Capítulo octavo — La prueba
El partidillo del domingo llevaba tres días anunciado en la pizarra del vestuario, y yo llevaba tres días preparándolo como se prepara una final: dormido, hidratado, con el hombro estirado hasta la última fibra y la sonrisa cargada.
No era una final. Era un entrenamiento con contacto en una semana sin partido, de esos que los entrenadores ponen para que el equipo no se oxide.
Pero yo le había leído la cartilla a Vicho desde el primer día, y sabía que aquel partidillo tenía segunda lectura: Aitor y yo en equipos distintos, por primera vez, con contacto completo y todo el vestuario mirando.
El capitán contra el fichaje. El pasado contra el presente.
Los periódicos lo habrían titulado con sangre; Vicho lo llamaba «competencia sana»; yo lo llamaba, en privado, una mano que había que jugar limpio y ganar igual.
El jueves y el viernes pasaron en esa calma administrativa de las semanas raras: sesiones, gimnasio, el grupo de WhatsApp con su guasa de costumbre —ya me dejaban algún pulgar, migajas de civilización— y mis sesiones con Marta, que habían entrado en una fase nueva que no sabía catalogar.
El grupo, por ejemplo, había tenido una semana histórica: el martes, Brett subió un vídeo de un portero de una liga menor canadiense que celebraba una parada dándose de bruces contra el larguero, y cuando la sala entera se desternillaba, yo escribí «el larguero está bien, gracias por preguntar».
Silencio de un segundo. Y entonces: «KUBA: Jajaja.
» Solo eso. Un «jajaja» checo, de una sílaba y media.
Brett lo celebró como si hubiera ganado la liga: «SEÑORES, EL NUEVO HA HECHO REÍR A KUBA, ESTO VA EN LA ACTA.
» Recibí tres pulgares y un gif. Migajas, sí. Pero llevaba un mes de hambre.
El sábado, víspera del partidillo, me quedé después del entrenamiento a estirar el hombro en el gimnasio vacío, con la rutina que me había construido pieza a pieza: veinte minutos de movilidad, diez de activación con banda, hielo después, siempre después.
Raúl estaba en su bicicleta de los sábados, pedaleando con la calma de una cita con diciembre.
Me vio hacer la rutina entera. No dijo nada.
Al salir, eso sí, se detuvo a mi lado y dijo, mirando al frente:
—El hielo de mañana va a estar rápido. Con el rápido, los discos sueltos son trampas. Elige bien cuáles peleas.
Y se fue con su cojera mínima y su sabiduría de alcalde. Me quedé pensando en la frase, en si era consejo o diagnóstico, y decidí que con Raúl no había diferencia.
Desde el asunto del artículo, entre nosotros había cambiado el viento. Seguíamos sin hablar de nada importante, pero el silencio ya no era hostil: era de estudio compartido. El viernes, mientras me medía, soltó una de las suyas:
—El domingo, contacto completo. Quiero ver los turnos.
—¿Es una orden clínica o una invitación?
—Es una previsión —dijo—. El contacto completo a finales de octubre, con esta plantilla y esta tensión, es una fuente de datos. Yo trabajo con fuentes de datos.
—Qué manera de decir que va a mirarme.
—Qué manera de darse por aludido.
Levanté los brazos en rendición, los dos, el bueno y el administrado, y me marché. Iba por el pasillo cuando me di cuenta de que llevaba dos días sin echarme un solitario por la noche. Lo apunté en el fichero de síntomas, con alarma moderada.
El domingo amaneció frío, con niebla de octubre pegada a los cristales de la Pista Norte.
En la grada, un detalle que no se me escapó: tres hombres con libretas junto al palco.
Ojeadores. Se les reconoce siempre, por la ropa demasiado limpia y por la costumbre de no celebrar nada.
Los partidillos internos no suelen tener ojeadores, pero los clubs de media tabla vigilan a los de abajo y a los de arriba, y aquel día, me dijo Eugenia en un susurro, había acreditados de dos equipos de la liga y de un agente de un club francés.
Vigilaban a los chavales del filial, en principio. En principio.
Me anoté el dato. Los días con testigos de libreta eran días de actuación perfecta. Todo mi repertorio de normalidad desplegado, cien por cien, sin un grado de más ni de menos.
Vicho soltó el discurso de siempre —«¡CONTACTO SÍ, IDIOCIAS NO!»— y empezó el partidillo.
Estuvo bien, durante un rato. Estuvo incluso bonito: el equipo blanco de Aitor jugando corto y por dentro, el nuestro buscando las bandas con Brett, y yo en mi papel de jugador inteligente que no necesita el cuerpo.
Di un pase de gol a Carmona que levantó a los chavales del banquillo, robé un disco en zona neutral que me salió de puro oficio, y en cada acción de contacto elegí la geometría correcta: el costado izquierdo para recibir, el hombro bueno para proteger, la cadera para empujar.
Dos periodos enteros de ingeniería. Una obra de arte de la simulación.
En el descanso del segundo, mientras bebía en el banquillo, me permití mirar la grada.
Los tres de las libretas seguían allí, impasibles, con esa manera de no mirar a ninguna parte que tienen los que miran todo.
Al lado del túnel, medio escondida detrás del banquillo de los chavales, Marta.
De pie. Sin sentarse en todo el partido, como en los desplazamientos.
Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en el hielo, y aunque no me miraba a mí —miraba el partido, miraba a todos— yo sabía con certeza de casino que su atención tenía una cuenta corriente y que la llevaba conmigo.
Aitor, a mi lado, siguió mi mirada.
—Los de las libretas vienen por los chavales —me dijo—. No por ti.
—Ya lo sé, capitán.
—Tú ya estás vendido —dijo, y le tembló una cosa en la comisura que en otro hombre habría sido una broma—. Mal vendido, pero vendido.
Fue lo más parecido a un cumplido que me había hecho nunca. Lo guardé con los demás tesoros: la sal de Brett, el pulgar de Kuba, la botella de Iván. Mi colección de monedas pequeñas de un país que no me quería del todo.
Y a los tres minutos del tercero, Aitor y yo llegamos al mismo disco.
Fue en la zona neutral, un disco suelto entre los dos, a la misma distancia, con la misma prisa.
Aitor llegó con todo, como llega él: el cuerpo por delante, el centro de gravedad bajo, la entrada limpia y total que le había ganado el respeto de tres ligas.
Yo tenía dos opciones: saltar la entrada y quedar como el que se aparta, o comérmela.
En la Cerdanya me la habría comido. Aquí, con el vestuario todavía contando mis apartamientos, me la comí.
El impacto fue honesto. Hasta ahí, todo bien.
El problema llegó un segundo después, cuando los dos estábamos en el suelo y el disco seguía vivo.
Me levanté el primero —el orgullo es el mejor analgésico—, alcancé el disco con la punta del stick, y para protegerlo del defensa que venía detrás hice el gesto de siempre: el brazo derecho extendido, el cuerpo girado, el disco alejado del rival.
El gesto de protección. El que hace cualquier jugador cincuenta veces por partido.
Y el brazo no llegó.
No fue dolor. Ya conocía el dolor; el dolor era un vecino.
Esto fue otra cosa, peor: fue como si alguien hubiera desconectado el brazo de la centralita.
Le mandé la orden —extender, proteger, empujar— y la orden se perdió por el camino, y el brazo se quedó a medio gesto, muerto, colgando de mí como una herramienta ajena.
El defensa me quitó el disco con la punta del stick, sin esfuerzo, como se le quita un caramelo a un maniquí.
Me caí al hielo.
Tres segundos. Los conté entonces y los he contado mil veces después.
Tres segundos boca abajo sobre el hielo, con el frío en la mejilla y el oído lleno del silencio roto del pabellón, y dentro de mí una sola voz, muy clara, muy tranquila, diciendo la verdad entera: ahí está.
Eso era. La apuesta cobrada. La viga comida, por fin, enseñando los dientes.
El hielo tiene un olor cuando estás a ras de él.
Nadie lo sabe excepto los caídos: huele a metal y a noche, a algo mineral y antiguo, como el fondo de un pozo limpio.
Lo olí esos tres segundos. Oí también el partido seguir sin mí, los patines lejos, el grito de Vicho convertido en radio de otra habitación, y pensé con una lucidez que no me pertenecía en todas las cosas que se acababan ahí: la temporada, el contrato, la mentira de cinco meses, la tasación firmada por mí.
Todo cabía en tres segundos. Todo lo que uno tiene cabe en tres segundos; lo que pasa es que nunca nos dejan mirarlo con tanta calma.
El hombro volvió al cuarto segundo, con su hormigueo de siempre, su cable pelado de siempre. Y yo hice lo que había ensayado tantas veces que ya no era actuación, era reflejo: me levanté riéndome.
—¡Me he resbalado! —grité, señalando el hielo—. ¡Sebas, que tu hielo me ha hecho una zancadilla!
Risas. La broma funcionó porque era buena y porque la necesitaban: el vestuario quería una zancadilla, no una tragedia.
Aitor me tendió la mano —siempre me tendían la mano, los que me tiraban— y me dijo «¿bien?
» con esa economía suya, y yo le dije «nuevo récord de caídas, capitán», y Vicho gritó que siguiera el juego, y el juego siguió.
Los ojeadores de la grada escribieron algo en sus libretas y volvieron a mirar a los chavales. Todo el mundo tragó.
Todo el mundo menos una.