El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo séptimo — Historial
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Capítulo séptimo — Historial

Nuria contestó el jueves, a las nueve y cuarto de la noche, con la puntualidad de las guardias largas y la calidez intacta de las amistades viejas.

«Marta!! Qué alegría. Sí, sigo en la Cerdanya, atrapada en los Pirineos para siempre. Jefa de médicos, ¡enhorabuena! Te lo mereces. Cuando quieras ese café. ¿Estás en Madrid, no? Yo bajo algún finde, te aviso.»

Todo correcto. Todo cálido. Y ni una palabra de más, que era lo que yo esperaba y lo que me temía: Nuria era profesional hasta en los mensajes de viejos amigos.

Contesté con la agenda, con los emojis adecuados, y le propuse videollamada el sábado por la noche, «que en texto no me cuentas nada».

Aceptó. Y hasta el sábado me quedé con la espina clavada en el costado, trabajando por el día como si nada y despertándome de noche con la lista de preguntas que no podía hacerle.

La lista era corta y afilada. ¿Se rompió?

¿Cuándo? ¿Quién lo supo? ¿Quién decidió no escribirlo?

Cuatro preguntas. La primera era de mi oficio.

La última era de mi conciencia. Las dos de en medio eran de Nuria, y eran las que podían costarle el puesto si alguna vez alguien reconstruía aquella conversación.

Lo sabía. Lo sabíamos las dos. Las amigas se deben cafés; las colegas se deben silencios; y yo estaba pidiéndole que cambiara uno por otro.

El viernes fue un día normal del club, que es lo que tienen los clubs: el mundo puede estarse incendiando en tu libreta que el comedor sigue oliendo a pasta y los turnos de fisio siguen a las cinco.

Ya nos habíamos convertido en una pareja de baile que se sabe los pasos: él se quitaba la camiseta con su numerito, yo medía con mi cara de funcionaria, intercambiábamos munición ligera, y cada uno se iba a su trinchera con los datos del otro.

El viernes, en la sesión de las cinco, se me cayó el mundo en la consulta. Literal.

Estaba terminando con Pol —movilidad de cadera, nada comprometido— cuando sonó el timbre de la puerta del pasillo y salí dos minutos a recoger un paquete del mensajero. Cuando volví, Pol estaba de pie junto a mi mesa, con la camiseta puesta a medias, mirando mi pantalla.

Mi pantalla, donde yo tenía abierto un artículo que me había bajado la noche anterior: «Detection of pain concealment behaviors in elite athletes: a systematic review.

» Detección de conductas de ocultación del dolor en atletas de élite.

Revisión sistemática. Abierto a todo lo ancho del monitor, con mis notas al margen y mis subrayados amarillos.

Se me paró el corazón un segundo. Luego la formación, bendita formación, me devolvió la cara.

—El paquete era de material —dije, como si eso importara.

—Ya lo vi —dijo Pol. Señaló la pantalla con la barbilla—. ¿Literatura de cabecera?

—Formación continua.

—Claro. —Se apoyó en la mesa, y para mi sorpresa absoluta no tenía cara de cazado: tenía cara de crítico literario—. El de Halm et al. Está bien, pero tiene un problema metodológico gordo.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—La muestra —dijo—. Cuarenta y tantos atletas, casi todos de deportes individuales.

Los de equipo escondemos distinto: tenemos más cobertura y más testigos.

Lo que ellos llaman «evitación conductual» en un tenista, en un delantero es un martes.

—Se acercó a la pantalla, bajó el scroll con un dedo—.

Y aquí, la escala de Cook. La citan mal.

La escala de Cook mide dolor referido, no dolor escondido.

Y este párrafo de las conclusiones contradice el apartado tres, pero eso ya es vicio de los journals.

Me quedé mirándolo con el paquete de material en la mano y la escena entera haciendo ruido de trompeta en mi cabeza. Mi paciente sospechoso, sorprendido delante de mi bibliografía de caza, corregiéndome las citas.

—¿Ha terminado la crítica? —dije al final.

—Casi. —Se giró, y ahí estaba la sonrisa, pero una versión distinta, con menos blindaje—. Si vas a pillarme, doctora, al menos hazlo con buena bibliografía. Tu reputación está en juego.

—Mi reputación se defiende sola.

—Eso dicen todos los que citan a Halm. —Se terminó de poner la camiseta—. El artículo bueno de esto es el de una finlandesa, Korhonen o algo así. Dos grupos, atletas de equipo, protocolo de fatiga. Ese sí me daría miedo a mí. Si lo encuentras, me lo pasas. Me interesa como lector.

Se fue silbando. Yo me quedé en medio de la consulta, y pasé por tres estados en diez segundos: vergüenza, por pillarle leyéndome la pantalla; alarma, por lo cómodo que estaba él en ese territorio; y una tercera cosa, más rara, que tardé en identificar.

Alivio. Porque por primera vez en un mes, los dos habíamos dejado de fingir que no jugábamos la misma partida.

No la habíamos declarado. Pero la habíamos reconocido, como se reconoce a un contrario en la mesa: con una corrección de bibliografía.

Busqué el artículo de la finlandesa aquella noche. Korhonen, sí. Dos grupos, atletas de equipo, protocolo de fatiga. Era bueno. Era muy bueno. Lo leí entero, y en el margen de mi libreta escribí una línea que no era un dato, era un parte de novedades:

«El paciente colabora en su propia investigación. Motivo: desconocido. O conocido.»

El protocolo de fatiga de Korhonen era, además, una descripción de mi propio plan: someter al atleta a carga máxima y medir después, cuando el cansancio le quita el guion.

Leí los gráficos con una atención que no era académica.

Los sujetos que escondían dolor aguantaban la ficción exactamente hasta la fatiga; a partir de ahí, los valores se desplomaban con una pendiente que no tenía perdón ni disimulo.

Los sanos bajaban, pero bajaban en curva, con la dignidad de la fisiología.

Era una distinción limpia, reproducible, publicada.

Era, en resumen, la pistola que yo llevaba un mes buscando, y el propio sospechoso me la había puesto en la mano con una sonrisa y una corrección de estilo.

Esa noche soñé con curvas. No es broma: soñé con dos líneas que se perseguían por un papel milimetrado infinito, una roja y una azul, y ninguna de las dos se dejaba alcanzar. Me desperté con la certeza absurda de que la azul iba ganando por una cabeza.

Apagué el ordenador y me quedé un rato con la taza de tila, dándole vueltas a la tercera cosa que había sentido en la consulta.

El alivio. Lo examiné como se examina una articulación: por todos los planos.

En el plano profesional, era comprensible: un sospechoso que deja de esconderse te ahorra trabajo.

En el plano humano, era otra cosa, y esa otra cosa tenía forma de mesa de juego.

Pol Ferrer había visto mis cartas —mi artículo, mis subrayados— y en vez de retirarse de la mesa se había sentado más cerca y me había enseñado a barajar mejor.

No conocía yo un gesto más raro. Ni, me temía, más eficaz.

Me acosté tarde, pensando en lo que le había dicho: «Me interesa como lector.» A ningún paciente le interesa la literatura de su propia trampa. A menos que la trampa ya no le importe. O a menos que esté cansado de sostenerla.

El sábado por la mañana hubo entrenamiento suave y yo me puse en la grada con el portátil, fingiendo ponerme al día con el correo mientras miraba.

Era la penúltima estación de mi ronda de observación, y lo sabía: en cuanto colgara con Nuria, la ronda dejaría de ser una opción para convertirse en un veredicto.

Me quedaban unas horas de inocencia administrativa y las gasté como se gastan esas cosas: trabajando.

Pol entrenaba bien. Lo hacía siempre bien, esa era la trampa.

En los ejercicios de posesión se movía con esa economía insultante de los jugadores superiores, y en los de finalización seguía sin pegar ni un solo slap, ni uno, en cuatro semanas de observación.

Vicho le gritó en un momento dado «¡MÁS TIRO, FERRER, QUE HOY ESTÁN BLANDOS!

» y Pol le hizo el gesto de recibido y siguió lanzando de muñeca obediente en la forma y rebelde en el fondo.

Apunté una línea en la libreta: «Cumple todo. Cumplirlo todo también es un patrón.»

Aitor pasó por la grada al final de la sesión y se sentó un momento a mi lado, con las botas colgando.

—¿Cómo va tu protegido? —me dijo, señalando el hielo con la barbilla.

—No es mi protegido. Es mi protocolo.

—Tu protocolo metió tres goles esta semana —dijo—. El vestuario empieza a tener un problema con él: es difícil odiar a quien te da de comer.

—Tú no le odias.

—Yo no le odio —dijo Aitor—. Le juzgo. Es mi cargo.

—Se quedó mirando el hielo un momento—. ¿Sabes lo que más me cuesta?

Que es de los nuestros. Corre los turnos de atrás, cubre al chaval, se traga los cambios sin mirar al banquillo.

Hace todo lo que yo le pediría a cualquiera, y lo hace bien, y aun así.

—No terminó la frase. Se levantó—. Dile que siga así. Bueno, no se lo digas. Ya lo sabe.

Se fue. Yo me quedé mirando el hielo vacío, donde Sebas ya paseaba la máquina con su liturgia de siempre, y pensé que todo el mundo en aquel club tenía una frase para Pol Ferrer menos el que interesaba.

El cuerpo. El cuerpo todavía hablaba en susurros, y el sábado por la noche iba a saber si los susurros tenían fecha y número.