El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo sexto — Horas de autobús
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Capítulo sexto — Horas de autobús

Los autobuses de los equipos son parlamentos con ruedas, y yo llevaba tres semanas sin escaño.

Salimos el jueves a mediodía para el segundo desplazamiento largo de la temporada, seis horas de carretera hasta el norte, y antes de subir ya conocía la liturgia por haberla visto en otros clubs: los veteranos al fondo, donde las piernas caben y las cartas se juegan; el cuerpo técnico delante, cerca del conductor y de la autoridad; los chavales en medio, rellenando huecos como discos sueltos.

Yo subí el último, por estrategia y por instinto, y comprobé que mi escaño seguía sin existir: la pareja de asientos junto a Brett estaba ocupada por Carmona, la de atrás por las mochilas de los veteranos, y la única doble libre era la mía, al lado del baño, con el asiento reclinado para siempre en honor de alguien que ya no viajaba.

Me senté solo, con el pasillo de frontera, y saqué el móvil con la dignidad del que tiene planes.

El asiento de al lado tenía historia, como todo en aquel club.

Era el que había ocupado Tata durante tres años de desplazamientos; se notaba en la funda, que tenía un remiendo en el reposacabezas, y en que los veteranos del fondo, al pasar, le echaban miradas de cementerio.

Nadie me dijo nada, claro. Nadie me decía nunca nada; me lo dejaban averiguar.

Yo lo averigüé a la media hora, cuando Peralta pasó camino del baño, se detuvo un segundo junto a mi asiento y murmuró, sin mirarme: «Óscar siempre se mareaba.

Llevaba pastillas en el bolsillo de la funda.

» Y siguió andando. Rebusqué en el bolsillo de la funda: nada.

Solo el gesto. Un mensaje con forma de nada.

«El Autobús» llevaba moviéndose desde las once. El grupo del equipo era un espectáculo en sí mismo, y durante las primeras horas del viaje me dediqué a estudiarlo como se estudia una liga nueva: cada uno con su rol, cada rol con su horario.

«brETT: señores, anuncio oficial: hoy vuelvo a perder contra Kuba al moscón. Llevo 4 años en España y sigo sin saber las reglas. En este país hasta los juegos de cartas son una trampa.»

«KUBA: No es trampa. Es que tú juegas como defensa de cuarta línea. Sin ofensa.»

«PERALTA: Sin ofensa dice.»

«JIMÉNEZ: Brett el día que ganes una partida lo celebramos con cena. Lo tienes más cerca que el ascenso de tu perro.»

«brETT: MI PERRO ES UN ATLETA.»

«VICHO: MENOS WHATSAPP Y MÁS DORMIR QUE MAÑANA JUGAMOS A LAS 5.»

«EUGENIA: míster, que son las doce del mediodía.»

«VICHO: ¿Y? EL CUERPO NO SABE LEER LA HORA.»

Me reí solo, en mi asiento junto al baño. Luego hice lo que no debía: participar.

«POL: Brett, si quieres te enseño. Yo aprendí las reglas del moscón en un bar de Font-Romeu. Solo necesitas cuarenta cartas y un nieto al que estafar.»

Visto por veintitrés.

El grupo siguió unos segundos en silencio —lo noté, se nota siempre, es como cuando se para el bombo— y luego Brett escribió:

«brETT: jajaja buena. Kuba, apunta.»

Y la conversación volvió a fluir por otro cauce, alrededor de mi mensaje, sin tocarlo, como un río con una piedra.

A la tercera hora, el grupo entró en su sección de sobremesa: la revisión de los árbitros de la jornada anterior, un clásico.

Peralta subió una foto de un árbitro con la cara pixelada por él mismo, mal pixelada, y le llovieron los palos.

Jiménez contó la anécdota de un colegiado de segunda que pitaba con un silbato de los chinos.

Carmona defendió a los árbitros y fue ejecutado públicamente con veinte mensajes seguidos.

Era un buen grupo. Se notaba que llevaban años siendo buen grupo; tenían el pique engrasado, los golpes medidos, la intimidad de haberse visto perder juntos.

Yo miraba desde fuera, con el dedo en la pantalla. Es raro lo que duele más de los grupos: no es que te ataquen, es que ni siquiera te asignan un rol. En un vestuario eres el gracioso, o el serio, o el que paga las cenas. Yo no era nadie. Era un contacto sin apodo en un teléfono de veintitrés.

Lo intenté dos veces más, porque soy así de terco o así de idiota.

Una con un vídeo de un perro con patines que era objetivamente bueno, material de primera, que en la Cerdanya habría tenido doce reacciones: cero.

Otra con una encuesta inocente sobre el hotel: cero.

A la tercera dejé el móvil boca abajo y me puse a mirar la carretera.

Hay un límite estadístico para todo, y el de los mensajes sin respuesta es tres.

A partir de tres ya no es mala suerte: es política.

Eugenia pasó por mi lado hacia el baño, se paró un momento, me miró el móvil boca abajo y me dijo, con la delicadeza de las administradoras de grupos:

—Te juro que no es personal. Es que llevan dos años siendo ellos. Los grupos son como los gatos.

—Los gatos me hacen estornudar —dije.

—A los gatos les das latas y te quieren en una semana —dijo—. Tú sigue lanzando latas.

Se fue. Se quedó la frase conmigo, flotando sobre la autopista.

JR viajaba con nosotros, cosa que solo hacía en los desplazamientos largos.

Se sentaba en la primera fila, al lado de Vicho, y no abría la boca en todo el viaje hasta que el paisaje empezaba a parecerse al destino.

A la quinta hora, cuando ya olíamos a norte, se levantó, se agarró al respaldo del conductor y dio su charla de guerra, que duró veinte segundos.

—Mañana no es un partido. Es una auditoría. Ellos creen que somos un equipo de media tabla con un fichaje de portada. —Miró la fila entera, y por un segundo tuve la certeza de que la frase iba por mí—. El hielo no perdona los partidos regalados. Dormid. Eso es todo.

Se sentó. El autobús aplaudió con gruñidos, que es como aplauden los autobuses. Yo me guardé la frase en el bolsillo de atrás, junto a la otra.

El partido del viernes era contra un equipo del norte con un pabellón viejo, frío y pendiente, de esos donde el hielo es rápido y las tablas perdonan poco.

La afición local gritaba en euskera y en castellano indistintamente, y el ambiente era como a mí me gusta: hostil de verdad, no de postureo.

Se juega mejor cuando te odian con argumentos.

Aquella mañana, en el hotel, me tocó sesión de protocolo.

Marta había montado su consulta portátil en una habitación de la primera planta: camilla plegable, vendas, el dinamómetro, y esa cara de funcionaria del dolor que se ponía para trabajar.

Yo llegué con mi mejor estado de ánimo, que era parte del uniforme.

—El partido de hoy —dijo ella, sin saludar—. Contacto bajo control. Nada de pelear discos contra la banda.

—Doctora, es hockey. Los discos contra la banda son el paisaje.

—El paisaje se mira desde lejos. —Me colgó el dinamómetro del brazo—. Empuje.

Empujé. Miré su cara mientras leía el número: ni una arruga. Tenía la mejor cara de póker de la liga, mejor que la mía, y eso me producía un respeto casi deportivo.

—¿Cómo estoy? —pregunté.

—Está como siempre —dijo, apuntando—. Exactamente como siempre. Es usted el paciente más estable que he tenido en mi vida.

Lo dijo sin cambiar el tono, mirando la hoja, y ahí, en ese hotel de carretera, entendí que me lo había dicho a propósito. Estable. Exactamente como siempre. Era una frase con trampilla. Hice lo que se hace con las trampillas: no pisé.

—La estabilidad es la base del rendimiento —dije—. Me lo enseñaron en la cantera.

—En la cantera le enseñaron muchas cosas —dijo ella, guardando el dinamómetro—. Alguna se le olvidó aprender.

No dijo cuál. No hizo falta. Salí de la habitación con el hombro encogido y la sensación de que aquella mujer jugaba su partida con las cartas boca arriba y aun así ganaba.

Vicho nos dio el plan en el vestuario visitante, gritándolo a pizarra limpia: presión alta, discos a la esquina, nada de regalos en zona propia. A mí me puso otra vez con Brett y Carmona, segunda línea, turnos cortos. «A ganar el tercer periodo», rugió. «ESTOS SE AHOGAN SI LES HACES CORRER.»

El primer periodo fue lo que se esperaba: ellos apretando, nosotros aguantando, Iván Redondo siendo un edificio.

El segundo fue un festival de imprecisiones de los dos lados, y yo empecé a encontrar huecos: uno que me anularon por fuera de juego, otro que se fue al larguero con un ruido seco y hermoso.

En el banquillo, entre turno y turno, ejecutaba mi mantenimiento secreto.

Rotaba el hombro despacio, dentro del cuello de la camiseta, con el gesto disimulado de rascarse la nuca.

Contaba las cargas: aquel partido llevaba cuatro entradas con contacto, dos de ellas por la banda derecha, que era la que me obligaba a proteger el disco con el brazo malo.

Iba por debajo del presupuesto. Siempre iba por debajo del presupuesto; era el jugador más ahorrador de la liga, y nadie me lo agradecía.

Marta estaba detrás del banquillo, con el botiquín, de pie, sin sentarse en todo el partido.

La notaba. Era una de esas presencias que se notan sin mirar, como los focos o los árbitros.

Una vez, en el segundo periodo, nuestros ojos se cruzaron medio segundo por encima de la banda, y supe con certeza clínica que ella también llevaba la cuenta de mis contactos.

Era su trabajo. Era, empezaba a sospechar, otra cosa también, y no sabía cuál de las dos me preocupaba más.

Y a los cuatro minutos del tercero, pasó.

Fue una entrada al contraataque por banda izquierda.

Recibí el pase de Carmona a toda velocidad, gané la línea azul, y el defensa que me cerraba —un armario de veinticinco años llamado Gurpegui, lo supe después, porque a los que te estampan hay que conocerlos por su nombre— calculó mal o calculó bien, según se mire: me entró con el hombro en el pecho, reglamentaria, limpia, de manual, y me mandó contra las tablas con toda la inercia.

El problema no fue el golpe. El problema fue la geometría. Caí de lado, con el brazo derecho por delante, y el hombro derecho se llevó contra la banda todo el peso de dos profesionales y sus sueños.

El mundo se puso en blanco y negro.