El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo sexto — Horas de autobús #3
37%

Capítulo sexto — Horas de autobús #3

Tres salidas. Las había usado todas, y él lo sabía, y yo sabía que él lo sabía. En el póker hay un nombre para eso: quedarse sin faroles. Lo que queda después se llama jugar con las cartas vistas.

En el vestuario, mientras me vestía, hice la contabilidad de la conversación como había hecho la del golpe.

¿Qué sabía Feijóo? Sabía lo del slap, que era público: cualquiera con vídeos podía comparar.

Sabía lo de las once semanas, que era aritmética de periódico.

Y había hecho la pregunta correcta, la de la Cerdanya, que era la pregunta con la que yo me acostaba todas las noches desde junio.

Saber esas tres cosas no era saber nada.

Pero juntarlas era intuirlo todo, y Feijóo tenía fama de juntar.

Pensé en avisar a alguien. ¿A quién? ¿A Sara, para que la prensa supiera que la prensa olía algo?

¿A mi agente, para que me recetara calma con factura?

Lo pensé todo el tiempo que tardé en atarme las zapatillas, y decidí lo que decidía siempre: nada.

El silencio era mi jugador más disciplinado.

Jugaba todos los partidos, no se quejaba nunca, y algún día, lo sabía, me iba a pedir la ficha entera.

Sara apareció al final, haciendo su ronda de la zona mixta, y me encontró con la cara todavía mal aparcada.

—¿Qué te ha preguntado Feijóo? —me dijo, sin saludar. Los de prensa se huelen entre ellos a kilómetros.

—Que por qué me dejó ir la Cerdanya —dije—. Le he contado lo del piso de veraneo.

Sara no se rio. Me miró tres segundos, tomando nota mental de algo, y dijo:

—Si vuelve a hablarte, me lo dices el mismo día. No es por ti. Es por el club. —Se giró, y de espaldas añadió—: Buen gol, por cierto. Del que no sale en tu cara.

Iván Redondo me estaba esperando en la puerta del vestuario.

El portero no había dicho una palabra en toda la noche —los porteros guardan las palabras para los postes— pero ahí estaba, ya duchado, con su bolsa al hombro, y cuando pasé a su lado me tendió una botella de agua.

Sin decir nada. La cogí. Él asintió una vez, medio centímetro, como quien confirma un parte, y se fue.

Me quedé con la botella en la mano, en el pasillo vacío, y tardé un momento en entender lo que acababa de pasar.

Iván llevaba treinta y dos paradas aquella noche, dos de ellas imposibles, y era el único en ese vestuario que trabajaba en la misma profesión que yo: la de sostener solo algo que pesa mucho.

Los porteros y los mentirosos. La botella era un acta de reconocimiento entre gremios.

El viaje de vuelta fue de noche, autopista y literatura de asiento reclinado.

El ambiente había cambiado, como cambian los autobuses después de ganar fuera: cantaban, los muy cafres, una versión destrozada de la canción de la Grada Norte, y Brett lideraba el coro desde el fondo con una botella de agua por micrófono.

En el grupo de WhatsApp, alguien subió un vídeo del gol.

«brETT: ese pase lo parió él y lo firmé yo.

» «KUBA: Buen gol. Casi tan bueno como mis paradas del segundo.

» Risas generales, emojis, la liturgia de la victoria.

Yo no canté. Me puse los auriculares sin música y miré por la ventanilla, haciendo el cansado, que era un papel que me salía solo.

Marta iba tres filas por delante, en el lado contrario del pasillo, con el botiquín de almohada y la cabeza contra el cristal.

Se había dormido a la primera hora, con esa eficiencia de los médicos de guardia, y ahora dormía con la cara hacia la ventanilla y las manos cruzadas sobre el maletín, como quien custodia algo incluso dormida.

La veía en el reflejo del cristal. No la miraba directamente —somos profesionales, digo yo—; la veía en el reflejo, que era peor, porque el reflejo la recortaba contra la noche de la autopista y la convertía en una foto de esas que no se hacen a propósito y se guardan para siempre.

Veía la línea de su nuca. La mano apoyada en el maletín.

La respiración subiendo y bajando con la lentitud de los cuerpos confiados.

Pensé en la zona mixta. En las tres salidas gastadas.

En la camiseta empapada. Y pensé que de todo el pabellón, de todo el país, la única persona que de verdad podía contestar a la pregunta de Feijóo iba en ese autobús, tres filas por delante, dormida contra un cristal, llevando mis mentiras escritas en una hoja de cálculo.

La vi cuarenta minutos, en el reflejo. Los conté. Y cuando el autobús paró en la primera gasolinera y ella se despertó con ese respingo discreto del que no quiere que se note que dormía, me sancioné a mí mismo, como manda el reglamento.

Dos minutos, Ferrer. Por uso ilegal de los ojos. Sin revisión posible y con el tiempo de descuento ya agotado.

Recogí mi penalización, me acomodé en el asiento junto al baño, y me eché un solitario mental mientras el autobús tragaba kilómetros.

Gané. Ganaba siempre. Era el único sitio donde seguía ganando, y empezaba a sospechar que eso, también, era un síntoma de algo que no figuraba en ningún parte médico ni en ninguna hoja de cálculo de la fisio.