El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo séptimo — Historial #2
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Capítulo séptimo — Historial #2

La videollamada del sábado por la noche duró cuarenta minutos, y durante los primeros veinte fuimos dos viejas amigas poniéndose al día.

Nuria seguía igual: el pelo más corto, la cocina nueva, un novio del que no me fié ni un poco por cómo lo describía.

Me contó la Cerdanya: la temporada mala, el entrenador nuevo, la afición que no perdonaba el descenso de rendimiento.

Me reí con sus imitaciones del utillero, me contó que su madre se había hecho al pádel a los sesenta y dos, me preguntó por Aitor —«¿sigue teniendo esa cara de anuncio de seguros?

»— y me contó que estaba estudiando para la acreditación de readaptación.

Todo correcto. Todo cálido. Y todo con ese filo por debajo que tienen las conversaciones en las que las dos saben para qué están hablando y ninguna lo dice hasta el minuto veinte.

Y entonces, con la naturalidad de un cambio de tema, le pregunté por qué el club no había retenido a nadie aquel verano.

—Se deshicieron de medio equipo —dijo Nuria—. Austeridad. Ya sabes cómo va esto.

—A Pol Ferrer también —dije, mirándola a los ojos a través de la pantalla—. Once semanas libre, Nuria. El mercado entero oliendo a chamusquina.

Silencio. Nuria se quitó la copa de vino de delante con cuidado, y en ese gesto medido supe que había llegado al sitio.

—Marta —dijo—. ¿Por qué me has llamado de verdad?

—Porque lo tengo en protocolo tres veces por semana —dije—. Y porque su hombro derecho me rinde igual desde septiembre, clavado, sin variabilidad, como una grabación. Y porque tú llevabas esa sala de tratamiento tres años y me debes un café desde Valencia.

Nuria se quedó muy quieta. Luego hizo una cosa que no esperaba: se levantó, fue a cerrar la puerta de su cocina, volvió, y se sentó más cerca de la pantalla.

—Escucha —dijo—. Llevo tres años en esa sala.

He visto cosas que firmaría y cosas que no firmaría ni dormida.

La Cerdanya es un club pequeño, Marta, y los clubs pequeños se protegen como las familias: todo dentro, nada fuera.

Cuando me ascendieron a primera me dijeron que la discreción era parte del contrato. No estaba escrita, pero era parte.

—No te pido que rompas nada —dije—. Te pido que me mires a los ojos y me digas si tengo un problema.

—Tienes un protocolo —dijo ella—. Eso es distinto.

—Nuria.

—No puedo enseñarte nada —dijo—. Lo sabes.

—Lo sé.

—Los historiales se quedaron allí. Yo no me llevé ni una hoja. Ni una foto. Nada.

—Lo sé —repetí—. No te pido hojas.

—¿Qué me pides?

—Memoria —dije—. La tuya. Lo que recuerdes. Eso no está en ningún archivo.

Nuria miró fuera de plano un momento largo. Cuando volvió a mirarme tenía la cara de las guardias difíciles, la de las decisiones que se toman entre dos luces rojas.

—Hazme una pregunta concreta —dijo—. Una.

—¿Cuándo fue la última vez que le mediste la rotación externa del hombro derecho a plena fuerza?

No dudó. Eso fue lo que me heló: no tuvo que pensarlo.

—Marzo —dijo—. La primera semana de marzo.

Y era buena. Muy buena. Setenta y pico grados, fuerza completa.

Un mes después me llegó una nota de dirección médica: Pol Ferrer pasaba a gestión directa del doctor Urkizu, el jefe.

Sin exploraciones de rutina en nuestra sala.

«Gestión especial del activo», decía la nota.

Lo recuerdo porque me sentó como una patada.

—Bajó la voz, aunque estaba sola—. Y en junio le dejaron libre.

Y el doctor Urkizu se jubiló en agosto, y su despacho se vació, y los discos duros se formatearon. Todo legal. Todo limpio.

—Nuria.

—Yo no te he dicho nada —dijo—. Te he contado mi vida, que es lo que hacen las amigas. —Se terminó el vino—. Marta, una cosa más, y esto sí que es de amiga a amiga: sea lo que sea lo que tienes ahí, no lo cargues sola. Ese chico hace que la gente quiera taparle. Es su talento. El otro talento.

—¿Taparle? ¿Quién le ha tapado?

—Todo el mundo —dijo Nuria—. El club le tapó porque valía dinero.

Los compañeros le tapaban porque ganaba partidos.

Los médicos le tapamos porque nos daba pena.

—Se detuvo, eligió la palabra—. No. Porque cuando le tenías delante, querías creerle.

Te miraba con esos ojos de cordero fiscalizado y te decía «estoy bien», y tú ibas y lo escribías.

—Movió la cabeza—. Yo lo escribí. Dos veces lo escribí, «sin novedad». Aún me dura.

—Nuria, no hace falta—

—Por eso te lo digo —me cortó—. No cargues sola. Y no lo escribas si no es verdad del todo. Lo que se escribe, Marta, ya no se puede abrazar.

Nos despedimos con besos a la pantalla y la promesa del café, y me quedé en el sofá, a oscuras, con el portátil cerrado y los datos abiertos.

Me quedé mucho rato sin moverme. No es frecuente que te contesten exactamente a lo que preguntabas; lo frecuente es la niebla. Nuria me había dado una fecha, un número y una nota de dirección, y con eso se construye más que con veinte papeles: se construye la forma del agujero.

Marzo: rotación externa buena, fuerza completa.

Setenta y pico grados contra mis cuarenta y dos.

Fuerza completa contra mi déficit del doce.

En mi libreta, las mediciones de la Cerdanya —las de memoria, las sin firma— le ganaban a las mías por un cuarenta por ciento.

El mismo hombro. Dos vidas distintas. Y entre las dos vidas, un mes de abril en el que el jugador pasó a «gestión especial», y un verano en el que la evidencia se formateó y el club se deshizo del activo.

Hice lo que hago siempre antes de creerme un dato: intenté destruirlo.

¿Podía Nuria recordar mal? Podía, pero los fisios no recordamos mal los números que nos quitaron de las manos; esos se graban.

¿Podía ser una baja puntual, una contusión de marzo ya resuelta?

Una contusión no explica la gestión especial, ni el silencio estadístico, ni las once semanas de mercado.

¿Podía ser una coincidencia de cambios de staff?

Podía. Las coincidencias existen. Lo que no existe es la coincidencia que firma documentos de formateo.

Saqué la libreta de tapa dura. Escribí la fecha, la hora, la fuente —«fuente externa, de memoria, sin documentos»— y los datos. Luego me quedé mirando las dos columnas que acababa de dibujar, la de marzo y la de octubre, enfrentadas en la página como dos testigos incompatibles.

Marzo: RE 70º+, fuerza plena. Octubre: RE 42º, déficit 12%.

Cuarenta por ciento de diferencia entre una vida y otra, y ningún parte médico que la explicara.

Los hombros no se estrechan un treinta por ciento en un verano sin que pase algo.

Los hombros se rompen, y alguien decide si esa rotura se escribe o se barre.

El cuerpo no miente, decía Armengol. Pero los archivos, los archivos mienten de fábula.

El domingo por la mañana estuve a punto de contárselo a Aitor.

Fue durante su revisión de rodilla, en la consulta vacía, con la luz del mediodía entrando a raudales.

Aitor era mi paciente más viejo y mi persona más segura: cuatro años de historial compartido, un capitán con sentido de la justicia homeopática, un hombre que nunca había repetido una confidencia en su vida.

Si había alguien en ese club con quien repartir el peso, era él.

Además, la noche anterior me había dejado un regalo envenenado: la certeza. Ya no era una curva sospechosa y una corazonada; era una fecha, un número y una nota de dirección médica. Ya no estaba «observando». Estaba sentada encima de algo que pesaba, y el protocolo decía que lo que pesa se reporta.

—Te va bien la rodilla —le dije—. Puedes cargar lo que quieras.

—Eso hago —dijo él, bajándose de la camilla.