El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo quinto — Los números no mienten #3
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Capítulo quinto — Los números no mienten #3

—He visto —dijo ella, y se le cerró la cara—. No ha pedido acreditación de zona mixta. Ha venido, ha mirado y se ha ido. Eso no es cobertura, es prospección.

—¿Prospección de qué?

—De eso se trata, Marta. De averiguarlo antes que él. —Se hundió en el asiento—. Feijóo no viaja trescientos kilómetros para ver un partido de octubre. Viaja trescientos kilómetros para oler algo.

—¿Tú crees que huele algo concreto?

Sara se quitó las gafas de lectura y se las guardó despacio, que era su manera de ganar tiempo.

—Feijóo solo viaja por tres motivos —dijo—: dinero, orgullo o venganza.

El hockey no le da dinero. El Árticos le dio una puerta en las narices la temporada pasada, y yo se la di dos veces.

Así que quedan dos motivos, y los dos huelen mal.

—Se recolocó en el asiento—. Si vuelve a aparecer, me avisas.

Y si te pregunta algo, cualquier cosa, aunque sea la hora, le mandas conmigo.

—Es periodista, Sara. No es la policía.

—Ya lo sé —dijo—. La policía te avisa de tus derechos.

Se quedó dormida a los veinte kilómetros, con la bufanda de almohada y la cara finalmente apagada. Yo me quedé despierta mirando las luces de la carretera, pensando en olores y prospectores, y en que mi ronda de observación acababa de ganar un espectador más.

En el hotel, antes de dormir, repasé la hoja de cálculo una vez más, en el teléfono, con la luz de la pantalla como única lámpara.

Once mediciones. Una línea recta. Un hombro que nunca desafinaba.

Y pensé en lo que le diría a Vicho si me preguntara mañana mismo: «Estable, míster.

Dentro de rango.» Técnicamente irreprochable. Reprochable en todo lo demás.

Dormí mal en el hotel. No por Feijóo, o no solo. Por la curva. Las curvas planas no dejan dormir a los que saben leerlas, y aquella noche el hotel entero parecía leer en voz alta.

El domingo por la noche, en casa, hice la cosa.

Lo preparé durante una hora, que es mucho tiempo para escribir dos líneas.

Busqué el contacto en el teléfono, en esa carpeta de nombres que una no borra nunca: gente de la facultad, de la residencia, de los congresos.

Nuria. Nuria Vidal, compañera de promoción, dos años de cafés y guardias compartidas antes de que la vida nos repartiera: yo a Madrid, ella a Girona, y de Girona, por los vericuetos del oficio, al cuerpo médico del CG La Cerdanya.

Ayudante de fisioterapia. Llevaba allí tres temporadas.

Tres temporadas coincidiendo con Pol Ferrer.

Escribí el mensaje con las dos manos, lo borré, lo volví a escribir. Al final quedó así:

«Nuria!! Cuánto tiempo. Estoy con los Árticos ahora, jefa de médicos, imagínate. ¿Sigues por la Cerdanya? Tenemos que vernos, te debo un café desde el congreso de Valencia. Un beso.»

Todo verdad. Todo mentira. Lo releí tres veces, y a la tercera vi con claridad clínica lo que era: una derivación de paciente disfrazada de felicitación.

Yo no quería un café. Yo quería tres temporadas de historial, el historial que no figuraba en ningún papel, el que solo tienen las salas de tratamiento.

Me puse a pensar en Nuria, en cómo era ella, para calcular la probabilidad de que me lo diera.

Nuria llegaba pronto y se quedaba tarde; llevaba las fichas de los jugadores en carpetas con separadores de colores; se sabía los cumpleaños de las madres de los pacientes.

Una buena fisio. Una fisio leal. Las fisios leales tienen dos lealtades, y una es al club y la otra es al cuerpo que tienen delante, y cuando las dos se pelean, las Nuria de este mundo eligen casi siempre la misma.

Lo sabía porque era mi caso. Lo sabía porque era el espejo en el que menos me apetecía mirarme aquella noche.

Si ella sabía algo —y si había algo que saber, ella lo sabía—, tendría el mismo problema que yo: un dato sin dueño, un paciente expuesto, una conciencia con horario de oficina. Dos fisios con el mismo hombro entre las manos, a trescientos kilómetros de distancia. Casi me pareció justo.

Pulsé enviar. El mensaje se fue con ese ruidito seco de los mensajes que no se pueden deshacer.

Me quedé mirando la pantalla. Nuria no había contestado todavía, claro; era domingo por la noche.

El teléfono se quedó quieto en mi mano, inocente, y yo pensé en la línea que acababa de cruzar.

No era una línea grande. Era una línea pequeña, gris, de ésas que no se ven hasta que ya se han cruzado: usar una amistad para conseguir información médica privada de un jugador de otro club.

Mi jugador ahora. La primera mentira de mi carrera con el teléfono en la mano.

Abrí la libreta de tapa dura y escribí la última línea del día, en taquigrafía, como se escriben las cosas que no queremos que nos lean por encima del hombro:

«Contactada fuente externa. Motivo declarado: café. Motivo real: anamnesis.»

Y debajo, porque yo me hago el diagnóstico antes que a nadie:

«Paciente M.C. Presenta deterioro de límites profesionales. Grado leve. Evolución: pendiente.»

Cerré la libreta y apagué la luz. En la oscuridad, el teléfono seguía sin vibrar, y yo seguía mirándolo, como se mira una analítica que tarda demasiado en llegar del laboratorio.