El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo décimo — Tiempo muerto #3
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Capítulo décimo — Tiempo muerto #3

Y me tendió el bolígrafo.

Firmé. M.C. y P.F., dos siglas en una libreta de pecados, con la fecha del domingo doce de noviembre. El documento más legal de mi vida.

Se cerró la libreta. Se cerró la consulta. Se cerró la noche, con la puerta del pabellón y la promesa del lunes fingiendo ser martes. Lo demás de aquella noche queda fuera de este registro, que es donde quedan las mejores cosas de todas las historias: fuera del registro.

Salimos por separado, por supuesto: ella primero, yo diez minutos después, con la distancia aprendida de los espías de barrio. En el aparcamiento, bajo la farola fundida de la esquina, nos cruzamos por última vez sin testigos, y ella bajó la ventanilla del coche y me dijo, con la voz de los partes:

—Recuerde el tratamiento para esta noche, jugador. Posición lateral izquierda. Sin excepciones.

—¿Y si la posición me trae recuerdos?

—Los recuerdos no son una contraindicación —dijo—. Son un efecto secundario frecuente. Buenas noches.

Se fue. Yo me quedé mirando las luces de su coche perderse por la avenida, con las manos en los bolsillos y el corazón haciendo horas extra, y pensé que la regla uno iba a ser mucho más cara de lo que había presupuestado la libreta.

Llegué al estudio pasada la una. La paloma dormía. Yo no. Me senté en la cama, saqué la baraja de la mesilla, y barajé sin jugar, pensando.

Pensé que llevaba toda la vida jugando partidas en las que alguien me tasaba, y que por primera vez estaba en una en la que no había tasación posible.

Ella no quería mis goles, ni mi valor de mercado, ni mi hombro entero.

Me quería a mí, con el paréntesis y todo.

No había carta para eso. En cuarenta cartas no hay ninguna que diga «alguien te ve y se queda».

Abrí el abanico sobre la colcha y busqué una carta. No la mejor —la mejor es siempre sospechosa— sino la correcta. El as de oros. El de verdad, el de los comienzos, la moneda antes de que la moneda aprenda a ser sueldo, la única carta de la baraja que promete sin presumir.

A la mañana siguiente, en el pabellón, esperé a que la consulta quedara vacía y la deslicé dentro de su carpeta de registros, entre la sesión del jueves y la del lunes. Sin nota. Sin nombre. Los dos sabíamos quién ponía las cartas en esa relación, y quién ponía los diagnósticos.

El lunes fue también el primer día del Reglamento en vigor, y descubrimos los dos que éramos malísimos cumpliéndolo.

Nos cruzamos en el pasillo de dirección a media mañana.

Yo venía del gimnasio, ella de la consulta, y durante diez metros ejecutamos el protocolo de dos profesionales que no se conocen de nada: mirada al frente, paso constante, ni un gesto.

Fue la actuación más estudiada de mi carrera, incluyendo la del hombro.

Al cruzarnos, ella dijo «jugador» con voz de recepcionista y yo dije «fisio» con voz de factura, y seguimos cada uno por su lado con la cara roja de contener la risa.

En el comedor, me senté en mi extremo de siempre y ella en la mesa del cuerpo técnico, y no nos miramos ni una vez en cuarenta minutos, con una disciplina que habría sido perfecta si no fuera porque Brett, a mi lado, dijo de pronto: «¿Por qué sonríes, nuevo?

» Y yo dije: «No sonrío.» Y Brett: «Sonríes desde que te has sentado.

Es inquietante.» Y yo: «Son gases.» Y Brett, con la sabiduría de los canadienses: «Los gases no sonríen tanto, hermano. »

Sobrevivimos al día. Regla uno: intacta, aunque con bajas.

La regla dos, en cambio, empezó a producirse en serie. A media tarde, mientras esperaba mi turno en la sala de fuerza, me llegó el primer mensaje en clave de la historia de nuestra relación, canal oficial, una sola palabra:

«Copas.»

Miré alrededor. El gimnasio lleno, Vicho gritando en la pista, el mundo en orden. Contesté:

«¿Copas de qué tipo? El reglamento exige especificidad.»

«Copas de café. En mi despacho hay una máquina nueva. Pruebe y reporte. Firmado: su proveedor de servicios médicos.»

Sonreí al teléfono con cara de parte de lesiones. Carmona me miró de reojo. Puse cara de resonancia mala.

—El fantasía —le dije—. Lesiones en mi equipo. Tragedia.

—Ah —dijo Carmona, que jugaba también—. ¿A quién tienes?

—A todos —dije, guardando el móvil—. Soy muy de acumular riesgo.

A las doce me llegó un mensaje. Canal oficial, cuatro palabras, en su taquigrafía de siempre:

«Hallazgo: objeto. Naturaleza: incorruptible.»

Y debajo, un minuto después, una segunda línea, que no era taquigrafía, que era otra cosa, que era ella entera en seis palabras:

«Se queda en el expediente. Gracias.»

Me quedé con el teléfono en la mano, en medio del comedor, con Brett comentando un vídeo a mi lado y el mundo entero sin enterarse de nada.

Miré el mensaje hasta que la pantalla se apagó.

Luego contesté, en nuestro código nuevo, con una sola palabra que no necesitaba traducción para nadie más que para ella:

«Oros.»

Tardó un minuto. El teléfono vibró.

«Oros confirmados. Pronóstico: favorable. Reevaluación: continua.»

Y esa noche, en el estudio, eché un solitario por primera vez en una semana, por pura nostalgia del oficio.

Gané, como siempre. Pero por primera vez me dio exactamente igual: había encontrado una partida en la que ganar no dependía de mí solo, y eso, que debería haberme asustado, me dejó dormir del tirón hasta que sonó el despertador.