El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo décimo — Tiempo muerto #2
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Capítulo décimo — Tiempo muerto #2

—Por eso, cuando me llegó su caso. Lo de la corrección institucional. Yo ya había visto esa película y no me gustaba el final. —Apretó el último punto, soltó la banda—. No se lo cuente a nadie. Tengo fama de dura y me cuesta mantenerla.

—Su secreto está en mi expediente —dije—. Página uno, junto a mis cuarenta y dos grados.

Se fue a lavar las manos, y yo me quedé en la camilla, con el brazo colgando, pensando que llevábamos dos meses midiéndonos los límites y que aquel jueves, sin aparatos, habíamos medido por fin el que importaba: el de hasta dónde llega cada uno por el otro.

Todavía no lo sabíamos. Los dos lo sospechábamos ya.

El sábado, el grupo de WhatsApp cambió de era.

Fue de casualidad, como todo lo importante. Alguien subió un vídeo de una caída de Vicho en el entrenamiento —se había resbalado demostrando un giro, con la dignidad por los suelos— y el grupo ardía en piques. Yo vi el hueco y lancé mi cuarto intento de la temporada:

«POL: El giro estaba bien. Lo que falló fue el hielo. Propongo cambiar de hielo.»

Silencio. El de siempre. Ya me había acostumbrado; lanzaba los mensajes como se echan monedas a una fuente, sin mirar.

Y entonces: «RAÚL: Jajaja. El hielo ya se cambia solo, chico. Se cambia de dueño. Pregúntale a Óscar.»

Dos segundos. Y de repente, la avalancha: «brETT: JAJAJAJA RAÚL.» «KUBA: El abuelo ha ganado internet.» «JIMÉNEZ: alguien que enmarque esto.» Veinte mensajes seguidos, risas, fuegos, y mi mensaje ahí, en medio, citado, reído, parte de la fiesta por primera vez.

Me quedé mirando el móvil en la cocina del estudio, con el tupper en la mano, y me reí solo de verdad.

El viejo había gastado un chiste de los suyos, de los de raíz, para sacarme a mí de la cuneta.

Los veteranos hacen eso: gobiernan desde la grada.

Raúl sabía exactamente lo que hacía; le había dado al grupo permiso para reírse conmigo, y el grupo, que llevaba dos meses esperando el permiso, se había lanzado como un solo hombre.

Se lo agradecí el lunes, en el gimnasio. Él estaba en su bicicleta, yo pasaba con mis bandas elásticas, y me paré dos segundos.

—Lo del sábado —dije—. Gracias.

—¿El qué? —dijo Raúl, sin dejar de pedalear—. Yo no hago nada. Estoy lesionado, no me dejan hacer nada.

—Ya.

—Lo que sí te digo —siguió, mirando al frente— es que un vestuario es como una rodilla. Si lo fuerzas, se hincha. Si lo trabajas despacio y con cabeza, responde. Tú sigue trabajando despacio y con cabeza. —Cambió de piñón—. Y no me des las gracias, que me desconcentro y me quedan veinte minutos.

Al día siguiente, Eugenia hizo lo suyo: cambió el nombre del grupo.

«El Autobús» pasó a llamarse «El Autobús (y el nuevo)».

Sin anuncio, sin encuesta. Simplemente apareció así, y Brett puso un «por fin se respetan las tradiciones», y nadie protestó, y yo estuve un buen rato mirando el nuevo nombre con una sonrisa que no le habría enseñado a nadie por nada del mundo.

El paréntesis. Me habían dado un paréntesis.

No era un apodo, no era un sitio en la mesa, pero era la primera vez que mi existencia figuraba en el nombre de algo de aquel club, en letras grandes, en la cabecera del grupo que leían veintitrés personas cada día.

Eugenia me lo explicó después, en el pasillo, con orgullo de administradora: «Es que ya no eres el nuevo nuevo.

Eres el nuevo. Se progresa.» Le dije que era el mejor ascenso de mi carrera deportiva. No era del todo broma.

El domingo doce de noviembre me quedé hasta tarde en la consulta.

Era la tercera sesión de la semana, movida al domingo por el calendario de partidos, y se alargó porque el hombro estaba en uno de esos días buenos que hay que aprovechar.

Trabajamos hasta que el pabellón se quedó vacío.

Oímos irse a los últimos, oímos la máquina de Sebas empezar su ronda, oímos el silencio gordo de los edificios que se duermen.

Marta seguía a mi lado, repasando la tabla de progresos a la luz de la mitad de los fluorescentes —el otro tubo, el de los días impares, estaba fundido desde octubre— y yo estaba sentado en la camilla, con la camiseta sudada y el brazo colgando, mirándola.

Mirándola de verdad. Sin reflejo de autobús ni disfraz de protocolo.

Llevaba semanas haciéndolo a escondidas, y aquella noche, con el pabellón dormido y la semana ganada, se me acabó el escondite.

La miré hacer lo que hacía siempre: la tabla en una mano, el bolígrafo en la otra, la ceja levantada sobre algún número que no le cuadraba.

La miré trabajar. Hay gente que es hermosa posando y gente que es hermosa trabajando; ella era de la segunda especie: la que no sale en las fotos, la que solo se ve si uno tiene la suerte o la desgracia de quedarse hasta tarde.

Pensé en todo lo que sabía de ella a esas alturas.

Que medía el mundo con aparatos y le fallaba uno, el mío.

Que se reía con las cejas. Que había puesto su carrera encima de mi mesa sin decírmelo, y que yo me había enterado por una frase de un domingo.

Que juraba por los datos y los estaba traicionando por mí, cuatro puntos por semana, con la letra temblando.

—Marta —dije.

—Mmm.

—Contigo no finjo.

Se giró. Me miró con los brazos cruzados y la tabla en la mano, esperando el resto, porque llevaba dos meses aprendiendo que conmigo siempre había un resto, un remate, una carta escondida.

Y por una vez no la había. Así que se lo dije entero, que era lo único que quedaba por decir en esa habitación:

—Ni el hombro ni lo demás. Ya no sé fingir delante de ti. Se me ha estropeado el mecanismo.

La luz del tubo fundido parpadeó una vez. Marta no se movió. Yo tampoco, porque hay momentos en los que moverse es una forma de retirarse. La miré, ella me miró, el pabellón entero contuvo la respiración con nosotros, y entonces di un paso —uno, el que separaba la camilla de la mesa— y la besé.

O ella me besó. Nunca se lo pregunté, y nunca lo aclaramos, y está bien que quede así, en propiedad compartida.

Fue un beso de consulta, si existe esa categoría: torpe al principio, con la tabla de progresos crujiendo entre los dos, y luego no torpe en absoluto.

Olía a linimento y a café recalentado y a domingo.

Yo tenía un brazo que no valía para sujetarla bien y lo descubrí entonces con una rabia dulce, y ella lo notó, claro que lo notó, y me lo colocó alrededor de la cintura con sus propias manos, como se coloca una venda, con esa competencia suya que me desarmaba.

Duró lo que duran esas cosas, que es siempre menos de lo que uno pediría y más de lo que cabe en una vida.

En algún momento la máquina de Sebas dejó de oírse en la pista, y noté el silencio nuevo como se nota un cambio de periodo.

En algún momento ella puso la mano en mi pecho, sobre el corazón, y supe que no me lo estaba midiendo.

En algún momento pensé, con la parte de la cabeza que nunca se calla: esta es la mano que no se juega, esta es la que se enseña.

Cuando nos separamos, ella dio medio paso atrás. Respiró. Se alisó el jersey. Y entonces, con la voz de los partes médicos, la de los martes, la de «el paciente presenta», dijo la frase más suya y más nuestra de todas las que vinieron después:

—Esto no ha pasado. Y va a volver a pasar.

—¿Es un diagnóstico?

—Es un pronóstico —dijo—. Confiabilidad alta. —Se recolocó el pelo, y solo en eso, en las manos, se le notó algo—. Y ahora, el reglamento.

—¿Hay reglamento?

—Acabamos de infringir al menos cuatro normas del código deontológico y una del sentido común —dijo—. Si vamos a hacer esto, y vamos a hacerlo, se hace con reglas. Siéntese, Ferrer. Se levantan actas.

—¿Puedo alegar en mi defensa?

—Puede alegar en su defensa que fue el paciente el que besó a la fisio —dijo, sentándose en su silla con la dignidad recuperada a toda velocidad—. Constará en acta. No le servirá de nada, pero constará.

—¿Y si fue la fisio la que besó al paciente?

—Entonces el paciente tiene un caso de estudio para su bibliografía de mala calidad —dijo—. ¿Redactamos o prefiere seguir de juicio?

Me senté. Ella cogió la libreta —la de tapa dura, la buena, la de los pecados— y la abrió por una página limpia. Y entre los dos, aquella noche, redactamos el Reglamento de lo que No Estaba Pasando, que quedó así, en su letra ordenada:

Uno. En el club, nada. Ni miradas, ni gestos, ni coincidencias de pasillo. En el club eres un jugador y yo soy tu fisio, y el que se salga del papel paga una cena.

—Esa la pongo yo —dije—. Y la cena la paga usted, que tiene sueldo fijo y yo tengo contrato de riesgo.

—La cena la paga el infractor —dijo, escribiendo—. Democracia gastronómica.

Dos. Los mensajes, con código. Nada de nombres, nada de horarios sospechosos. Si hay que avisar de algo, se habla de otra cosa.

—Propongo las cartas —dije—. Los palos. Oros es buena noticia, copas es personal, espadas es problema, bastos es—

—¿Bastos?

—Bastos es que necesito verla —dije—. Es mi palo. Soy de bastos.

—Bastos es un palo de mala suerte.

—Soy autodidacta —dije—. ¿Firmado?

—Firmado.

Tres. La consulta es territorio profesional durante las sesiones. Lo que pase después del último paciente es otro país.

Cuatro. Si esto se descubre, la versión es la verdad, pero la damos nosotros, juntos, cuando toque. No nos la quitan.

Cinco. El hombro manda. Si el hombro dice basta, todo lo demás se para. Incluido esto.

—Esa es injusta —dije—. Mi hombro no gobierna mi vida.

—Su hombro gobierna mi licencia —dijo ella—. Y yo no apuesto mi licencia contra su labrum ni en broma. ¿Firmas?

—Falta una —dije—. La seis.

—No hay seis.

—La seis es mía —dije—. Si esto sale bien, si llegamos a diciembre con el hombro entero y la licencia intacta, la regla uno se deroga. En público y todo. Con cena, pero la invito yo.

Me miró un momento largo, y por una vez no vi la calculadora funcionando detrás de sus ojos.

—Esa no se escribe —dijo al final—. Esa se juega. —Pero sonrió al decirlo, y la anotó igual, con una anotación al margen que no me dejó leer.