El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo octavo — La prueba #2
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Capítulo octavo — La prueba #2

No la miré. No hizo falta. Marta estaba en la banda con su botiquín y su cara de funcionaria, y sentí su atención en la nuca como un foco quirúrgico durante todo el resto del partidillo.

Jugué los últimos diez minutos con el brazo escondido en mi propio juego, sin una sola protección de disco, sin un solo contacto, y marqué un gol de vaselina que nadie celebró como un milagro y que a mí me supo a funeral.

Un gol de manual, de resumen, marcado por un jugador roto que fingía estar entero.

Los ojeadores apuntaron. Vicho rugió. Brett me dio un abrazo de oso.

Y yo pensaba solo en que quedaban doce minutos, once, diez, en llegar al vestuario sin que nadie me tocara el brazo derecho, sin que nadie me abrazara del lado malo, sin que el mundo descubriera que el goleador se estaba apagando por dentro como una bombilla vieja.

Cuando sonó el final, fui el primero en las duchas y el último en salir del vestuario. Necesitaba tiempo para montar la versión: la resbaladilla, la mala suerte, la semana de agujetas. La tenía lista a mediodía. Era una buena versión. Tenía hasta chiste.

Pasé la tarde en el estudio, con el hielo en el hombro y la paloma en el patio, ensayando la normalidad.

Contesté los mensajes del grupo —Brett había subido un vídeo de mi vaselina con tres fuegos; la gente empezaba a quererme a cuentagotas—, cené de pie, miré el techo.

A las siete me hice el test de siempre, el mío, el de verdad: brazo derecho en cruz, rotación contra la pared.

Peor que el día anterior. Mejor que en el norte.

La contabilidad del desastre tiene sus columnas, y yo las conocía todas.

A las nueve de la noche me llegó el mensaje. No era de número desconocido; era de la fisio del club, canal oficial, dos palabras:

«Consulta. Ahora.»

Me quedé mirando el teléfono un buen rato. Dos palabras, ni una de más, como todo lo suyo. No decía «cuando puedas». No decía «mañana». Decía ahora, un domingo por la noche, en un pabellón cerrado. Cualquiera que hubiera pasado la tarde como yo sabía leer esa agenda.

Me vestí despacio. Pensé en no ir. Pensé en ir y mentir. Pensé en ir y negociar. Iba y venía por el estudio como se van las cartas de una baraja entre las manos, y al final salí, porque todas las opciones pasaban por la misma puerta y yo estaba cansado de barajar.

El pabellón de noche era otra ciudad. Crucé el aparcamiento vacío con las manos en los bolsillos, entré por la puerta de servicio que abría con mi tarjeta de jugador —la tarjeta que decía que yo era de la casa, otra mentira bien impresa—, y caminé por el pasillo de dirección con las luces de emergencia, esas franjas naranjas que hacen que todo parezca un barco hundido.

Pasé la grada a oscuras, mil doscientas butacas con los ojos cerrados.

Pasé el vestuario, donde la última percha seguía vacía en la penumbra.

Y encontré la puerta de la consulta con la luz encendida, una raja amarilla y estrecha que parecía una tarjeta de visita. Llamé. Entré.

Marta estaba sentada detrás de la mesa, sin bata, con el jersey gris de los domingos, y delante de ella, sobre la mesa, había dos hojas impresas. Una al lado de la otra. Ni siquiera intentó esconderlas cuando entré.

—Siéntate —dijo. Sin «siéntese». Por primera vez, sin «siéntese».

Me senté. Hice inventario rápido: la mesa, las hojas, su cara, la puerta. Todas las salidas contadas. Entonces hice lo que hacía siempre: jugué la primera carta.

—¿Esto es una consulta o un jaque? —dije, con la sonrisa de siempre—. Porque si es un jaque, aviso: soy muy malo perdiendo con elegancia.

Marta no sonrió. Ni un milímetro. Me miró con esos ojos quietos que llevaba semanas midiéndome y giró las dos hojas hacia mí, despacio, como se gira una prueba en un tribunal.

La primera hoja era una tabla. La reconocí antes de leerla: mis mediciones del protocolo, quince sesiones, la curva plana que yo mismo había fabricado. La segunda hoja era más vieja, impresa de un correo, con datos escritos a mano al margen. Decía:

«CG La Cerdanya — sala de tratamiento. Datos de memoria, sin documentos.

ROM externo D (marzo 2028): 71º. Fuerza RE: completa, simétrica.

ROM externo D (octubre 2028, Árticos): 42º.

Déficit de fuerza: 12%. Variación: −41%.

Marzo 2028: último registro de rutina. Abril 2028: gestión especial. Registro interrumpido.»

Debajo, con su letra pequeña y ordenada, una sola línea más:

«Mismo hombro. Dos vidas.»

Leí la hoja dos veces. La sala hacía ese silencio que hacen las salas cuando el mundo se está reorganizando.

—Hay más —dijo Marta, y abrió el portátil—. Le ahorro la negación. Mire.

En la pantalla, dos vídeos lado a lado. A la izquierda, un resumen de marzo: yo, con la camiseta de la Cerdanya, cargando un slap desde la línea azul con todo el brazo por encima de la oreja, el gesto amplio de cuando el cuerpo era una fiesta.

A la derecha, una grabación de móvil, de hacía dos semanas: yo, en la Pista Norte vacía, lanzando de muñeca con el codo pegado al costado, una y otra vez, setenta veces, con la economía de un funcionario del tiro.

—Sebas no me dijo nada —dijo ella, cerrando el portátil—. Sebas no dice nada a nadie. Pero yo también sé mirar un hielo.

—Es usted una fiscal con camilla —dije, y me salió sin humor del todo.

—Soy su fisio —dijo ella—. Y desde esta noche, sospecho, la única persona de este club que le dice la verdad entera. Vale la pena escucharme un rato.

—Tu hombro derecho lleva meses muerto —dijo Marta, y su voz no tenía nada de clínica y todo de última frontera— y tú jugando al solitario con él.

Así que lo sabía. Todo. La Cerdanya, marzo, los registros, el solitario. Levanté la vista de las hojas y busqué en su cara la acusación, el escándalo, el sermón. No encontré nada de eso. Encontré algo peor: cansancio. Un cansancio parecido al mío.

Jugué la segunda carta. La de la provocación.

—¿Y ahora qué, doctora? ¿Me denuncia? ¿Me confisca la baraja? —Me incliné hacia delante—. Porque si esto es un interrogatorio, quiero mi llamada y un abogado con buena planta.

—Pol.

—Es broma —dije—. Usted no denuncia a nadie. Usted apunta cosas en su libretita y espera. Lleva un mes esperando. ¿Qué la ha hecho cambiar de planes? ¿Mi caída de hoy? ¿Mi escandaloso rendimiento en superficies deslizantes?

—Yo no juego con pacientes.

Cinco palabras. Las dijo sin subir la voz, sin golpear la mesa, sin nada de lo que se pone en los carteles de las películas. Las dijo como se dicta un diagnóstico, y me alcanzaron como no me alcanzaba una entrada desde los quince años.

Porque era verdad. Todo el mundo jugaba conmigo desde los catorce: los clubs jugaban a tasarme, los agentes a venderme, los periodistas a adivinarme, los vestuarios a juzgarme.

Yo me había construido entero alrededor de ese juego, con mis faroles y mis solitarios y mi sonrisa de entrenamiento.

Y ahora venía esta mujer con sus dos hojas y su jersey de domingo, y me decía que ella no jugaba.

Que de todo el mundo, la única que tenía derecho a jugar conmigo —la que me medía, la que me firmaba, la que podía hundirme con un parte— se negaba a hacerlo.

Se me acabaron las cartas. Lo supe con una claridad extraña, sin drama: como cuando miras la mano y no hay ninguna jugada, solo la verdad.

Me recliné en la silla, me quité la sonrisa —físicamente, noté los músculos de la cara soltando un peso de meses— y me oí a mí mismo respirar como hacía años que no respiraba delante de nadie: sin contar.

—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunté. Ya no era mi voz de casino. Era mi otra voz, la del estudio y la paloma.

—Desde el primer día —dijo—. Lo supe el día del reconocimiento. Usted me dio un hombro que aprobaba por los pelos en todos los apartados, y ningún hombro sano aprueba por los pelos en todos los apartados. Los sanos derrochan. Luego fueron los datos. Luego, marzo.

—Nuria —dije.

—Nuria es una buena profesional —dijo ella—. No me dijo nada que no fuera verdad y nada que estuviera escrito. Lo que me dijo fue suficiente.

Miré las hojas otra vez. «Mismo hombro. Dos vidas.» Y de pronto me dio igual todo: la grada, los ojeadores, Feijóo, el vestuario, la apuesta. Todo excepto la mesa, las hojas y esa mujer que no jugaba.

—Rotura de labrum —dije—. Parcial. Anterior e inferior, por si quiere el detalle técnico.

Me lo diagnosticaron en marzo, en Girona, con resonancia de contraste que pagué yo, en efectivo, en una clínica donde no me conocía nadie.

En la Cerdanya lo sabían desde antes: me lo vieron a finales de marzo, cuando empecé a fallar en los giros. Y decidieron que no existía.

Marta no se movió. Ni la ceja.

—No me operé —seguí—. Me dijeron cuatro a seis meses.

Cuatro a seis meses era toda la temporada, y yo tenía veintisiete años y un contrato que se acababa.

El club me dijo que me operara en verano «si seguía».

Y en junio dejó de seguir. Sin renovación, sin parte médico, sin nada.

Un jugador limpio, con un historial limpio, libre para que otro descubriera la sorpresa.

—Me reí, y la risa salió podrida—. ¿Sabe cuánto me ofrecieron por el silencio?

Nada. Ni silencio comprado. Confiaban en mi silencio gratis, porque mi silencio era mi único valor de mercado. Y mire, tenían razón.

—¿Por eso las once semanas?

—Por eso las once semanas. Los clubs olían algo. No sabían qué, pero olían. Y yo necesitaba que alguien no oliera nada durante el tiempo justo de firmar. —La miré—. Usted olió desde el primer día y firmó el apto.

—Firmé un apto que usted fabricó —dijo ella, y por primera vez hubo filo en su voz—. No se equivoque de culpa, Pol. La suya es más bonita y más cara que la mía.

—Lo sé —dije. Y era verdad, y me costó menos decirlo de lo que pensaba—. Lo sé.

—Explíqueme la logística —dijo ella, y sacó una hoja nueva, la muy fiscal—. Quiero entender cómo se esconde una rotura de labrum cinco meses en un vestuario profesional. Por ciencia.