El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo sexto — Horas de autobús #2
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Capítulo sexto — Horas de autobús #2

No es una metáfora. Fue literal: el color se fue del pabellón como se va el sonido cuando te tapan los oídos, y durante unos segundos —los conté después, obsesivamente, treinta— todo fue gris, plano y lejano, con el ruido de la grada convertido en un mar de otra habitación.

El hombro no dolía. Era peor que el dolor: el hombro no estaba.

Había una ausencia colgada de mi clavícula, una zona franca, un corte de suministro.

Pensé, con una claridad absurda: se acabó. Se acabó la apuesta, la temporada, la mentira, todo. Aquí, en un pabellón frío del norte, contra las tablas, delante de todo el mundo.

Y entonces, como hace el cuerpo cuando el alma se rinde, el hombro volvió. Primero el frío, luego el hormigueo, luego el dolor de verdad, el conocido, el de casa. Gurpegui me tendió la mano —los que te estampan limpio siempre te la tienden— y yo hice lo que se hace: la cogí, me levanté, sonreí.

—Buena entrada —le dije.

—Te levantas bien —me dijo él, y en su cara vi que no sospechaba nada, solo respetaba.

El médico de ellos me miró desde la banda con el ceño profesional.

Levanté el pulgar. El pulgar más mentiroso de la liga, lo pensé mientras patinaba al banquillo.

Marta estaba allí, detrás del banquillo, con el botiquín, y me miró con esos ojos quietos que no preguntan nada y lo preguntan todo.

Esquivé la mirada. Dos turnos después, Vicho me volvió a sacar, porque los partidos no esperan a las conciencias.

Y marqué el gol.

Fue a falta de seis minutos. Brett ganó un disco en la esquina, lo sacó atrás, y yo llegaba desde la segunda línea con el espacio medido: recepción, un toque, y el tiro de muñeca —el de siempre, el único permitido— cruzado, bajo, imposible para su portero.

El pabellón entero hizo el ruido de la decepción ajena, que es el mejor ruido del mundo después del de la propia grada.

Celebré levantando el brazo izquierdo. Solo el izquierdo.

Si alguien lo notó, no dijo nada. Brett llegó el primero al abrazo, y por una vez el abrazo sonó a verdad, con su casco contra el mío y un grito de «¡vamos!

» que me entró por el oído como una inyección de pertenencia.

Duró tres segundos. Los celebré como si fueran tres días.

Ganamos por la mínima, y en el vestuario visitante, que olía a cloro y a historia ajena, Vicho nos abrazó a todos con bofetadas y dijo que esto era el carácter, que esto era el equipo, que así se construía una temporada.

Yo sonreí, recibí mi bofetada —en la nuca, gracias a Dios, que es territorio neutral— y me escapé a las duchas antes que nadie.

En la ducha, solo, con el agua caliente cayéndome encima, me tomé el pulso.

Ciento sesenta y dos.

No era el esfuerzo. Llevaba veinte minutos fuera del hielo.

Era el miedo, medido en latidos, el miedo de los treinta segundos en blanco y negro, el miedo a que la próxima vez el hombro no volviera.

Me quedé debajo del agua hasta que el pulso bajó de cien, repasando la jugada una y otra vez, la geometría exacta del golpe, como se repasa una mano perdida.

Había jugado con fuego y el fuego me había enseñado la tarjeta de visita.

Eso era todo. La próxima vez podía enseñarme el contrato.

Hice lo que hago siempre después de los sustos: contabilidad.

¿Cuánto había perdido? Medía la rotación externa con la mano buena, disimuladamente, bajo el agua: menos de lo habitual, pero dentro de lo recuperable en dos días.

¿Cuánto había enseñado? Nada, creía. La caída había sido limpia, la entrada legal, mi recuperación rápida; para un espectador normal era un golpe más, de los cientos que se dan en un partido.

Para un espectador con goniómetro era otra cosa.

Pensé en Marta, en la mirada de medio segundo, en la cuenta de contactos que imaginaba en su libreta.

Treinta segundos en blanco y negro. Un fisio no mide los segundos; mide las consecuencias.

No habría consecuencias. Me lo repetí hasta que sonó a informe.

Salí de la ducha con el pulso en noventa y la temporada intacta, que era la única estadística que me importaba.

En la zona mixta, Feijóo.

La zona mixta de ese pabellón era un pasillo con cinta aislante en el suelo y cuatro periodistas. Yo iba a pasar de largo con la toalla al cuello, en mi papel de secundario discreto, cuando una voz me paró en seco.

—Pol. Gonzalo Feijóo, del diario. Un minuto.

Le conocía de la tele y de las portadas. De cerca era más bajo y más peligroso: tenía esa cara de haber dormido poco y sabido mucho, y una grabadora que sostenía con la delicadeza de un cirujano.

—Claro —dije, con la sonrisa de entrenamiento—. Aunque sea por la victoria.

—La victoria, sí. —No miró la libreta—. Buen gol, por cierto. De muñeca. Antes pegabas más de slap, ¿no? En la Cerdanya le pegabas cargando el brazo.

El pasillo se quedó muy quieto. Los otros periodistas seguían hablando, el ruido seguía ahí, pero entre él y yo se abrió una burbuja de silencio profesional.

—Uno se hace mayor —dije—. El slap es para los de veinte. Ahora soy de economía mixta.

—Claro, la economía. —Sonrió, y era una sonrisa de oficio, como la mía—. Háblame de eso. ¿Por qué te dejó ir la Cerdanya, Pol?

Ahí estaba. Servida con bandeja, sin rebote, directa a la escuadra. Conté las salidas: tres, como siempre.

—La Cerdanya y yo nos separamos como se separan los buenos matrimonios —dije—: por mantener la amistad y el piso de veraneo.

—El piso de veraneo se lo quedó él, por lo que se ve.

—Es que yo soy más de temporada baja. —Sonreí—. Mire, Gonzalo, en esto hay dos versiones: la mía, que es aburridísima, y la del club, que es un comunicado. Las dos dicen lo mismo: contrato terminado, gracias por todo, hielo en las venas. La versión divertida no existe, se lo prometo.

—Todo el mundo dice eso —dijo Feijóo, bajando la grabadora un centímetro, que es el gesto con el que los periodistas suben la apuesta—. Hasta que existe. Once semanas libre, Pol. El mejor extremo del país, once semanas sin ofertas. El mercado no es tonto. ¿Qué vio el mercado que no vimos los demás?

Tres salidas. Jugué la última.

—Pues mire, yo llevo once años siendo infravalorado por profesionales —dije—. Si usted encuentra la respuesta, me la manda. Cobra el club por las consultas, aviso. —Le di dos palmaditas en el brazo—. Buen partido, ¿no? El norte en octubre. No hay nada como el norte en octubre.

Me fui andando, despacio, sin correr, que es como se sale de los interrogatorios. Noté su mirada en la espalda todo el pasillo. Cuando doblé la esquina hacia el vestuario, la camiseta térmica se me pegaba a la espalda, empapada, y no era del partido.