Capítulo séptimo — Historial #3
Y ahí, con la frase ya formada en la boca —Aitor, necesito que sepas algo del nuevo, algo médico, algo que no puedo reportar todavía—, miré su cara y vi lo que iba a pasar.
Aitor era justo, pero la justicia de Aitor no admitía zonas grises.
Si yo le contaba una sospecha, él la convertiría en acción antes de que yo pudiera convertirla en prueba.
Iría a JR. JR iría a Balaguer. El club entero entraría en modo incendio con un fichaje de dos temporadas en el centro de la hoguera, un vestuario en guerra santa y un jugador crucificado por algo que todavía no era un diagnóstico.
Y yo habría encendido la mecha con una información sin firmar, de memoria, de un canal que no podía enseñarle a nadie.
Le conocía. Era su defecto de capitán: confundía el peso con la prisa. Y era mi defecto de fisio: preferir la prueba al incendio.
—¿Qué? —dijo él, que me vio la pausa, porque Aitor lo veía todo menos lo que le convenía.
—Que la rodilla —dije—. Que cuídala en los partidos de octubre, que el hielo del norte es rápido y tú ya no tienes veinticinco años.
—Tengo treinta —dijo, ofendido de verdad—. Y la rodilla tiene veinticinco años recién cumplidos. La compré nueva contigo, y viene con garantía.
Se fue con su andar de capitán. Yo me quedé con la frase sin decir metida en la garganta como una espina de pescado, y en la libreta, aquella noche, escribí otra línea que no era un dato:
«Intento de derivación fallido. Motivo: el derivado no admite grises. Próxima revisión: nunca jamás.»
Ese mismo domingo por la tarde, Vicho colgó en la pizarra del vestuario los grupos del entrenamiento del domingo siguiente.
Partidillo interno, contacto completo, para mantener el ritmo en la semana sin partido.
Yo pasaba por allí por casualidad —mi consulta estaba en el mismo pasillo, y la pizarra era legible desde la puerta— y me paré a leer.
Equipo blanco: Aitor, Kuba, Carmona, los chavales. Equipo azul: Brett, Pol, Peralta, Jiménez.
Aitor contra Pol. El capitán contra el fichaje, con contacto completo y veinte testigos.
Me quedé mirando la pizarra hasta que las letras se movieron.
Cualquiera que hubiera visto el partido del norte —o que no lo hubiera visto, cualquiera con dos dedos de frente— sabía lo que podía pasar en un partidillo interno con tensión acumulada.
No mala intención: física. Cuerpos, inercias, cuentas pendientes que no se pagan con palabras.
Estuve tentada de decírselo a Vicho. «Míster, separe a esos dos.
» Una frase, y el domingo se desactivaba solo.
Pero la frase llevaba pregunta incorporada —¿por qué, Marta?
— y la pregunta llevaba respuesta, y la respuesta era todo lo que yo no podía decir todavía.
Los partidillos internos eran, además, mi única cámara de pruebas real: en la consulta, Pol rendía a propósito; en el hielo, con contacto completo y la adrenalina tapando la actuación, el cuerpo votaba por su cuenta.
Si había algo que ver, iba a verse el domingo, delante de todos, y yo necesitaba verlo con mis propios ojos antes de escribirlo.
Me horroricé un poco de ese pensamiento, lo digo de verdad.
Convertía a un compañero de equipo en el operador involuntario de mi prueba, y eso ya no era vigilancia: era otra cosa.
Pero debajo del horror había algo peor: la curiosidad clínica, afilada como un escalpelo.
Quería ver. Llevaba cinco semanas midiendo sombras y el domingo iba a haber luz.
Saqué el teléfono, abrí el calendario, y marqué el domingo veintinueve con el círculo rojo que reservaba para las revisiones de alto riesgo. Alto riesgo. Lo escribí con esa frialdad, porque la frialdad era lo único que me quedaba ya para escribir sobre Pol Ferrer sin escribir otra cosa.
Esa noche, antes de dormir, volví a mirar las dos columnas de la libreta, la de marzo y la de octubre. Cuarenta por ciento. Un historial vacío. Un vestuario armándose para el domingo. Y yo en medio, con mi protocolo, mis cuatro razones gastadas y una bibliografía corregida por el propio sospechoso.
Pensé en lo que me había dicho Nuria: no lo cargues sola.
Y en lo que me había dicho él, sin saber que me lo decía: si vas a pillarme, hazlo bien.
Los dos consejos apuntaban al mismo sitio, y ese sitio era una consulta con la puerta cerrada y dos personas hablando por fin sin metáforas.
No sabía todavía que el domingo me iba a ahorrar la iniciativa.
Que el cuerpo, tan paciente durante cinco semanas, iba a hablar primero, y lo iba a hacer en voz alta, delante de veinte personas y un ojeador en la grada.
Miré el techo de mi cuarto hasta muy tarde, haciendo cuentas, y todas las cuentas salían iguales: llevaba un mes cargándolo sola, y el domingo, a las once de la mañana, el peso se iba a poner delante de todos, patinando, con el dorsal diecinueve y la sonrisa puesta.
Apagué la luz con la libreta en la mesilla, abierta por las dos columnas.
Me dormí pensando en lo último que le había oído a Nuria antes de colgar, cuando ya nos despedíamos y creía que no la grababa la conciencia: «Dile al chaval que el cuerpo no perdona dos veces.
Se lo decíamos todos en marzo y se reía. Dile que ahora se ría menos.»
No le dije nada. Todavía no nos decíamos esas cosas. Todavía no teníamos derecho a esa franqueza, ni a esa deuda.