Capítulo noveno — Pacto de silencio #3
Había detalles que solo se ven desde el fondo.
Raúl, que había subido del gimnasio con su rodilla y su bastón de los días malos, y que no se movió de la puerta hasta que llegó Tata, porque habían compartido tres años de línea y uno de esos años fue el del ascenso.
Kuba, que le había traído una botella de algo checo con una etiqueta escrita a mano.
Brett, que había ensayado un discurso y no pudo darlo, y se quedó mirando al suelo con la boca torcida.
Los chavales del filial, que apenas le conocían y lloraban como si le conocieran, porque los clubs enseñan a llorar por mayores como enseñan a atarse las botas.
Sebas estaba también, apoyado en la pared del fondo, con su gorra en la mano, y fue el único que no lloró ni sonrió: se limitó a mirar a Tata a los ojos cuando pasó, y a darse con él un apretón de manos largo, de esos que son un contrato.
Yo me quedé al fondo, junto al ventanal. Las despedidas de los vestuarios no son mi territorio: yo cuido los cuerpos, no los ritos.
Tata pasó por todos, uno a uno. A los chavales les dio consejo, a los veteranos les dio broma, a Vicho le dio un abrazo sonoro.
Cuando llegó a Aitor, los dos se quedaron mirándose un segundo —el capitán que se iba y el que se quedaba, los dos del ascenso, los dos de la ferretería del alma— y se abrazaron diez segundos.
Los conté. Diez segundos de abrazo sin palmadas, que es la medida de los abrazos de verdad: las palmadas son para los conocidos.
JR le esperaba junto a la puerta, con las manos en los bolsillos y la cara de los días malos. Se dieron la mano, luego se abrazaron también, y oí a JR decirle, bajo, con la voz de las frases que llevan años cargadas:
—El hielo no perdona, Óscar. Pero a veces devuelve.
—Que me devuelva en febrero, con el equipo arriba —dijo Tata, y se le quebró la voz y no le importó.
Y entonces pasó la cosa.
Tata ya tenía la bolsa al hombro y la mano en la puerta cuando se detuvo.
Se giró. Buscó con la mirada en el círculo de gente, hasta el borde de atrás, donde estaba Pol, con las manos en los bolsillos y la cara puesta, en el último anillo de la despedida, donde se había colocado solo para no estorbar.
Tata atravesó el círculo —la gente se apartó sin saber por qué— y se plantó delante de él.
El vestíbulo entero se quedó en silencio. Hasta el walkie de Eugenia dejó de chillar, juro que lo noté.
—Tú —dijo Tata. No era hostil. Era solemne, que era peor—. Escúchame una cosa.
Pol asintió. No dijo nada. Por primera vez desde que le conocía, no tenía una carta preparada.
—No fue culpa tuya —dijo Tata—. Fue la cuenta. Las cuentas las hacen otros, y tú solo estabas en la fila. Que te lo diga yo, que soy el de la cuenta.
Hubo un segundo en el que pudo pasar cualquier cosa.
Vi a Pol tragar saliva. Vi su mano derecha moverse un centímetro en el bolsillo, como si buscara una carta que no llevaba encima.
Y entonces hizo lo único que no se esperaba nadie, empezando por él mismo: inclinó la cabeza, una vez, despacio, sin sonrisa.
Una reverencia pequeña. La de un jugador a otro.
Tata se la devolvió igual. No hubo abrazo. No hacía falta; los abrazos son para las despedidas, y aquello era otra cosa, era una entrega de llaves.
Se dio la vuelta y salió, con la bolsa al hombro, a la calle de noviembre, y la puerta de cristal se cerró detrás con su ruido sordo de todos los días, y nadie se movió hasta que el autobús arrancó.
Después vino lo pequeño, que es donde se firman las despedidas de verdad.
El utillero mayor —el mismo que había vaciado la taquilla en septiembre— se acercó a Aitor con algo en la mano: la chapa de la taquilla, la de BELTRÁN, la que había desatornillado semanas atrás.
La tenía guardada en el cajón de su cuarto de material, envuelta en un trapo.
—¿Esto? —le dijo a Aitor—. ¿La tiro?
Aitor la miró un segundo. Se la quitó de las manos, con cuidado, y se la devolvió al cajón él mismo.
—Aquí se queda —dijo—. Esto no se tira. Esto se guarda.
Y el utillero asintió, y cerró el cajón, y la chapa se quedó allí, en el cuarto de las herramientas, entre los cordones y las llaves inglesas, como las cosas que no están ni presentes ni ausentes. Como los nombres que los clubs no reciclan.
Pol se quedó en el sitio. Se quedó mucho rato, con las manos en los bolsillos, mirando la puerta por donde se había ido el hombre al que había sustituido, y todo el vestuario desfiló a su lado sin que nadie le tocara.
Yo lo vi desde el ventanal, desde mi territorio de los cuerpos, y tuve que cruzarme de brazos para no ir.
No iba. No iba porque éramos cómplices de un hombro, no de un corazón, y porque la gente mira, y porque no me correspondía.
Esa noche, en casa, abrí la libreta de tapa dura y escribí la última línea de la semana. No era un dato. Era una declaración de la otra especie, la que no se firma:
«Paciente P.F. — compañero de delito: yo. Firma: M.C. Fecha: hoy. Sin derecho a revisión.»
Cerré la libreta y apagué la luz. En la tele daban un resumen de la jornada y yo no miraba.
Pensaba en una frase, en la que había dicho Tata con la bolsa al hombro, y en quién pagaba las cuentas que otros hacían, y en que yo acababa de abrir una cuenta nueva, a mi nombre, con vencimiento en diciembre.
Antes de dormir, me llegó un mensaje. Número conocido, canal oficial, dos palabras:
«Gracias. P.F.»
No contesté. No se contesta a los recibos.
Pero lo releí un par de veces, con el teléfono en la mano y la luz apagada, pensando que era la primera vez que un paciente me daba las gracias por haber roto mi propia regla, y que aquello era un diagnóstico malísimo, y que no me importaba tanto como debería.