Capítulo décimo — Tiempo muerto
El pacto de silencio tenía, a las dos semanas, un efecto secundario que ninguno de los dos había previsto: funcionaba.
Aquellas dos semanas fueron, vistas desde fuera, las más aburridas de mi vida: pabellón, gimnasio, estudio, bandas elásticas, hielo, dormir.
Vistas desde dentro fueron otra cosa. Tenía un plan, y el plan era de alguien que sabía lo que hacía, y hacerlo me ocupaba las horas que antes gastaba en esconderme.
Es sorprendente lo cansado que se sale de mentir y lo descansado que se entra en la verdad, aunque la verdad sea subterránea y venga con fecha de caducidad.
El hombro respondía. No milagrosamente —los milagros no existen, existen los manguitos bien trabajados— pero respondía.
El déficit se había estabilizado, el dolor nocturno había bajado de cuatro despertares a uno, y yo dormía por primera vez desde marzo como duermen los humanos: del tirón y sin negociaciones.
La medicación pautada por Marta era la mitad de agresiva que la mía y el doble de eficaz, lo cual me molestó profesionalmente durante dos días.
Había, eso sí, un efecto colateral que no figuraba en el plan: cuanto mejor me encontraba, peor concentración tenía en las sesiones.
Es difícil mantener la mirada clínica cuando la fisio te corrige la escápula con la punta de los dedos y te dice «aquí» con esa voz de los martes.
Yo hacía mis ejercicios con la boca cerrada y la mente en cualquier parte.
Ella medía con su cara de funcionaria, y solo de vez en cuando, una de cada veinte veces, se le escapaba algo por la comisura, y esas eran las mediciones que yo esperaba.
El sábado anterior, en casa, había marcado otra vez.
Un gol de segundo palo, feo, de rechace, que jamás sale en los carteles, y la celebración fue distinta por primera vez: Brett me tiró del pelo, Carmona me gritó algo al oído que no entendí pero que sonaba a himno, y el banquillo entero se levantó como se levanta por los propios.
La Grada Norte cantó mi nombre una vez. Una.
No la canción entera —todavía no había canción, eso era propiedad de tres o cuatro elegidos— pero una fila de sesenta tipos gritando «¡Ferrer!
» al unísono es una catedral de emergencia.
En el vestuario, Aitor me dio la enhorabuena con su apretón de manos de capitán y me dijo, mirándome a los ojos: «Así se entra en una casa.
» Me quedé con la frase, como me quedaba con todas las monedas.
Y las sesiones habían cambiado de naturaleza sin que nadie firmara el cambio.
Seguíamos yendo tres veces por semana, seguíamos midiendo, seguíamos apuntando.
Pero en algún momento de esas dos semanas, la consulta dejó de ser un campo de minas para convertirse en otra cosa.
Ya no medía yo mis palabras. Ya no medía ella los silencios.
Hablamos. De todo, menos de lo único, que no hacía falta: estaba encima de la camilla, con forma de hombro, y ya tenía turno de palabra propio.
Fue el jueves nueve de noviembre cuando la conversación se salió del carril por primera vez, y fue culpa de ella, cosa de la que dejo constancia.
—La cantera de la Cerdanya —dijo, trabajándome el manguito—. ¿Cómo era?
—¿Eso es anamnesis?
—Es conversación —dijo—. Los pacientes que hablan se relajan. Los que se relajan rinden un diez por ciento mejor en las pruebas de fuerza. Es literatura. Revisada por pares y todo.
—Es curiosidad disfrazada de literatura.
—Es mi consulta y yo elijo el disfraz. Hable. Y sin mirar el techo, que el techo no es un buen confidente.
Y hablé. No sé muy bien por qué; supongo que llevaba años sin que nadie me preguntara eso sin una grabadora delante.
Le conté la residencia de la cantera, los cincuenta chavales de doce países comiendo en una cocina comunal.
Le conté que los viernes el director deportivo pasaba lista y que la lista era una clasificación, y que todos sabíamos nuestro puesto igual que se sabe uno la talla de pie.
Le conté que a los dieciséis te asignaban un «proyecto de valor»: techo alto, techo medio, relleno de plantilla.
Le conté que un año me lesioné el tobillo en febrero y que en la lista de junio había bajado dos puestos sin haber jugado un solo partido malo, y que aquel verano entendí cómo funcionaba el mundo: el cuerpo era la acción, y la acción cotizaba.
—¿Usted sabe lo que es crecer con un precio?
—dije—. No con un sueldo, eso es sano. Con un precio.
El sueldo es lo que cobras por jugar; el precio es lo que vales por si te venden.
En la cantera nos lo enseñaban sin maldad, igual que se enseña la táctica: tu valor de mercado es parte de tu equipamiento, cuídalo como las botas.
Había un preparador, un tipo entrañable, que nos decía «los goles se celebran y el valor se administra». Doce años teníamos. Administrábamos.
—¿Y tus padres?
—Mi padre se quedó en Font-Romeu —dije—.
Es mecánico. Para él el hockey es lo que hago los fines de semana, en ese orden.
Mi madre venía a verme una vez al mes y me medía.
Con la mano en la cabeza, así. —Lo hice, con mi propia mano—.
Era la única tasación que me gustaba: un centímetro más, dos centímetros más.
Ella no medía valor; medía hijo. Cuando me fui de la residencia a los quince, me dijo una sola cosa: «Que no te pesen.
» Tardé doce años en entender que no hablaba de la báscula.
—El peor día no fue cuando me dejaron libre —dije—.
El peor día fue uno de la cantera. Un chaval de mi habitación, un portero letón, se rompió la espalda en un entrenamiento.
Nada grave: seis meses. Al mes siguiente no estaba en la lista.
Ni abajo. No estaba. Lo llamaron al despacho, le devolvieron las cosas en dos cajas, y la residencia siguió funcionando como si nunca hubiera existido.
Teníamos dieciséis años. Cenamos aquella noche con su silla vacía y nadie dijo nada, porque todos estábamos haciendo la misma cuenta: qué silla será la próxima.
Marta trabajaba en silencio, con las manos quietas en mi hombro.
—¿Y qué fue de él? —dijo al final.
—Volvió a Letonia. Juega en tercera. Es feliz, según sus redes. —Me reí sin gracia—. La felicidad de tercera división. Eso era lo que yo evitaba a toda costa. Esa silla vacía, ese comedor de los dieciséis años haciendo cuentas en silencio.
—Eso no es ambición —dijo ella—. Eso es supervivencia. Son primos hermanos y se parecen mucho, pero no cobran lo mismo ni se curan igual.
Dejé que me girara el brazo. El manguito quemaba lo justo.
—Su turno —dije.
—¿Cómo?
—Usted empezó. Ahora le toca: ¿por qué una fisio con su currículo entierra su carrera en un club que huele a cerveza y a naftalina?
Marta dejó las manos quietas un segundo. Luego siguió trabajando, y mientras trabajaba, habló, con la voz llana de la herida vieja.
—Hice la residencia en un hospital grande —dijo—.
Servicio de traumatología deportiva, el mejor del país.
Mi tercer año me tocó un jugador de balonmano, veintidós años, rodilla compleja.
Yo llevaba su caso. El tratamiento correcto era una cirugía larga y fea, de esas que dejan la carrera coja pero la vida entera.
Pero el club del chaval presionaba: necesitaban el alta en cuatro meses, para la fase final.
Y el servicio, que tenía convenio con el club, eligió la vía rápida.
Meniscectomía parcial, infiltración, alta exprés.
Todo legal. Todo protocolario. Todo correcto.
—Yo era la residente —siguió—. La última de la fila.
Puse una nota en el historial, con fecha y hora, diciendo que no estaba de acuerdo.
Mi tutora me llamó a su despacho y me explicó, con mucha amabilidad, que las notas disidentes «generaban ruido documental».
Ruido documental. Me aprendí la frase para siempre.
—Movió la cabeza—. Retiré la nota. La retiré yo, con mi mano, a los veintiséis años.
Eso es lo que nadie te cuenta de los sistemas: no te obligan a nada. Te enseñan a obligarte tú.
—Y salió mal.
—Salió perfecto —dijo—. Jugó la fase final.
Ganaron. Yo estaba en la grada, con mi credencial de residente, cuando se le fue la rodilla del todo en el tercer partido.
La articulación dijo basta, como dicen las articulaciones: de repente y sin negociar.
—Se quedó mirando mi hombro, pero veía otra cosa—.
Todo el mundo había actuado correctamente.
El cirujano, el club, el servicio, el propio chaval, que firmó todos los consentimientos.
La corrección institucional, en fila de a uno.
Y al final de la fila había un chico de veintidós años con la carrera terminada y una pensión de miseria, y nadie, absolutamente nadie, había hecho nada malo.
—Por eso se fue.
—Por eso me fui —dijo—. Juré que mi lealtad tendría un orden: primero el cuerpo, después la institución. Y me fui a un sitio donde la institución fuera pequeña, para que el orden fuera fácil. —Me miró—. Ya ve qué bien me está saliendo.
—¿El chaval del balonmano? —pregunté—. ¿Qué fue de él?
—Se fue a su pueblo —dijo—. Trabaja con su padre. A veces me escribe, en las navidades, mensajes que no dicen nada. «Todo bien, doctora.» Todo bien. —Levantó el hombro, el suyo, el bueno—. Yo también le escribo «todo bien». Es nuestra mentira compartida. Los médicos también tenemos esas.
—Usted no miente —dije.
—Usted no me conoce los martes —dijo ella, y siguió trabajando, y no añadió nada más, y ahí supe que lo del doble registro le pesaba mucho más de lo que ponía en las caras.
No dije nada. No había nada que decir que no estropeara el momento, y por una vez lo supe. Se lo agradecí de la única manera que se agradecen esas confesiones en una consulta: quedándome quieto y dejando que pesara.
Se quedó un rato trabajando en silencio, y al final, sin levantar la vista del manguito, dijo, casi para ella: