El traspaso (Los del hielo 2) Epílogo — Sala de espera
100%

Epílogo — Sala de espera

El techo de la sala de preoperatorio de la Clínica Santa Brígida tenía sesenta y cuatro placas. Lo sé porque las conté tres veces, que es lo que se hace cuando uno ha pasado media vida contando cosas y le piden que se esté quieto.

Marta estaba allí desde las siete, con su bata de visita y su carpeta, firmando papeles en dos casillas: la de médico informante, con su letra ordenada, y la de familiar directo, con la misma letra y una pausa más larga.

Cuando la enfermera señaló la segunda casilla con un «¿parentesco?

», Marta dijo «pareja» sin levantar la vista, con la naturalidad de pedir una analítica, y fue la primera vez que lo oíamos decir en un documento oficial, y a los dos se nos quedó una cara tonta que la enfermera fingió no ver.

—Regla cuatro —me dijo, cuando nos quedamos solos—. La versión la damos nosotros. Incluidos los formularios.

—Firmo lo que sea —dije—. Soy su paciente y su parentesco. Hágame un precio de familia.

—Le hago el precio de siempre —dijo—. Todo gratis y todo carísimo.

Me ajustó la vía con sus manos de siempre, las que me habían medido cien veces, y por un momento la sala fue la consulta y el año fue otra vez el año, con su linimento y su fluorescente de días impares.

Me dijo que el cirujano era de los buenos, que la artroscopia era rutina para él, que cuatro a seis meses era un pronóstico prudente, que volvería a lanzar de slap antes del verano.

Me lo dijo todo mirándome a los ojos, y luego me besó en la frente, delante de la enfermera que entraba, sin bajar la voz ni girarse, y pensé que esa era la definición exacta de haber ganado el año: una mujer que te besa delante de testigos con la misma cara con la que firma los partes.

Cuando me llevaron al quirófano, conté las placas del pasillo. Eran más de sesenta y cuatro. El techo era más grande. La temporada también había sido más grande que mi cuenta, pensé, y me quedé dormido en mitad del recuento, que era el sitio correcto donde dejarlo.

La única partida que no quiero ganar, recuerdo que pensé, es la del miedo.

Desperté a las dos de la tarde, con el hombro envuelto en una geografía de vendas y la boca con sabor a año nuevo.

Lo primero que vi fue una tarjeta de identificación colgando del revés, muy cerca de mi cara: MARTA CIFUENTES, JEFA DE SERVICIOS MÉDICOS, leído al revés y desde abajo, porque ella estaba inclinada sobre mí con la cara de las guardias.

Lo segundo que vi fue que me sonreía, lo cual en ella era un parte de buen pronóstico con membrete.

—Todo bien —dijo—. Reparación completa, sin sorpresas. El cirujano dice que el labrum estaba peor de lo que decían tus partes y mejor de lo que temía él. Cuatro meses. Quizá cinco si te portas regular, que es tu especialidad.

—Me porto regular —conseguí decir—. Está en mi historial.

—Lo sé —dijo—. Lo he leído todo.

Lo tercero fue el teléfono, que Marta me puso delante como quien enseña una analítica: «El Autobús» tenía noventa y nueve mensajes sin leer.

El último era una foto del vestuario, con la chapa de BELTRÁN y mi taquilla una al lado de la otra, y un cartel de cartón debajo que alguien había colgado esa misma mañana: «EL DIECINUEVE ESTÁ EN EL TALLER.

NO SE VENDE.» Brett había añadido un comentario: «que lo pague Feijóo».

Kuba había puesto un pulgar. Aitor no había escrito nada, porque Aitor había estado en la clínica por la mañana y se había ido sin despertarme, dejando solo una bolsa con dos bocadillos y una nota de cuatro palabras: «Descansa. Eso es todo.»

Me quedé dormido otra vez, con el teléfono en la mano y la noticia buena haciendo su trabajo mejor que la anestesia.

JR vino a última hora, cuando ya anochecía.

Entró con su abrigo y su cara de fundador, me preguntó por el dolor con la precisión de un conocedor del catálogo, y me dijo que el club me esperaba, que la primavera era una fecha seria, que la grada preguntaba.

Estuvimos hablando de todo y de nada, de la cantera, de los padres que medían hijos, del hielo de Font-Romeu.

Cuando se levantó para irse, le sonó el teléfono en la puerta, y dijo que ya bajaba, que no se molestaran.

Por la noche, cuando la clínica se quedó en silencio, Marta volvió con la cena y con la última página del año.

Me enseñó el teléfono: Sebas había escrito en su libreta, y Eugenia, que ya era la amanuense oficial del viejo, había fotografiado la página para el grupo, con el comentario «el archivo habla».

«8 de enero. Turno de mañana y de noche. Hoy regué dos veces, como prometí. Hielo perfecto, el mejor del invierno. El del hombro malo vuelve en primavera.»

Debajo, el grupo entero había puesto pulgares, corazones y un «HIELO EN LAS VENAS» en mayúsculas que ocupaba media pantalla.

Miré la foto hasta que Marta me la quitó de las manos, con la orden suave de la experta: «A dormir, jugador. Mañana empieza la rehabilitación, y la rehabilitación es mi terreno, no el suyo.»

Obedecí. Ya era suyo todo: el hombro, la primavera, la partida entera.

Me dormí pensando que el traspaso de aquel año no había sido el mío, ni el de Tata, ni el de ninguna ficha con dorsal.

El traspaso había sido otro: dos personas que se habían pasado, cada una a la otra, lo único que no se puede comprar con un contrato.

Las cartas. Las de verdad. Boca arriba, sobre la mesa, para siempre.

Lo último del día no fue el sueño. Fue JR, que volvió al cabo de una hora, sin abrigo ya, con el teléfono en la mano y la cara de quien acaba de recibir una factura anunciada.

Dijo que venía a dejar no sé qué papeles de la semana.

Se le cayó un sobre junto a mi cama, y al agacharse a recogerlo no pude evitar leer el membrete, porque quedó a la altura de mis ojos y las letras eran grandes y de imprenta seria:

«CLÍNICA SANTA brÍGIDA — DIRECCIÓN MÉDICA»

Y debajo, en el asunto: «Evaluación de la renovación del jugador Raúl Cuesta: revisión de primas y minutos de juego.» Y una firma que no conocía: «N. Bermejo, fisioterapeuta rehabilitadora.»

JR guardó el sobre y decidió que yo no había leído nada. Quizá tenía razón. Pensé en Raúl y su rodilla y su dibujo de portero, y en que los clubs nunca descansan: solo cambian de turno. Él me palmeó el brazo bueno desde la puerta, con esa voz de las cosas que vienen de lejos:

—Descansa, chico. El hielo siempre cobra sus facturas.

Se cerró la puerta.