo un momento, en el segundo periodo, en que me pillé a mí misma sonriendo detrás del banquillo y tuve que convertir la sonrisa en tos con una rapidez que me habría valido un premio de la especialidad.
Ganamos por un gol, en el tercer periodo, con la grada local gruñendo y los nuestros abrazándose como hacía años que no se abrazaban en esta casa.
Pasábamos a semifinales de Copa. Vicho entró en el vestuario visitante rugiendo tan fuerte que el techo se sacudió: «¡ESTO!
¡ESTO ES UN EQUIPO! ¡LO QUE SEA QUE HABÉIS CENADO AYER, LO MISMO EL MARTES!
» Y el vestuario cantó, y por primera vez oí a Pol cantar con ellos, mal, desafinando, con la cara roja y los ojos brillantes, y nadie le miró raro.
Después vino el momento que nadie había escrito en el calendario y todo el mundo recordó semanas después: Aitor pidió silencio.
El capitán no pedía silencio casi nunca, así que lo consiguió en un segundo.
Se quitó el casco, miró el vestuario, y dijo tres frases, que era su discurso más largo del año:
—Esto se gana con todos. Con los que juegan y con los que no. Con el abuelo en la bicicleta y con Óscar en su casa. —Se le quebró la voz una pizca, una sola—. La Copa se ha ganado hoy. Ahora se defiende. Hielo en las venas.
—¡Hielo en las venas! —rugieron todos, y yo rugí también desde mi rincón, con el botiquín en la mano, y no me dio vergüenza ninguna.
En la zona mixta, Feijóo.