El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo octavo — La prueba #3
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Capítulo octavo — La prueba #3

Se lo conté. Todo. Los antiinflamatorios escalonados para no hacer costumbre, tomados siempre lejos de los horarios del club.

La venda funcional que parecía prevención y era prótesis.

Las duchas de contraste a horas en que no había nadie.

El repertorio técnico rehecho desde cero: tiro de muñeca en vez de slap, descarga rápida en vez de conducción, la cadera haciendo el trabajo del brazo.

Las noches en el hielo vacío para que nadie cronometrara la fatiga.

Los exámenes rendidos justos, calculados como exámenes de autoescuela.

Le conté lo del dinamómetro, lo de los cuarenta y dos grados, lo de elegir el aprobado raspado porque el sobresaliente ya no estaba en venta.

Le conté que mentir bien es un trabajo a jornada completa, y que yo llevaba cinco meses haciendo horas extra.

—Lo peor —dije— no es el dolor. El dolor es un vecino ruidoso, te acostumbras. Lo peor es la aritmética. Cada mañana me levanto y hago la cuenta: cuánto me queda, cuánto he gastado, cuántos partidos más puedo comprar con lo que tengo. Soy un fondo de pensiones con dorsal.

Marta apuntaba. De vez en cuando asentía, pequeño, profesional. Cuando terminé, dejó el bolígrafo y me miró.

—Y el plan —dijo—. ¿Cuál era el plan, Ferrer?

—Aguantar hasta abril. Rendir como el que más.

Hacer que este contrato de dos años valiera cada euro antes de que nadie pudiera revisarlo.

Y operarme en mayo, con la temporada ganada, como se operan los que importan.

—Me encogí de hombros, el izquierdo—. Era un buen plan. Solo tenía un fallo de diseño.

—¿Cuál?

—Que dependía de un brazo.

El silencio que vino entonces fue distinto de todos los silencios de aquella noche. Era el silencio de después de la última carta, cuando la mano ya está jugada y solo queda contar los puntos.

—¿Por qué? —dijo ella al final—. Y no me cuente el valor de mercado. Eso ya lo sé leer.

La miré. Y se lo dije, porque era la noche de decir las cosas, porque las dos hojas seguían encima de la mesa, porque estaba cansado de jugar solo.

—Porque toda mi vida he sido un precio —dije—.

La perla de la cantera, el activo del club, la operación del verano.

Cada junio alguien me ponía un número encima y yo lo miraba como se mira el tiempo.

Esto —levanté el brazo derecho, lo justo— era lo último que me quedaba por tasar.

Si salía, me convertía en mercancía defectuosa.

Y yo quería, una vez, una sola vez, firmar yo la tasación.

Decir cuánto valía yo, cuándo, y dónde. Era estúpido.

Era mi estupidez, que es la única clase de propiedad privada que he tenido nunca.

—El orgullo de los tasados —dijo ella, despacio.

—Si quiere ponerle nombre.

—No le pongo nombre —dijo Marta—. Le pongo diagnóstico. Y el diagnóstico no es orgullo, es miedo. El orgullo es la fiebre; el miedo es la infección. Usted tiene miedo desde los catorce años, Pol. Dejó de tenerlo hace tres minutos. Fíjese en que ahora mismo no está contando las salidas.

La miré. Tenía razón. No estaba contando nada.

Marta me escuchó sin moverse, con las manos cruzadas sobre las dos hojas.

Cuando terminé, se quedó callada un rato largo.

Yo esperaba la pregunta. La esperaba de verdad, con el estómago encogido: ¿por qué lo ocultaste?

¿En qué te convierte eso? ¿Qué clase de persona arriesga la temporada de veinte compañeros por un capricho de orgullo?

Pero ella no preguntó eso.

—¿Cuánto tiempo llevas durmiendo mal? —dijo.

Parpadeé.

—¿Cómo?

—Llevas meses durmiendo sobre el lado izquierdo —dijo—.

Tienes la mirada de las cuatro de la mañana, la de negociar con el techo.

El dolor nocturno es lo primero que enseña el labrum y lo último que se puede actuar.

Así que te pregunto como tu fisio, que es lo que soy: ¿cuánto tiempo llevas durmiendo mal?

Y ahí, en esa consulta con olor a linimento y luz de domingo, entendí lo que había pasado.

Ella no me había tendido una trampa. Me había tendido una camilla.

No estaba mirando al mentiroso: estaba mirando al paciente.

Todo el mundo me había visto siempre como un problema que resolver —un precio que ajustar, un riesgo que cubrir, un fichaje que amortizar— y esa mujer, con dos hojas que me hundían en la mano, me estaba preguntando por mi sueño.

Hay una jugada en el póker que no está en los libros, o yo no la he encontrado nunca: es cuando tu rival deja de jugar, pone las cartas boca arriba sobre la mesa y te dice que la partida era otra.

No sabes si has ganado o has perdido. Solo sabes que la mesa ya no es una mesa.

Así me quedé yo, con mis faroles en la mano, mirando a la única persona que había decidido no usar contra mí todo lo que sabía.

—Desde marzo —dije—. Duermo mal desde marzo. Me despierto a las cuatro, me cambio de lado, cuento. Al principio contaba ovejas. Ahora cuento partidos. Es peor.

—Ya —dijo Marta. Y escribió algo en la hoja, con su letra ordenada, como se anota un síntoma—. Eso es lo primero que vamos a arreglar.

—¿Lo primero?

—El sueño se puede trabajar —dijo—. El posicionamiento, la medicación pautada como Dios manda y no como usted la administra, la higiene del descanso.

Lo otro —señaló las dos hojas— lo otro es más complicado.

Pero se empieza por algún sitio, y mi oficio manda empezar por el paciente, no por el problema.

Noté que algo se movía en la habitación, una placa tectónica pequeña. El secreto ya no era mío. No es que me lo hubieran quitado: es que alguien había puesto la mitad debajo, ayudándome a cargarlo. Y no sabía si eso era un alivio o el principio de un problema mucho más bonito y mucho más grave.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Marta cerró la carpeta, me miró, y por primera vez en toda la noche le vi algo parecido a una sonrisa. De las de no alegrarse.

—Ahora —dijo— negociamos el tratamiento. Y esta vez, Ferrer, sin faroles. Se acabó el solitario.

Me levanté, y al llegar a la puerta me giré, porque había una cosa que necesitaba saber antes de que aquella noche se convirtiera en otra cosa.

—Doctora. ¿Por qué no me ha delatado? Desde septiembre. Tuvo cien ocasiones.

Marta recogió las dos hojas, las alineó con la mesa, despacio, con esa liturgia suya de los objetos ordenados.

—Porque no estaba segura —dijo—. Después porque estaba segura pero no tenía pruebas.

Después porque tuve pruebas y ya no era solo su hombro lo que estaba encima de la mesa.

—Levantó la vista—. Y porque en mi oficio hay una regla que no está escrita en ningún protocolo: primero el paciente. Después, ya veremos.

Salí al pasillo con las palabras colgándome del pecho.

El pabellón seguía a oscuras, la grada seguía durmiendo, la última percha seguía vacía.

Todo estaba igual que cuando había entrado, y sin embargo yo caminaba distinto, más liviano y más asustado, como se camina cuando alguien te quita una mochila y resulta que la mochila era también el contrapeso.

En el aparcamiento me senté un rato en el coche sin arrancar, con las manos en el volante y la respiración desordenada, y descubrí que estaba sonriendo.

Solo, de noche, desplumado. Sonriendo como un idiota.

Primero el paciente. Después, ya veremos.

Era la peor receta del mundo. Era la primera vez en once años que alguien me recetaba algo que no fuera rendimiento.