El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo noveno — Pacto de silencio #2
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Capítulo noveno — Pacto de silencio #2

—Solo una —dijo, y se le puso la cara de la noche del domingo, la otra, la de verdad—. Si esto sale mal. Si sale mal de verdad. Usted no se hunde conmigo. Escriba lo que tenga que escribir, diga que yo mentí, que le oculté todo, lo que sea. Pero usted no se hunde.

Le miré un momento. Tenía la cara de haber ensayado esa frase, y me fastidió comprobar que era de las frases que se ensayan.

—Aprecio el gesto —dije—. Pero yo ya me hundí.

Lo hice hace diez minutos, con la hoja de las opciones.

Lo que queda ahora es gestionar la profundidad.

Y la profundidad la gestiono yo, que para eso soy la que sabe nadar en papeles.

—Le tendí el plan impreso—. Tome. Su nueva vida.

Llévela doblada en la taquilla, como los pecados veniales.

Esa noche, en casa, hice la primera.

Abrí el sistema, la sesión de aquella semana, los valores de fuerza del martes.

El dinamómetro había registrado el déficit real: catorce por ciento.

Dos puntos más que el mes anterior, la pendiente bajando, como bajaba todo en aquel hombro.

Miré la cifra un buen rato. Luego la cambié: diez por ciento.

Cuatro puntos menos que la realidad, dos menos que la semana previa.

Una mejora pequeña y creíble, como se ve en los pacientes que responden bien al fortalecimiento. Un número bonito.

Cuatro puntos. Era todo. Cuatro puntos de nada, dentro del ruido de cualquier medición, indetectables, inocentes. Cuatro puntos que me convertían en otra persona.

Guardé el registro. El sistema me preguntó si confirmaba, con su ventanita idiota, y yo miré la pantalla y dije en voz alta, a los números, como se pide perdón a los vivos:

—Perdonad.

Confirmé. Y luego, con las manos todavía frías, abrí la segunda entrada, la de verdad, la del sistema clínico: «02/11, 22:40.

Se mantiene recomendación de valoración quirúrgica por rotura de labrum D (sospecha clínica, pendiente de imagen).

Jugador informado. Jugador decide posponer.

Se instaura manejo conservador con revisión semanal y criterios de interrupción.

» Fechada. Sellada. Real. Mi seguro de vida, escrito la misma noche de mi primer fraude.

Me quedé mirando las dos ventanas, la falsa y la verdadera, una al lado de la otra en la pantalla como las dos hojas que yo misma le había puesto a él el domingo.

La simetría no se me escapó. Yo le había enseñado dos columnas, «mismo hombro, dos vidas».

Y ahora tenía las mías: misma fisio, dos registros.

Si algún día me pedían cuentas, al menos podría enseñar las dos columnas y demostrar que la traición había tenido la decencia de dejar testigo.

Era un consuelo raro. Era el único disponible.

Me acosté pensando que había calculado todo: el riesgo, el plan, las fechas, las salidas. Todo excepto una cosa, que me despertó a las tres de la mañana con el corazón en la garganta: que ya no podía mirar a Pol Ferrer como a un paciente cualquiera. Los cómplices no se tratan: se cargan.

El viernes, el susto.

Estaba en la consulta actualizando el parte de disponibilidad —la ficción, la de los números bonitos— cuando Eugenia entró sin llamar, como entraba siempre, con su walkie y sus tres móviles y una crisis en cada mano.

—Marta, perdóname, el ordenador de prensa ha muerto y tengo que subir las fotos del partidillo en diez minutos. ¿Me dejas el tuyo cinco minutos? Cinco.

—Claro —dije, y me levanté para dejarle la silla.

Fue al sentarse cuando lo vi: mi pantalla.

El parte de disponibilidad, abierto a todo lo ancho, con la tabla de valores del mes.

Los valores falsos. No se veía nada escandaloso —una tabla de porcentajes no dice nada a ojos de una becaria— pero junto al parte, minimizada, estaba la otra ventana.

La del sistema clínico. La de «se recomienda valoración quirúrgica».

Me moví más rápido de lo que me movía desde la facultad.

—Espera, que te dejo la sesión limpia —dije, y cerré las dos ventanas con dos clics, dos, con la mano más tranquila de la historia de las manos que tiemblan.

Eugenia no notó nada. Subió sus fotos, me dio las gracias con un beso al aire, y salió corriendo a su siguiente crisis.

Yo me quedé sentada en mi consulta, mirando la pantalla ya a salvo, con el pulso a ciento veinte y una certeza nueva: las mentiras no pesan por lo que dicen.

Pesan por las ventanas que dejan abiertas.

A partir de aquel día, bloqueé la sesión cada vez que me levantaba de la silla. Cada vez. Como los cirujanos cuentan las gasas.

El viernes por la tarde arrancó el protocolo de verdad, el subterráneo, y fue una experiencia extraña: la misma consulta, la misma camilla, el mismo paciente, y de pronto todo era distinto porque ya no fingíamos.

Le enseñé el programa completo —fortalecimiento de manguito en tres fases, trabajo escapular, cadena cinética— y él lo miró con la atención de un lector de contratos.

—Esto es mucho trabajo —dijo.

—Esto es su temporada, encuadernada en espiral. Todos los días, sin excepción. Los días de partido, versión corta.

—¿Y si Vicho pregunta por qué entreno distinto?

—Entrena en mi gimnasio, en mis horarios. Oficialmente son las sesiones del protocolo de integración, que para eso lo inventaron. —Le di la carpeta—. La mentira mejor es la que ya estaba escrita antes de que hiciera falta.

Me miró con una cosa parecida a la admiración, que me resultó más incómoda que todos sus sarcasmos juntos.

—Doctora. ¿Usted ha hecho esto alguna vez?

—No —dije—. Es mi primera vez. Sea amable.

—No me refería al plan.

Le sostuve la mirada tres segundos, que era el máximo permitido por la ley.

—A trabajar —dije—. Primer ejercicio. Y cuente las repeticiones en voz alta, que no me fío ni de mi propia sombra desde esta semana.

Contó. En voz alta, con esa voz de casino apagada que le salía en las horas raras.

Y yo supervisaba y corregía, con las manos de siempre y la conciencia nueva, pensando que la medicina tiene estas cosas: pasas años aprendiendo a no implicarte, y luego llega un paciente con una sonrisa rota y un hombro roto, y te das cuenta de que no implicarse también era una decisión, y de que la acababas de cambiar.

El sábado cuatro de noviembre, Tata se fue a casa.

Se supo el jueves: los papeles de la rescisión estaban ya firmados, y el sábado por la mañana salía el autobús.

El club organizó la despedida en el vestíbulo de la Pista Norte, antes del entrenamiento: nada de discursos oficiales —Tata había prohibido discursos—, solo el equipo, el cuerpo técnico, los utilleros, Eugenia llorando con el walkie en la mano y una caja de pasteles que había traído la madre de alguien.